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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

¿Qué es la "meditación"? (20/11/03)

Nuestra intención aquí es solo definir un concepto escurridizo y desarrollar al máximo la utilidad de tal definición. La determinación del concepto en un discurso siempre es necesaria para que reine la claridad. Hablar de la "meditación" resulta ser particularmente difícil porque con este término se puede aludir a demasiadas cosas. No es sólo que dentro de un mismo concepto haya variantes, como es también aquí el caso sin duda alguna, sino que además el significante mismo tiene varios significados.

Esto debe querer decir que partimos de una base muy amplia, y que poco a poco iremos acorralando el concepto. Quizá sería mejor empezar por explicar qué no es la meditación según la vamos a entender aquí. Por "meditación" no vamos a entender el pensamiento libre, la introversión reflexiva, la especulación, la elucubración, un proceso creativo asociado a alguna de las artes… por meditación vamos a entender exclusivamente su sentido en cuanto técnica de inspección y profundización de la conciencia - si bien, como es lógico, ésta después se relaciona íntimamente con todo lo anterior. De hecho, la exigencia de la práctica de la técnica de la meditación exige en un principio que se olvide toda concepción anterior y se respete cuidadosamente la instrucciones, que son estrictas. El término "meditación", que fue acuñado en algún momento del siglo pasado por alguna razón difícil de averiguar, se transforma para nosotros en "contemplación", más aún, en "contemplación activa". Esta fue la denominación que eligió el místico español Miguel de Molinos en su Guía Espiritual, y es el que vamos a seguir aquí, puesto que el término "meditación" alude más bien a algo relacionado con el pensamiento, mientras que "contemplación" alude a lo gratuito del mirar mismo. No decimos que "meditamos" un paisaje, sino que lo contemplamos, y éste es más bien el sentido que queremos dar al término. Por lo demás, de acuerdo con Miguel de Molinos, tanto la "meditación" como la "contemplación" tienen espacio y todas deben tenerlo. Todas conviven las unas con las otras, pero añade que la contemplación es la superior y es la que nos conecta con la esfera divina. Por supuesto la lista de filósofos, místicos, poetas y santos que estarían de acuerdo con Molinos llenaría varias páginas, pero lo importante ahora es aclarar que nuestro uso del término es justamente este. A veces lo llamaremos "contemplación" y a veces "meditación". Este último término, cuando lo mentemos, hará referencia sobre todo al sentido de la contemplación como técnica, ya que es difícil desprenderse del uso generalizado que se hace de este término hoy en los contextos "espirituales".

De modo que hablamos de contemplación, de contemplación activa - "activa" porque no se trata, como veremos, de quedarse mirando las musarañas. Pero, ¿qué es esto? ¿Qué es la contemplación? ¿Cómo se hace? ¿Qué se propone? ¿Por qué se considera la forma superior de entendimiento? ¿Quién puede practicarla? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Las técnicas de contemplación son tan viejas como las civilizaciones. A lo largo de la historia se han entendido de modos muy diferentes según los casos. Por razones que sería demasiado largo explicar aquí, en Occidente estas técnicas de contemplación fueron perdiéndose a medida que la degeneración del cristianismo iba haciéndose más evidente. En los últimos tres siglos, la Modernidad con sus valores fundamentalmente racionalistas y ateos conmovió desde lo más hondo el modo de entender el mundo, y la esfera religiosa fue considerada mera superstición. Ello seguramente por confundir lo que había de verdaderamente supersticioso en las religiones con lo que había de místico, pero como decimos este no es el lugar para desarrollar las causas de la decadencia. Desde que la Modernidad se ha asentado con claridad en la conciencia colectiva, ha habido numerosos intentos de restaurar con inteligencia -y sin ella- la esfera divina. Es posible que hoy estemos viviendo unos días donde estos intentos son cada vez más incipientes, más coherentes con lo que es el mundo en la actualidad, más claros, más científicos y precisos, y en definitiva más integrales. Esto es lo que se está pidiendo.

La oración contemplativa que practicaban Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, entre otros muchísimos, se ha perdido casi del todo. La forma cristiana ha dejado de llamar la atención a nuestra mentalidad, pero el interés por lo divino nunca se pierde entre ciertas minorías. Éstas siguen buscando un modo de acceso. Desde los años sesenta especialmente, se ha propugnado un vastísimo elenco de posibilidades para la autotranscendencia, lo que descubre a las claras el inicio de un genuino interés por traer de nuevo lo divino al mundo. Tampoco podremos pararnos aquí a describir las variantes de acceso. Pero una de ellas, y quizá la más importante junto con las drogas psiquedélicas, es lo que se llamó en su día "meditación". Las técnicas de contemplación que hoy se practican provienen fundamentalmente de Oriente, en especial del budismo, acaso porque el ateísmo y el intelectualismo budista encajan como un guante con nuestra mentalidad postmoderna. (Habría que ver también hasta qué punto se han perdido las formas del cristianismo en nuestro interior, que, a poco que rasquemos, encontraremos sus rescoldos bien vivos). En cualquier caso, tanto el budismo como el Vedanta hindú tienen la enorme ventaja de traer consigo unas técnicas muy específicas para el desarrollo interior de lo espiritual, además de mapas cósmicos muy precisos sobre el terreno que nos disponemos a abordar (y que son paralelos a los desarrollados por los místicos cristianos, como Teresa en El Libro de la Vida, Las Moradas o Juan de la Cruz en Subida al Monte Carmelo y Cántico Espiritual).

