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Las columnas de soypoeta.com

Miguel R. de P.

El diluvio universal

¿Qué comiste ayer? (26/11/03)

Vamos a hacer un breve recorrido por la rutina de una persona normal, una persona como usted y como yo en un día cualquiera. Vamos a fijar nuestra atención en sus hábitos más fundamentales: alimenticios, de desecho, limpieza, etc. Y vamos a ver a gosso modo las consecuencias ecológico-sociales que implican algunos de sus actos, semejantes a los que todos llevamos a cabo diariamente.

Es fin de semana, el día está entero a la disposición de nuestro hombre. Ni siquiera vamos a entrar en los hábitos de una persona en un día de fatigoso trabajo, donde las cosas se acumulan y uno no tiene espacio para pensar más allá de su ahí inmediato. Las circunstancias nos empujan demasiado hacia la pura mecanización y la supervivencia, a pesar de su disfraz de "comodidad". En primer lugar, ¿qué hace nuestro Juan Nadie nada más levantarse? Va al cuarto de baño, se cepilla los dientes y hace pis. Después quizá se prepara el desayuno; pongamos zumo de naranja, café y tostadas con mantequilla. Pone los platos en la pila para fregarlos. Se da cuenta también de que están los de anoche esperándole. Al cabo de un rato tiene que empezar a pensar en la comida. ¿Qué va a preparar para el almuerzo? Abre la nevera y no ve gran cosa. Decide ir a supermercado. Compra un paquete de pasta, un bote de salsa de tomate, algo de queso, unos filetes de ternera y patatas. Para la cena ha comprado algo de verdura y unas latas de atún y de maíz para una ensalada.

Y bien, ¿qué hay con todo esto? Empecemos por el principio. El cepillado de dientes vamos a dejarlo a un lado. Vamos a dejar de lado las marcas y la compañías en las que invertimos nuestro dinero cuando compramos nuestros útiles, porque entonces tendríamos que escribir enciclopedias enteras de análisis. Si hemos comprado una gran marca, sabemos casi con total seguridad que se trata de una macrocorporación que desequilibra el mundo con sus políticas económicas, empujando hacia el corporativismo, el trabajo asalariado y alienado, y la globalización. Pero decía que dejábamos esto a un lado. Nuestro Juan Nadie hace pis y tira de la cadena. Con este gesto diez litros de agua potable se van por las alcantarillas – a no ser que se disponga de un sistema aséptico alternativo, lo que no es común.
El desayuno. Juan bebe uno o dos vasos de zumo de naranja. Aun en el caso de que sea recién exprimido, lo que también es poco probable, casi con total seguridad Juan tirará las cáscaras de la naranja a la basura. Es difícil calibrar la cantidad de materia orgánica que se tira a la basura indiscriminadamente y que acaba en los vertederos sin uso provechoso alguno. La materia orgánica, fruto de la tierra, debe volver a ella para que los ciclos continúen en armonía. Si tiramos la materia orgánica al estercolero estaremos concediendo indirectamente el uso de abonos químicos para la tierra, lo que a largo plazo pasa factura. Pero lo más probable es que Juan N. ni siquiera exprima su zumo. Lo más probable es que sea zumo de brick.
Las naranjas utilizadas para ese zumo vienen probablemente de otro país, y casi con total seguridad más pobre y sometido a una producción mucho más intensa; pero incluso viniendo de Israel, por ejemplo, el coste ambiental del transporte por avión es desproporcionado. La polución ambiental de los aviones es gigantesca: todos los metales liberados de las turbinas –todos venenosos y cancerígenos- acaban en la comida que comemos. La de los camiones naturalmente tampoco es buena.

