- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Noticias
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Bernardo
GutierrezSaludos hermosillenses, o sea, desde Hermosillo, ciudad del desierto de Sonora de topónimo indescifrable. A parte del cerro de la campana (cuatro piedras con cuatro antenas de televisión), emblema que los hermosillenses comparan sin complejos con la torre Eyfell, la ciudad no tiene nada. Nada al margen de cantinas sabrosas y oscuras, narcos que rescatan con pasamontañas a los capos internados en los hospitales, puro desierto, guey, que no se me ponga malita, buena onda, cabrón…
Mis andanzas mexicanas llegan a su ecuador después de la conexión maya-soñolienta de Mérida, la pista narco de Culiacán con sus fiestuquis de calles cerradas, hembras-narco (hinchables, elásticas e intocables por los mortales) y la capilla de Malverde, mi idolatrado santo-bandolorero de los traficantes, con sus ofrendas de tequila, sus billetes de dólares pegados en las paredes a modo de veneración y sus mariachis pagados por los reyes de la coca.
Lo que no sabía es que estuve hospedado en el hotel San Marcos, donde Pérez Reverte empieza su novela, un cinco estrellas postizas financiado por alguno del cartel. Entrada espectacular, mariachilujoso, cuartos de segunda B.
A lo que iba: estoy recién regresado de Arizona, Tucson, incursión suicida de dos días en las resecas tierras del tío Sam cuyo principal objetivo fue comprar una NIKON digital. El objetivo oculto también era huir vilmente de Hermosillo en los dos días libres que tenía.
Las cuatro horas que nos separaban de Tucson se convirtieron en una pesadilla. Se duplicaron, vaya. Filas y filas en la frontera de Nogales, pueblo inmundo cercenado partido en dos. 200.000 almas vivientes-murientes del lado mexicano, 30.000 almas pudientes del lado gringo. El atasco nogaleño desplegó toda su pirotecnica de vendedores ambulantes. Acordeones con la bandera mexicana, burritos de madera con sus cáctus, gafas de sol, tequila, alfombras, tornillos. Todo lo que se os ocurra. Al llegar a la frontera-border me di cuenta porque las horas se multiplicaban por dos. Los guardas gringos demostraron una desorganización brutal, algo caótico poco digno del primer mundo. El autobús pasa 500 metros el control sin que nadie reclame. Luego te piden los papeles. Y como no tienes el sello, claro, te manda para atrás,mothe fucker, where is your stamp?!!! What the hell, chicano. Sólo para joder, vaya. Y luego una fila tremenda. Lo mejor de todo fueron las preguntas que me hicieron, cual vil terrorista acorralado. ¿Viajas solo? ¿Conoces a alguien en Tucson? ¿Qué vas a hacer? ¿Cuál es tu profesión? Veías a un funcionario resoplando: no le entraba en el tarro que alguien viajase solo. No habría salido de su Arizona-Cáctus en su vida y claro, es complicado entender cierto conceptos. Viaje, curiosidad, libertad. También es la frontera más jodida del mundo, en concreto Nogales, por lo que algo de culpa tendré yo y mis ideas de bombero. A parte de Roberto Bolaño, pocos No Mexicanos o No Casi Espaldas Mojadas o Traficas habrán pasado por allá.
En fin. Lo mejor fue cuando me exigieron comprobante de profesión. Les mandé al carajo, claro, diciendo que era ilegal y que ya había hablado con su embajada en mi país. Todo ello con un ciudadano de Europa, con visado gratuito. Con los mexicanos, os lo podéis imaginar. Lo peor no fue con el rubito descafeinado sino con el chicano de oro. O sea, el converso. Chinga su madre, no mames, cabrón. Ya sabéis que es habitual, desde el paki de Nueva York con su bandera yanqui o al andaluz reconvertido en independentista catalán, son más radicales que los autóctonos. Chicano Schwarzenegger, finalmente, entendió que ni era traficante ni tenía la más mínima intención de quedarme a vivir en Tucson.
En fin, que llegué de noche, directito al Roadrunner Hostel, o sea, al Hostal Correcaminos. Para quien no lo sepa, me persiguen los coyotes. Sí, desierto de Sonora, reino mítico de El Zorro, de los coyotes y de Correcaminos, animalucho innundo llamado también churea, bicho de mal agüero, especie endémica de estas latitudes inverosimiles. El máximo surrealismo mágico se cuaja en que el equipo de fútbol local se llama Coyotes. Y hay más: no existía. Era un equipo de Veracruz, caribísima ciudad. Subió a segunda A. Un narcoempresario de Hermosillo lo compró. Le cambió el nombre. Cambió muchos jugadores. Y pretende forrarse llenando de gente el estadio de los pinches Coyotes. En una ciudad que es beisbolera a más no poder. Lo mejor es que el primer gran partido de Coyotes, el sábado, fue ni más ni menos que contra Correcaminos, de Ciudad Victoria. Hicimos una previa antológica en el diario. Como perdió Coyotes 2 a 1, la ilustración de la crónica fue televisiva, viñeta final. En estos días que me faltan como consultor en este diario, me siento con la responsabilidad de fabricar el mito, de calentar el ambiente, que vivan los Coyotes, guey, aunque simpatizo más con el Correcaminos.