Dado que las técnicas que hoy tenemos más a mano provienen de estas fuentes orientales, vamos a seguir ahora su curso, pero evidentemente no agotan el tema. Ni siquiera lo que podamos decir aquí puede llegar a calificarse de introductorio sobre "Oriente" dentro del panorama disponible. Tratemos, por tanto, de enfocarnos hacia las preguntas iniciales: ¿Qué es la meditación? ¿Cómo se hace y qué se propone? Y quizá por último podamos investigar la naturaleza de su relación con los procesos creativos.

La respuesta al qué es relativamente sencilla: la meditación es un cuerpo de técnicas que aspiran a la liberación. ¿Liberación de qué? Del sufrimiento. ¿Y qué es el sufrimiento?… Pero vayamos por partes y dando unas cuantas vueltas y regiros, porque la sencillez de la respuesta esconde todas las complicaciones del mundo. Si hasta aquí hemos venido llamándolo "contemplación" es porque lo que pretende desarrollarse con estas técnicas es una actitud contemplativa. Estamos demasiado acostumbrados a tomarnos las cosas demsiado en serio, demasiado personalmente, como si realmente tuvieran que ver con nosotros. Una mirada de cerca a esta situación muestra a las claras que el ego es un protorreferente constante de lo que ocurre y que, por otro lado, es virtualmente inexistente. Es decir, existe a modo de convención, pero no realmente, puesto que ya ha cambiado. No podemos señalar a nuestro yo con precisón, pero sin embargo aludimos a él como el causante de nuestras alegrías o desgracias. Tampoco queremos entrar en el espinoso tema de "qué es el ego", que nos llevaría demasiado lejos, y que de nuevo depende de nuestras definiciones, pero lo importante es que tengamos en cuenta que bajo una mirada atenta, centrada en le presente, en lo que ocurre ahora -la única realidad-, no hay modo de agarrar eso - es algo que se escapa de continuo. Y si se escapa de continuo, ¿por qué nos aferramos tanto a su figura (para bien o para mal)? Y si sufrimos, ¿no es porque creemos que verdaderamente hay un alguien que sufre, un ente fijo y estable que recibe las puñaladas traperas?

El interesado en la meditación entrará por sus puertas sólo cuando por sí mismo se haya dado cuenta hasta cierto punto de que el proceso de la vida está en realidad librado a sí mismo, que no tiene nada que ver con "yo, mi, mío, conmigo" (o tú, tu, tuyo, contigo), sino que está más bien relacionado con algo de sabor a totalidad y más bien impersonal. No es otro, por cierto, el sabor de la lírica más alta y pura, como podemos encontrarla en Juan Ramón Jiménez. La contemplación aspira a un mirar desprendido, sin juicios. Esto es fácil de decir, pero ensayen la mirada un poco y se darán cuenta de que a los pocos instantes estamos ya pensando en lo que me ocurrió el otro día con Pepito y cuánto me tomé a pecho a esto, o cuanto debí hacer aquéllo u aquéllo otro, etc.

Desde luego la inspiración espontánea existe, y como ésta es una página para poetas, asumo que esto está claro. La inspiración viene por sí misma y se va tan rauda como vino. Durante esos dichosos instantes hemos aprendido de la perfecta naturalidad y sacralidad del mundo, hemos aprendido de su reposo radical, de su paz, de su luz indescriptible. Pero justamente lo que pretenden los ejercicios de contemplación es la inducción de tales estados, lo que requiere una práctica muy precisa. Es importante añadir en este momento que, por otro lado, la meditación no pretende en último término entrar en determinados estados, puesto que "estados de conciencia" aluden de un modo u otro, directa o indirectamente, a dualidad (hay alguien que tiene estados de conciencia - un sujeto y un objeto) cuando el propósito último, como decimos, es lo no-dual, la no-mente del Zen, o lo Uno, que diría Plotino. Esta es una cuestión que quizá abordemos más adelante pero que ahora sólo nos enredaría en paradojas ("¿Ha dicho usted que el propósito último de la meditación es la no-meditación?" "Sí, eso he dicho, pero volvamos sobre nuestra línea"). Si he hecho esta aclaración es porque muchos pueden llevarse de aquí una idea equivocada: la contemplación no es para flipados de la espiritualidad, no es para ansiosos del éxtasis, no es, en definitiva, para inducir ningún estado en concreto. Su objetivo principal es el reposo de la mente en lo que, la aceptación total y sin paliativos de lo que ocurre en lo que ocurre, sin juicios, sin intentar cambiarlo, lo que es justamente eso, gratuitamente, porque sí, sin más, desarrollando una
ecuanimidad estoica ante los acontecimientos (internos y externos). Este es el camino a la iluminación, de la liberación.

