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Daniel Raúl Alcoba Loguercho
 

Datos técnicos

Informacion Basica

Tipo:
Poeta
Nombre
Daniel Raúl
Apellidos
Alcoba Loguercho
Fecha de Nacimiento
15/03/1948
País Actual
España
Género
Hombre

Amigos

Daniel Raúl Alcoba Loguercho
Último poema publicadoLeer todos sus poemas

Bosque y espejo




Daniel Alcoba



Bosque y espejo






























PROLOGO




Imaginad un condenado a muerte.
a exiguo plazo cierto, un mes, dos meses...
Un hombre ha de morir, casi un muchacho.

Odiaría la autocompasión.
por haber leído demasiado Las Escrituras,
poemas, epopeyas, novelas, historietas,
miradas de otros muchos condenados,
castigadores dignos como héroes ecuestres,
bellos del gran fulgor de su infortunio.

Y bien, yo era casi un muchacho
con una esperanza estadística de vida
de dos, tres meses...
y aún no me había hecho un Dios.


Entonces quise hablar con El que Era.
Ocho horas diarias devoraba libros,
y en los restos del día procuraba olvidarlos.
Las palabras fraguaban
en selvas intrincadas, en marismas nocturnas
pero después brotaban en claro manantial
e iluminaban los perfiles hondos
los íntimos arcanos
de voces que eran cosas, acciones, cualidades,
relaciones.


Las palabras eran un bosque mágico
Sobre un espejo ciego como el mundo.
Vi toda la muerte desde la vida
y toda la vida desde la muerte;
ángeles en la luz, llenos de ojos,
en sombra los humanos macho y hembra,
Virtudes con lebreles en el bosque
que en el espejo he mantenido a raya.
o bien que pasó el tiempo de mi muerte
y regresé a mis años,
con las horas del mundo para tallarme un Dios,
preñado, como estaba, de palabras.














I




BOSQUE


1

SOFISMA QUE NIEGA LA MUERTE
para L. Z.

¿El orden de las cosas, lo que existe, es instante,
es nuestro yo universo en tiempo revertido
es un germen de mundo recluido,
soy uno y verso en esta hechura errante?

Hombre ahora,
más perenne que las mariposas diurnas,
pero menos que los ciclos astrales,
los días y las noches me pueden dar un ritmo;
y aún bailar danzas nocturnas en mi pecho
las estaciones que desprecian las piedras
sólo sensibles a las diástoles cósmicas.

Con la propia secreción y algunas briznas
quitadas a las plantas del bosque,
semejante a una oruga haré un capullo,
instantáneo y flamante
donde no falte al todo ni una parte.
¿qué son mis años si no son palabras?


El lobo famélico mide el universo en corderos.
pero yo puedo burlarme del lobo
con apenas sostener en el cuenco de mis manos
el huevo azul que lo contiene todo:
mundo, lobo, corderos...

Yo que sabía que no era nada, etcétera,
tenía todas las palabras del mundo.


La Risa es uno de los nueve elementos del universo.
Está en los vuelos súbitos de las gaviotas de la playa
a quienes llama un reclamo mar adentro;
y en la cabellera de las mujeres que vuelven
los torsos desnudos en la siesta,
en la brusca irrupción de un desfile de máscaras
sobre la tierra helada.

El dolor es la tierra firme de la risa.
y otro elemento,
como la sed, el abrigo, el hilo conductor,
el viaje ininterrumpido,
y el estar inmediato de todas las cosas.


Somos formas erguidas,
montes, escollos, islas,
en medio de una ciega corriente.
¿Pero qué prueba la existencia
si no nuestros jirones entre zarpas ajenas,
si no nuestros pedazos entre dientes sin sueño,
si no nuestra osamenta
de castañuelas en la infinita boca?

El caso era decirlo.

Pausas hay que nos quitan
ropas, togas, corazas.
En el éxtasis doble de otro cuerpo y el nuestro
columbramos un átomo de la espera larguísima.
Mucho tiempo esperamos ver la luz
en sombras y llamados
por un laberinto de causalidades.
No obstante hemos nacido casualmente,
Y esa evidencia asoma
cabezas de lagarto entre los besos.