Y eso que llegué, huyendo de los coyotes y de los 45 grados de Sonora, al hostal Correcaminos. Tucson, ciudad-cactus, reducto lisérgico, paraíso de melenudos Harley Davidson, aromas de mezcal, rock sureño, simpatía casi mexicana. Aunque está en la nada y es un pueblucho de 500.000, tiene cierto interés. Está llena de perdidos rockanroleros, de moteros infantiloides, de artistas atraídos por el desierto. Es increíble como lo que del lado de México, Sonora, se vende como una ruina, pura arena tórrida, allá es lo máximo. Los tipos se venden bien. Camisetas del desierto de Arizona. Carros con matrículas donde luce bien el Arizona, el estado del Gran Cañón.
El albergue mochilero Correcaminos era excelente. Como todos, llenos de personajes. Un compañero de cuarto era, Gregory, un tipo del mid west armado de dos guitarras eléctricas, una Fender vieja y una nueva. Depende de cómo se sienta cuando toca agarra una y otra. O una bottle of Whysky, como dictan los cánones de los aprendices de Jim Morrison. Fue conductor de tranvías en San Francisco. Y vive dentro de una película: I am a rockandroller, man, me decía. Su primera frase fue de cine. Guaooo, Spain, joder, cómo se llamaba ese tipo…Cortés, Hernán Cortés..la que lió el tipo, no? No comments. Tocamos un rato. Esperaba que el flamenco man tocase algo hispánico total. Cuando empecé con Jimmi Hendrix se quedó parado. Más cuando lo hice medio bossa nova, nuevos mundos para Gregory. Me contó historias de los tranvías de San Francisco. El tipo veía coches volando por las calles, como en las pelis. Tendríais que ver cómo lo contaba con sus ojos de marihuana&roll. El otro compañero era italiano, de Turín. Viajaba persiguiendo al Zorro, por decir cualquier tontería. Sin norte ni sur, vaya. Su billete de regreso lo compró desde Las Vegas. Su teoría no es mala. Se jugará sus últimos dólares allá. Si gana, se queda una temporada.
La ciudad por el día era soporífera. El Downtown se resume en cuatro polvorientas calles. Todo se concentra en shoppings terribles, en las afueras. Los tipos emulan las ciudades que no tienen en estas construcciones cadavéricas, le ponen nombre a las calles de los centros comerciales. Para llegar a ellos, o tienes carro o eres un perdedor. You are a looser, man, you know. En los autobuses me llevé una idea muy decandente. Borrachos, chicanos, negros bostezantes, gringovagabundos hablando solos. Y en los shoppings están los otros, los rubioconsumidores, felicísimos y endolarados, paseando por las calles falsas bajo patrocinio de alguna gran marca. Lo que yo me pregunto es dónde están los otros, los normales, gente pensante y-o paseante, el eslabón perdido entre los adolescentes Coca Cola, el conductor de tranvías rockanrolero y los negros hip hoperos de los autobuses. A lo mejor, los normales son algunos de los tres especímenes relatados, intuyo que los chicos Coca Cola, uniformados de Nikes&Levis. Los mundos paralelos, el mexicano principalmente, funcionan a todo tren. Barrios enteros, radios para Hombres Taco de Chiles, rancheras por doquier, y se me olvidó otra vez, que nunca me quisiste, que sólo yo te quise, que habíamos terminado, ayyyy. Hombres Ranchera que ni hablan el inglés y hace como si viviese en México. Integración made in Bush.
Compré mi cámara, volví al Correcaminos place, me lancé a la noche. Básicamente para comer algo. Y me medio reconcilié con la city, con la urbe de la cactusmanía, de nuevo por decir alguna gilipollez. La 4th avenue tenía decenas de bares, restaurantes, casas de música al vivo, pizzerías. En general, un ambiente desenfadado. Super hamburguesón de cena, camarer@s simpátic@ (en eso me quito el sombrero, son tipos con sentido del humor, muy anti british). Acabé viendo un concierto de rock en un bar al lado del Correcaminos. Hablé con unos tipos. Bebi unas budweisers so big, man. Una de las chicas era chicana, pero me dijo que prefería hablar en inglés. O sea, que una vez aceptada, no mires a tus raíces, coloca tu banderita estrellada y a lo Bruce por la vida. Por unos días me perdí un concierto del gran Robert Cray, bluesman total de las nuevas generations. EEEU es el nido de Bush pero también de la escala pentatónica (o sea, del irreverente sonido del blues y rock and roll), del Luther King, de Google, del Missisipi sound…. Lo que tiene su gracia, of course.
