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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

El 11 de septiembre (20/11/03)

¿Por qué el acontecimiento del 11 de septiembre ha tenido y sigue teniendo tanto impacto en nuestro entendimiento del mundo actual? ¿Por qué tiene esa resonancia histórica, ese aura de que "las cosas ya no se pueden ver ni entender como antes"? ¿Por qué este hecho precisamente, y no otros, tan devastadores, que ocurren a diario en otros lugares del planeta? ¿Es por el énfasis que se le ha dado en los medios de comunicación? Y si es así, ¿hasta qué punto puede decirse de otros acontecimientos en la Historia? ¿O puede también decirse que hay determinados acontecimientos y hechos que, sin importar su envergadura, marcan una impronta en la conciencia colectiva de un modo especial? Así, por ejemplo, el asesinato del en los Balcanes en 1914 lleva a la Primera Guerra Mundial. Todo parece estar preparado para que ese "algo" se produzca. El "algo" produce sorpresa, pero en cambio todo cobra un nuevo sentido, sentido que sentíamos casi como inexorable.

Seguramente sea imposible contestar este dilema con certeza. Seguramente sea una mezcla de las dos: tanto la influencia de los poderosos medios de comunicación como el impacto histórico en sí mismo, éste último un tanto difícil de calibrar todavía. El énfasis que se ha dado en los medios de comunicación sobre el 11 de septiembre se debe sin duda en parte a lo espectacular del hecho, pero también y fundamentalmente se debe a objetivos políticos: por un lado desviar la atención –una vez más- de lo que ocurre en casi el resto del mundo, catástrofes de las que ellos con causantes, culpables e instigadores; y, por otro lado, utilizar el atentado como justificación para las provechosísimas invasiones de Afganistán e Iraq.

