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La piel que habito

Escrito por José L. Hernández el día Domingo, 18 Septiembre 2011. En las categorías Drama

La piel que habito

Me encuentro entre las numerosas personas que esperan con interés cada nueva creación de Pedro Almodóvar. Su talento, su capacidad para mostrar los entresijos del alma humana, su habilidad para mezclar el humor con la tragedia tan sutilmente, la cantidad de registros que maneja en su paleta y su trayectoria contrastada obligaban a esperar con espectación La piel que habito, su última creación frankensteiniana (casi literal).

Todo el atractivo previo que ofrece la cuidadísima promoción de cada película de Almodóvar, hace que las altas expectativas creadas, casi siempre satisfechas en su filmografía, se conviertan en este caso en el gran lastre de la película. La cinta se inicia con buen temple, logrando generar interés en la historia de un hierático cirujano que juega a ser dios creador y redentor a pequeña escala. 

Pedro Almodóvar sabe dirigir nuestra mirada hacia aspectos aparentemente supérfluos, que en su cine nunca lo son. Elementos como la luz de la piel, el color de los objetos (ese barreño azul), los libros que leen los personajes, la deliciosa música o la habilidad que tiene para introducir al espectador en cualquier trama por rebuscada que parezca. 

El interés que se genera con la relación entre el cirujano (un Antonio Banderas mutilado en su habitual gesticulación) y su creación humana (una bellísima Elena Anaya) con un oscuro pasado clave en la película, se desvanece cuando se intenta explicar cómo se llega a la profunda relación de amor-odio entre los protagonistas. Combinación que desemboca en un abismo final rojinegro que pretende funcionar como desenlace del thriller almodovariano. Ahí nos encontramos con uno de los personajes más ridículos de la filmografía de Almodóvar, supuesta llave que abre los sentimientos más salvajes del cirujano, y con varios personajes secundarios desdibujados que completan la justificación argumental provocando una sorprendente hilaridad, en lugar de mantener el tono dramático. 

Las tres primeras palabras que surgen tras ver la película son: innecesaria, intrascendente y olvidable. Justo lo opuesto a muchas de las grandes películas de otro de los grandes manchegos universales (junto a Don Quijote y Andrés Iniesta). Nos vemos en la próxima Pedro, esperando ávidamente que recuperes tu tacto y tu visión privilegiada en tu próxima creación.

 

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