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Vamos a hacer un breve recorrido por la rutina de una persona
normal, una persona como usted y como yo en un día cualquiera.
Vamos a fijar nuestra atención en sus hábitos más
fundamentales: alimenticios, de desecho, limpieza, etc. Y vamos
a ver a gosso modo las consecuencias ecológico-sociales que
implican algunos de sus actos, semejantes a los que todos llevamos
a cabo diariamente.
Es fin de semana, el día está entero a la disposición
de nuestro hombre. Ni siquiera vamos a entrar en los hábitos
de una persona en un día de fatigoso trabajo, donde las cosas
se acumulan y uno no tiene espacio para pensar más allá
de su ahí inmediato. Las circunstancias nos empujan demasiado
hacia la pura mecanización y la supervivencia, a pesar de
su disfraz de "comodidad". En primer lugar, ¿qué
hace nuestro Juan Nadie nada más levantarse? Va al cuarto
de baño, se cepilla los dientes y hace pis. Después
quizá se prepara el desayuno; pongamos zumo de naranja, café
y tostadas con mantequilla. Pone los platos en la pila para fregarlos.
Se da cuenta también de que están los de anoche esperándole.
Al cabo de un rato tiene que empezar a pensar en la comida. ¿Qué
va a preparar para el almuerzo? Abre la nevera y no ve gran cosa.
Decide ir a supermercado. Compra un paquete de pasta, un bote de
salsa de tomate, algo de queso, unos filetes de ternera y patatas.
Para la cena ha comprado algo de verdura y unas latas de atún
y de maíz para una ensalada.
Y bien, ¿qué hay con todo esto? Empecemos por el
principio. El cepillado de dientes vamos a dejarlo a un lado. Vamos
a dejar de lado las marcas y la compañías en las que
invertimos nuestro dinero cuando compramos nuestros útiles,
porque entonces tendríamos que escribir enciclopedias enteras
de análisis. Si hemos comprado una gran marca, sabemos casi
con total seguridad que se trata de una macrocorporación
que desequilibra el mundo con sus políticas económicas,
empujando hacia el corporativismo, el trabajo asalariado y alienado,
y la globalización. Pero decía que dejábamos
esto a un lado. Nuestro Juan Nadie hace pis y tira de la cadena.
Con este gesto diez litros de agua potable se van por las alcantarillas
a no ser que se disponga de un sistema aséptico alternativo,
lo que no es común.
El desayuno. Juan bebe uno o dos vasos de zumo de naranja. Aun en
el caso de que sea recién exprimido, lo que también
es poco probable, casi con total seguridad Juan tirará las
cáscaras de la naranja a la basura. Es difícil calibrar
la cantidad de materia orgánica que se tira a la basura indiscriminadamente
y que acaba en los vertederos sin uso provechoso alguno. La materia
orgánica, fruto de la tierra, debe volver a ella para que
los ciclos continúen en armonía. Si tiramos la materia
orgánica al estercolero estaremos concediendo indirectamente
el uso de abonos químicos para la tierra, lo que a largo
plazo pasa factura. Pero lo más probable es que Juan N. ni
siquiera exprima su zumo. Lo más probable es que sea zumo
de brick.
Las naranjas utilizadas para ese zumo vienen probablemente de otro
país, y casi con total seguridad más pobre y sometido
a una producción mucho más intensa; pero incluso viniendo
de Israel, por ejemplo, el coste ambiental del transporte por avión
es desproporcionado. La polución ambiental de los aviones
es gigantesca: todos los metales liberados de las turbinas todos
venenosos y cancerígenos- acaban en la comida que comemos.
La de los camiones naturalmente tampoco es buena.
El café del desayuno tiene más miga. El café
es, junto con los plátanos y otros productos más de
esta clase el chocolate, el azúcar-, uno de los enseres
económicamente más desequilibrantes y demoníacos.