El café del desayuno tiene más miga. El café es, junto con los plátanos y otros productos más de esta clase –el chocolate, el azúcar-, uno de los enseres económicamente más desequilibrantes y demoníacos. En inglés se conocen como cash-crops (productos alimenticios que producen fundamentalmente dinero), y países enteros están destinados a su producción bajo las condiciones más miserables que podamos imaginar (siendo afortunado aquel que de hecho puede trabajar en esa cadena de esclavismo). Así los plátanos de El Ecuador, el chocolate en Costa del Marfil, la coca en Colombia…: países enteros dedicados a este tipo de gigantescos monocultivos, gobernados por aún más gigantescas macrocorporaciones (si el producto es ilegal, como en el caso de la coca, la cosa se agrava mucho más). A no ser que el café o productos similares tengan la certificación de "Comercio Justo", hemos de recordarnos su procedencia. El problema del transporte por avión aparece de nuevo; pero aún es más grave que sufragando la produccción del café estamos beneficiando a las grandes corporaciones – corporaciones que compran y venden gobiernos y dictadores, guerras y paces según su parecer e interés.

Hemos acompañado después a Juan Nadie al "super". Ha comprado pasta y salsa de tomate "natural". Todos los productos enlatados son alimentos procesados, y por tanto, además de carecer de la mayor parte de los nutrientes originales, contienen otros productos nocivos para el organismo, muchos de los cuales sin investigar y de los que apenas sabemos sus consecuencias. Los hay mejores y peores, claro está. Hay diferencia entre comprar una hamburguesa en Mc Donalds y la salsa de tomate clásica, pero los alimentos procesados en general ocultan, bajo la apariencia de la comodidad, una buena lista de problemas anexos.
Juan N. también ha comprado queso y carne. El consumo de carne no sólo implica serios problemas éticos sobre la matanza mecanizada de seres vivos y sintientes (sí, siempre hay un coste en la cadena alimentaria, pero se puede minimizar), que muchos no consideran con suficiente cautela, sino también lo que hay asociado al mercado de los productos cárnicos. En primer lugar, el sesenta por ciento del suelo cultivable del mundo está dedicado a los piensos animales (si es que no han metido en su dieta otros productos cárnicos de desecho –cerebros, vísceras,etc.-, como se hacía habitualmente hasta los casos de las "vacas locas"). Esto tiene un coste ambiental de difícil exageración. Los monocultivos son lo más dañino y pernicioso que quepa imaginar para el suelo, que ahora necesita montañas de abonos químicos, pesticidas y herbicidas (puesto que el ciclo natural de depredación y reproducción se ha roto al monopolizarlo). A esto hay que añadir las inmensidades de agua potable que se usan para riego, que nos pondrían los pelos de punta. Los pozos de agua potable están cada vez más profundos – pronto nos veremos en las antípodas durante la excavación. La biodiversidad de la zona se ha roto por completo. Pocos animales además del hombre pueden habitar en semejante ambiente. El consumo de carne ha ido -y va- en prodigioso y progresivo aumento a lo largo de los años en todo el mundo, seguramente por el alza general del poder adquisitivo. La carne raramente proviene de una zona cercana a nuestra vivienda; sino que es llevada bajo sistemas cruentos de transporte durante cientos o miles de kilómetros (sobre todo en los productos que nos llegan a nosotros enlatados, congelados o prefabricados). Esto quiere decir que la calidad de la carne va, e irá, en progresivo descenso en el futuro (lo que ya parecía difícil).

Sobre el queso y otros subproductos animales también cabría mucho que decir. En los Estados Unidos, por ejemplo, favorecer los subproductos animales, como los lácteos, implica por ejemplo el fomento de la industria de los ternerillos lechales. Éstos son terneros exclusivamente alimentados con leche durante largo tiempo en las peores condiciones, de modo que su carne sea de tono blanquecino. No salen de un cubículo de dos por dos –como por lo demás la mayor parte de animales destinados a las carnicerías-, y son forzados a tomar solo leche. También como al resto de los animales criados en macro-granjas, tienen que empujarlos a base de electroshocks para llegar a su destino porque no han desarrollado en absoluto su musculatura, y muchos mueren en el camino del matadero. La mantequilla de las tostadas del desayuno de Juan N. que habíamos dejado olvidada, entra dentro de este cuadro.

