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De acuerdo con las leyes del siglo veintitrés una buena parte de los políticos actuales, por supuesto de las democracias modernas, aunque con más razón en las dictaduras de repúblicas bananeras o petroleras, y también buena parte de los empresarios, estarían en la cárcel.
Esta idea ha venido revoloteando durante varias semanas, sin saber muy bien cómo darle forma, hasta que el otro día, viendo la excelente película The Corporation, que supongo pronto verá la luz en España, un empresario hacía un comentario muy parecido. Se trataba de un negociante de alfombras. Las alfombras, dicho sea de paso, es uno de esos productos que, a no ser que se afirme lo contrario en la etiqueta de compra, lo más seguro es que estén realizados por niños en algún país tercermundista cobrando la miseria más mísera. Este empresario se dio cuenta de pronto de que los productos que estaba utilizando para la producción de alfombras eran altamente nocivos para el medio ambiente - basados, cómo no, en productos petrolíferos. Después de decidirse a cambiar su forma de producción a una más sostenible ecológicamente, se hacía la siguiente reflexión: gente como yo seguramente estará perseguida por la ley en el futuro. ¡Qué posible es esto! ¡Qué lejos estamos a veces del propio movimiento del Espíritu del Tiempo, que avanza tan veloz y que exigirá -si las cosas van bien- una atención mucho más cuidadosa a este tipo de asuntos, entre otros muchos relacionados!
Tenemos siempre la tendencia a pensar el presente como algo estático,
que no viene de ningún pasado histórico ni tendiendo
hacia un futuro posible (y por tanto hasta cierto punto predecible).
La inercia es siempre pensar sobre los asuntos, sobre todo políticos,
como si estuviesen encerrados en un círculo irrompible ceñido
al momento presente. Y es que es ésta precisamente la idea
que se nos quiere hacer ver desde el status quo. Interesa que nadie
investigue en el pasado (por si acaso allí hallamos soluciones
a problemas aparentemente modernos), e interesa también que
nadie especule sobre una posible dirección futura -especulación
con fundamento, se entiende, basada en la reconstrucción
del pasado y sus tendencias-. Interesa, ante todo, que las cosas
se queden como están.
Mas, ¿a quién le interesa esto verdaderamente? ¿Qué
es eso del statu quo? ¿Puede decirse realmente que haya una
persona detrás de todo el cotarro, y que conscientemente
aspira a su mantenimiento? Desde luego existen los conservadores,
y desde luego hay quien afirma abiertamente que su propósito
es hacerse rico, aún a costa de la pobreza de los demás.
Esto es claro. Mas, ¿es eso todo?
No lo parece. Antes al contrario, parece que se da una íntima
contradicción en el individuo singular, donde conscientemente
cree estar a favor de cambios cualitativos (en el medio ambiente,
pongamos por caso) pero inconscientemente trabaja para lo contrario.
En la misma películaThe Corporation se muestra cómo
uno de los directivos de Shell es visitado por un grupo de jóvenes
contestatarios. Al final de una larga conversación en su
jardín, el directivo concluye que busca cosas muy parecidas
a las que buscan los jóvenes (una ecología y una economía
sostenible, etc.). Y nadie puede negar que sea cierto, que de verdad
él crea en todas estas cosas. Pero no deja de ser cierto
también que precisamente la posición que representa
en la compañía (una de las más grandes compañías
petrolíferas del mundo, y que directa o indirectamente alienta
muchas guerras y gobiernos fraticidas) va en contra de todos esos
principios. Noam Chomsky pone el ejemplo paralelo de un terrateniente
en los antiguos estados del sur de los EEUU: puede ser hasta cariñoso
con sus esclavos, amándolos y cuidándolos tiernamente,
pero la esclavitud en sí misma no ha sido borrada (esto es
importante comprenderlo, además, para darse cuenta que la
única sociedad que ha abolido la esclavitud en el sentido
general mencionado es la civilización moderna occidental,
en contra de tantos romanticismos en boga que pretenden "volver
a Oriente", "volver a la Gran Madre", "volver
a las tribus primitivas", etc. De hecho, se da el caso de que
toda sociuedad pre-moderna acogía una forma u otra de esclavismo,
si bien a veces velada por el cuidado y el cariño antes mencionado).
