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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

Comunismo y capitalismo. (16/12/03)

       Se supone desde hace tiempo que las dos alternativas principales en el planteamiento de los grandes sistemas económicos han sido el comunismo y el capitalismo, triunfando finalmente este último para reinar hasta no se sabe cuándo. Pues bien, aquí hemos de sostener que esta concepción es una falacia, que ninguno de los dos -bien definidos- ha llegado a ser lo que debiera haber sido, y que, sobre todo hoy, el macrosistema económico bajo el que vivimos no tiene que ver ni con el comunismo -desde luego- ni con el capitalismo -lo que acaso resultará más sorprendente-.
       Para demostrar esta tesis debemos primero definir los términos. "Comunismo" en general se refiere a los intentos de hacer del pueblo su propio gobernante; es decir, apuntando a la posibilidad utópica de que seamos cada uno de nosotros los que de hecho tomemos parte en las decisiones que más nos conciernen. El Estado, al menos idealmente, no sería un Leviatán burocrático que utiliza determinadas consignas -ya sean "comunistas" o feudalistas- para sostener el poder contra los intereses generales y particulares. Como todo el mundo sabe, esto último es lo que acabó por ser el sistema soviético, que ya estaba en embrión en las ideas de Lenin, y quizá también en las de los propios Marx y Engels. (Podría hablarse de un progresivo deterioro del ideal a conseguir, con su culminación sin par en el sin par camarada Stalin).
       Las gentes gobernándose a sí mismas es algo que nunca se ha producido. Esto es claro. Es algo por los que muchos (muchos en verdad) se dejaron la vida en tiempos -ya fuese durante la Revolución Francesa, durante la revolución de 1848, durante la guerra civil española o en otros grandes encuentros, no necesariamente bélicos, donde lo nuevo empujaba por salir de entre lo viejo-. De algún modo, el paso que debía ser sólo intermedio de acuerdo con la dialéctica de Marx, la dictadura del proletariado, se convirtió en la dictadura de los de siempre sólo que con caras pintadas de rojo, en lugar de blanco o azul. También habría que ver si hubo una "dictadura del proletariado" alguna vez, y habría que ver si esa dialéctica es todavía válida, donde el proletariado como tal existe hoy de un modo tan distinto al de entonces. De cualquier modo el de Marx es un intento crucial de descripción de las fases por las que podría pasar una revolución hasta conseguir sus objetivos principales: la igualdad económica, el cese de la explotación, la igualdad de oportunidades, la conquista de un mundo más racional antes que mítico y supersticioso basado en poderes desequilibrantes, etc.
       En algunos momentos de la historia se han producido amagos que apuntaban a las primeras fases de este objetivo, la del/os alzamiento/s. En la historia de España de los dos últimos siglos, por ejemplo, puede verse este constante ir y venir entre lo viejo y lo nuevo, una alternancia de locura que desembocó en la terrible contienda de la guerra civil. En España hemos podido contemplar con especial asombro la versatilidad y la mezcla de todas las partes, la confusión, y las abismales diferencias que pueden darse entre unas partes y las otras, siendo al mismo tiempo tan semejantes en algunos puntos que causa pavor pensar en el derramamiento de sangre que se produjo. También lo vemos en la historia de otros países europeos, sobre todo Italia y Alemania. (Francia e Inglaterra, por las razones que sean, no han dado nunca tantos tumbos). Pero la cuestión principal es la misma: hubo intentos, y se quedaron como mucho en la cuarta parte del camino. Hoy los sigue habiendo, adecuados a los tiempos de la globalización, del dominio del Imperio Yanqui y del desastre ecológico. Lo importante es darnos cuenta de que la lucha entre lo Viejo y lo Nuevo sigue ahí presente, y es necesaria e inevitable - forma parte de la trama de la evolución del mundo. Hoy la lucha se ha transformado en algo distinto, y por eso los comunistas de la vieja escuela nos parecen antes unos carcamales que revolucionarios. Mas los objetivos siguen presentes, y las técnicas para ir llegando a ellos mantienen una misma esencia, cambiando mucho de forma de acuerdo con la creciente complejidad de nuestro mundo.
       Se dice en cambio que el comunismo ya perdió la guerra. Se dice que ha triunfado el capitalismo. Yo rebato ambos puntos. El comunismo, en cuanto a aspiraciones originales, no ha perdido la guerra -lo que es imposible, pues por lo menos se trata siempre de una Alternancia de lo Viejo y lo Nuevo, si queremos seguir en esa dialéctica -, sino quizá las primeras batallas. Pero por supuesto debemos entender aquí "comunismo" como esa esencia a la que nos referíamos antes, como lo nuevo e ideal que todavía empuja por salir hasta que reine una paz y una libertad más ciertas y asentadas en la justicia -justicia de acuerdo con criterios puramente racionales: que millones no mueran de hambre en el mundo día a día mientras otros beben martinis por el mismo coste de sus posibles e inexistentes salarios, etc.-. Si entendemos "comunismo" al viejo modo carcamal y estatalista, centralizado y burocrático, politizado hasta el espasmo, entonces es evidente que está muerto y enterrado. La lucha real prosigue, y es inevitable que así sea hasta que se haya alcanzado una felicidad razonable en ese terreno (lo del terreno es importante porque es también claro, aún más desde los desastres comunistas del pasado siglo, que unas simples reformas económicas no pueden hacerlo todo, y que la felicidad del ser humano al completo ha de trabajarse en varios niveles -vertical- y terrenos -horizontal- al mismo tiempo). En muchos sentidos se han hecho avances. Quizá no gracias directamente al "comunismo", pero avances sin duda en esa dirección hacia la esencia de sus valores. Al menos para algunos pocos países privilegiados del primer mundo que disponen de cierta libertad de expresión y una cierta igualdad de oportunidades (comparados con otros países menos desarrollados).