En inglés se conocen como cash-crops (productos alimenticios
que producen fundamentalmente dinero), y países enteros están
destinados a su producción bajo las condiciones más
miserables que podamos imaginar (siendo afortunado aquel que de
hecho puede trabajar en esa cadena de esclavismo). Así los
plátanos de El Ecuador, el chocolate en Costa del Marfil,
la coca en Colombia
: países enteros dedicados a este
tipo de gigantescos monocultivos, gobernados por aún más
gigantescas macrocorporaciones (si el producto es ilegal, como en
el caso de la coca, la cosa se agrava mucho más). A no ser
que el café o productos similares tengan la certificación
de "Comercio Justo", hemos de recordarnos su procedencia.
El problema del transporte por avión aparece de nuevo; pero
aún es más grave que sufragando la produccción
del café estamos beneficiando a las grandes corporaciones
corporaciones que compran y venden gobiernos y dictadores,
guerras y paces según su parecer e interés.
Hemos acompañado después a Juan Nadie al "super".
Ha comprado pasta y salsa de tomate "natural". Todos los
productos enlatados son alimentos procesados, y por tanto, además
de carecer de la mayor parte de los nutrientes originales, contienen
otros productos nocivos para el organismo, muchos de los cuales
sin investigar y de los que apenas sabemos sus consecuencias. Los
hay mejores y peores, claro está. Hay diferencia entre comprar
una hamburguesa en Mc Donalds y la salsa de tomate clásica,
pero los alimentos procesados en general ocultan, bajo la apariencia
de la comodidad, una buena lista de problemas anexos.
Juan N. también ha comprado queso y carne. El consumo de
carne no sólo implica serios problemas éticos sobre
la matanza mecanizada de seres vivos y sintientes (sí, siempre
hay un coste en la cadena alimentaria, pero se puede minimizar),
que muchos no consideran con suficiente cautela, sino también
lo que hay asociado al mercado de los productos cárnicos.
En primer lugar, el sesenta por ciento del suelo cultivable del
mundo está dedicado a los piensos animales (si es que no
han metido en su dieta otros productos cárnicos de desecho
cerebros, vísceras,etc.-, como se hacía habitualmente
hasta los casos de las "vacas locas"). Esto tiene un coste
ambiental de difícil exageración. Los monocultivos
son lo más dañino y pernicioso que quepa imaginar
para el suelo, que ahora necesita montañas de abonos químicos,
pesticidas y herbicidas (puesto que el ciclo natural de depredación
y reproducción se ha roto al monopolizarlo). A esto hay que
añadir las inmensidades de agua potable que se usan para
riego, que nos pondrían los pelos de punta. Los pozos de
agua potable están cada vez más profundos pronto
nos veremos en las antípodas durante la excavación.
La biodiversidad de la zona se ha roto por completo. Pocos animales
además del hombre pueden habitar en semejante ambiente. El
consumo de carne ha ido -y va- en prodigioso y progresivo aumento
a lo largo de los años en todo el mundo, seguramente por
el alza general del poder adquisitivo. La carne raramente proviene
de una zona cercana a nuestra vivienda; sino que es llevada bajo
sistemas cruentos de transporte durante cientos o miles de kilómetros
(sobre todo en los productos que nos llegan a nosotros enlatados,
congelados o prefabricados). Esto quiere decir que la calidad de
la carne va, e irá, en progresivo descenso en el futuro (lo
que ya parecía difícil).
Sobre el queso y otros subproductos animales también cabría
mucho que decir. En los Estados Unidos, por ejemplo, favorecer los
subproductos animales, como los lácteos, implica por ejemplo
el fomento de la industria de los ternerillos lechales. Éstos
son terneros exclusivamente alimentados con leche durante largo
tiempo en las peores condiciones, de modo que su carne sea de tono
blanquecino. No salen de un cubículo de dos por dos como
por lo demás la mayor parte de animales destinados a las
carnicerías-, y son forzados a tomar solo leche. También
como al resto de los animales criados en macro-granjas, tienen que
empujarlos a base de electroshocks para llegar a su destino porque
no han desarrollado en absoluto su musculatura, y muchos mueren
en el camino del matadero. La mantequilla de las tostadas del desayuno
de Juan N. que habíamos dejado olvidada, entra dentro de
este cuadro.