Conmiseración, es condescendencia
con las propias imágenes.
La muerte es una gruesa pincelada,
blancura sobre el lienzo del cansancio,
la tierra sobre el grano de trigo afortunado,
una purga de la memoria.
Pero la lengua es pájaro
y las aves que vuelan renacen por sus ojos.




2
VIDA CANSADA



La tierra que me arropa,
el aire que me engloba...
no fueron quietud siempre,
el sueño espeso,
de hondos valles, caminos, arboledas,
de ciudades inmersas.

Entonces,
igual a una Piedad que modelara
con tembloroso amor,
con asombro dolido, la orilla del espacio,
era la vieja y somnolenta y sombra,
la cárdena tristeza.
Allí construía el dolor esas costas
cuando los seres no se daban cuartel
y nada sobre el errante vacío duraba
ni sobre el resbaloso fulgor.
Cada pez extendía un hilo tenso en la trama del odio.
y toda caravana llegaba a prosternarse en la costa del alba
donde se aglomeraban, universales, los muertos,
entre pajas quemadas para brillo del polvo prometido...
Y la brisa soplando sobre aquellas memorias.


Porque el dolor,
esta tierra,
no había concebido unas manos
que tañesen lo aún inexistente.
La pasión embestía sobre sí misma
como el viento en los odres prisionero.

Una horda elegida, resistente, casual
(¿Qué no podría decirse de aquel advenimiento?)
penetró en el paisaje saludada de gritos
fue carne y forma fue
y unos colores.
Un olvido vivaz sahumó la tierra
de cópulas alegres.

Pero el hombre, ese vestigio de la vieja sustancia,
figuró todavía,
modeló con piedad unos terribles bordes.

No que algo crecía en torno a las volutas dolorosas,
pues la tierra era hembra que las quería consigo:
figuras en torno del anhelo,
sed en el interior de toda cosa,
una derrota al fin.
Igual, la ninfa exige amantes sacrificios,
para que vivos canten
la fuente, el cerro, el árbol...
la misma luz a su belleza sola.

¿Cómo tus criaturas se habrían dado
al amor, a la muerte,
sin tu esperanza bailándoles gavotas
en los huecos estómagos?
Pero tecleabas sobre las sepulturas y los vientres...
los violines te encienden pero tú no los tocas.
sólo se entregan a la delectación de las estrellas.
Tus amantes,
vamos soterrados entre oscuras raíces,
temerosos de caer a los cielos
como cae el humo de las fogatas
y el grito jubiloso que saluda la muerte
de toda criatura desde el porvenir.

Mientes.
La crueldad para con las cosas del tiempo
es la gran virtud en la espera.
El tiempo, la imposibilidad,
su negarse,
la unión no consumada,
los fugaces contactos desgarrantes,
lo que tu piel florece riqueza,
lo que tú nos ofrendas
y nosotros devoramos en comunión egofágica.

¡Qué inútil prodigarnos
para dar sólo en esto!
Inútil tu madurar en turgencia de cumbre,
en frescura de valle, en lisura marina...
Inútil entusiasmo el de tus hijos hondos,
cultores y jinetes de los desencantos.
Nunca es fruto en sazón la cabeza cortada
por el amante que sobrevive al éxtasis.
¿Quién no abre su corazón a los tropeles
de tu terrible boca?

Querremos, tierra, no el objeto de ayer,
sino la fácil felicidad de su primera vislumbre.















3

DIÁSPORA

Abandónate.
Sé polvo que arrebata la tormenta.
El árbol solitario no sabe si él mismo es viento
Cuando sopla el viento que lo despoja.

Poco son la carrera, el salto, la caída
y el itinerario silencioso
con que tejemos un tiempo que nos sustente.
No somos ciervo, gato ni halcón
y si la araña construye en nosotros la trampa
que lenta nos enriquece,
a cambio de tres ramas pacientes nos toma en préstamo.

