- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Noticias
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Nuestra intención aquí es solo definir un concepto
escurridizo y desarrollar al máximo la utilidad de tal definición.
La determinación del concepto en un discurso siempre es necesaria
para que reine la claridad. Hablar de la "meditación"
resulta ser particularmente difícil porque con este término
se puede aludir a demasiadas cosas. No es sólo que dentro
de un mismo concepto haya variantes, como es también aquí
el caso sin duda alguna, sino que además el significante
mismo tiene varios significados.
Esto debe querer decir que partimos de una base muy amplia, y que
poco a poco iremos acorralando el concepto. Quizá sería
mejor empezar por explicar qué no es la meditación
según la vamos a entender aquí. Por "meditación"
no vamos a entender el pensamiento libre, la introversión
reflexiva, la especulación, la elucubración, un proceso
creativo asociado a alguna de las artes
por meditación
vamos a entender exclusivamente su sentido en cuanto técnica
de inspección y profundización de la conciencia -
si bien, como es lógico, ésta después se relaciona
íntimamente con todo lo anterior. De hecho, la exigencia
de la práctica de la técnica de la meditación
exige en un principio que se olvide toda concepción anterior
y se respete cuidadosamente la instrucciones, que son estrictas.
El término "meditación", que fue acuñado
en algún momento del siglo pasado por alguna razón
difícil de averiguar, se transforma para nosotros en "contemplación",
más aún, en "contemplación activa".
Esta fue la denominación que eligió el místico
español Miguel de Molinos en su Guía Espiritual, y
es el que vamos a seguir aquí, puesto que el término
"meditación" alude más bien a algo relacionado
con el pensamiento, mientras que "contemplación"
alude a lo gratuito del mirar mismo. No decimos que "meditamos"
un paisaje, sino que lo contemplamos, y éste es más
bien el sentido que queremos dar al término. Por lo demás,
de acuerdo con Miguel de Molinos, tanto la "meditación"
como la "contemplación" tienen espacio y todas
deben tenerlo. Todas conviven las unas con las otras, pero añade
que la contemplación es la superior y es la que nos conecta
con la esfera divina. Por supuesto la lista de filósofos,
místicos, poetas y santos que estarían de acuerdo
con Molinos llenaría varias páginas, pero lo importante
ahora es aclarar que nuestro uso del término es justamente
este. A veces lo llamaremos "contemplación" y a
veces "meditación". Este último término,
cuando lo mentemos, hará referencia sobre todo al sentido
de la contemplación como técnica, ya que es difícil
desprenderse del uso generalizado que se hace de este término
hoy en los contextos "espirituales".
De modo que hablamos de contemplación, de contemplación
activa - "activa" porque no se trata, como veremos, de
quedarse mirando las musarañas. Pero, ¿qué
es esto? ¿Qué es la contemplación? ¿Cómo
se hace? ¿Qué se propone? ¿Por qué se
considera la forma superior de entendimiento? ¿Quién
puede practicarla? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Las técnicas de contemplación son tan viejas como
las civilizaciones. A lo largo de la historia se han entendido de
modos muy diferentes según los casos. Por razones que sería
demasiado largo explicar aquí, en Occidente estas técnicas
de contemplación fueron perdiéndose a medida que la
degeneración del cristianismo iba haciéndose más
evidente. En los últimos tres siglos, la Modernidad con sus
valores fundamentalmente racionalistas y ateos conmovió desde
lo más hondo el modo de entender el mundo, y la esfera religiosa
fue considerada mera superstición. Ello seguramente por confundir
lo que había de verdaderamente supersticioso en las religiones
con lo que había de místico, pero como decimos este
no es el lugar para desarrollar las causas de la decadencia. Desde
que la Modernidad se ha asentado con claridad en la conciencia colectiva,
ha habido numerosos intentos de restaurar con inteligencia -y sin
ella- la esfera divina. Es posible que hoy estemos viviendo unos
días donde estos intentos son cada vez más incipientes,
más coherentes con lo que es el mundo en la actualidad, más
claros, más científicos y precisos, y en definitiva
más integrales. Esto es lo que se está pidiendo.