Aquí vamos a tocar tan solo la cuestión -imprescindible de estudiar con atención- de si el atentado contra las torres gemelas fue llevado a cabo por terroristas islámicos o por el propio gobierno de los EEUU. El periodismo de investigación más inteligente e independiente –lo que hoy suelen ser términos sinónimos en este contexto- ha confirmado con casi total seguridad que lo que ocurrió es más bien lo segundo. No existe ninguna prueba en absoluto de lo primero –ninguna-, aunque es lo que los medios de comunicación tradicionales se han esforzado continuamente por transmitir. En cambio, lo segundo explica muchas cosas previamente inexplicadas, empezando por el hecho de que se deje volar con impunidad a dos aviones desviados de su ruta durante tanto tiempo por encima de las ciudades más importantes de los EEUU; siguiendo por la desaparición unos días antes del atentado de los cuerpos de avación militares que se encargan precisamente de la seguridad de sus cielos; y terminando en la cara de idiota que se le puso a Bush cuando se le informó del hecho en aquella escuela de primaria, que merece verse, como yo he hecho, a cámara lenta y repetidas veces, para observar con toda claridad que está planeada de antemano (y ello sin contar la sarta de tonterías e incongruencias que dijo después). Y más interesante aún todavía: el hecho de que las horas oficiales entre el atentado y el momento en que supuestamente el gobierno se enteró de él no encajan en absoluto, mostrando a ciencia cierta que el gobierno sabía previamente lo que iba a ocurrir. Noam Chomsky cuenta en uno de sus libros cómo la guerra contra Libia fue la primera guerra televisada del mundo. El gobierno sencillamente llamó a los medios de comunicación principales, diciendo, "vamos a atacar este y el otro objetivo a esta hora", para que pudiesen estar ahí presentes y filmarlo todo con pelos y señales. Esto es verdaderamente inverosímil, no sólo por lo cruento del asunto, sino porque demuestra a las claras la alianza del gobierno militar con los medios de comunicación, alianza que no puede inspirarnos mucha confianza. En el caso del 11 de septiembre, tenemos algo aún más increíble. El gobierno de los EEUU ha decidido atacar a sus propios ciudadanos para así hacer más sostenibles sus justificaciones contra "el terrorismo". Desde luego es difícil de creer –y se apoyan en esto-, pero es exactamente lo que ocurrió. ¿A nadie se le ocurrió la idea? Seguro que sí. ¿No es demasiado casual que el ataque se produzca justo cuando se necesita una grave justificación para atacar los centros petrolíferos y rutas de la droga más importantes del mundo? Lo es, ciertamente, y lo primero que se nos ocurrió a los que pensamos un poco por encima de los mass-media fue que, de algún modo, los supuestos terroristas y el gobierno estaban aliados para llevar a cabo sus guerras y sus prominentes beneficios. La cosa es más grave. No hubo tal alianza. "Los terroristas" en este caso son ilusión virtual. Evidentemente existen los terroristas islámicos, como los de otras muchas clases, pero aquí no tuvieron nada que ver, lo que se demuestra, además, por el hecho de que no hubo ninguna reclamación del atentado, cosa que todo terrorista con una causa hace nada más cometerlo para demostrar su punto. No debemos pecar de ingenuos, por más que choque el hecho con el sentido común – y es que justamente estamos tratando con personajes que adolecen de él por completo. Puesto en seco suena todavía extraño: los EEUU atacaron a su propia gente para justificar más bandadas de rapiña por el mundo. Sí, suena raro, pero ¿hay algo que encaje más con la lógica de los hechos? No. Yo mismo me quedé muy impresionado cuando empecé a hilar las hebras desde distintas fuentes, todas apuntando a lo mismo. Por lo demás, el término "terrorista" se utiliza con intenciones torcidas y perversas: se pierde la definición genuina y se aplica exclusivamente a "los otros". De acuerdo con la definición genuina, los terroristas son los EEUU en la mayor parte de los casos, y muchos de los así llamados "terroristas" son guerreros genuinos, que actuán en defensa propia. Pero esta discusión sobre definiciones y distinciones nos llevaría ahora demasiado lejos. La prominencia del suceso del 11 de septiembre se debe a todas estas cosas: a la influencia de los medios de comunicación, al hecho de que dan de lleno en el país más poderoso del planeta, y al hecho de que es un acontecimiento que tiene indudables resonancias planetarias. Esto último me interesa resaltarlo también. Es preciso darse cuenta que ya la Segunda Guerra Mundial entraba claramente en esta categoría –fue la apertura colectiva a este sentimiento-. Cualquier cosa que ocurra en cualquier punto afecta a todo lo demás. Naturalemente ésta es una ley de la naturaleza -todo afecta a todo- pero aquí se da de un modo más real, más cierto, más efectivo. Las fronteras empiezan a sentirse ya como puras convenciones, no son tan reales; y el sistema económico y político es una red mucho más frágil y sensible de lo que ha sido nunca antes. Las características de esta red son difíciles de describir aún. La red planetaria está aún en embrión (hace tan solo veinte años Internet era una especie de sueño, por ejemplo). Pero parece evidente en cualquier caso que hemos de poner en marcha procesos legislativos legítimos y directamente aplicables que estén a la altura de las circunstancias. Es decir, que el poder efectivo de legislación no esté en manos de la brutalidad de un Estado en particular sino de una Comunidad de Naciones. Todos sabemos que hoy la ONU es casi un espectro, pero es algo, y es con lo que debemos trabajar, y ser conscientes de que solo una poderosa ley internacional (condenando a aquel que no la respete) puede llevar a buen término los dilemas y las luchas por el dinero y allegados. Ello debe de ir de la mano de una progresiva descentralización de los Estados nacionales, avanzando en el auténtico sentido de la democracia, donde son los ciudadanos y aldeanos los propios señores de las decisiones que más les afectan. Efectivamente, los esfuerzos de los Estados poderosos y de los medios de comunicación van en contra de estos dos movimientos (planetización y descentralización nacional) que se suponen mutuamente, y sin ninguno de los cuales puede hablarse de democracia real a nivel microscópico -mi villa- o macroscópico -mi planeta-, así como tampoco de "libertad" o de todas esas cosas con las que nuestros políticos se llenan la boca.

Miguel R. de P., Noviembre de 2003

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