Poco son los recuerdos.
Ni la imagen de los seres amados nos queda.
Sólo una galería de retratos
enmarcados en extrañeza iluminados
por un fulgor de inaccesible soledad.
Alguna vez,
como un pájaro a deshora a través del paisaje
su pelo es el relámpago en la siesta.
cuando más una risa
sin la exactitud de un rostro que le diese refugio,
incrédula ella misma,
infiel a todos los verdaderos labios.



Cuanto permanezca en nosotros morirá con nosotros,
pero aquello que escape a poblar el vacío
igual que una bandada hacia el crepúsculo,
como Dios al principio,
es cuanto sobrevive, somos y nos salva.
La lluvia de oro que se lleva el viento.





4

DEL RETORNO DE ORFEO
Rilke in memoriam

(Aquí cree haber regresado de la muerte y lo lamenta. Hay pues una doble negación: ni el infierno es irreversible ni volver de él un destino feliz.)
para S.C.

La inocente ceguera desollada
y la piel allí,
abajo,
sola junto a las mustias piedras calcinadas
como harapos de un niño vagabundo.
La tierra es hostil y es también extranjera.
La claridad un dolor,
ruido extraño la lengua,
aunque se pueda modelar con soltura,
aunque empuje los hurras los aplausos
en rostro y oído crédulo.

Quizá un tono filoso abra la brecha;
quizá en el cielo nuevo de los otros
que el canto abriera en dos
dulces nalgas azules
el ave derrotada de la voz
dibuje su agonía en mortal vuelo.






Tal vez las cosas palidecen y gimen
bajo esa luz terrible y todos teman
el poder desterrante del corazón sin cáscara,
el espacio que traza la grieta,
el aire melancólico que sopla de los mundos antiguos,
donde jóvenes arden en rincones de abrazos
que son el universo todo el tiempo
de la floración ciega.

Duro volver de la contemplación
de la honda caída de los años
que iguales a envoltorios de seda, sucesivos,
descubrieran al fin un pollo implume
o una piedrita ocre.

La vieja eternidad, ayer un cuerpo
vestidos con los años perfumados y suaves
es más vacía que el número del cielo.

Las raíces del encinar paren Madres hambrientas
que asoman en la luz cabezas sucias
de trufas, lodo y savia.
Madres del Vino Nuevo.

Lo escrito: tal como hemos nacido,
así se vuelve: desnudo, colérico y odiado,
como el guerrero que se va y destruye
cuanto no puede conservar.

Los muertos no toleran abstracciones,
los muertos son como animales puros,
los muertos son ingenuamente obscenos...
Oh, y la norma, escrita en tinta de oro
en todas las miradas distraídas:
"No alteréis el alegre vivir de los muertos."


5



MUJER QUE CONTEMPLA EL FUEGO ECHADA EN EL VACÍO

Si la Esfera Celeste con todas sus galaxias,
quásares, estrellas, agujeros negros...
fuese la pupila de una mujer echada en el vacío
que mira el fuego
¿Quedaría probada nuestra pequeñez,
debiéramos rezar por sus ojos abiertos,
Abrir los nuestros a su luz remota?






















6


UN VIAJERO

"Nostalgia de una edad del corazón
y de otra edad del cuerpo (...)"
Jaime Gil de Biedma

Soy el hombre de la Montaña Desnuda
donde las visiones de la tierra y el cielo
se descubran, se abrasen o se vistan de nubes,
vienen siempre en mi ayuda.

Miré las ciudades lejanas:
brillaban bajo palios jubilosos
y caminé hacia ellas.

Eran los días de la voz no hecha,
cuando bastaba señalar la vida
como respuesta a todas las preguntas,
cuando mis dientes eran como pájaros
hostigando los prados y las aguas
en concreción de formas risueñas de la luz.
Cuando no era la muerte todavía
el jadeo, el aliento imperturbable,
si no, tan sólo, el énfasis del agua
que cantaba. El verano,
estrujaba racimos sobre los labios duros,
o me ofrecía la hierba del ocaso
sobre un hombro desnudo.




