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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

Leyes. (28 de marzo de 2004)

De acuerdo con las leyes del siglo veintitrés una buena parte de los políticos actuales, por supuesto de las democracias modernas, aunque con más razón en las dictaduras de repúblicas bananeras o petroleras, y también buena parte de los empresarios, estarían en la cárcel.

Esta idea ha venido revoloteando durante varias semanas, sin saber muy bien cómo darle forma, hasta que el otro día, viendo la excelente película The Corporation, que supongo pronto verá la luz en España, un empresario hacía un comentario muy parecido. Se trataba de un negociante de alfombras. Las alfombras, dicho sea de paso, es uno de esos productos que, a no ser que se afirme lo contrario en la etiqueta de compra, lo más seguro es que estén realizados por niños en algún país tercermundista cobrando la miseria más mísera. Este empresario se dio cuenta de pronto de que los productos que estaba utilizando para la producción de alfombras eran altamente nocivos para el medio ambiente - basados, cómo no, en productos petrolíferos. Después de decidirse a cambiar su forma de producción a una más sostenible ecológicamente, se hacía la siguiente reflexión: gente como yo seguramente estará perseguida por la ley en el futuro. ¡Qué posible es esto! ¡Qué lejos estamos a veces del propio movimiento del Espíritu del Tiempo, que avanza tan veloz y que exigirá -si las cosas van bien- una atención mucho más cuidadosa a este tipo de asuntos, entre otros muchos relacionados!