Juan N. compró verduras para la cena. Si no están certificadas como "biológicas", se han utilizado toda clase de pesticidas para prevenir las plagas, y se han usado otros productos químicos para hacerlas crecer con rapidez. Los productos biológicos desarrollan su industria a medida que crece la demanda, que cada vez es mayor, pero a menudo se ven envueltos en una cadena de producción demasiado larga – desde la cosecha real hasta su ingestión.
Esto es tanto así, que a veces no se sabe si compensa comprar tales productos pensando en el coste ambiental –de nuevo el transporte- que lleva consigo. Han podido viajar durante tantos y tantos kilómetros que la polución derivada del transporte se equilibra de algún modo con los pesticidas y productos químicos de las verduras "normales". En cualquiera de los casos la calidad de los productos biológicos siempre es mejor que la habitual; es decir, esas verduras son lo que deben ser – verduras. Naturalmente siempre sería mejor si nuestro mismo vecino las cultivase y pudiésemos adquirirlos de él, o si los cultivásemos nosotros mismos, pero al menos con los productos biológicos tenemos garantizado que lo que comemos es verdaderamente comida.
Sobre la lata de maíz no cabe añadir mucho más: es un producto procesadísimo y proviene casi sin duda de un país esclavizado por los caciques de turno. Pero aquí hay que añadir que el maíz es transgénico en prácticamente todas partes. El asunto de la manipulación de los genes tiene varios inconvenientes, como parece lógico: uno es que no sabemos lo que puede resultar de ahí. Sencillamente no lo sabemos. Otro más grave es que las grandes compañías semilleras manipulan el producto para que sea estéril. Es decir: la verdura crece, pero sus semillas son estériles. De este modo se aseguran que nadie pueda ser autosubsistente y de que haya que recurrir a ellas en cada temporada de siembra. La manipulación genética también se puede hacer con vistas a otro tipo de dependencias: la verdura en cuestión puede empezar a necesitar de determinados productos químicos para su crecimiento. Los peligros de todo esto son incalculables. El asunto del atún es también claro: además de las matanzas y la procesación para salir al mercado (quién sabe de dónde provienen los aceites que conservan la carne del atún), los atunes están en peligro de extinción, y con ellos también los delfines, ya que éstos utilizan las rutas de aquéllos para orientarse en las aguas.

Juan Nadie ha venido del supermercado hasta su casa –que está sólo a dos manzanas- con dos bolsas llenas de comida. Las bolsas son de plástico. El plástico es un subprocucto del petróleo, lo que no sólo promueve innecesariamente la industria –podríamos llevar nuesatras propias bolsas-, sino que llama a desastres como los del Prestige con mayores auspicios.
Después de la comida, Juan se enfrenta a la pila de platos acumulados de ayer, del desayuno y del almuerzo. Es probable que ni siquiera llene la pila de agua, sino que deje correr el grifo sin el tapón. Es más que probable, casi seguro, que Juan no utilice un detergente sin fosfatos, contaminantes también. Los detergentes biodegradables son comunes, aunque en la mayoría de los supermercados no es posible adquirirlos.