¿Por qué hablábamos antes de liberación del sufrimiento? ¿A qué se refiere exactamente el término "sufrimiento"? ¿Me quitará la meditación el dolor de muelas? Es posible, pero no es este el propósito. El propósito es más bien que te mantengas ecuánime ante el dolor de muelas del modo más sostenido posible. El sufrimiento al que se alude no es, desde luego, físico. Es más bien el dolor interno íntimo que hay asociado al constante apego o rechazo a las cosas y sucesos que nos circundan. Si nos paramos y miramos muy de cerca (que es lo que se propone la contemplación como técnica) nos damos cuenta inmediatamente de dos cosas: una, la constante distracción, la falta de capacidad de concentración en un punto, la locura de la mente, como un caballo loco; dos, o bien el constante apego agarrado a "lo buenos que somos" o bien el rechazo de lo que no nos gusta. Al principio, cuando uno empieza a practicar esta atención, el sentimiento de frustración es tan grande que la tentación inmediata es el abandono. "Esto no es para mí", nos decimos sobrecogidos por las impresiones. Hay que echarle ahí un par de huevos para seguir. Por eso se recomienda tradicionalmente un buen maestro o instructor, o una comunidad contemplativa, que te reconduce al buen camino. En una época descreida como la nuestra, y en un sistema educativo como es ése del que hemos mamado, nos resulta del todo extraña la noción de un auténtico maestro, pero el que ha estado perdido de verdad siente como nadie la necesidad de encontrar algún guía fiable para las perdiciones de su espíritu - amén de haber aprendido la insoslayable soledad de la existencia. En
cualquier caso hemos de aprender a mirar con precisón y ecuanimidad, y, al introducirnos en las dimensiones del Espíritu, nos damos cuenta de que es tantísimo lo que nos queda por aprender y desarrollar que nos desconsolamos. De ahí también la importancia de las buenas relaciones, de esas que quieran empujar también hacia las cotas y aspiraciones más altas nuestras. La ciencia contemplativa requiere, primero, un aprendizaje estricto de la técnica, y, segundo, una disciplina más o menos asidua, según la fuerza de voluntad de cada cual. No debemos ni excedernos ni quedarnos cortos. Aquí de nuevo es importante el equilibrio. ¿Cómo es la técnica?, preguntábamos también. Es peligroso que yo la explique aquí. Leída no sirve de demasiado. No es complicada, pero necesita ser practicada en vivo, con otros practicantes y bajo la supervisión de un instructor cualificado. Fundamentalmente consiste en escoger un objeto de meditación, normalmente la respiración, y contemplarlo. Cada vez que se pierde nuestra mente por los cerros de Úbeda, volver a la respiración de nuevo, con gentileza, sin prisa, sin pausa, con determinación pero sin ansiedad. Es conveniente un retiro las primeras veces que se practica, pongamos un fin de semana entero dedicado a ello. Después quizá diez días, un mes, tres años… ¿Y dónde? Hay muchos lugares donde se enseña la técnica, y las hay de muchas clases, provinientes de muchas tradiciones. Aquí también es preciso actuar con inteligencia. Hay técnicas más o menos apropiadas para cada cual. Debemos procurar seguir una técnica hasta habernos empapado de ella, y si nos va, probar con otra. No debemos, otra vez, caer ni en el constante cambio ni en la fijación. La intuición íntima es aquí la madre de la ciencia.

No sé si hemos logrado ofrecer en estas páginas siquiera un boceto de lo que es la "meditación". No es, aunque muchos pretenden creerlo, una simple relajación, no es entrar en un estado más pacífico por el desempeño de una actividad que nos gusta, no es la inmersión en un proceso creativo o reflexivo (pintura, escritura, arquitectura, lo que sea). No es nada de eso. Está relacionado por detrás con todas ellas, pero no es eso mismo. Y es por esto por lo que Molinos, entre otros muchísimos, consideran la contemplación la ciencia más alta, la que más nos aproxima a Dios, a lo Uno, a lo no-dual (como queramos llamarlo). Porque no tiene que ver con nada en particular, siéndolo todo al mismo tiempo, estando en todas partes. El que haya leído el Tao Te King comprenderá lo que digo. El arte y la filosofia, por ejemplo, serían más bien la expresión de ese adentramiento, que puede ser más o menos profundo y vívido según los casos. La disciplina de la contemplación ayuda genuinamente al desarrollo de estos procesos, pero hace en realidad algo mucho más importante: nos ayuda a ser más humanos, más lo que somos; nos ayuda a mirarnos a nosotros mismos con ecuanimidad, al mundo también, a amarnos, a amar a los demás, a comprender los confusos trasfondos de nuestra mente. Ni más ni menos. Por tanto, la contemplación no sustituye, por ejemplo, al arte, a la poesía, del mismo modo que la poesía no sustituye, o no debiera sustituir, la práctica de la contemplación activa. Si somos zapateros, el ejercicio de la contemplación es bueno. Si somos poetas, también. No hay distingos. Todos son bienvenidos. Pero u

Miguel R. de P., Noviembre de 2003

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