Juan N. compró verduras para la cena. Si no están
certificadas como "biológicas", se han utilizado
toda clase de pesticidas para prevenir las plagas, y se han usado
otros productos químicos para hacerlas crecer con rapidez.
Los productos biológicos desarrollan su industria a medida
que crece la demanda, que cada vez es mayor, pero a menudo se ven
envueltos en una cadena de producción demasiado larga
desde la cosecha real hasta su ingestión.
Esto es tanto así, que a veces no se sabe si compensa comprar
tales productos pensando en el coste ambiental de nuevo el
transporte- que lleva consigo. Han podido viajar durante tantos
y tantos kilómetros que la polución derivada del transporte
se equilibra de algún modo con los pesticidas y productos
químicos de las verduras "normales". En cualquiera
de los casos la calidad de los productos biológicos siempre
es mejor que la habitual; es decir, esas verduras son lo que deben
ser verduras. Naturalmente siempre sería mejor si
nuestro mismo vecino las cultivase y pudiésemos adquirirlos
de él, o si los cultivásemos nosotros mismos, pero
al menos con los productos biológicos tenemos garantizado
que lo que comemos es verdaderamente comida.
Sobre la lata de maíz no cabe añadir mucho más:
es un producto procesadísimo y proviene casi sin duda de
un país esclavizado por los caciques de turno. Pero aquí
hay que añadir que el maíz es transgénico en
prácticamente todas partes. El asunto de la manipulación
de los genes tiene varios inconvenientes, como parece lógico:
uno es que no sabemos lo que puede resultar de ahí. Sencillamente
no lo sabemos. Otro más grave es que las grandes compañías
semilleras manipulan el producto para que sea estéril. Es
decir: la verdura crece, pero sus semillas son estériles.
De este modo se aseguran que nadie pueda ser autosubsistente y de
que haya que recurrir a ellas en cada temporada de siembra. La manipulación
genética también se puede hacer con vistas a otro
tipo de dependencias: la verdura en cuestión puede empezar
a necesitar de determinados productos químicos para su crecimiento.
Los peligros de todo esto son incalculables. El asunto del atún
es también claro: además de las matanzas y la procesación
para salir al mercado (quién sabe de dónde provienen
los aceites que conservan la carne del atún), los atunes
están en peligro de extinción, y con ellos también
los delfines, ya que éstos utilizan las rutas de aquéllos
para orientarse en las aguas.
Juan Nadie ha venido del supermercado hasta su casa que está
sólo a dos manzanas- con dos bolsas llenas de comida. Las
bolsas son de plástico. El plástico es un subprocucto
del petróleo, lo que no sólo promueve innecesariamente
la industria podríamos llevar nuesatras propias bolsas-,
sino que llama a desastres como los del Prestige con mayores auspicios.
Después de la comida, Juan se enfrenta a la pila de platos
acumulados de ayer, del desayuno y del almuerzo. Es probable que
ni siquiera llene la pila de agua, sino que deje correr el grifo
sin el tapón. Es más que probable, casi seguro, que
Juan no utilice un detergente sin fosfatos, contaminantes también.
Los detergentes biodegradables son comunes, aunque en la mayoría
de los supermercados no es posible adquirirlos.
