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Bernardo
Gutiérrez (Madrid, 1975) forjó su espíritu
critico en los últimos cinco meses del franquismo, cuando
corría delante de los grises (a hombros de sus padres, claro).
Pasó dos años de su infancia en Venezuela, lo que
alteraría el grado de latinidad de su sangre e incrementaría
su genética viajera. Gustavo, el reportero más dicharachero
de Barrio Sésamo, fue su gran ídolo de infancia.
Y ya en la Facultad de Ciencias de la Información de la
Universidad Complutense de Madrid se licenció en tertulias
de bar, conspiraciones literarias y guerrilas-de-fanzines como
el célebre El Inmundo del que fue miembro fundador.
Antes de concluir la licenciatura de periodismo comenzó a colaborar con El Mundo. Trabajó dos veranos en el 'far west' de Almería, como redactor de La Voz de Almería y, en sus ratos libres, como inspector de calidad de tapas, cañas y aledaños. En su último año de universidad, estudiante Erasmus-Orgasmus en la Universidad de Coimbra de Portugal, inició sus colaboraciones con El País e incopororó ciertos aromas lusófonos a sus sueños. Imitando las hazañas de Don Pin Pon, el gran viajero de Barrio Sésamo, Bernardo inauguró pronto su etapa de 'vagamundo'. En Centroamérica, donde pasó seis meses, realizó una campaña informativa de protección de medios naturales para la Universidad de Costa Rica, en el parque Nacional de Tortuguero, armado de un PC en una cabaña de la selva húmeda del Caribe. Desde todos los países del istmo, colaboró con El País, El Mundo, Cinco Días y Diario16, entre otros medios.
A su regreso se subió al buque de la prensa gratuita, exactamente
en la sección de Actualidad de Madridym@s. Simultáneamente
se hizo habitual en la prensa de Viajes, principalmente en Viajes
National
Geographic, Altaïr, GEO y Rutas del Mundo. A su vez, redactó dos
guías de viajes para Geoplaneta sobre Guatemala y Panamá.
Se trasladó a Barcelona y fue miembro fundador de Barcelonaym@s
, rebautizado posteriormente como 20 Minutos. Durante sus tres
años de residencia barcelonesa, confirmó su apego
por el 'pan tomaquet' y por la absenta de ciertos bares turbulentos
del Raval. Mientras tanto, dio cabida a la contracultura en su
calidad de jefe de sección de Escenarios en 20 Minutos y
aprendió a lidiar con los fabricantes de la cultura de masas
(discográficas, editoriales, instituciones políticas).
A su vez, Bernardo amplió sus colaboraciones a revistas
culturales como QuéLeer y Batonga. Además, fue el
encargado de la sección de viajes de Playboy durante un
año, tiempo en el que viajó por los submundos crápulo-bohemios
de diversas ciudades europeas.
Su pasión viajera le llevó en ocasiones a paraísos recónditos, aunque para ello a veces se vio obligado incluso a cruzar el Caribe como polizón en un barco de carga. Sus lugares del mundo son Jodhpur (India), Estambul, Essaouira (Marruecos), el Caribe de Nicaragua, La Habana, Amsterdam, Oporto, Ciudad de Panamá, Cartagena de Indias y Río de Janeiro, donde actualmente reside. En uno de sus periplos creyó ver al mismísimo Don Pin Pon, con su mítico sombrero de paja, aunque su entorno resta credibilidad a esta visión y la atribuyen a algún vapor etílico o marítimo.
En febrero de 2004, Bernardo se convirtió en un exiliado
más del 'aznarismo' y fijó su residencia en Brasil.
Perseguido por los traumáticos fantasmas de los moñigotes
de José Luis Moreno, vagabundea
por el Planeta Caipirinha, con campamento base en la ciudad maravillosa
(Río de Janeiro). Desde Brasil colabora habitualmente con La
Vanguardia y escribe en semanarios como Tiempo e Interviú y
en todos los mensuales de viajes y cultura mencionados.
Bernardo ha ganado diversos premios literarios de poca monta y ha militado en varios grupos de rock sin futuro alguno. Como guitarrista frustrado, se debate entre la alegre melancolía del blues, el rasgeo flamenco y la dulce soñolencia de la bossa nova. Si tuviese que declarar su ideología política no dudaría en definirse como radical anticonsumista y como ardiente defensor de todas y cada una de las causas perdidas. Ahora se encuentra inmerso en varios proyectos editoriales, en su corresponsalía 'brasileira' y en la enrevesada armonía del samba-bossa. También aspira a desvelar la fórmula de la piedra filosofal, lease la caipirinha, inexistente fuera de Brasil. Sus grandes ídolos son Mijail Bakunin, Italo Calvino, José Arcadio Buendía, Julio Cortázar y Vinicius de Moraes. Y aunque se considera un apasionado del periodismo, declara que su verdadera vocación es la sepia a la plancha, las terrazas de Lavapiés y las capirinhas de cachaça marca Magnífica.
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