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Llega el momento en que uno debe abandonarse a sí mismo,
rendirse, abandonarse ante el Absoluto, dejarse llevar por la corriente,
comprender íntimamente la necesidad de reposar sólo
en lo que es sin tratar de cambiarlo en lo más mínimo.
Todos nuestros esfuerzos, nuestras costumbres ancestrales de estar-incómodos-y-así-cambiar,
de reformar, de toquetear esta o la otra parte de nosotros mismos,
de hacer esto y aquello para salir de nuestro aburriemiento colapsado
- todo eso debe abandonarse. En cierto momento. Cuándo es
ese momento es una cuestión de dificilísima dilucidación,
puesto que las exigencias de nuestro fuero interno y las del exterior
no siempre se armonizan, y esto por simplificar, puesto que a menudo
son las de nuestro fuero interno en exclusiva las que no se armonizan
ni pa atrás -ni pa delante-. El Yo central, por así
decir, se vuelve literalmente majareta intentando desvelar hacia
dónde debe dirigirse. ¿Hacia la autotranscendencia?
¿Hacia la autorrealización? Si es hacia la autotranscendencia,
¿no se estará dejando algún aspecto del ego
necesario y saludable detrás? Si es hacia la autorrealización,
¿no nos estaremos autojustificando quizá para no abandonarnos
del todo hacia eso que nos supera?
No hay recetas. Todo apunta de un modo indiscutible hacia una observación
más atenta de nuestro fuero íntimo. Si mantenemos
esta atención, y para ello son muy útiles (casi imprescindibles
a cierto nivel de profundidad, me atrevería a decir) las
técnicas de meditación u oración clásicas,
nos damos cuenta de los saltos continuos de la conciencia. Saltos
que van desde la ensoñación variada, pasando por la
realización o deseos inmediata de algo -lo que sea- hasta
el descanso, y otra vez vuelta a empezar. Cuándo debe primar
lo uno o lo otro es una cuestión en realidad absurda, puesto
que la alternancia se produce siempre, en cualquiera de los
casos, con nuestro permiso o sin él. La cuestión es
insoluble si la planteamos así. De hecho, en el fondo, todo
es insoluble por la sencilla razón de que para empezar nos
lo planteamos como un problema. Estaríamos de nuevo en la
posición del-que-intenta-cambiar, y ya eso -creíamos-
no era pra nosotros. Habíamos decidido abandonarnos al movimiento,
al momento, aceptarlo tal y como fuese. Mas regresa la pregunta,
¿qué es eso? Porque si se trata de aceptar "lo
que sea" también habrá que aceptar que no se
acepta, habrá que aceptar también el-intento-de-cambiar,
que al fin y al cabo es parte también del movimiento.
Pero esto quizá, de nuevo, en términos prácticos,
no sean más que palabras. Ahí estamos nosotros. Ahí
está el mundo. Ahí están las exigencias. Ahí
están los impulsos. Ahí está el anhelo de reposo,
la visión de la libertad. ¿Qué hacer?
Mirarnos, ver. Quedarnos en el puro proceso, una y otra vez. Rompiedo
la pauta de la indeterminación, que se remomta a los orígenes
mismos de la vida. Desde esta fecunda oscuridad primordial e indeterminada,
la Vida ha seguido una progresiva pauta de determinación
y organización hasta llegar a niveles de una complejidad
inaudita. Un metazoo es ya una consecución increíble
- ¿y el neocortex del cerebro humano? La determinación
continua. Desde el punto de vista evolutivo global, este es el papel
que le toca a los grados de conciencia que el ser humano tiene a
su disposión. La determinación entendida como agudización
de la conciencia. La aproximación cada vez más concisa
a la atención del Ser mismo es la punta de la pirámide,
el Eros básico empujando siempre a más. Como instrucción,
"quedarse en el puro proceso" es más fácil
de decir que de hacer. Un intento tan sólo y nos damos cuenta
del salto tremendo que ya -inmediatamente- ha tenido lugar al otro
extremo del mundo. Esta realización comienza a exigir lenta
pero seguramente una disciplina, guiada por la pura necesidad del
Eros de expresarse hasta en sus más altas cotas, desde la
punta de la pirámide invisible a partir de la cual gira todo.
De nueo en términos prácticos, la disciplina está
basada en un objeto, el así llamado "objeto de la meditación".
A poco que íntimamente empecemos a notar la necesidad del
descanso (y ello probablemente tras grandes ajetreos, tras conquistas
heroicas, tras gruesos bofetones de la existencia), notaremos junto
a él la práctica imposibilidad de hacerlo. El reposo
no es controlable. Se produce y no se produce por sí mismo.