Soy el hombre de la urbe homicida
donde los estilitas suelen morir de sida.
Y los contempladores nunca alcanzan a verse
dignos si son joviales.
Donde con nuestra baba,
trazamos inescrutables formas de maldad,
tridentes, telarañas,
izados como velas en la noche,
arte
De caza furtiva para presa irrisoria.


Allí,
cuando la vida enciende
de epopeyas el pecho de las ratas
o tiende un surco al sesgo
en los sacros circuitos vitalicios,
en los arduos reflujos del cansancio;
en el nocturno ser de los insectos
que graban sus destinos circulares en halos de neón...
Allí los arquetipos vestidos de payasos
van dando zapatetas entre unos pocos tristes
o unos pocos despiertos.
Esperan el socorro de leviatanes hondos
que en el oscuro fondo
fundan y funden fango.
(Borborigmos de voces. En el bar
la música rock impone una sintaxis anormal.)


Recorrí mis propios contornos,
supe que mi existencia era una caja
que jamás sería abierta.



Salté sobre los cuerpos desnudos,
me vestí de marfil y de damasco,
me sometí a unos límites precisos,
me sumergí en el círculo del fuego...

Con pétalos y colores
en torno a los aromas insustanciales,
construí a un tiempo la flor, su decadencia.

El vacío es una muestra ardua
de seres incorpóreos
que esperan nuestra industria para hacerse
con la rosada carne de una historia.
El vacío es el mar donde echamos las redes,
y la playa
donde igual que una concha de nácar bajo el sol
nuestros días, memorias, son perenne sonrisa.









7


Teofanía apócrifa
Mi voz fluyó sobre oquedades mansas,
lloví sobre la tierra.
La música fue herida:
un do de hierro se clavó en su pecho.
Algún maestro entonaría medusas
que entre unos labios lívidos
echaron a flotar como bostezos.

Yo derramé mi copa sobre el siglo
para que hormigas de incontables fauces
se comieran la carne de unas Gracias decrépitas.
Era mi vieja voz, hombre ¿la oíste?
era mi voz de agua.
Un envío hacia ti,
con catadura de caballo rojo,
si ya no de paloma.

Y tu memoria fue la nube rota
por el lúcido filo del relámpago,
Vertiendo cuenta a cuenta
sobre la tierra en sed la sarta en fuga
de rostros, nortes, mármoles y fábulas.

Entonces fue la siega, como suele decirse.
Y tú cantabas sobre el campo arrasado,
en las ruinas del reino
Donde los pordioseros hallaron qué almorzar.

Torres borrachas de sus propias sombras,
dichas en llamas,
mar
presto a saltar sobre la seca tierra
como un piadoso manto del espacio
Que oculta una pintura contrahecha.

Yo dibujé tu dicha con mi mano en el aire,
Era un acto de Gracia.
Descensos de aguas era, era germinaciones.
Fue más seres angélicos que a punta de cuchillo
hurgaste pliegue a pliegue, pobre hombre.
La clara soledad montó en incendio,
fue golpe al corazón con diente y verga,
con áspid, lengua y garra.
A "¡Sé!", a "¡Di!" y a "¡Es hora!"
Y a semen derramado en el clavel sobre la piel de nieve,
un capullo fue araña.
Estaban otra vez los hombres y sus días
y no quise llover.

Ahora tenían los seres de la tierra
pero también la muerte.

Tú que miras el cielo desde las azoteas
Mereces esta Gracia:
Pájaros todos,
cuando sintáis que ya la muerte os busca,
id y echaos en la sima de las pupilas hondas
de aquél que mira el cielo desde una terraza
negra de hollín de un edificio urbano,
esa es la puerta
Que os había prometido a un aire nuevo.

Me has escuchado, gozas,
y ahora te echas cantando cara al cielo
bajo la lluvia de alas en derrota.





8


LA GRAN METAMORFOSIS

para A. C.