Queda por rebatir el segundo punto: que ha vencido el capitalismo. Creo que aquí más que nunca hay una falta de enfoque y definición del término. Porque, ¿qué es el "capitalismo"? De acuerdo con la concepción de los que dicen que ha triunfado, capitalismo es el sistema económico de la explotación de las macrocorporaciones sobre el pueblo alienado que ya no sabe ni que lo está (se han introducido poderosísimas variantes para el mantenimiento del statu quo, como el bombardeo de los medios de comunicación que se infiltran en cada hogar adormeciéndonos - antes era "sólo" la porra del policía, en el mejor de los casos). Es cierto que esta concepción misma de capitalismo se debe a los propios Marx y Engels, cuando en sus términos contraponían el "comunismo" -el bien- con el "capitalismo" -Satán-. Pero el término capitalismo, bien mirado, y de acuerdo con su expositor inicial, Adam Smith, es fundamentalmente un sistema de intercambio basado en la oferta, la demanda y la competencia. La oferta y la demanda son impepinables siempre que haya vida en sociedad. La competencia -real y verdaderamente competencia- es lo que brilla por su ausencia en el mundo de hoy.
       Un primer vistazo parece contradecir la observación. El mundo económico se nos antoja una poderosísima maquinaria donde el que no triunfa pierde, donde todo el mundo está agotado por la presión del vecino, ante el cual sólo cabe superar, etcétera. Y este es un aspecto de nuestro mundo sin duda cierto, pero no de nuestro mundo al completo, pues también podemos observar aquí y allí lo contrario: camaradería, apoyo, sustento, etc. Si nos acercamos a la gran economía de cerca nos damos cuenta en seguida de que la competencia no existe como tal, sino que el mercado se basa en monoplios o bipolios de enorme poder con los que en términos económicos nadie puede competir de hecho. Y es aquí donde está la cuestión crucial: si la competencia existiese verdaderamente (y por tanto el sistema capitalista) entonces la igualdad económica tendería a producirse con más naturalidad. Es decir, para poder competir libremente uno tiene, en primer lugar, que poder competir, lo que no es el caso. Si se diese una situación de "libre mercado" en el sentido genuino, y amparando su seguridad por leyes que eviten monopolios, bipolios y grandes corporaciones, entonces estaríamos hablando de un sistema económico en que el aumento de la clase media se seguiría en la misma proporción en que descenderían las muy altas, alta y clases muy bajas. Es decir, habría una tendencia a la igualación económica, que en principio nos parece la más deseable y la más justa.
       Olvidémonos quizá de mi comentario anterior sobre la "naturalidad" del proceso, que puede llevar a discusiones demasiado efímeras y desviadas del tema. Supongamos incluso que es natural el movimiento contrario (la acumulación de capital en unas solas manos). Supongamos que es artificial la pretensión de la igualación (puesto que qué no lo es una vez que algo está instrumentalizado). Entonces arribamos a la conclusión de que una libre competencia real, y para que el capital -"trabajo acumulado", de acuerdo con la definición de Marx- no se aglutine en unos pocos poderosísimos, debe estar regida por unas leyes claras y severas que impidan este tipo de congestión. Las leyes no son nunca neutras (no existe esa "naturalidad"). Las leyes están puestas por ciertas personas bajo determinados intereses, que conducen la economía -y otras cosas- de un modo u otro. Las actuales están destinadas a mantener los coágulos de poder y capital en unas pocas manos, en lugar de liberarlas de verdad a la libre competencia. Si diseñamos un proyecto de leyes que liberen el capital en un sentido auténtico (paliando las posibilidades de acumulación en unas pocas manos), nos acercaríamos mucho más a la igualdad de oportunidades a la que el comunismo por el -aparente- lado contrario aspiraba. Paradójicamente, la promulgación de un cuerpo de leyes semejante tendería al "comunismo", en el sentido de que permitiría de hecho más capacidad de decisión y más autonomía al pueblo, a sujetos singulares o colectivos, más cerca de sus necesidades reales. Por el contrario, y para vislumbrar un punto sintético, en un régimen "comunista" estancado como el antiguo soviético, la solución estaría exactamente en el mismo lugar sólo que aproximada desde el punto de vista contrario: se necesitaría una liberación de la competencia de las garras del Estado, y así el pueblo comenzaría de hecho a tomar sus propias decisiones en este nivel básico-económico. El Estado debiera asegurar la posibilidad de la libre competencia, y no sujetarse a su férreo control.