Tenemos siempre la tendencia a pensar el presente como algo estático, que no viene de ningún pasado histórico ni tendiendo hacia un futuro posible (y por tanto hasta cierto punto predecible). La inercia es siempre pensar sobre los asuntos, sobre todo políticos, como si estuviesen encerrados en un círculo irrompible ceñido al momento presente. Y es que es ésta precisamente la idea que se nos quiere hacer ver desde el status quo. Interesa que nadie investigue en el pasado (por si acaso allí hallamos soluciones a problemas aparentemente modernos), e interesa también que nadie especule sobre una posible dirección futura -especulación con fundamento, se entiende, basada en la reconstrucción del pasado y sus tendencias-. Interesa, ante todo, que las cosas se queden como están.
Mas, ¿a quién le interesa esto verdaderamente? ¿Qué es eso del statu quo? ¿Puede decirse realmente que haya una persona detrás de todo el cotarro, y que conscientemente aspira a su mantenimiento? Desde luego existen los conservadores, y desde luego hay quien afirma abiertamente que su propósito es hacerse rico, aún a costa de la pobreza de los demás. Esto es claro. Mas, ¿es eso todo?
No lo parece. Antes al contrario, parece que se da una íntima contradicción en el individuo singular, donde conscientemente cree estar a favor de cambios cualitativos (en el medio ambiente, pongamos por caso) pero inconscientemente trabaja para lo contrario.
En la misma películaThe Corporation se muestra cómo uno de los directivos de Shell es visitado por un grupo de jóvenes contestatarios. Al final de una larga conversación en su jardín, el directivo concluye que busca cosas muy parecidas a las que buscan los jóvenes (una ecología y una economía sostenible, etc.). Y nadie puede negar que sea cierto, que de verdad él crea en todas estas cosas. Pero no deja de ser cierto también que precisamente la posición que representa en la compañía (una de las más grandes compañías petrolíferas del mundo, y que directa o indirectamente alienta muchas guerras y gobiernos fraticidas) va en contra de todos esos principios. Noam Chomsky pone el ejemplo paralelo de un terrateniente en los antiguos estados del sur de los EEUU: puede ser hasta cariñoso con sus esclavos, amándolos y cuidándolos tiernamente, pero la esclavitud en sí misma no ha sido borrada (esto es importante comprenderlo, además, para darse cuenta que la única sociedad que ha abolido la esclavitud en el sentido general mencionado es la civilización moderna occidental, en contra de tantos romanticismos en boga que pretenden "volver a Oriente", "volver a la Gran Madre", "volver a las tribus primitivas", etc. De hecho, se da el caso de que toda sociuedad pre-moderna acogía una forma u otra de esclavismo, si bien a veces velada por el cuidado y el cariño antes mencionado).
La divergencia entre pensamiento y acción es un asunto de la mayor importancia, pues siempre que se siga dando, y tenemos considerables razones para saber que seguirá dándose, muchos problemas (ecológicos, económicos) se multiplicarán aun con las mejores intenciones y en las mejores circunstancias - aun cuando los que efectivamente están llevando a cabo el expolio crean a pies juntillas estar salvando al mundo de la catástrofe. Bajo esta perspectiva solo caben hacer dos cosas: potenciar la conciencia colectiva sobre determinados asuntos en todos los sectores, e imponer leyes que determinen los aspectos exactos de cómo tal conciencia ha de llevarse a cabo, previniendo el máximo de catástrofes posibles.
Las cosas están muy negras en el mundo; económica, política y ecológicamente muy negras. Creo que sobre este punto caben pocas dudas - una vez que se ha corrido un poco la cortina del monopensamiento habitual de los mass-media. Así, pues, nos vemos enfrentados a un doble reto: el desarrollo de nuestra conciencia interior (desarrollo sine qua non puede producirse ningún cambio genuino a mejor) y después la concreción y determinación de la nueva conciencia en un nuevo cuerpo de leyes que entienda de todos, respete diferencias, y quiera la paz en un sentido auténtico y verdadero. El desarrollo concreto de las leyes es importante porque sin él esos abusos inconscientes antes mencionados podrían seguir cometiéndose. La inconsciencia y la divergencia entre el pensamiento y la acción es mucho más evidente y confusa hoy, donde millones de personas pueden estar trabajando para complejos esclavistas de primer orden y no ser ni remotamente conscientes de ello, o donde los mismos esclavizadores pueden creer genuinamente estar haciendo lo mejor posible para mejorar el mundo. La necesidad de integración es, por tanto, la cuestión más urgente de todas. Este tipo de contradicción entre pensamiento y acción no puede resolverse tratando de convencer al esclavista correpondiente de que está haciendo algo mal per se, porque lo que ocurre es que él mismo quiere resolver esos problemas pero desde otra perspectiva. El caso del empresario de Shell habla por sí mismo - y no es un caso aislado.
La necesidad de un nuevo cuerpo de leyes integrales, que estén a la altura de las circunstancias, sabiendo deshacer los líos previos, que son tremendos, es tan urgente que poco se puede exagerar al respecto. Líos, por ejemplo, cómo ese que trata a las macro-corporaciones legalmente como si fuesen un individuo singular, y por tanto donde pueden esconderse de muchas acusaciones porque de hecho no existe tal individuo al que poder apuntar con el dedo y acusarle de algún abuso. Las macro-corporaciones son uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, si no el mayor, y, como decíamos antes, necesitamos tanto de un auge de la conciencia colectiva que en primer lugar alcance a ver la monstruosidad implicada en estos gigantes, como de un cuerpo de leyes adecuado al gigantismo, a la globalización, a los nuevos problemas de la genética, a la contaminación ambiental a gran escala, al futuro del agua y a tantas y tantas cosas que nos afectan a todos (aunque siempre es más fácil, de nuevo, tender a pensar que "todo se centra en el presente" y que "al fin y al cabo a mí no me tocará", como si nuestros actos no tuviesen consecuencias futuras. Mas pensar en las consecuencias es doloroso porque nos exige cambios inmediatos en la conciencia, y nadie quiere realmente cambiar, deshabituarse).
Las leyes, coherentes con los tiempos y las necesidades del momento, son nuestra única posibilidad. Pero antes de ello, y vale la pena repetirlo, una conciencia interior de las personas en esa función legisladora debe haber ascendido - y es un ascenso de la conciencia en toda regla, puesto que la preocupación por un arreglo global e integral del mundo es algo enteramente nuevo en el Espíritu del Mundo. Las leyes ya no pueden estar al servicio del conservadurismo clásico, por supuesto, pero tampoco del racionalismo subsiguiente que pretendió cambiar la faz de la tierra y de algún modo allanó el camino para una expoliciación más rápida; ni tampoco es suficiente el pluralismo de los últimos tres decenios, que aún no alcanza a ver el panorama al completo. En una palabra, se necesita de una aproximación integral, donde todas estas partes (conservadurismo clásico, revolucionarismo racional y pluralismo) encuentren un espacio en el gran espectro y donde todos tengan una pequeña porción de razón al tiempo que algo que transcender. Está en nuestras manos. Hoy más que nunca hace falta este pensamiento integral. Sin él el gris paisaje seguirá pasando a más y más oscuro.

M. R. de P.
Vancouver, enero del 2004.

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