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Se supone desde hace tiempo que las dos alternativas principales
en el planteamiento de los grandes sistemas económicos han
sido el comunismo y el capitalismo, triunfando finalmente este último
para reinar hasta no se sabe cuándo. Pues bien, aquí
hemos de sostener que esta concepción es una falacia, que
ninguno de los dos -bien definidos- ha llegado a ser lo que debiera
haber sido, y que, sobre todo hoy, el macrosistema económico
bajo el que vivimos no tiene que ver ni con el comunismo -desde
luego- ni con el capitalismo -lo que acaso resultará más
sorprendente-.
Para demostrar esta tesis debemos primero definir los términos.
"Comunismo" en general se refiere a los intentos de hacer
del pueblo su propio gobernante; es decir, apuntando a la posibilidad
utópica de que seamos cada uno de nosotros los que de hecho
tomemos parte en las decisiones que más nos conciernen. El
Estado, al menos idealmente, no sería un Leviatán
burocrático que utiliza determinadas consignas -ya sean "comunistas"
o feudalistas- para sostener el poder contra los intereses
generales y particulares. Como todo el mundo sabe, esto último
es lo que acabó por ser el sistema soviético, que
ya estaba en embrión en las ideas de Lenin, y quizá
también en las de los propios Marx y Engels. (Podría
hablarse de un progresivo deterioro del ideal a conseguir, con su
culminación sin par en el sin par camarada Stalin).
Las gentes gobernándose a sí mismas es algo que nunca
se ha producido. Esto es claro. Es algo por los que muchos (muchos
en verdad) se dejaron la vida en tiempos -ya fuese durante la Revolución
Francesa, durante la revolución de 1848, durante la guerra
civil española o en otros grandes encuentros, no necesariamente
bélicos, donde lo nuevo empujaba por salir de entre lo viejo-.
De algún modo, el paso que debía ser sólo intermedio
de acuerdo con la dialéctica de Marx, la dictadura del proletariado,
se convirtió en la dictadura de los de siempre sólo
que con caras pintadas de rojo, en lugar de blanco o azul. También
habría que ver si hubo una "dictadura del proletariado"
alguna vez, y habría que ver si esa dialéctica es
todavía válida, donde el proletariado como tal existe
hoy de un modo tan distinto al de entonces. De cualquier modo el
de Marx es un intento crucial de descripción de las fases
por las que podría pasar una revolución hasta conseguir
sus objetivos principales: la igualdad económica, el cese
de la explotación, la igualdad de oportunidades, la conquista
de un mundo más racional antes que mítico y supersticioso
basado en poderes desequilibrantes, etc.
En algunos momentos de la historia se han producido amagos que apuntaban
a las primeras fases de este objetivo, la del/os alzamiento/s. En
la historia de España de los dos últimos siglos, por
ejemplo, puede verse este constante ir y venir entre lo viejo y
lo nuevo, una alternancia de locura que desembocó en la terrible
contienda de la guerra civil. En España hemos podido contemplar
con especial asombro la versatilidad y la mezcla de todas las partes,
la confusión, y las abismales diferencias que pueden darse
entre unas partes y las otras, siendo al mismo tiempo tan semejantes
en algunos puntos que causa pavor pensar en el derramamiento de
sangre que se produjo. También lo vemos en la historia de
otros países europeos, sobre todo Italia y Alemania. (Francia
e Inglaterra, por las razones que sean, no han dado nunca tantos
tumbos). Pero la cuestión principal es la misma: hubo intentos,
y se quedaron como mucho en la cuarta parte del camino. Hoy los
sigue habiendo, adecuados a los tiempos de la globalización,
del dominio del Imperio Yanqui y del desastre ecológico.
Lo importante es darnos cuenta de que la lucha entre lo Viejo y
lo Nuevo sigue ahí presente, y es necesaria e inevitable
- forma parte de la trama de la evolución del mundo. Hoy
la lucha se ha transformado en algo distinto, y por eso los comunistas
de la vieja escuela nos parecen antes unos carcamales que revolucionarios.
Mas los objetivos siguen presentes, y las técnicas para ir
llegando a ellos mantienen una misma esencia, cambiando mucho de
forma de acuerdo con la creciente complejidad de nuestro mundo.