En el sentido en que "no se produce por sí mismo",
¿hay algo que podemos hacer? (más allá el descanso
es el descanso, el abandono el abandono, ocurre sin más,
Es eso mismo sin que hubiese necesidad alguna de tocarlo con nuestras
sucias manos). Pero, ¿hay algo más que se pueda hacer,
aunque sea con las manos sucias, llenas de dualidad, de deseos,
de auotocontradicciones terribles? No es posible si no nos servimos
de una ayuda anexa, cierta fija y central, abstracta y pura: centramos
en un punto al que podemos volver como lugar cada vez que nos hemos
ido al frenesí. Este era el sentido del "objeto de la
meditación".
Cuando hemos practicado este
centramiento -bastante-, comienzan a surgir muchas cuestiones. En
primer lugar porque no stamos acostumbrados a no seguir pura
inercia de la mente. No estamos acostumbrados a tomar el control
de la atención pura. Sabemos dirigirnos a objetos, y este
es evidentemente el fundamento de la atención, pero no sabemos
bien hacerlo sistemáticamente por el puro placer de mirar
desde lo alto. Al poco nos hemos visto arrastrados otra vez por
la corriente de nuestras cotidianas ensoñaciones, deseos,
extrañas asociaciones. Las cuestiones que surjen a las que
nos referíamos antes pueden tener que ver con muchas cosas,
pero de seguro amanecerá un tamabaleo de considerables dimensiones
existenciales, mayor o menos según los casos. El tambaleo
es debido a que uno se está empezando a poner en manos de
algo más allá de uno mismo; es decir, en manos de
algo más allá de las pautas acostumbradas, los restos
de la indeterminación original, aún no culminada en
Puro Acto que diría Aristóteles, en determinación
pura.
Hemos tenido experiencias en
el pasado de esta alta contemplación. Nos hemos dado cuenta
de que es posible tomar una perspectiva más allá de
la mera costumbre -lo que vendría a ser el "ego"-
en la que uno mira todo lo que ocurre con ecuanimidad, desde una
perspectiva de altitud. Ha podido producirse por sí misma,
por un gran impacto emocional, por la incomprensión de nuestra
amada, por fumarnos un petardo o diez mil, por muchas razones. Se
ha producido: es una liberación. ¡Yo no soy yo! (Yo
soy el Otro, como diría Rimabud). ¡Todo está
abierto! ¡No hay identidad personal! ¡Todo se produce
por sí mismo! ¡No hay nada ante lo que retroceder,
nada que avanzar, nada que tocar que no sea ya perfecto en lo que
es! Yo soy esa otra cosa amplia, sin nombre, eso que mira, mucho
más Yo que nunca, y sin embargo
sin embargo no soy
"yo", Pepito Menganítez, esa cosa sólida
y pesada que normalmente considero "yo". Y desde aquí
comienzan cambios radicales en la existencia al completo. Uno quiere
conocer esa paz y esa contemplación más y más.
Uno quiere entrar en ella de continuo, quiere vivir así,
recuerda que ése el verdadero modo de ser, ansía
volver al paraíso -supuestamente- perdido.
Empieza, como decimos, a ponerse en duda de un modo muy radical
la existencia como tal, la existencia del yo. Esta crisis existencial
es un estado mucho más común de lo que suele concederse.
A menudo no ha sido bien entendido. Pues no puede entenderse sin
aludir a un reino superior -espiritual, amplio y abierto- de la
existencia. El existencialismo típico del siglo XX se sitúa
en este punto medio a punto del lanzamiento, navegando a ratos,
y volviendo de nuevo desesperanzados a la realidad ordinaria. Cuanto
más grave sea la crisis, la diferencia entre la roma realidad
y la visión del paraíso, más posisbilidades
de integración habrá. Cuanto mayor y más profunda
sea la muerte más amplia y abierta la resurrección
será. Y puede llegar a ser seriamente grave y seriamente
profunda. Tanto a veces que querremos volver desesperadamente a
lo romo por muy romo que se; tanto que pretenderemos que ninguna
visión de nada ha ocurrido; tanto que correremos de nuevo
en busca de lo acostumbrado con lágrimas en los ojos pidiendo
misericordia al universo y a la Diosa por habernos concedido la
gracia de levantar su velo ante nuestra mirada atónita. ¡En
realidad yo no quería ver!, gritamos a la nada. Pero ya es
demasiado tarde. El veneno de la Belleza se ha metido dentro y el
proceso es ya irreversible: ha comenzado para no poder parar.
