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César Valdebenito. Nace en 1975, Concepción, Chile.
Poeta, narrador, ensayista. Es autor de los libros; El Jardín (Ediciones Lar, 1998), La Muerte de Bukowski (Ediciones New Cork Times Review, 2000), la Antología de Poetas Chilenos Jóvenes (Ediciones Lar, 2001), Urnas o Réquiem a la palabra (Ediciones Lar, 2002) y de la novela Animales del corazón (Ediciones de Bolsillo, 2008). Ha sido director de las revistas literarias; El Amante de la China del Norte, Clikc!, Paréntesis, Quiltro, etc.
Correo electrónico: tliterario@gmail.com
Una botella leyendo la novela para marisol (10/11/2008)
Santiago, en el metro (10/11/2008)
Una botella leyendo la novela para marisol
Veo las botellas y queda mucho en todas. Mezclo gin con bebida y lo bebo deprisa, luego mezclo otro vaso y me lo bebo despacio junto a la ventana. El jardín está distinto, nunca lo había visto así. Sé muy bien lo que tengo que hacer, pero ahora es tarde, tomo otra copa, ahora de vino, y me viene a la cabeza la canción, la canto y la bailo, y cuando más canto, más seguro estoy de que es la mejor canción que se me ha ocurrido en la vida. Voy a un rincón y hojeo el borrador de mi libro. Debí haberlo diseñado pensando en poner límites a los chicos malos, ya que los buenos, por definición, se contienen solos, y el final, uuf. ¡El final! Inclinado al juego sucio en el mítico y sórdido bastidor de las pasiones. Y como decía Mauricio, hundí a la putita preñada. En ella utilicé los privilegios y los secretos del ejercicio puro y duro de mentir, pero con ese aire de nobleza que desvela a los moralistas y hace sonreír a los cínicos. Medios deleznables pueden conseguir fines admirables. Una página de esta novela o incluso una sola frase, y te pones a tragar un mar de saliva, y vives en un sueño durante varias semanas después de terminarla, durante varios meses –quizás toda tu vida, ¿quién sabe?- Rodeado de estas ciento cincuenta páginas, de las casas, las calles, la lluvia, el río, las rosas, los chiquillos, el sol, los calzones de las damas y los aros de los jóvenes perversos, las viejas mujeres malvadas de oscuro corazón y las viejas mujeres tristes, la música, todo. Lo que no está allí lo añades tu mismo, porque es un libro que está vivo y sigue creciendo en tu recuerdo. Piensas: “La casa en la que vivía cuando leí ese libro”, o “este color me recuerda aquel libro.” Tiro el manuscrito al piso. Y me sirvo un vaso de pisco y me lo bebo sentado en la cama. La gente dice que estoy tísico, que no durare mucho en este mundo. Vivo en una casa muy agradable. El patio es grande y tiene un magnífico níspero, muy prolífico. Sus frutos son inmensos, redondos, muy dulces y jugosos, y de un adorable color amarillo cuando están maduros. Quizás es una de las recompensas de la vida. Ayer Marisol vino a mi casa y nos recostamos en esta cama e hicimos arrumacos. Me pareció rematadamente graciosa y yo estuve absolutamente divertido.
El vaso de pisco está vacío, cierro los ojos, los abro y veo que han pasado tres horas y que estoy tirado en la cama. Me levanto y bajo a la cocina. Del refrigerador cojo un envase de un litro de helado de chocolate y lo engullo cucharada tras cucharada, hasta acabarlo todo. Después, y por espació de un par de horas, me acurruco en la escalera hecho un ovillo.
Ir arribaSantiago, en el metro
Me habían invitado a una lectura en un local nocturno de Santiago. Nos habíamos metido al metro. Llevábamos una mochila con seis o siete botellas de vino. Íbamos y veníamos en el estúpido metro. Íbamos vaciando las botellas y riendo y hablando en voz muy alta. Roberto (mi compinche de borrachera) se llevaba la mayor parte. La cosa fue que nunca pudimos salir del metro y jamás llegamos a la lectura. Él era el bebedor, yo no.
- Empecé a beber a los 11 años - explicó Roberto.
Y miró a la distancia con nostalgia.
- Has perdido varios empleos –le dije, me sabía las historia de memoria.
- ...pierdo constantemente la billetera... me parto la boca...despierto en casas vacías...
- ...bebías en moteles. Fumabas y veías tele.
- Me encanta el ron, el vodka, el whisky, el vino, la cerveza...
- Eh, eso es bueno –le confesé- , pasa la botella.
- Le pasa a todos los borrachos, César.
- Sí que les pasa.
- Una noche quemé la camioneta de la empresa.
- Apuesto a que te encontró en calzoncillo un policía y te encerró...
- Claro que sí.
- Hijos de puta - oí que decía un hombre en voz baja.
- Vete al cuerno - repliqué.
Di un trago y le pasé la botella a Roberto. Él le dio un trago y me la devolvió. Sólo nos quedaba la última. Habíamos pasado nueve horas en el estúpido metro. Bajábamos a orinar y subíamos a los vagones. Ahora estábamos en uno de ellos.
- Hace nueve años me casé. Ella bebía tanto como yo - comentó.
- Siguieron bebiendo y tu matrimonio se fue a pique - comenté.
- Divorcio, abogados, pérdida de familia y del hogar.
- Ella ya no bebe - dije.
- Ella ya no bebe - dijo.
- Es verdad.
- Claro.
- Ya lo sé.
- Nos han robado la vida.
- Sin familia y sin hogar.
- Pero aquí no necesitamos vida.
- Sí que sí.
- Es horroroso.
- La humanidad durante siglos se ha construido con esfuerzo y responsabilidad.
- Es un maldito trabajo de hormigas. ¡Me encanta el mínimo esfuerzo! ¡Me encanta la irresponsabilidad! ¡Me encanta que la gente no trabaje!
- Pero eso no está bien... los hombres trabajan durante todas sus vidas para obtener algo. Requiere trabajo, esfuerzo, responsabilidades.
- Nada es imposible.
- De qué estas hablando.
- Te preocupa mucho tu cochina alma.
El vino corría y el vino no paraba. Es lo último que recuerdo. El estúpido metro continuaba yendo y viniendo.