Henos aquí. La imagen es espantosa, se dirá. Parece
que casi todo lo que hacemos es degradante para la Tierra. ¿Qué
importa nada entonces? ¡Y seguramente ni siquiera hemos descrito
un uno por ciento de lo que hay! Podríamos haber seguido
por muchos otros caminos: el papel higiénico que usamos promueve
talas indiscriminadas (no sólo del Amazonas, miremos un poco
nuestro espacio se decía que hace un siglo o dos una
ardilla podía recorrer España de norte a sur sin tocar
el suelo. Cierto o no, no hay más que mirar los paisajes,
pongamos por ejemplo, de Asturias, para comprobar que los antiguos
bosques han sido sistemáticamente sustituídos por
eucaliptales, de rápido crecimiento, sin fruto y destinados
a la industria del papel). No sabemos si Juan Nadie tiene automóvil
y si lo conduce para comprar el pan; no sabemos si fuma
no
sabemos ninguno de sus comportamientos más secundarios. En
lo primario podríamos haber hablado también de la
ropa. ¿De dónde proviene la lana, el algodón,
por no mencionar todos los productos sintétricos? ¿De
qué países, en qué fábricas y bajo qué
condiciones? El algodón es uno de los productos en el mundo
que utiliza más pesticidas. (Su cultivo se alterna con el
de los cacahuetes). Gandhi hilaba sus propios vestidos como uno
de los símbolos de su revolución y vuelta a la sencillez.
No hemos hablado del coste ambiental de la electricidad que todos
utilizamos a cada minuto, de las centrales nucleares, de la presas
que esquilman la fauna piscícola. No hemos hablado del empaquetamiento
de los productos que compramos, con bolsitas y más bolsitas,
envoltorios de todo punto innecesarios, que acumulan toneladas de
basura diariamente en una gran ciudad. No hemos hablado de tantas
y tantas cosas que podrían salir a la luz.
La perspectiva, así vista, parece apocalíptica. Es
REAL: esto no debe escapársenos ni un solo instante. No hay
exageración alguna. Hasta quizá nos hemos quedado
cortos, y el análisis podría haber hilado más
fino tadavía. Podemos hilar tan fino que nos dé una
parálisis motora. Prácticamente ninguno de nuestros
modos de producción es "ecológicamente amistoso".
La sustentabilidad del planeta se calcula en un cierto tanto. La
mayor parte de los países, incluída España,
rebasa la cifra con mucho.
La intención nuestra es sólo llamar la atención.
A veces sólo un gople fuerte produce un efecto. ¿Qué
podemos hacer? ¿Se puede hacer algo, para empezar? Por supuestísimo
que sí, y hay muchas y muy interesantes propuestas para la
sustentabilidad a niveles tanto micro como macroscópicos,
aunque sin duda muchas políticas económicas globales
tendrían que reformarse a fondo para llevarlas a cabo. A
nivel individual, todos podemos procurarnos un poco más de
atención cuidadosa, que es con lo que se empieza siempre
y con lo que siempre contamos. Muchas de las cosas descritas no
tienen remedio directo. Pero si nos mantenemos alertas veremos que
hay siempre alternativas en muchas circunstancias, o posibilidad
de crearlas.
Por ejemplo:
- Fomentar el reciclaje de papel, cristal, latas, bricks, plásticos
de distintas clases, etc.
- Tener un compost: un cubo aparte para depositar la materia orgánica.
Hasta en las ciudades hay jardines donde podría descomponerse
para abono natural.
- Fometar el consumo de productos con certificación biológica,
detergentes sin fosfatos o bajo la certificación del Comercio
Justo si son productos
clásicos de explotación.
- No comprar productos de grandes multinacionales. Buscar alternativas
más pequeñas, especialmente locales, cerca nuestro.
- No comprar nada que tenga un empaquetamiento excesivo y que produzca
más basura de la necesaria.
- Llevar una bolsa de la compra con nosotros cuando vamos al supermercado.
- Reducir el consumo de carne. Pongamos de dos veces por día
a dos por semana.
- Hablar con gente, promover cambios a nivel político y local.
En el barrio, en la comunidad de vecinos, etc. (Dice Noam Chomsky
que justamente lo que temen más las grandes corpraciones
es este tipo de asociación, porque son las más inexpugnables
y seguras).
Pueden hacerse muchas cosas. La mayoría requiere cambios
de actitud, y alguna que otra ruptura con rutinas asentadas. No
conviene excederse en el celo revolucionario. Los cambios se operan
lentamente. Ninguno somos perfectos ni lo vamos a ser nunca, pero
como comer, coser y cantar, todo es empezar.
Miguel R. de P., Noviembre de 2003