Nuestra única posibilidad en este punto reside en insistir,
en luchar y combatir en la dirección adecuada. No en huir
de la visión tremenda sino en intentar actualizarla. Para
elloo pueden darse también muchos rodeos. Mas la necesidad
del presente, de la mirada en lo que es, es ineludible, pues sabemos
por experiencia que ésta es la única fuente de dichas,
que todo desvío hacia pasado o futuro es justo la perdición
contra la que queremos combatir. Las contradicciones aquí
vuelven a repetirse, y pueden hacerlo frenéticamente. Como
cada cual es un mundo, no hay recetas. Hay veces que debe insistirse
poderosamente en seguir el camino de autotranscendencia, disciplinándose
en ese objeto que nos permita salir de nosotros mismos y nuestros
patrones habituales para amanecer en un presente más puro,
más real, menos mediatizado por la rutina de nuestros pensamientos
invasores. Hay veces que esta búsqueda de lo puro se colapsa
y simplemente debemos descansar. Hay veces incluso que debemos regresar
a problemas traumáticos no resueltos y acarreados desde la
infancia o la adolescencia. Todo puede conformar tal tinglado en
cierto punto que la posibilidad más posible se nos antoja
el suicidio. Pero ya es demasiado tarde también para eso.
Ya sabemos demasiado bien que el suicidio no es una solución
final y que sea donde sea que vayamos tras darnos muerte nos llevamos
el problema con nosotros. Sólo si lo resolvemos de verdad
llegaremos a alguna parte. Y entonces atacamos de nuevo con viento
fresco.
La contemplación. Nuestra posibilidad y la radicalidad
del Eros reside en la contemplación pura sin juicios, sin
ajetreos. En el mirar desprendido de todo a nuestro alrededor, siendo
nosotros pero sin ser nosotros, siendo Nosotros sin estar ceñidos
al ego pesado y agarrador de costumbre. Es un trabajo duro, pero
ya sabemos que es necesario, inevitable.
En esta lucha tan tremenda se va adquiriendo poco a poco la pericia,
cada vez más sutil, de desemascarar al ego huidizo que se
esconde tras pensamientos autodirigidos, tras las pautas acostumbradas.
La lucha es tremenda. Instante tras instante. Inatante tras instante.
Pero sabemos ver cada vez mejor.
Hay un momento, con la práctica,
en que sabemos de un modo claro y tajante cuándo la lucha
ha cesado, cuándo de verdad estamos descansando en lo que
es, sin esconder nada, siendo sólo lo que es, más
allá de las dualidades del buscar-encontar, del Yo-Hacia-ElAbsoluto,
etc. Es algo experimentable, es algo que, de otro lado, siempre
ha estado ahí como el fundamento de todas las cosas. Pero
no es habitual. Muchas veces creeremos estar ahí cuando
en realidad es nuestro ego el que dice "estás aquí".
Cuando estás, estás.
Normalmente son sólo pensamientos, creencias, justificaciones.
Solo la experiencia, la vida -la práctica sostenida en la
atención acelera el proceso-, puede decirnos cuándo
lo uno y cuándo lo otro. Cuándo estamos perdidos,
de qué manera y cómo llevar a cabo el encuentro, lleno
de retortijones, confusiones y perdiciones y enturtos y errores
constantes, aunque no hay error. Como dice el I Ching,
no hay tacha.
Se da una bajada. En la práctica
sostenida, directa y clara de la autodeterminación en la
atención, se produce una bajada. Esta bajada implica constantes
renuncias, instante tras instante (cada vez que nos damos cuenta).
En la bajada comenzamos a darnos cuenta de lo que era realmente
algo a renunciar y lo que era eso indescriptible, siempre
presente, dentro siempre que nos llama y nos deja en alternacia,
y que no puede dejarse ni dejarse de dejar. Pero hay que bajar.
Sin ese proceso de adentramiento no hay conocer, no hay posibilidad
de distinción, y todas las que podamos hacer desde las palabras
resultar inútiles. Al principio todo es grueso, muy grueso.
Pero siempre hay luz. Nunca estamos del todo abandonados. Siempre
hay ayudas. Siempre hay ángeles. Siempre hay mediadores,
siempre hay eso que nos levanta como por arte de magia. No se pierde.
Pero hay que bajar, hay que luchar, hay que mirar. Y al final todo
entra. Los retrocesos no son tales. Los avances no son tales. Son
partes que se amalgaman, que hoy se ven así o asá,
que escapan a toda definición en último término,
y que con restrospectiva también pueden verse de muchos modos.
Mas no nos dejemos en casa el mapa general, que siempre ayuda a
la organización. El pensamiento en su sentido más
elevado (nous) es un instrumento fundamental. La determinación
pura se produce en un orden escalonado precisable, cuya comprensión
ayuda en el descenso hacia las fauces del Ser.
Miguel R. de P.
Vancouver, diciembre del 2003.