       Qué curioso: al final resulta que ambos sistemas, "capitalismo" y "comunismo", no son tan distintos cuando sistematizados (uno en forma de grandes corporaciones gobernando el mundo y el otro en forma de grandes Estados burocráticos). Y también, de nuevo qué curioso, sus aspiraciones genuinas y originales también tocan puntos importantes en común. Y más curioso todavía: ninguno se ha visto cumplido del todo en su aspiración. Por uno u otro lado nos hemos quedado a mitad de camino -si llega-. ¿Dónde nos encontramos entonces y por qué todo este mareo en torno al capitalismo y el comunismo? La respuesta, lejos de ser sencilla, apunta a una cuestión: que es fácil quedarse en las meras palabras y sistemas-a-rajatabla, que una vez ahí estancados todo son contradicciones dialécticas, y, por último, que la síntesis es real y se sigue pidiendo: no sólo es "ideal" sino también la única posibilidad.

       Todo esto es muy interesante. ¿Estamos llegando a una síntesis? A mi modo de ver en cierto modo ya puede vislumbrarse. No sabemos lo que nos deparará el futuro, es imposible de predecir, pero la síntesis y la "solución" pueden verse con más claridad. Al menos con mucha más claridad que en los siglos pasados. Las tremendas crisis del XX nos han impuesto una mirada que transciende los patrones habituales de dialéctica de contrarios -por ejemplo la clásica entre capitalismo y comunismo, que indirectamente sigue siendo la legisladora-. El contrario de la síntesis a la que aludíamos más arriba amanecerá también en su momento -puesto que la síntesis se torna otra vez tesis, que vuelve a necesitar de una antítesis, y así sucesivamente-, pero hasta que no se haya alcanzado ésta todo hablar es ocioso.
       La síntesis aludida tiende a ir, tomémoslo por el lado que queramos, hacia la descentralización del poder estatal, hacia la igualdad de oportunidades y hacia el desmantelamiento del sistema actual de las macrocorporaciones. La tendencia a este punto es igualmente parte del ideal del comunismo -bien entendido- y del capitalismo -bien entendido-. Pero en ninguno de los dos se llevó a cabo como correspondía originalmente porque el egoísmo, la avaricia, en fin, todos los pecados capitales, se interpusieron (es decir, estaríamos hablando de reformas en otros terrenos, no económicos). Mas no es una cuestión de blanco o negro, de si se cumplió o no se cumplió -porque en ese caso siempre estaremos justificados a decir: "no se cumplió el ideal: volvamos a las viejas pautas egoístas, que al parecer son las únicas que funcionan". Este es el pensamiento que prima hoy, aunque sea de modo inconsciente. Lo que se olvida con facilidad es la Historia, las luchas; y si miramos éstas nos damos cuenta de que todo empuje hacia ese ideal insobornable -por ser el único verdaderamente justo- ha traído muchos frutos. No puede hablarse de blanco o de negro. Sólo puede hablarse de desarrollo, de conquistas parciales, de derrotas parciales (derrotas que no son tales bien miradas, sino simples errores de cálculo como el mencionado del marxismo que ingenuamente creyó que sólo solucionando el terreno económico ya podríamos disfrutar del Paraíso en la Tierra). Desde que comenzaron las primeras miradas de lo que podría ser un mundo sin explotación se han hecho muchas cosas. El mundo hoy es mucho más complejo que cuando esas miradas empezaron a acontecer, y es por ello por lo que los problemas se han multiplicado por mil y complejizado también por mil. Pero no por ello las conquistas quedan invalidadas. Si no fuera por ellas prácticamente nada de lo que hacemos hoy -como escribir estas líneas- sería posible. Los peligros reales que nos acechan no deben cegar nuestra mirada del pasado, ni hacerla escéptica. Debemos estudiar las cosas con cuidado.