No es milagroso que un pájaro solitario
raye el cristal del cielo hacia remoto puerto.
Es apenas hermoso, es un mensaje:
Recogerse en el templo sería inútil.

Los augures seglares sirven a los guerreros,                                  sacralizan
tragedias que los hombres construyen como hormigas,
dramas como la tierra.
Pero el pájaro vuela a través de la historia,
más allá, simple mente.

Una bóveda azul con arabescos
grabados por los seres de las águilas
que anidan en los hombros de los antiguos padres.
Y bosques de breviarios y doctrinas
que las alas segaran
como hoces en tiempo de cosecha.
Vidas que danzan en las crestas tibias.

Entre la roca y la corola de humo
está el hombre que espera las Tablas de la Ley.
Moisés sin un recuerdo entre los vientos.
Relámpago, la fe.

La fe en la tierra, en todo lo que anda
o vuela sobre ella.
Aires, mares y peces.

Fe en el hombre, memoria
de incontables miserias,
de estruendosas hechuras irredentas,
farsas de la pasión.

El hombre, un friso
de relieves inciertos o no hechos
donde todo no humano rubrica con un golpe de cincel
una oscura amistad, un testimonio, un signo.
Y un espanto secreto.

Las trompas anacrónicas reclaman
albas de atardecer y morosos murciélagos
con alas de navajas afiladas
sobre la piel del cielo.
Pero la tierra tierna canta bajo la lluvia,
salmodia en inocentes arroyuelos de oro.

Toda bestia es feliz en este reino,
los hombres sólo cambian el ritmo de sus pasos.
todo lo más, cuando la primavera,
abre para las furias unas flores irónicas,
se tienden a la sombra de los nuevos jardines
hasta que el musgo tierno crecido entre sus dedos
unge su nueva condición de estatuas.

¿Quién no se cambiaría en conejo o caballo
sobre la verde hierba si pudiese
acortar las distancias?
Mas vamos como atlantes agobiados
por un fardo que cansa, funde y hiede.


En el bello destino de la Fábula,
la encrucijada de todos los caminos,
donde está el corazón.
El árbol expresivo si las manos
florecer no pudieron.
Sobre la copa el pájaro, su canto
en el río seguro de la sangre pausada,
que se detiene a oír con regocijo atónito
su propio discurrir como leyenda.

Lo nuestro era cantar.




9


HISTORIA DE AMOR


Es el ciego fervor de la raíz que atrae al pájaro
a hundirse en el follaje.
Ella, que desconoce la luz,
sueña un suave contacto,
un trino tibio,
lejos,
en recóndito sitio.
Él, que desconoce los sueños,
yergue un pecho glorioso
sobre la vasta entrega que lo acoge.
Y al sordo rumor de la savia
el acordado trino de cristal.
Después hablará el viento.












10


Apócrifos del Nuevo Testamento[1]

El filisteo es corazón
que late probidad sobre columnas
de basura, facilidad y estruendo.
Cualquier hombre prefiere estar de pie
sobre falsos sagrarios que en el suelo.
hay prados verdes, rosas, cielos diáfanos
a cuyo amor azul hozan oscuros cerdos
y cantan ruiseñores en las tumbas blanqueadas.
Pero desde que parimos con dolor
un disco de pan ázimo elevado en el aire de la noche
es luna llena inmóvil en el orto
sobre arena candente si no eleva
la gran voz interior.

El sopla donde quiere
y es un ser de corriente;
su condición de tromba
que lleva al ojo ciego muchas voces.
No hablo de los poetas,
me refiero a las voces del mundo.

Hazte sordo a los ruidos,
escucha las palabras semejantes al humo
que ascienden secretas de la tierra
En que nos afanamos.


Serán en la alta luz
ángeles temerosos de provocar escándalo
con lo poco de nuestro que conserven consigo,
hasta que salven sus impuros orígenes,
cual árboles que sobre un pantano
levantan su gloria verde.
Cesa el barullo, escucha
la melodía que nos arranca el soplo.

