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Martin Heidegger es, de acuerdo con casi todos los filósofos
y comentaristas actuales, el filósofo más importante
del siglo XX. Esto no necesita ninguna defensa ni casi discusión.
Desde luego podría decirse mucho sobre su filosofía
en sí, pero no es esto lo que aquí nos trae. Nos trae
más bien la vertiente "política" de su vida,
que aún sigue produciendo chispas y encontradas polémicas
en el mundo académico y político. Lejos de querer
zanjar una cuestión que, como casi todas las cosas, están
abiertas a las más variadas opiniones, mi intención
es únicamente ofrecer un punto de vista más comprehensivo.
Nótese desde el principio -y volveremos a ello más
adelante- que a Heidegger mismo esta cuestión sobre su vida
y sobre los aspectos políticos del mundo dejó de interesarle
por completo, haciendo énfasis siempre en el pensar por sí
mismo, independientemente de quién o cómo lo haga.
Por supuesto que esto puede utilizarse, como muchos argumentan,
para esconder ciertas tendencias políticas peligrosas -el
nazismo, como es nuestro caso-, y no hablar de ellas como tales.
Pero el silencio también puede ser, y es sobre lo que nosotros
nos inclinamos, un gesto de nobleza difícil en quizá
las circunstancias más difíciles y además mal
entendidas. Mas expongamos el caso.
Martin Heidegger, tras un ascenso fulminante en la carrera de filosofía,
e impulsado por una especie de destino, muy consciente de su misión,
le es concedida primero la cátedra que ocupaba E. Husserl
y después el rectorado mismo de la Universidad de Friburgo,
justamente en el año 1933, el año del ascenso del
Partido Nacionalsocialista al poder. Antes de proseguir debo decir
que los datos que conozco sobre su vida son pocos y esporádicos.
No conozco la correspondencia que escribía en el momento,
ni tampoco conozco los datos concretos de períodos concretos.
Pero a través de un repaso general creo que puede demostrarse,
al menos con bastante verosimilitud, mi tesis. Heidegger regentará
el rectorado durante diez meses exactamente, desde abril de 1933
a febrero de 1934. Después de este período el partido
"le invitará" a dejar la cátedra y el rectorado,
o Heidegger la abandonó, que viene a ser lo mismo. El Partido,
como es obvio, quería incluir en sus programas cursos más
"germánicos", y debido a las presiones Heidegger
debió ver que por ahí no había mucho futuro.
Aún queda la cuestión de que Heidegger ascendió
a la cátedra y al rectorado justo en el ascenso del Partido
Nacionalsocialista al poder, y queda también el hecho indudable
de que Heidegger perteneció al Partido en sus inicios, lo
que para muchos es un dato definitivo de que Heidegger era "un
buen filósofo", pero también "un nazi".
Además, en la famosa entrevista del Spiegel, ya en la década
de los sesenta, que Heidegger expresamente prohibió publicar
antes de su muerte, no hace ningún comentario respecto a
su antigua afiliación, que era lo más esperado una
vez vistos los desastres de la guerra, sobre todo el genocidio judío.
Heidegger no menciona los terrores de la guerra, ni su afiliación
inicial al Partido, ni tampoco ningún tipo de arrepentimiento.
Como decimos, esto para muchos es definitivo: "Heidegger era
un nazi". Fernando Savater en uno de sus libros dice tajantemente
que Heidegger era "un requetenazi confirmado", aunque
desde luego reconoce por otro lado -en otros libros- que ha sido
el filósofo que más impulso ha dado a la filosofía
en el siglo XX y cuya vuelta a "la pregunta por el Ser"
ha sido de transcendental importancia para un replantamiento de
la filosofía y la ontología en general. La cuestión
permanece: "¿Era Heidegger un nazi?". Para contrarrestar
los datos anteriores, que parecen abrumadores, quiero ofrecer otros,
y al tiempo organizar una defensa.
En primer lugar, Heidegger fue expulsado de la cátedra y
del rectorado. Esto quiere decir que los desacuerdos eran ya insostenibles.
Sobre cómo es posible que heidegger en primer lugar ascendiese
a ella, estando el Partido Nacionalsocialista en el poder, y que
le dio al principio sus bendiciones, y por qué pertenció
al Partido mismo, puede argumentarse sencillamente que la situación
en Almania en aquel tiempo era muy compleja, desde luego mucho más
que el análisis simplista de hoy, que pone a los alemanes
en conjunto como "malos" y "nazis" y los aliados
como "buenos" - casi como una ingenua película
de indios y vaqueros. Todavía queda mucho por decirse y por
explicarse de aquel tiempo en Alemania, y como dice Antonio Escohotado
creo que en El Espíritu de la Comedia, clama el cielo que
esta época tan crucial para la historia europea siga tan
a oscuras. ¿De dónde provino tal levantamiento de
energía, asociado al nazismo? Erich Frömm, por ejemplo,
que fue un judío exiliado, explica el movimiento de un modo
lucidísimo en su Análisis de la Destructividad Humana,
mostrando que tal ascenso del nazismo es un resto arcaico del fascismo
que todos llevamos dentro y que bajo ciertas circunstancias puede
explotar y emerger. Sin dejar de hacer honor a toda su tesis, que
es magnífica, creo que no explica todo, ni todas las posibles
circunstancias. Fueron muchos los talentos que se unieron al levantamiento,
y no todo es blanco o negro.
