- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Noticias
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Desconocida.
Correo electrónico: {mail}
Arena y Corazón
Deslizar la arena aún tibia entre los dedos de sus pies era algo que desde niño le había hechizado. Hacerlo mientras contemplaba el astro incendiado ahogarse en un estanque plateado, moribundo, listo para el descanso.
Había bajado a la hora de siempre, mientras la cena se preparaba sola. Y nunca había dejado de sentir lo mismo.
Sin embargo desde hacía tiempo, sentía en su interior una llamada latente, tranquila pero firme. Poderosa pero conciliadora.
No lo recordaba con exactitud, pero quizás había comenzado con la llegada de aquellas gentes y ritmos que esporádicamente se escuchaban al otro de las rocas, en la otra playa.
Solías aparecer cuando la luna indagaba con su ojo bien despierto y parecía que se podía caminar sobre el alma de la marea.
Sí, esos ritmos, le invocaban sentimientos nobles pero a la vez salvajes, casi lúcidos, diáfanos. Se encontraba sereno, conforme en el entorno.
Ciertamente nunca les había prestado demasiada atención pero esa noche se sentía con ganas de hablar con alguien, quien fuere.
Al ponerse en pie le pareció ver a tres o cuatro personas en la orilla, riendo e intentado atrapar algo entre las diminutas olas. No podías ser peces, ya que, aún con mucha claridad, eran demasiado veloces para manos inexpertas.
Al acercarse más comenzó a vislumbrar pequeños destellos, aleatorio, libres. Esas lucecitas parecían vivas pero sin rumbo, meciéndose en infinitas cunas de porcelana.
Al tocar el agua sus arrugadas manos sintió una calidez desconocida, amable, y la pequeñas piratas brillantes no parecieron inmutarse. Tardo algunos minutos en poder embarcar una entre sus dedos sin miedo a perderla. Eran realmente bellas y a la ve frágiles, de un color verde fosforescente. Nunca pensó que podía acariciar algo así.
No se había percatado de estar nadando entre dos chicas y un chico desnudos a su alrededor, que también brillaban por sus sonrisas.
¿Qué son? Les preguntó
Son algas, aparecen cada setenta años, marcan el fin y el comienzo de algo- Le respondió una de las chicas.
Que suerte, pensó, Su corazón latía débil pero sosegado.