¿La oyes?
se ha llevado el néctar de las cosas,
los sentimientos que ellas nos inspiran
y la nostalgia
que germina en las cosas presentes.

Sé olor en este viento,
si acaso sopla en ti.







11


ELEGÍA DE TRES MUNDOS

para M. S. L.

Te creías sólo una mujer.
Pero criaturas inexistentes querían desprenderse de ti,
así como una vez
nacieron de una voz amorosa el amaranto
y las gacelas de dulce pelaje.

También la calma oscura del principio
tiene la honda certeza de ser,
mas el aliento pasa ¡Soy! anuncia,
y ella no podrá retenerlo.
Se irá o se cernirá en las nubes altas
como un ave altanera e intocable.

Mira los pájaros del parque,
que convocan la trémula ternura del aire,
que se desgajaron un día del contemplador,
que volverán a él,
que en fiesta salvaje atravesaron
su dilatado corazón en vuelo...
Ellos son justamente los destructores.
Ay de ti que recibes visitas
de seres venturosos,
suaves bárbaros de horas recogidas
de gestos con unción,
que siempre vienen como ingentes promesas.
Y que al final se llevan –¿hacia dónde?–
Algo nuestro.
Como lo hacen los muertos.

¡Soy! anuncia el aliento
y crispa el seno con su caliente soplo.
Gorgonas y querubes, reptiles de voz dulce,
caballos, leviatanes...
empujan desde el fondo de la simiente hinchada.
Llueve la historia sobre la eternidad
y nos quedamos
como cántaros llenos de dolor que ilumina.

¿Llevaremos nuestras propias cabezas disecadas
como trofeo de caza?
Luz es verdad, la piel
de aquellos seres que nos muerden o duermen.
El corazón una ciudad incomprensible,
verde, naranja, roja;
llanura igual que un valle de la Luna
y allí tu silla sola bajo el fuego,
Tormentas de navajas en el vidrio del aire,
un pedrisco severo de cabezas de pájaro...
un mal lugar para las vacaciones.

¿Qué importan nuestros dichos que creímos sensatos?
¿qué importa no haber sido lo que fuéramos?
A nadie le fue dado saber tanto
y las palabras,
cuando no irrumpen solas,
son cartones, clarines o señuelos.







Máscara o corazón,
retiro o circo, casa o caza: debemos elegir.
No fue por este canto que un día te conduje
hasta un pretil que se inclinaba
sobre el abismo del ahora, ahora?
Entonces sólo pudimos parodiar...
¡sabíamos tan poco!
Pero deseamos tanto reír,
Llorar las noches blancas, siestas
fondeadas como barcas en mar calmo y brillante,
mecidos por imágenes que aún no habían nacido.

Los amantes se unen sobre un colchón de voces
que el futuro germina, hincha, florece
en la luz gualda de la falta pura:
Estamos hechos de melancolía.
Nos tensan las cuerdas
para que demos la música más pura.

¿Recuerdas? un pretil
y observamos la boca del abismo
el tiempo futuro, el magma
a la vez sólido, líquido y gaseoso
de la vida mezclada con la muerte.
Todos los vivos y los muertos
como si posaran para los fotógrafos,
para la Historia,
Todos, vivos y muertos,
Viviendo una no vida,
Muriendo una no muerte.
Y nos hizo sufrir que el hombre fuera eso,
Que se creyera eso.




Todo abismo irrisorio invita al vuelo,
convida al salto vertical, al río
del placer.
Cuando las vidas son cartones tristes,
y unos vivos disputan con los muertos
trofeos fotográficos...
El ritmo de la carne es apostólico.
Y se juega a gozar con mueca exacta
de payaso filósofo con muy buena razón.

Memoria es copa ritual de vino y Dios,
un texto hebreo que recuerda El Ser:
"Fruto de la vid y del trabajo humano...",
Dios y vino.
Y tú eres memoria,
íntimo espacio,
cáliz,
donde el agua y la sangre se embisten como siempre,
donde nos recogemos de las trombas
que hace la eternidad cuando bosteza,
muertos a todo tedio,
mansos al dócil hálito
que vuelve implacable por los frutos del corazón.
