Alemania había sido humillada tras la derrota en la Primera
Guerra Mundial, y tal humillación era intolerable. Que unos
cuantos -Hitler entre ellos- fuesen unos brutos y se aprovechasen
de tal humillación para desperdigar consignas y prácticas
fascistas no implica en modo alguno que todos fuesen así,
ni que el movimiento de restauración del germanismo y el
nazismo sean equivalentes, ni muchísimo menos. La situación
es más compleja que todo eso. No podemos seguir ocultándonos
que Alemania ha sido casi hasta el presente una de las naciones
más grandes intelectual y artísticamente, con una
corriente impresionante de filósofos (quizá los más
importantes de la historia junto con los griegos de la antigüedad),
de músicos, de poetas y de literatos - y eso no puede borrarse
con facilidad. Con todo esto quiero decir, una vez más, que
las cosas no son tan sencillas. Aquella época es una gran
sombra que no ha sido aún iluminada por un análisis
juicioso e imparcial, que traiga consigo, primero, un entendimiento
del pasado y del proceso histórico de Alemania, y, segundo,
una perspectiva comprehensiva y amplia de la infinidad de movimientos
y ebulliciones -entemezcladas- en esa caldera alemana del período
de entreguerras. Todavía estamos contagiados por la fiebre,
la dialéctica y el modo de entendimiento impuesto a posteriori
por los aliados y vecedores en la guerra, que re-escribieron la
historia posterior (como en 1984 de Orwell) a su manera. En el caso
de Heidegger veremos que esto es particularmente pertinente.
Heidegger ascendió al rectorado, sí, pero después
lo desechó (tan solo a los diez meses) debido a las presiones
del Partido. Heidegger había hablado en varios seminarios
del germanismo a través de dos poemas de Hölderlin,
"Germania" y "El Rin", y lo había hecho,
en aquel tiempo, insistiendo una y otra vez en que "germanismo"
no debe entenderse como un localismo, como un nacionalismo, sino
como una aspiración y un sentimiento de com-unidad universales,
que nos llevan de la mano hacia las más altas cotas del Espíritu.
Estas palabras suelen pasar desapercibidas por los críticos,
cuya interpretación lineal es tan terca como corta.
Otro dato: en el año 1944 Heidegger fue enviado a cavar trincheras
a un campo de concentración por los nazis. Esto no habla,
a mi juicio, de ninguna afiliación, sino más bien
de lo contrario. Y en cuanto a la entrevista del Spiegel, debemos
darnos cuenta, aunque sea por solo unos instantes, de la humillación
que supone un interrogatorio velado sobre lo que han hecho o dejado
de hacer ciertos compatriotas, de los que a buen seguro Heidegger
estaba profundamente avergonzado. Heidegger, a pesar de las apariencias,
no puede andar justificándose, como si sus actos y su filosofía
no hablasen por sí mismas, como si uno, por el mero hecho
de que su país ha cometido atrocidades y ha perdido la guerra,
tuviese que justificarse de algún modo. Es como si todo aquel
que votase a Roosevelt o a Truman en los Estados Unidos en aquella
época fuese un causante indirecto de las bombas de Hiroshima
y Nagasaki o de los devastadores ataques de aviación a Tokio,
que acabaron con cientos de miles de personas, entre otros desastres
y crueldades de la postguerra europea y asiática, y como
si ese voto fuese motivo para interrogatorios sobre afiliaciones
políticas satánicas. Si a todo aquel que votó
al Partido Demócrata en EEUU se le acusa de lo mismo que
se acusó a los afiliados iniciales al nazismo, caerían
muchas cabezas, algunas de las más ilustres - por ejemplo
Einstein (que era judío) y su participación en la
construcción de la bomba atómica. Podemos ser mal
intencionados y malpensados con quien nos parezca si es preciso,
pero por ahí no llegaremos a demasiadas luces, salvo a la
constatación -proyectada- de nuestro prejuicio. En el caso
de Heidegger la cuestión se aclara (y como digo, sin conocer
todos los datos, y dejando un amplio margen para posibles equivocaciones
que alguien pueda cometer a lo largo de su vida, que es lo propiamente
humano) si contemplamos la situación de un modo más
amplio y no ceñido a los valores de la postguerra. Heidegger
es interrogado así -por los críticos futuros- porque
su país había perdido la guerra y desde el punto de
vista de los vencedores, que imponen unidimensional y automáticamente
la opinión pública a su favor. Éstos se ven
de pronto legitimados a preguntar y a humillar del modo que se les
antoje, imponiendo sus verdades a troche y moche y sin consideración
por las otras verdades -o versiones, sería mejor decir-,
acaso complementarias, que empujaban a los del otro lado. Así,
¿no es más bien un gesto de nobleza por parte de Heidegger
no responder a preguntas de este estilo? ¿Contestar no sería
admitir indirectamente la dialéctica cerrada desde la que
se envía la pregunta? ¿No se trata más bien
de un gesto de grandeza ante la presión, antes que de un
reconocimiento oculto de apoyo a la causa nazi? Debemos meditar
sobre esto durante unos instantes.