La divergencia entre pensamiento y acción es un asunto de
la mayor importancia, pues siempre que se siga dando, y tenemos
considerables razones para saber que seguirá dándose,
muchos problemas (ecológicos, económicos) se multiplicarán
aun con las mejores intenciones y en las mejores circunstancias
- aun cuando los que efectivamente están llevando a cabo
el expolio crean a pies juntillas estar salvando al mundo de la
catástrofe. Bajo esta perspectiva solo caben hacer dos cosas:
potenciar la conciencia colectiva sobre determinados asuntos en
todos los sectores, e imponer leyes que determinen los aspectos
exactos de cómo tal conciencia ha de llevarse a cabo, previniendo
el máximo de catástrofes posibles.
Las cosas están muy negras en el mundo; económica,
política y ecológicamente muy negras. Creo que sobre
este punto caben pocas dudas - una vez que se ha corrido un poco
la cortina del monopensamiento habitual de los mass-media. Así,
pues, nos vemos enfrentados a un doble reto: el desarrollo de nuestra
conciencia interior (desarrollo sine qua non puede producirse ningún
cambio genuino a mejor) y después la concreción y
determinación de la nueva conciencia en un nuevo cuerpo de
leyes que entienda de todos, respete diferencias, y quiera la paz
en un sentido auténtico y verdadero. El desarrollo concreto
de las leyes es importante porque sin él esos abusos inconscientes
antes mencionados podrían seguir cometiéndose. La
inconsciencia y la divergencia entre el pensamiento y la acción
es mucho más evidente y confusa hoy, donde millones de personas
pueden estar trabajando para complejos esclavistas de primer orden
y no ser ni remotamente conscientes de ello, o donde los mismos
esclavizadores pueden creer genuinamente estar haciendo lo mejor
posible para mejorar el mundo. La necesidad de integración
es, por tanto, la cuestión más urgente de todas. Este
tipo de contradicción entre pensamiento y acción no
puede resolverse tratando de convencer al esclavista correpondiente
de que está haciendo algo mal per se, porque lo que ocurre
es que él mismo quiere resolver esos problemas pero desde
otra perspectiva. El caso del empresario de Shell habla por sí
mismo - y no es un caso aislado.
La necesidad de un nuevo cuerpo de leyes integrales, que estén
a la altura de las circunstancias, sabiendo deshacer los líos
previos, que son tremendos, es tan urgente que poco se puede exagerar
al respecto. Líos, por ejemplo, cómo ese que trata
a las macro-corporaciones legalmente como si fuesen un individuo
singular, y por tanto donde pueden esconderse de muchas acusaciones
porque de hecho no existe tal individuo al que poder apuntar con
el dedo y acusarle de algún abuso. Las macro-corporaciones
son uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, si no el mayor,
y, como decíamos antes, necesitamos tanto de un auge de la
conciencia colectiva que en primer lugar alcance a ver la monstruosidad
implicada en estos gigantes, como de un cuerpo de leyes adecuado
al gigantismo, a la globalización, a los nuevos problemas
de la genética, a la contaminación ambiental a gran
escala, al futuro del agua y a tantas y tantas cosas que nos afectan
a todos (aunque siempre es más fácil, de nuevo, tender
a pensar que "todo se centra en el presente" y que "al
fin y al cabo a mí no me tocará", como si nuestros
actos no tuviesen consecuencias futuras. Mas pensar en las consecuencias
es doloroso porque nos exige cambios inmediatos en la conciencia,
y nadie quiere realmente cambiar, deshabituarse).
Las leyes, coherentes con los tiempos y las necesidades del momento,
son nuestra única posibilidad. Pero antes de ello, y vale
la pena repetirlo, una conciencia interior de las personas en esa
función legisladora debe haber ascendido - y es un ascenso
de la conciencia en toda regla, puesto que la preocupación
por un arreglo global e integral del mundo es algo enteramente nuevo
en el Espíritu del Mundo. Las leyes ya no pueden estar al
servicio del conservadurismo clásico, por supuesto, pero
tampoco del racionalismo subsiguiente que pretendió cambiar
la faz de la tierra y de algún modo allanó el camino
para una expoliciación más rápida; ni tampoco
es suficiente el pluralismo de los últimos tres decenios,
que aún no alcanza a ver el panorama al completo. En una
palabra, se necesita de una aproximación integral, donde
todas estas partes (conservadurismo clásico, revolucionarismo
racional y pluralismo) encuentren un espacio en el gran espectro
y donde todos tengan una pequeña porción de razón
al tiempo que algo que transcender. Está en nuestras manos.
Hoy más que nunca hace falta este pensamiento integral. Sin
él el gris paisaje seguirá pasando a más y
más oscuro.
M. R. de P.
Vancouver, enero del 2004.