II




ESPEJO












12

EL OSCURO ENCANTO DE LAS DESPEDIDAS




Si fuéramos fructificación feliz del espacio,
como bestias o árboles o pájaros,
un sitio y una hora nos habrían arropado
creciendo como un halo siamés en torno nuestro.

Cuando ese pliegue maternal del aire,
debiera calentarnos,
y la teta rotunda alimentarnos
de sosiego, confianza: de armonía,
ya debimos correr con la ternura a rastras,
asiéndose a las cosas de la tierra
como un pulpo de lana.
Tuvimos que mamar de un seno fosco
sangre de violoncelos y relojes,
lamentos de nodrizas, alfabetos...

Vivir era buscar: algo fingía
ocultarse detrás de las caricias.
Esperábamos frutos de las manos.
El mundo era una novia que aguardaba la boda...
Pero allí no pudimos quedarnos,
estábamos de más.








El exorcismo es simple:
el que se queda sueña
y el que se va no olvida sus penates.
Un rostro y siete casas familiares,
árboles, una montaña al fondo;
un barco que se arrima dulcemente al muelle de descarga;
la chimenea fabril, las voces
de jóvenes obreros que se entregan con ganas
a la producción social del verso precedente;
un bar, un lupanar, una fachada,
una pastelería, un cenotafio,
un río, un incidente legendario...
Son el rostro de un dios.




















13
Licántropo
para R. G.

Hemos nacido juntos, tú lo sabes.
Mas callas, siempre callas fría hermana.
Yo acechar en los bordes de los claros.
tú dormir en los pliegues de la túnica
que vistes noche a noche
al caserío que es un bulto apenas
donde sueñan los hombres y mi estómago.

Siempre me engañas, voy,
merodeo por tus formas
que son recuerdos vagos,
triunfos mentirosos,
pero me colmo en ti, ojo sin iris,
alma de estatua clásica...

Mis ojos, dos topacios que se arden
rubíes,
fervor de hambre insaciable para siempre.
Los colmillos,
que asen de sombra en sombra, que desgarran
la carne palpitante.
La gacela cazada, aquella tierna
que desgarró mi boca y desangrara
arena blanca por herida incierta,
un cuerpo de ceniza...
La gacela era carne y era humo;
de tu misma sustancia, fría hermana.



Me tenso, acecho, miro, escucho, huelo...
El yermo está muy yermo,
seco el cauce
y sonante tïorba es un guijarro tinto
que la pendiente al fondo seco rueda
y vulnera en el acto
la mudez de la piedra.

Aúllo blancura albina,
cinamomos, ovejas desangradas, aguas vivas...
El hambre es el dosel
de tu trono de hielo, fría hermana.

Es de piedra el sabor
de la belleza viva que acaba en nuestros dientes.
La cacería es vana y es perenne.
cada noche vamos igual que ayer
al ciervo de granito, a la muchacha
que se abrigaba en parasol florido
del sol de mayo sobre el prado verde,
al niño que creyó ver en mí un perro
de su casa...

Tú me los ofrendaste en ceremonia
repetida y frecuente,
en gracia cruel cuyo sentido ignoro.
Pues sólo tú conoces fría, helada,
el pedestal, el ara, el monolito...
Y estos signos extraños
grabados en mis dientes de obsidiana.
Mas callas, siempre callas, fría hermana.







14

INCERTIDUMBRE

Araña, no lagarto.
Suspensa en brotes frágiles, tejiendo
en torno al claro centro separado
por idénticos radios de cuanto le es ajeno,
labrando a tientas, ciega,
la eternidad tendida entre dos vientos.
Majestad del centauro de las piedras
que tuvo el sol desnudo y sobrevive.
Araña no, lagarto.