Henos aquí. La imagen es espantosa, se dirá. Parece que casi todo lo que hacemos es degradante para la Tierra. ¿Qué importa nada entonces? ¡Y seguramente ni siquiera hemos descrito un uno por ciento de lo que hay! Podríamos haber seguido por muchos otros caminos: el papel higiénico que usamos promueve talas indiscriminadas (no sólo del Amazonas, miremos un poco nuestro espacio – se decía que hace un siglo o dos una ardilla podía recorrer España de norte a sur sin tocar el suelo. Cierto o no, no hay más que mirar los paisajes, pongamos por ejemplo, de Asturias, para comprobar que los antiguos bosques han sido sistemáticamente sustituídos por eucaliptales, de rápido crecimiento, sin fruto y destinados a la industria del papel). No sabemos si Juan Nadie tiene automóvil y si lo conduce para comprar el pan; no sabemos si fuma… no sabemos ninguno de sus comportamientos más secundarios. En lo primario podríamos haber hablado también de la ropa. ¿De dónde proviene la lana, el algodón, por no mencionar todos los productos sintétricos? ¿De qué países, en qué fábricas y bajo qué condiciones? El algodón es uno de los productos en el mundo que utiliza más pesticidas. (Su cultivo se alterna con el de los cacahuetes). Gandhi hilaba sus propios vestidos como uno de los símbolos de su revolución y vuelta a la sencillez. No hemos hablado del coste ambiental de la electricidad que todos utilizamos a cada minuto, de las centrales nucleares, de la presas que esquilman la fauna piscícola. No hemos hablado del empaquetamiento de los productos que compramos, con bolsitas y más bolsitas, envoltorios de todo punto innecesarios, que acumulan toneladas de basura diariamente en una gran ciudad. No hemos hablado de tantas y tantas cosas que podrían salir a la luz.

La perspectiva, así vista, parece apocalíptica. Es REAL: esto no debe escapársenos ni un solo instante. No hay exageración alguna. Hasta quizá nos hemos quedado cortos, y el análisis podría haber hilado más fino tadavía. Podemos hilar tan fino que nos dé una parálisis motora. Prácticamente ninguno de nuestros modos de producción es "ecológicamente amistoso". La sustentabilidad del planeta se calcula en un cierto tanto. La mayor parte de los países, incluída España, rebasa la cifra con mucho.
La intención nuestra es sólo llamar la atención. A veces sólo un gople fuerte produce un efecto. ¿Qué podemos hacer? ¿Se puede hacer algo, para empezar? Por supuestísimo que sí, y hay muchas y muy interesantes propuestas para la sustentabilidad a niveles tanto micro como macroscópicos, aunque sin duda muchas políticas económicas globales tendrían que reformarse a fondo para llevarlas a cabo. A nivel individual, todos podemos procurarnos un poco más de atención cuidadosa, que es con lo que se empieza siempre y con lo que siempre contamos. Muchas de las cosas descritas no tienen remedio directo. Pero si nos mantenemos alertas veremos que hay siempre alternativas en muchas circunstancias, o posibilidad de crearlas.
Por ejemplo:
- Fomentar el reciclaje de papel, cristal, latas, bricks, plásticos de distintas clases, etc.
- Tener un compost: un cubo aparte para depositar la materia orgánica. Hasta en las ciudades hay jardines donde podría descomponerse para abono natural.
- Fometar el consumo de productos con certificación biológica, detergentes sin fosfatos o bajo la certificación del Comercio Justo si son productos
clásicos de explotación.
- No comprar productos de grandes multinacionales. Buscar alternativas más pequeñas, especialmente locales, cerca nuestro.
- No comprar nada que tenga un empaquetamiento excesivo y que produzca más basura de la necesaria.
- Llevar una bolsa de la compra con nosotros cuando vamos al supermercado.
- Reducir el consumo de carne. Pongamos de dos veces por día a dos por semana.
- Hablar con gente, promover cambios a nivel político y local. En el barrio, en la comunidad de vecinos, etc. (Dice Noam Chomsky que justamente lo que temen más las grandes corpraciones es este tipo de asociación, porque son las más inexpugnables y seguras).

Pueden hacerse muchas cosas. La mayoría requiere cambios de actitud, y alguna que otra ruptura con rutinas asentadas. No conviene excederse en el celo revolucionario. Los cambios se operan lentamente. Ninguno somos perfectos ni lo vamos a ser nunca, pero como comer, coser y cantar, todo es empezar.


Miguel R. de P., Noviembre de 2003

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