La oración contemplativa que practicaban Teresa de Jesús
y Juan de la Cruz, entre otros muchísimos, se ha perdido
casi del todo. La forma cristiana ha dejado de llamar la atención
a nuestra mentalidad, pero el interés por lo divino nunca
se pierde entre ciertas minorías. Éstas siguen buscando
un modo de acceso. Desde los años sesenta especialmente,
se ha propugnado un vastísimo elenco de posibilidades para
la autotranscendencia, lo que descubre a las claras el inicio de
un genuino interés por traer de nuevo lo divino al mundo.
Tampoco podremos pararnos aquí a describir las variantes
de acceso. Pero una de ellas, y quizá la más importante
junto con las drogas psiquedélicas, es lo que se llamó
en su día "meditación". Las técnicas
de contemplación que hoy se practican provienen fundamentalmente
de Oriente, en especial del budismo, acaso porque el ateísmo
y el intelectualismo budista encajan como un guante con nuestra
mentalidad postmoderna. (Habría que ver también hasta
qué punto se han perdido las formas del cristianismo en nuestro
interior, que, a poco que rasquemos, encontraremos sus rescoldos
bien vivos). En cualquier caso, tanto el budismo como el Vedanta
hindú tienen la enorme ventaja de traer consigo unas técnicas
muy específicas para el desarrollo interior de lo espiritual,
además de mapas cósmicos muy precisos sobre el terreno
que nos disponemos a abordar (y que son paralelos a los desarrollados
por los místicos cristianos, como Teresa en El Libro de la
Vida, Las Moradas o Juan de la Cruz en Subida al Monte Carmelo y
Cántico Espiritual).
Dado que las técnicas que hoy tenemos más a mano provienen
de estas fuentes orientales, vamos a seguir ahora su curso, pero
evidentemente no agotan el tema. Ni siquiera lo que podamos decir
aquí puede llegar a calificarse de introductorio sobre "Oriente"
dentro del panorama disponible. Tratemos, por tanto, de enfocarnos
hacia las preguntas iniciales: ¿Qué es la meditación?
¿Cómo se hace y qué se propone? Y quizá
por último podamos investigar la naturaleza de su relación
con los procesos creativos.
La respuesta al qué es relativamente sencilla: la meditación
es un cuerpo de técnicas que aspiran a la liberación.
¿Liberación de qué? Del sufrimiento. ¿Y
qué es el sufrimiento?
Pero vayamos por partes y dando
unas cuantas vueltas y regiros, porque la sencillez de la respuesta
esconde todas las complicaciones del mundo. Si hasta aquí
hemos venido llamándolo "contemplación"
es porque lo que pretende desarrollarse con estas técnicas
es una actitud contemplativa. Estamos demasiado acostumbrados a
tomarnos las cosas demsiado en serio, demasiado personalmente, como
si realmente tuvieran que ver con nosotros. Una mirada de cerca
a esta situación muestra a las claras que el ego es un protorreferente
constante de lo que ocurre y que, por otro lado, es virtualmente
inexistente. Es decir, existe a modo de convención, pero
no realmente, puesto que ya ha cambiado. No podemos señalar
a nuestro yo con precisón, pero sin embargo aludimos a él
como el causante de nuestras alegrías o desgracias. Tampoco
queremos entrar en el espinoso tema de "qué es el ego",
que nos llevaría demasiado lejos, y que de nuevo depende
de nuestras definiciones, pero lo importante es que tengamos en
cuenta que bajo una mirada atenta, centrada en le presente, en lo
que ocurre ahora -la única realidad-, no hay modo de agarrar
eso - es algo que se escapa de continuo. Y si se escapa de continuo,
¿por qué nos aferramos tanto a su figura (para bien
o para mal)? Y si sufrimos, ¿no es porque creemos que verdaderamente
hay un alguien que sufre, un ente fijo y estable que recibe las
puñaladas traperas?