El remache de mi aventura arizónica fue Tombstone, pueblo del far west reconvertido en circo para turistas, pásen y vean, la gran pelea del Billy el Niño por un puñado de dólares. El pueblito está lleno de salones, de carteles de Wanted acordándose de toda la familia del Billy el Niño, claro. Hay cuatro grupos de alborotadores (pagados por el City Council, claro) que arman peleas a balazos de fogueo emulando los más afamados westerns. Allá rulaba el Wild West Times, con noticias auténticas, o sea con solemnes mentiras. Todos sabemos que por allá pululaban los navajos, los sioux de Toro Sentado y , principalmente, los Apaches de Gerónimo. Y que eran ellos, sheriff bigotudos iletrados y decadentes buscaminerales dorados, los que violaban a sus mujeres y robaban sus tierras a golpe de pistola, bang, bang.. En este pueblo, Gregory me dijo que llegó a ver a John Wayne. A saber lo que había fumado. Cuando llegó, you know, se vio dentro de un western, y se fue de cañas con Clint Eastwood, guaoooooooo, mother fucker, thats Clint, how do you do, meeeennnnn?
Ahora que Tombstone está en plena ruta de los espaldas mojadas, los indios son otros. Tienen careto mexicano, claro, apachicanos, yucatecosioux. A la salida del pueblucho había un Border Patrol, que traduzco sin piedad por polis bordes, vaya, controlando todo. De nuevo sus preguntitas. ¿Qué hace un español acá? Pero si habla con la zeta, sí que va a ser español. Me salvo la Z de Zapata. Se pensarían que tenía pasaporte falso. El Chicano Exrpress (mini furgonetillas, coches etc) trasporta a cientos de mexicanos de Agua Prieta a Tucson. Y entonces dejé atrás, pues, los carromatos que asaltaba el Zorro, las tiendas de western souvenirs, las cantinas tristes del fast food. Y en pleno Chicano Exprés vine charlando con Ruth Romero, chicana experta, veracruzana y gorda como buena latin matrona. Me contó anécdotas de sus 20 años en Phoenix. Me dijo que les tratan mal. Algunos gringos enseñan a los chicanos frases ofensivas como si fuese algo normal, para hacerles quedar mal cuando las digan. Los Hombres Cactus de las Rancheras suelen entonar el take the money and run. Les gusta tan poco EEUU que se van en cuanto juntan platica pa la family. En fin, que me encontré con una inmigración más dura que la nuestra, menos apegada, más desencantada. En Europa muchos llegan porque sienten atracción por la cultura. Se acaban integrando. Allá también, pero la nacionalidad o el sentido de pertenencia es una transacción comercial más. Ruth –intuyo- cierra los ojos en el trabajo, cuando no está su jefe, y se ve paseando por Veracruz, comiendo pescado caribeño mientras unos ancionos desgranan danzón en su marimba carcomida por el salitre.
Y back home, frontera fugaz, ahora ni nos piden nada, Hermosillo caluroso en el horizonte, bye, bye Gregory, Hombre Tranvía de ojos vidriosos, bye, bye la pantalla XXXXL del Roadrunners Hostel y sus 540 canales, los cactus tremendos de las calles, las cantinas de mexicanitos soñando con su pueblo natal, los adolescentes de pantalones anchos, Nikes desabrochadas y cara de yo-lo-rompo-todo, pequeños aprendices de outsiders. Pero les entiendo. Si no te gustan lo shoppings y la mainstream (lo que todo el mundo hace)… Pues te haces conductor de tranvía mariguano (como me dijo que doña Ruth que llamaban a los drogotas en Veracruz) o quinceañero problemático de camisas anchas. Pues eso, bye bye, (de nuevo) Gregory, el concierto quedó pendiente. Quizá deberíamos hacer todos como el italian gambler (aprendiz de Correcaminos) o como Doña Ruth (legendaria espalda mojada): acabar nuestros viajes en Las Vegas.Y si rueda la suerte, cambiamos el billete para cualquier lugar sin fecha de regreso. Lejos, eso sí, de la Arizona western de mentalidad hamburguesa.
Bernardo Gutierrez. Brasil, 2005




