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El pueblo de cristal
La noche caía sobre las cabezas de los habitantes
del pueblo de cristal como una cortina que invita a disfrutar
de sí mismo, lejos de los deberes cotidianos; ya no
había trabajo a esa hora, no había jefe ni empleado,
no había estudio ni labores domésticas. El manto
nocturno hacía posible a los hombres y mujeres mirarse
en sus espejos por el simple arte de contemplarse, sin sentir
la necesidad de arreglarse para estar presentables para el
trabajo o el estudio.
Cuando la penumbre hacía gala de una de sus oscuridades
más absolutas, los habitantes del pueblo decidieron
hacer su acostumbrado paseo nocturno. Cada uno de ellos sin
mediar palabra escogió la máscara que consideró
adecuada para el momento y como si no se hubiesen puesto nada,
salían de sus casas con toda naturalidad, luciendo
la cara que habían seleccionado... y es que el uso
de las máscaras era tan común que nadie conocía
el verdadero rostro del otro, pero igual no importaba porque
eso no representaba ninguna utilidad para ellos.
El pueblo de cristal se llenaba de luces de colores, dinero
circulante y algarabía cuando sus habitantes paseaban;
era un verdadero espectáculo digno de admirar. Pero
de repente todo se paralizó, los ojos de todos se dirigieron
casi coreográficamente al centro de la plaza principal,
aún la noche enmudeció. Alguien estaba parado
en ese lugar sin ninguna máscara que le cubriera el
rostro. El silencio no tardó mucho en romperse: duró
la cantidad necesaria de segundos para que alguien tejiera
una hipótesis al repecto y la compartiera:
"Qué máscara tan bien hecha, por poco nos
convence de que no tenía"... y a este comentario
siguieron casi cien: que este era un rebelde sin causa, que
iba a recoger fondos por su hazaña y estaba buscando
una institución a la cual pudiera donar el dinero;
que quedó así por leer tantos libros terribles;
que era vocero de algún sindicato que quería
hacerse escuchar; que los extraterrestres lo habían
visitado y había quedado como loquito; que era parte
de alguna estrategia publicitaria; que la música que
escuchaba lo volvió anarquista; que le acababan de
rebar la máscara, o que no sabía cual ponerse
y por eso salió así.
El caso es que cada uno sostenía su punto de vista, hablaba de su verdad como si en realidad la conociera. Incluso unos persuadían a los otros para que creyeran en su versión. Y mientras tanto el hombre sin máscara continuaba allí parado, en medio de la plaza, saboreando de frente la luna, bebiéndose la noche con toda libertad,disfrutando como ningún otro su salida al parque principal.
Decididos a disimular su impacto, los hombres y mujeres del pueblo de cristal comenzaron a caminar de prisa como tratando de no recordar lo que habían visto. El reflejo de cada uno se perdía fugitivo en cada pared de cristal, en las avenidas de cristal, en los carros de cristal último modelo. Sus siluetas se escondían en los bares de cristal, y todos se preguntaban a sí mismos cómo podrían quitarse la máscara sin que les doliera el aire en la cara, sin que otros abalanzaran sobre ellos sus miradas y sin que los menospreciaran por no mostrar lo que el resto quería ver. Pero pronto entendieron que era imposible, que había llegado el momento de decidir entre sus máscaras o la comodidad de la vida a la que estaban acostumbrados. Sólo unos pocos se atrevieron a renunciar a lo que habían fabricado por años y a enfrentar lo que eran. Al hacerlo todo cambió: de su espalda emergieron hermosas alas, sus ojos se volvieron agudos y sus voces hacían vibrar las cristalinas paredes del pueblo. Su corazón se convirtió en una masa que latía con un son incomparable cada vez que amanecía.
Los otros, los que se decidieron por las máscaras,
descubrieron que era buen negocio vender réplicas de
la cara de los verdaderos, que se estaba poniendo de moda...nunca
les volvió a amanecer, pero no importaba porque la
esperanza no era relevante para ellos, seguirían edificando
casitas de cristal para que la gente de mentiras viviera en
ellas.