Se dice en cambio que el comunismo ya perdió la guerra. Se
dice que ha triunfado el capitalismo. Yo rebato ambos puntos. El
comunismo, en cuanto a aspiraciones originales, no ha perdido la
guerra -lo que es imposible, pues por lo menos se trata siempre
de una Alternancia de lo Viejo y lo Nuevo, si queremos seguir en
esa dialéctica -, sino quizá las primeras batallas.
Pero por supuesto debemos entender aquí "comunismo"
como esa esencia a la que nos referíamos antes, como lo nuevo
e ideal que todavía empuja por salir hasta que reine una
paz y una libertad más ciertas y asentadas en la justicia
-justicia de acuerdo con criterios puramente racionales: que millones
no mueran de hambre en el mundo día a día mientras
otros beben martinis por el mismo coste de sus posibles e inexistentes
salarios, etc.-. Si entendemos "comunismo" al viejo modo
carcamal y estatalista, centralizado y burocrático, politizado
hasta el espasmo, entonces es evidente que está muerto y
enterrado. La lucha real prosigue, y es inevitable que así
sea hasta que se haya alcanzado una felicidad razonable en ese
terreno (lo del terreno es importante porque es también
claro, aún más desde los desastres comunistas del
pasado siglo, que unas simples reformas económicas no pueden
hacerlo todo, y que la felicidad del ser humano al completo ha de
trabajarse en varios niveles -vertical- y terrenos -horizontal-
al mismo tiempo). En muchos sentidos se han hecho avances. Quizá
no gracias directamente al "comunismo", pero avances sin
duda en esa dirección hacia la esencia de sus valores. Al
menos para algunos pocos países privilegiados del primer
mundo que disponen de cierta libertad de expresión y una
cierta igualdad de oportunidades (comparados con otros países
menos desarrollados).
Queda por rebatir el segundo punto: que ha vencido el capitalismo.
Creo que aquí más que nunca hay una falta de enfoque
y definición del término. Porque, ¿qué
es el "capitalismo"? De acuerdo con la concepción
de los que dicen que ha triunfado, capitalismo es el sistema económico
de la explotación de las macrocorporaciones sobre el pueblo
alienado que ya no sabe ni que lo está (se han introducido
poderosísimas variantes para el mantenimiento del statu
quo, como el bombardeo de los medios de comunicación
que se infiltran en cada hogar adormeciéndonos - antes era
"sólo" la porra del policía, en el mejor
de los casos). Es cierto que esta concepción misma de capitalismo
se debe a los propios Marx y Engels, cuando en sus términos
contraponían el "comunismo" -el bien- con el "capitalismo"
-Satán-. Pero el término capitalismo, bien mirado,
y de acuerdo con su expositor inicial, Adam Smith, es fundamentalmente
un sistema de intercambio basado en la oferta, la demanda y la competencia.
La oferta y la demanda son impepinables siempre que haya vida en
sociedad. La competencia -real y verdaderamente competencia-
es lo que brilla por su ausencia en el mundo de hoy.
Un primer vistazo parece contradecir la observación. El mundo
económico se nos antoja una poderosísima maquinaria
donde el que no triunfa pierde, donde todo el mundo está
agotado por la presión del vecino, ante el cual sólo
cabe superar, etcétera. Y este es un aspecto de nuestro mundo
sin duda cierto, pero no de nuestro mundo al completo, pues también
podemos observar aquí y allí lo contrario: camaradería,
apoyo, sustento, etc. Si nos acercamos a la gran economía
de cerca nos damos cuenta en seguida de que la competencia no existe
como tal, sino que el mercado se basa en monoplios o bipolios de
enorme poder con los que en términos económicos nadie
puede competir de hecho. Y es aquí donde está
la cuestión crucial: si la competencia existiese verdaderamente
(y por tanto el sistema capitalista) entonces la igualdad económica
tendería a producirse con más naturalidad. Es decir,
para poder competir libremente uno tiene, en primer lugar, que poder
competir, lo que no es el caso. Si se diese una situación
de "libre mercado" en el sentido genuino, y amparando
su seguridad por leyes que eviten monopolios, bipolios y grandes
corporaciones, entonces estaríamos hablando de un sistema
económico en que el aumento de la clase media se seguiría
en la misma proporción en que descenderían las muy
altas, alta y clases muy bajas. Es decir, habría una tendencia
a la igualación económica, que en principio nos parece
la más deseable y la más justa.