15

MERIENDA


Una hembra joven pasa por la senda
entre colinas de color de minio.
Gracia, calor y cromos...
tiene el aire,
un perfume de génesis temprano.
Un macho adulto de semblante niño
retirado en la sima o en la cima
llamada soledad, o soleá.
La pitonisa del collar de quantum,
en convincentes cuentas irisadas.
El pequeñín que juega con ausencias.

Pirámides,
de hormigas inmortales
que royeran por hambre el tuétano del tiempo.
Alminares,
con escaleras
de peldaños
romos.

Gestas,
advenimientos,
ciclos de vasta cifra.
Caravanas
cuyos nortes son largas travesías sin destino.
Cataclismos enormes
provocados por un batir de alas,
una rama que cae...

Vislumbres que nosotros aceptamos,
llamamos realidad en el gigante engaño
del ojo diligente.

Noventa y nueve mil generaciones
que habitaban una corteza de naranja
acabaron en el pico de un pájaro
por la fuerza de una causalidad hermética
-que es también la del canto-
y sin otra memoria que el poema.


















16

Muerte Pequeña

Chaparrones de tórtolas empapadas de tinta
se derrumbaron sobre nuestro lecho,
a imprimir su agonía en la antigua blancura
de raso de las sábanas.

La urdimbre dilatada hizo suyo el espacio
y fruteció el lugar de nuestras voces,
el oloroso halo,
donde la abeja de oro, el mirlo, la avutarda,
bebían con amor de nuestras bocas.


Los tapices, los frisos,
digieren las pasiones,
el temblor de los miembros y los labios,
arrojados al amor,
o a la historia.
El ser que hundió su rostro en la corola
no está en el mundo ya
cuando la poma luce su redondez al sol.

Posteridades, bóvedas,
remataron en piedra nuestros lapsos más puros
para que inexistieran conchamente.
y se había hecho tarde para morir
en el apogeo del abrazo,
en la luz del tronchado gesto santo;
ahora.





17

Ascesis

¿Quién?
la no acabada muerte aún opaca,
la vida que exagera unos trazos en la feria,
allí donde querríamos pan íntimo,
y luz que se bebiese en cálices azules.

He mirado por huecos, transparencias,
estuve aquí y en mí, nada era nuevo,
ni el quererme aire siendo antiguo
como el hondo basalto.
ni entusiasmos,

furores
o gestos asombrados
de amantes, héroes o sermoneadores,
¿acaso no con fuerza las culebras
al caliente sopor de la mañana gozan, viven?
¿Sólo existe lo que nunca tendremos?
Nunca tendremos más que la culebra el sol,
en pura bestia, sí: tener y ser tenido.
No tiempo y armonía.

¿Pero allí donde somos, cómo, di,
tantos ojos podrán por dentro y fuera no ver;                                                           tanto velar no ser estas palabras que nos queman;
estas lástimas, ya no la tensa cuerda
a cuyo impulso el universo marcha?



Podríamos, corderos,
esperar en el valle por la sombra materna;
que el cielo haga caer sobre nosotros
su pesado ropón.
Pero nos prodigamos entre crestas gastadas,
por las calles sombrías.
Sobrevivimos a las rachas bajas
que arrastran caras, libros, astrolabios,
por avenidas muertas y plazas ateridas.

La gloria es resistir,
que el mundo no nos cuente
si no es en el haber de su lesa mundicia.
Porque si somos águilas
ayuntándonos mitos en la altura,
terminamos imagen, sueño ajeno.

























ÍNDICE
.

Prólogo
I Bosque
1  Sofisma que niega la muerte
2  Vida cansada
3  Diáspora
4  Del retorno de Orfeo
5  Mujer que contempla el fuego
echada en el vacío
6  Un viajero
7  Teofanía apócrifa
8  La gran metamorfosis
9  Historia de amor
10 San Juan 3: 8
11 Elegía de Tres Mundos
II Espejo

12 El oscuro encanto de las despedidas
13 Licántropo
14 Incertidumbre
15 Merienda
16 Muerte Pequeña
17 Ascesis

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1.San Juan, 3: 8…





 

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