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que tras el fuego
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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

El abandono. (16/12/03)

       Llega el momento en que uno debe abandonarse a sí mismo, rendirse, abandonarse ante el Absoluto, dejarse llevar por la corriente, comprender íntimamente la necesidad de reposar sólo en lo que es sin tratar de cambiarlo en lo más mínimo. Todos nuestros esfuerzos, nuestras costumbres ancestrales de estar-incómodos-y-así-cambiar, de reformar, de toquetear esta o la otra parte de nosotros mismos, de hacer esto y aquello para salir de nuestro aburriemiento colapsado - todo eso debe abandonarse. En cierto momento. Cuándo es ese momento es una cuestión de dificilísima dilucidación, puesto que las exigencias de nuestro fuero interno y las del exterior no siempre se armonizan, y esto por simplificar, puesto que a menudo son las de nuestro fuero interno en exclusiva las que no se armonizan ni pa atrás -ni pa delante-. El Yo central, por así decir, se vuelve literalmente majareta intentando desvelar hacia dónde debe dirigirse. ¿Hacia la autotranscendencia? ¿Hacia la autorrealización? Si es hacia la autotranscendencia, ¿no se estará dejando algún aspecto del ego necesario y saludable detrás? Si es hacia la autorrealización, ¿no nos estaremos autojustificando quizá para no abandonarnos del todo hacia eso que nos supera?
       No hay recetas. Todo apunta de un modo indiscutible hacia una observación más atenta de nuestro fuero íntimo. Si mantenemos esta atención, y para ello son muy útiles (casi imprescindibles a cierto nivel de profundidad, me atrevería a decir) las técnicas de meditación u oración clásicas, nos damos cuenta de los saltos continuos de la conciencia. Saltos que van desde la ensoñación variada, pasando por la realización o deseos inmediata de algo -lo que sea- hasta el descanso, y otra vez vuelta a empezar. Cuándo debe primar lo uno o lo otro es una cuestión en realidad absurda, puesto que la alternancia se produce siempre, en cualquiera de los casos, con nuestro permiso o sin él. La cuestión es insoluble si la planteamos así. De hecho, en el fondo, todo es insoluble por la sencilla razón de que para empezar nos lo planteamos como un problema. Estaríamos de nuevo en la posición del-que-intenta-cambiar, y ya eso -creíamos- no era pra nosotros. Habíamos decidido abandonarnos al movimiento, al momento, aceptarlo tal y como fuese. Mas regresa la pregunta, ¿qué es eso? Porque si se trata de aceptar "lo que sea" también habrá que aceptar que no se acepta, habrá que aceptar también el-intento-de-cambiar, que al fin y al cabo es parte también del movimiento.
       Pero esto quizá, de nuevo, en términos prácticos, no sean más que palabras. Ahí estamos nosotros. Ahí está el mundo. Ahí están las exigencias. Ahí están los impulsos. Ahí está el anhelo de reposo, la visión de la libertad. ¿Qué hacer?