Olvidémonos quizá de mi comentario anterior sobre
la "naturalidad" del proceso, que puede llevar a discusiones
demasiado efímeras y desviadas del tema. Supongamos incluso
que es natural el movimiento contrario (la acumulación de
capital en unas solas manos). Supongamos que es artificial la pretensión
de la igualación (puesto que qué no lo es una vez
que algo está instrumentalizado). Entonces arribamos a la
conclusión de que una libre competencia real, y para
que el capital -"trabajo acumulado", de acuerdo con la
definición de Marx- no se aglutine en unos pocos poderosísimos,
debe estar regida por unas leyes claras y severas que impidan este
tipo de congestión. Las leyes no son nunca neutras (no existe
esa "naturalidad"). Las leyes están puestas por
ciertas personas bajo determinados intereses, que
conducen la economía -y otras cosas- de un modo u
otro. Las actuales están destinadas a mantener los coágulos
de poder y capital en unas pocas manos, en lugar de liberarlas de
verdad a la libre competencia. Si diseñamos un proyecto de
leyes que liberen el capital en un sentido auténtico (paliando
las posibilidades de acumulación en unas pocas manos), nos
acercaríamos mucho más a la igualdad de oportunidades
a la que el comunismo por el -aparente- lado contrario aspiraba.
Paradójicamente, la promulgación de un cuerpo de leyes
semejante tendería al "comunismo", en el sentido
de que permitiría de hecho más capacidad de
decisión y más autonomía al pueblo, a sujetos
singulares o colectivos, más cerca de sus necesidades reales.
Por el contrario, y para vislumbrar un punto sintético, en
un régimen "comunista" estancado como el antiguo
soviético, la solución estaría exactamente
en el mismo lugar sólo que aproximada desde el punto de vista
contrario: se necesitaría una liberación de la competencia
de las garras del Estado, y así el pueblo comenzaría
de hecho a tomar sus propias decisiones en este nivel básico-económico.
El Estado debiera asegurar la posibilidad de la libre competencia,
y no sujetarse a su férreo control.
Qué curioso: al final resulta que ambos sistemas, "capitalismo" y "comunismo", no son tan distintos cuando sistematizados (uno en forma de grandes corporaciones gobernando el mundo y el otro en forma de grandes Estados burocráticos). Y también, de nuevo qué curioso, sus aspiraciones genuinas y originales también tocan puntos importantes en común. Y más curioso todavía: ninguno se ha visto cumplido del todo en su aspiración. Por uno u otro lado nos hemos quedado a mitad de camino -si llega-. ¿Dónde nos encontramos entonces y por qué todo este mareo en torno al capitalismo y el comunismo? La respuesta, lejos de ser sencilla, apunta a una cuestión: que es fácil quedarse en las meras palabras y sistemas-a-rajatabla, que una vez ahí estancados todo son contradicciones dialécticas, y, por último, que la síntesis es real y se sigue pidiendo: no sólo es "ideal" sino también la única posibilidad.
Todo esto es muy interesante. ¿Estamos llegando a una síntesis?
A mi modo de ver en cierto modo ya puede vislumbrarse. No sabemos
lo que nos deparará el futuro, es imposible de predecir,
pero la síntesis y la "solución" pueden
verse con más claridad. Al menos con mucha más claridad
que en los siglos pasados. Las tremendas crisis del XX nos han impuesto
una mirada que transciende los patrones habituales de dialéctica
de contrarios -por ejemplo la clásica entre capitalismo y
comunismo, que indirectamente sigue siendo la legisladora-. El contrario
de la síntesis a la que aludíamos más arriba
amanecerá también en su momento -puesto que la síntesis
se torna otra vez tesis, que vuelve a necesitar de una antítesis,
y así sucesivamente-, pero hasta que no se haya alcanzado
ésta todo hablar es ocioso.