El "problema de Heidegger" es espinoso pues muestra
hasta qué punto el pensamiento y la acción -la ética-
pueden estar divorciadas; hasta qué punto la filosofía
y la política pueden deslindarse, y así también
hasta qué punto la verdad y las creencias van por distintos
lados - cómo uno puede ser "un gran filósofo"
por un lado y "un nazi" por otro. Pero en nuestro caso
quizá sea un falso problema, puesto que hay que demostrar
en primer lugar que este es el caso. Creo vitualmente posible una
separación patológica de estas esferas, pero no creo
que uno pueda decir las cosas que decía Heidegger (si es
que uno le ha leído bien) y luego, a hurtadillas, apoyar
la causa nazi u ocultar afiliaciones con el genocidio judío,
etc. (que es lo que se pretende desde el lado acusador, pues no
habría otro motivo). Tal separación sería notable
y notada, lo que no es ni remotamente el caso.
Nuestro filósofo se retiró después de la guerra
a la Selva Negra simplemente a meditar, que era su trabajo. Nadie
podría llevar la vida que llevó Heidegger y ser "un
nazi". Aquí ya estamos haciendo piruetas con las ideas
y no enfocándonos en la realidad tal y como se nos presenta.
Nadie podría tener las amistades que tuvo Heidegger y ser
un nazi; amistades que incluyen a Renè Char (que luchó
en la Resistencia Francesa durante toda la guerra), a Victor Frankl
(creador de la logoterapia, de ascendia judía y enviado a
Auswitch, y cuyo relato de las masacres que allí acontecieron
sigue poniendo los pelos de punta a los millones de personas que
han leído su autobiografía), el físico Werner
Heisenberg (que determinó el "principio de la incertidumbre"),
el teólogo Rudolph Bultmann, George Braque, y el poeta y
filósofo Ernst Jünger (que habló y encarnó
las figuras por él descritas de "El Emboscado"
y de "El Anarca").
Si uno es un filósofo auténtico, que está tratando
de abrirse camino entre las fauces del Ser y ocupándose de
problemas metafísicos agudos y de la más prístina
importancia, ¿a qué rebajarse a semejantes preguntas
mundanales? Se dirá que son preguntas acuciantes, que debido
a su pasado tenía que dar este-tipo-de-respuesta, pero la
razón para ello sólo parece venir de la falta de capacidad
comprehensiva del que pregunta y no del que no-contesta (que ya
es una contestación suficiente por sí misma para el
que tenga oídos). Falta de comprehensión en el sentido
de esperar una separación de las esferas en el otro (la acusación
de ser "un gran filósofo" por un lado y ser "un
requetenazi" por el otro), sin darse cuenta que -acaso- es
uno precisamente el que lleva la disociación consigo en su
preguntar, y no el otro al contestar. Heidegger habló suficientemente
en su obra de su entendimiento del mundo y los problemas fundamentales
que le ocupaban, muchísimo más allá de lo nacional,
de las guerras fraticidas y por supuesto de la cremación
del pueblo judío. De nuevo, ¿no sería contestar
a esas preguntas, a esa expectativa general, un rebajamiento de
la perspectiva que justamente su figura como filósofo, su
filosofía, no podía admitir? ¿No sería
dar por hecho que los términos de la dialéctica cerrada
eran admitidos? ¿No sería dar cuenta de que le importaba
lo que algunos pensasen de él?
Como decía al principio, desconozco muchos de los datos concretos
de la vida del filósofo, y estoy seguro de que pueden traerse
muchas pruebas concretas de la inicial "afiliación"
nazi de Heidegger. Su colaboración en su período como
rector parece indiscutible. Pero esto, a nuestro juicio, no implica
una asunción e identificación con todos los principios
nazis, ni siquiera con los más fundamentales, sino más
bien una unión al puro movimiento - ése que trataba
de restaurar la dignidad perdida de los alemanes.
Hemos querido tan solo ofrecer un punto de vista alternativo sobre
la situación y arrojar alguna luz sobre posibles porqués
de ciertas actitudes y comportamientos - el silencio es elocuente
a veces sólo para el que sabe comprenderlo, y la comprensión
no es muy común, estando como estamos encerrados la mayor
parte del tiempo en dicotomías (bien/mal). Aun presentando
pruebas cotundentes de su afiliación al nazismo, creo que
la visión aquí mantenida atemperaría dichos
datos, o los pondría, digamos, bajo una luz más comprensiva.
El peligro siempre es el reduccionismo con el que pueden tratarse
algunos problemas, y más si son de índole política,
donde las posiciones tienden a enrevarse con mayor facilidad, y
donde las opiniones se incrustan -hacia un lado o hacia el otro-
con mayor rigidez.
Miguel R. de P.
Vancouver, enero del 2004.