El interesado en la meditación entrará por sus puertas
sólo cuando por sí mismo se haya dado cuenta hasta
cierto punto de que el proceso de la vida está en realidad
librado a sí mismo, que no tiene nada que ver con "yo,
mi, mío, conmigo" (o tú, tu, tuyo, contigo),
sino que está más bien relacionado con algo de sabor
a totalidad y más bien impersonal. No es otro, por cierto,
el sabor de la lírica más alta y pura, como podemos
encontrarla en Juan Ramón Jiménez. La contemplación
aspira a un mirar desprendido, sin juicios. Esto es fácil
de decir, pero ensayen la mirada un poco y se darán cuenta
de que a los pocos instantes estamos ya pensando en lo que me ocurrió
el otro día con Pepito y cuánto me tomé a pecho
a esto, o cuanto debí hacer aquéllo u aquéllo
otro, etc.
Desde luego la inspiración espontánea existe, y como
ésta es una página para poetas, asumo que esto está
claro. La inspiración viene por sí misma y se va tan
rauda como vino. Durante esos dichosos instantes hemos aprendido
de la perfecta naturalidad y sacralidad del mundo, hemos aprendido
de su reposo radical, de su paz, de su luz indescriptible. Pero
justamente lo que pretenden los ejercicios de contemplación
es la inducción de tales estados, lo que requiere una práctica
muy precisa. Es importante añadir en este momento que, por
otro lado, la meditación no pretende en último término
entrar en determinados estados, puesto que "estados de conciencia"
aluden de un modo u otro, directa o indirectamente, a dualidad (hay
alguien que tiene estados de conciencia - un sujeto y un objeto)
cuando el propósito último, como decimos, es lo no-dual,
la no-mente del Zen, o lo Uno, que diría Plotino. Esta es
una cuestión que quizá abordemos más adelante
pero que ahora sólo nos enredaría en paradojas ("¿Ha
dicho usted que el propósito último de la meditación
es la no-meditación?" "Sí, eso he dicho,
pero volvamos sobre nuestra línea"). Si he hecho esta
aclaración es porque muchos pueden llevarse de aquí
una idea equivocada: la contemplación no es para flipados
de la espiritualidad, no es para ansiosos del éxtasis, no
es, en definitiva, para inducir ningún estado en concreto.
Su objetivo principal es el reposo de la mente en lo que, la aceptación
total y sin paliativos de lo que ocurre en lo que ocurre, sin juicios,
sin intentar cambiarlo, lo que es justamente eso, gratuitamente,
porque sí, sin más, desarrollando una
ecuanimidad estoica ante los acontecimientos (internos y externos).
Este es el camino a la iluminación, de la liberación.
¿Por qué hablábamos antes de liberación
del sufrimiento? ¿A qué se refiere exactamente el
término "sufrimiento"? ¿Me quitará
la meditación el dolor de muelas? Es posible, pero no es
este el propósito. El propósito es más bien
que te mantengas ecuánime ante el dolor de muelas del modo
más sostenido posible. El sufrimiento al que se alude no
es, desde luego, físico. Es más bien el dolor interno
íntimo que hay asociado al constante apego o rechazo a las
cosas y sucesos que nos circundan. Si nos paramos y miramos muy
de cerca (que es lo que se propone la contemplación como
técnica) nos damos cuenta inmediatamente de dos cosas: una,
la constante distracción, la falta de capacidad de concentración
en un punto, la locura de la mente, como un caballo loco; dos, o
bien el constante apego agarrado a "lo buenos que somos"
o bien el rechazo de lo que no nos gusta. Al principio, cuando uno
empieza a practicar esta atención, el sentimiento de frustración
es tan grande que la tentación inmediata es el abandono.