La síntesis aludida tiende a ir, tomémoslo por el
lado que queramos, hacia la descentralización del poder estatal,
hacia la igualdad de oportunidades y hacia el desmantelamiento del
sistema actual de las macrocorporaciones. La tendencia a este punto
es igualmente parte del ideal del comunismo -bien entendido- y del
capitalismo -bien entendido-. Pero en ninguno de los dos se llevó
a cabo como correspondía originalmente porque el egoísmo,
la avaricia, en fin, todos los pecados capitales, se interpusieron
(es decir, estaríamos hablando de reformas en otros terrenos,
no económicos). Mas no es una cuestión de blanco o
negro, de si se cumplió o no se cumplió -porque
en ese caso siempre estaremos justificados a decir: "no se
cumplió el ideal: volvamos a las viejas pautas egoístas,
que al parecer son las únicas que funcionan". Este es
el pensamiento que prima hoy, aunque sea de modo inconsciente. Lo
que se olvida con facilidad es la Historia, las luchas; y si miramos
éstas nos damos cuenta de que todo empuje hacia ese ideal
insobornable -por ser el único verdaderamente justo- ha traído
muchos frutos. No puede hablarse de blanco o de negro. Sólo
puede hablarse de desarrollo, de conquistas parciales, de derrotas
parciales (derrotas que no son tales bien miradas, sino simples
errores de cálculo como el mencionado del marxismo que ingenuamente
creyó que sólo solucionando el terreno económico
ya podríamos disfrutar del Paraíso en la Tierra).
Desde que comenzaron las primeras miradas de lo que podría
ser un mundo sin explotación se han hecho muchas cosas. El
mundo hoy es mucho más complejo que cuando esas miradas empezaron
a acontecer, y es por ello por lo que los problemas se han multiplicado
por mil y complejizado también por mil. Pero no por ello
las conquistas quedan invalidadas. Si no fuera por ellas prácticamente
nada de lo que hacemos hoy -como escribir estas líneas- sería
posible. Los peligros reales que nos acechan no deben cegar nuestra
mirada del pasado, ni hacerla escéptica. Debemos estudiar
las cosas con cuidado.
Los análisis sobre las posibilidades del futuro no deben
caer, como decimos, ni en el pesimismo colapsado ni el optimismo
ciego e iluso. Todos lo sabemos: las cosas no están bien.
Cuanto más miramos el mundo más nos damos cuenta de
cuántas barbaridades ocurren y siguen ocurriendo, y en las
que todos, de un modo u otro, colaboramos. Hay esperanzas también
que albergar. Mas todo análisis es tuerto si no comprendemos
la profundidad y la dificultad de un cambio global. Aunque los tiempos
sigan avanzando y evolucionemos inevitablemente a través
de esa dialéctica de teis-antítesis-síntesis
y otra vez, creando totalidades y perspectivas cada vez mayores,
lo cierto es que cada uno de nosotros, cada uno de los grupos y
también las grandes sociedades al completo deben pasar por
una limpieza y una concienciación (interior, no impuesta
desde fuera) muy altas, y que requieren mucho. Hoy esta conciencia
es muy muy minoritaria, no caben engaños al respecto, y podríamos
especular demasiado sobre si será diferente en el futuro.
Lo único que cabe decir, además de animarnos a hacer
lo que podamos dentro de nuestra infinitas limitaciones como individuos
en una circunstancia, es que debemos apostar por una perspectiva
integral, en la que el mayor número de terrenos posible -económicos,
políticos, legislativos, etc.- se organicen de acuerdo con
los criterios más altos posibles. La mirada alta y luego
el trabajo consecuente es lo único que procuraría
de hecho que tanto individuos, como grupos, o grandes sociedades
crezcan hasta cierto punto sintético-integral. Si sobre todo
las leyes, y con ellas también nuestras pautas de conducta,
se basan en la dineromanía, el poder, la explotación
(consciente o inconsciente - hay que hacer mucho análisis),
entonces eso justamente es lo que obtendremos. Si, por el
contrario, nos elevamos hacia una visión integral del ser
humano y de las sociedades, comprendiendo sus objetivos últimos
y los inmediatos (la pirámide las necesidades), entonces
es posible que el crecimiento a lo largo de tal pirámide
se realice de un modo más armónico.
La pauta de crecimiento posible está ahí. Lo acontecido
en la historia hasta el momento está ahí - si sabemos
mantenernos al margen del pesimismo y del optimismo. Los pasos escalonados
hacia la consecución del ideal son inevitables. Reproducen
una cadena de niveles por las que pasan todo individuo y sociedad
en su desarrollo (con sus éxitos y sus patologías).
La perspectiva integral es la única que tendría capacidad
de contemplar cada uno de los escalones desde arriba, apoyando la
transcendencia del peldaño anterior, animándole a
superar lo suyo propio para abrazar lo siguiente (a través
de un conflicto y una crisis inevitables) - y así sucesivamente.
Pero una descripción de los escalones hasta lo intregral
nos llevaría demasiado lejos
Miguel R. de P.
Vancouver, diciembre del 2003.