       Mirarnos, ver. Quedarnos en el puro proceso, una y otra vez. Rompiedo la pauta de la indeterminación, que se remomta a los orígenes mismos de la vida. Desde esta fecunda oscuridad primordial e indeterminada, la Vida ha seguido una progresiva pauta de determinación y organización hasta llegar a niveles de una complejidad inaudita. Un metazoo es ya una consecución increíble - ¿y el neocortex del cerebro humano? La determinación continua. Desde el punto de vista evolutivo global, este es el papel que le toca a los grados de conciencia que el ser humano tiene a su disposión. La determinación entendida como agudización de la conciencia. La aproximación cada vez más concisa a la atención del Ser mismo es la punta de la pirámide, el Eros básico empujando siempre a más. Como instrucción, "quedarse en el puro proceso" es más fácil de decir que de hacer. Un intento tan sólo y nos damos cuenta del salto tremendo que ya -inmediatamente- ha tenido lugar al otro extremo del mundo. Esta realización comienza a exigir lenta pero seguramente una disciplina, guiada por la pura necesidad del Eros de expresarse hasta en sus más altas cotas, desde la punta de la pirámide invisible a partir de la cual gira todo. De nueo en términos prácticos, la disciplina está basada en un objeto, el así llamado "objeto de la meditación". A poco que íntimamente empecemos a notar la necesidad del descanso (y ello probablemente tras grandes ajetreos, tras conquistas heroicas, tras gruesos bofetones de la existencia), notaremos junto a él la práctica imposibilidad de hacerlo. El reposo no es controlable. Se produce y no se produce por sí mismo. En el sentido en que "no se produce por sí mismo", ¿hay algo que podemos hacer? (más allá el descanso es el descanso, el abandono el abandono, ocurre sin más, Es eso mismo sin que hubiese necesidad alguna de tocarlo con nuestras sucias manos). Pero, ¿hay algo más que se pueda hacer, aunque sea con las manos sucias, llenas de dualidad, de deseos, de auotocontradicciones terribles? No es posible si no nos servimos de una ayuda anexa, cierta fija y central, abstracta y pura: centramos en un punto al que podemos volver como lugar cada vez que nos hemos ido al frenesí. Este era el sentido del "objeto de la meditación".
       Cuando hemos practicado este centramiento -bastante-, comienzan a surgir muchas cuestiones. En primer lugar porque no stamos acostumbrados a no seguir pura inercia de la mente. No estamos acostumbrados a tomar el control de la atención pura. Sabemos dirigirnos a objetos, y este es evidentemente el fundamento de la atención, pero no sabemos bien hacerlo sistemáticamente por el puro placer de mirar desde lo alto. Al poco nos hemos visto arrastrados otra vez por la corriente de nuestras cotidianas ensoñaciones, deseos, extrañas asociaciones. Las cuestiones que surjen a las que nos referíamos antes pueden tener que ver con muchas cosas, pero de seguro amanecerá un tamabaleo de considerables dimensiones existenciales, mayor o menos según los casos. El tambaleo es debido a que uno se está empezando a poner en manos de algo más allá de uno mismo; es decir, en manos de algo más allá de las pautas acostumbradas, los restos de la indeterminación original, aún no culminada en Puro Acto que diría Aristóteles, en determinación pura.
       Hemos tenido experiencias en el pasado de esta alta contemplación. Nos hemos dado cuenta de que es posible tomar una perspectiva más allá de la mera costumbre -lo que vendría a ser el "ego"- en la que uno mira todo lo que ocurre con ecuanimidad, desde una perspectiva de altitud. Ha podido producirse por sí misma, por un gran impacto emocional, por la incomprensión de nuestra amada, por fumarnos un petardo o diez mil, por muchas razones. Se ha producido: es una liberación. ¡Yo no soy yo! (Yo soy el Otro, como diría Rimabud). ¡Todo está abierto! ¡No hay identidad personal! ¡Todo se produce por sí mismo! ¡No hay nada ante lo que retroceder, nada que avanzar, nada que tocar que no sea ya perfecto en lo que es! Yo soy esa otra cosa amplia, sin nombre, eso que mira, mucho más Yo que nunca, y sin embargo… sin embargo no soy "yo", Pepito Menganítez, esa cosa sólida y pesada que normalmente considero "yo". Y desde aquí comienzan cambios radicales en la existencia al completo. Uno quiere conocer esa paz y esa contemplación más y más. Uno quiere entrar en ella de continuo, quiere vivir así, recuerda que ése el verdadero modo de ser, ansía volver al paraíso -supuestamente- perdido.
       Empieza, como decimos, a ponerse en duda de un modo muy radical la existencia como tal, la existencia del yo. Esta crisis existencial es un estado mucho más común de lo que suele concederse. A menudo no ha sido bien entendido. Pues no puede entenderse sin aludir a un reino superior -espiritual, amplio y abierto- de la existencia. El existencialismo típico del siglo XX se sitúa en este punto medio a punto del lanzamiento, navegando a ratos, y volviendo de nuevo desesperanzados a la realidad ordinaria. Cuanto más grave sea la crisis, la diferencia entre la roma realidad y la visión del paraíso, más posisbilidades de integración habrá. Cuanto mayor y más profunda sea la muerte más amplia y abierta la resurrección será. Y puede llegar a ser seriamente grave y seriamente profunda. Tanto a veces que querremos volver desesperadamente a lo romo por muy romo que se; tanto que pretenderemos que ninguna visión de nada ha ocurrido; tanto que correremos de nuevo en busca de lo acostumbrado con lágrimas en los ojos pidiendo misericordia al universo y a la Diosa por habernos concedido la gracia de levantar su velo ante nuestra mirada atónita. ¡En realidad yo no quería ver!, gritamos a la nada. Pero ya es demasiado tarde. El veneno de la Belleza se ha metido dentro y el proceso es ya irreversible: ha comenzado para no poder parar.
       Nuestra única posibilidad en este punto reside en insistir, en luchar y combatir en la dirección adecuada. No en huir de la visión tremenda sino en intentar actualizarla. Para elloo pueden darse también muchos rodeos. Mas la necesidad del presente, de la mirada en lo que es, es ineludible, pues sabemos por experiencia que ésta es la única fuente de dichas, que todo desvío hacia pasado o futuro es justo la perdición contra la que queremos combatir. Las contradicciones aquí vuelven a repetirse, y pueden hacerlo frenéticamente. Como cada cual es un mundo, no hay recetas. Hay veces que debe insistirse poderosamente en seguir el camino de autotranscendencia, disciplinándose en ese objeto que nos permita salir de nosotros mismos y nuestros patrones habituales para amanecer en un presente más puro, más real, menos mediatizado por la rutina de nuestros pensamientos invasores. Hay veces que esta búsqueda de lo puro se colapsa y simplemente debemos descansar. Hay veces incluso que debemos regresar a problemas traumáticos no resueltos y acarreados desde la infancia o la adolescencia. Todo puede conformar tal tinglado en cierto punto que la posibilidad más posible se nos antoja el suicidio. Pero ya es demasiado tarde también para eso. Ya sabemos demasiado bien que el suicidio no es una solución final y que sea donde sea que vayamos tras darnos muerte nos llevamos el problema con nosotros. Sólo si lo resolvemos de verdad llegaremos a alguna parte. Y entonces atacamos de nuevo con viento fresco.