"Esto no es para mí", nos decimos sobrecogidos
por las impresiones. Hay que echarle ahí un par de huevos
para seguir. Por eso se recomienda tradicionalmente un buen maestro
o instructor, o una comunidad contemplativa, que te reconduce al
buen camino. En una época descreida como la nuestra, y en
un sistema educativo como es ése del que hemos mamado, nos
resulta del todo extraña la noción de un auténtico
maestro, pero el que ha estado perdido de verdad siente como nadie
la necesidad de encontrar algún guía fiable para las
perdiciones de su espíritu - amén de haber aprendido
la insoslayable soledad de la existencia. En
cualquier caso hemos de aprender a mirar con precisón y ecuanimidad,
y, al introducirnos en las dimensiones del Espíritu, nos
damos cuenta de que es tantísimo lo que nos queda por aprender
y desarrollar que nos desconsolamos. De ahí también
la importancia de las buenas relaciones, de esas que quieran empujar
también hacia las cotas y aspiraciones más altas nuestras.
La ciencia contemplativa requiere, primero, un aprendizaje estricto
de la técnica, y, segundo, una disciplina más o menos
asidua, según la fuerza de voluntad de cada cual. No debemos
ni excedernos ni quedarnos cortos. Aquí de nuevo es importante
el equilibrio. ¿Cómo es la técnica?, preguntábamos
también. Es peligroso que yo la explique aquí. Leída
no sirve de demasiado. No es complicada, pero necesita ser practicada
en vivo, con otros practicantes y bajo la supervisión de
un instructor cualificado. Fundamentalmente consiste en escoger
un objeto de meditación, normalmente la respiración,
y contemplarlo. Cada vez que se pierde nuestra mente por los cerros
de Úbeda, volver a la respiración de nuevo, con gentileza,
sin prisa, sin pausa, con determinación pero sin ansiedad.
Es conveniente un retiro las primeras veces que se practica, pongamos
un fin de semana entero dedicado a ello. Después quizá
diez días, un mes, tres años
¿Y dónde?
Hay muchos lugares donde se enseña la técnica, y las
hay de muchas clases, provinientes de muchas tradiciones. Aquí
también es preciso actuar con inteligencia. Hay técnicas
más o menos apropiadas para cada cual. Debemos procurar seguir
una técnica hasta habernos empapado de ella, y si nos va,
probar con otra. No debemos, otra vez, caer ni en el constante cambio
ni en la fijación. La intuición íntima es aquí
la madre de la ciencia.
No sé si hemos logrado ofrecer en estas páginas siquiera
un boceto de lo que es la "meditación". No es,
aunque muchos pretenden creerlo, una simple relajación, no
es entrar en un estado más pacífico por el desempeño
de una actividad que nos gusta, no es la inmersión en un
proceso creativo o reflexivo (pintura, escritura, arquitectura,
lo que sea). No es nada de eso. Está relacionado por detrás
con todas ellas, pero no es eso mismo. Y es por esto por lo que
Molinos, entre otros muchísimos, consideran la contemplación
la ciencia más alta, la que más nos aproxima a Dios,
a lo Uno, a lo no-dual (como queramos llamarlo). Porque no tiene
que ver con nada en particular, siéndolo todo al mismo tiempo,
estando en todas partes. El que haya leído el Tao Te King
comprenderá lo que digo. El arte y la filosofia, por ejemplo,
serían más bien la expresión de ese adentramiento,
que puede ser más o menos profundo y vívido según
los casos. La disciplina de la contemplación ayuda genuinamente
al desarrollo de estos procesos, pero hace en realidad algo mucho
más importante: nos ayuda a ser más humanos, más
lo que somos; nos ayuda a mirarnos a nosotros mismos con ecuanimidad,
al mundo también, a amarnos, a amar a los demás, a
comprender los confusos trasfondos de nuestra mente. Ni más
ni menos. Por tanto, la contemplación no sustituye, por ejemplo,
al arte, a la poesía, del mismo modo que la poesía
no sustituye, o no debiera sustituir, la práctica de la contemplación
activa. Si somos zapateros, el ejercicio de la contemplación
es bueno. Si somos poetas, también. No hay distingos. Todos
son bienvenidos. Pero u
Miguel R. de P., Noviembre de 2003