       Los análisis sobre las posibilidades del futuro no deben caer, como decimos, ni en el pesimismo colapsado ni el optimismo ciego e iluso. Todos lo sabemos: las cosas no están bien. Cuanto más miramos el mundo más nos damos cuenta de cuántas barbaridades ocurren y siguen ocurriendo, y en las que todos, de un modo u otro, colaboramos. Hay esperanzas también que albergar. Mas todo análisis es tuerto si no comprendemos la profundidad y la dificultad de un cambio global. Aunque los tiempos sigan avanzando y evolucionemos inevitablemente a través de esa dialéctica de teis-antítesis-síntesis y otra vez, creando totalidades y perspectivas cada vez mayores, lo cierto es que cada uno de nosotros, cada uno de los grupos y también las grandes sociedades al completo deben pasar por una limpieza y una concienciación (interior, no impuesta desde fuera) muy altas, y que requieren mucho. Hoy esta conciencia es muy muy minoritaria, no caben engaños al respecto, y podríamos especular demasiado sobre si será diferente en el futuro. Lo único que cabe decir, además de animarnos a hacer lo que podamos dentro de nuestra infinitas limitaciones como individuos en una circunstancia, es que debemos apostar por una perspectiva integral, en la que el mayor número de terrenos posible -económicos, políticos, legislativos, etc.- se organicen de acuerdo con los criterios más altos posibles. La mirada alta y luego el trabajo consecuente es lo único que procuraría de hecho que tanto individuos, como grupos, o grandes sociedades crezcan hasta cierto punto sintético-integral. Si sobre todo las leyes, y con ellas también nuestras pautas de conducta, se basan en la dineromanía, el poder, la explotación (consciente o inconsciente - hay que hacer mucho análisis), entonces eso justamente es lo que obtendremos. Si, por el contrario, nos elevamos hacia una visión integral del ser humano y de las sociedades, comprendiendo sus objetivos últimos y los inmediatos (la pirámide las necesidades), entonces es posible que el crecimiento a lo largo de tal pirámide se realice de un modo más armónico.
       La pauta de crecimiento posible está ahí. Lo acontecido en la historia hasta el momento está ahí - si sabemos mantenernos al margen del pesimismo y del optimismo. Los pasos escalonados hacia la consecución del ideal son inevitables. Reproducen una cadena de niveles por las que pasan todo individuo y sociedad en su desarrollo (con sus éxitos y sus patologías). La perspectiva integral es la única que tendría capacidad de contemplar cada uno de los escalones desde arriba, apoyando la transcendencia del peldaño anterior, animándole a superar lo suyo propio para abrazar lo siguiente (a través de un conflicto y una crisis inevitables) - y así sucesivamente. Pero una descripción de los escalones hasta lo intregral nos llevaría demasiado lejos…


Miguel R. de P.
Vancouver, diciembre del 2003.

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