       La contemplación. Nuestra posibilidad y la radicalidad del Eros reside en la contemplación pura sin juicios, sin ajetreos. En el mirar desprendido de todo a nuestro alrededor, siendo nosotros pero sin ser nosotros, siendo Nosotros sin estar ceñidos al ego pesado y agarrador de costumbre. Es un trabajo duro, pero ya sabemos que es necesario, inevitable.
       En esta lucha tan tremenda se va adquiriendo poco a poco la pericia, cada vez más sutil, de desemascarar al ego huidizo que se esconde tras pensamientos autodirigidos, tras las pautas acostumbradas. La lucha es tremenda. Instante tras instante. Inatante tras instante. Pero sabemos ver cada vez mejor.
       Hay un momento, con la práctica, en que sabemos de un modo claro y tajante cuándo la lucha ha cesado, cuándo de verdad estamos descansando en lo que es, sin esconder nada, siendo sólo lo que es, más allá de las dualidades del buscar-encontar, del Yo-Hacia-ElAbsoluto, etc. Es algo experimentable, es algo que, de otro lado, siempre ha estado ahí como el fundamento de todas las cosas. Pero no es habitual. Muchas veces creeremos estar ahí cuando en realidad es nuestro ego el que dice "estás aquí".
       Cuando estás, estás. Normalmente son sólo pensamientos, creencias, justificaciones. Solo la experiencia, la vida -la práctica sostenida en la atención acelera el proceso-, puede decirnos cuándo lo uno y cuándo lo otro. Cuándo estamos perdidos, de qué manera y cómo llevar a cabo el encuentro, lleno de retortijones, confusiones y perdiciones y enturtos y errores constantes, aunque no hay error. Como dice el I Ching, no hay tacha.
       Se da una bajada. En la práctica sostenida, directa y clara de la autodeterminación en la atención, se produce una bajada. Esta bajada implica constantes renuncias, instante tras instante (cada vez que nos damos cuenta). En la bajada comenzamos a darnos cuenta de lo que era realmente algo a renunciar y lo que era eso indescriptible, siempre presente, dentro siempre que nos llama y nos deja en alternacia, y que no puede dejarse ni dejarse de dejar. Pero hay que bajar. Sin ese proceso de adentramiento no hay conocer, no hay posibilidad de distinción, y todas las que podamos hacer desde las palabras resultar inútiles. Al principio todo es grueso, muy grueso. Pero siempre hay luz. Nunca estamos del todo abandonados. Siempre hay ayudas. Siempre hay ángeles. Siempre hay mediadores, siempre hay eso que nos levanta como por arte de magia. No se pierde. Pero hay que bajar, hay que luchar, hay que mirar. Y al final todo entra. Los retrocesos no son tales. Los avances no son tales. Son partes que se amalgaman, que hoy se ven así o asá, que escapan a toda definición en último término, y que con restrospectiva también pueden verse de muchos modos. Mas no nos dejemos en casa el mapa general, que siempre ayuda a la organización. El pensamiento en su sentido más elevado (nous) es un instrumento fundamental. La determinación pura se produce en un orden escalonado precisable, cuya comprensión ayuda en el descenso hacia las fauces del Ser.



Miguel R. de P.
Vancouver, diciembre del 2003.

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