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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

Una paradoja desconcertante. (28 de marzo de 2004)

Al contemplar y estudiar la historia de la humanidad se nos plantea inmediatamente un problema: nos damos cuenta de que hasta hoy, y sin excepción alguna, toda expresión artística de la máxima envergadura ha estado basada en un sistema económico alienador. Las grandes obras de la humanidad estaban y aún hoy están sustentadas en gran medida por sistemas de mercado que acumulan capital -unos trabajando para acumularlo y otros acumulándolo-; y gracias este capital ("trabajo acumulado") pueden desarrollarse las actividades libres tendentes a la autorrealización o autotranscendencia. Este es un hecho incontrovertible que Marx fue el primero en ver con claridad. Mientras exista la desigualdad económica y se siga dando en alguna medida un abismo entre explotadores y explotados, el "arte" -o la investigación interior de la conciencia en términos amplios- seguirá siendo privilegio de los que tienen, inaccesible para los que no.

Existe una pirámide del desarrollo. Si uno está sometido al trabajo de sol a sol, no podrá dedicar ningún tiempo a su propio crecimiento, a la creación de un espacio interior donde habitar, crecer y profundizar, más de acuerdo con los movimientos íntimos del alma que con las necesidades materiales del momento. Sólo cuando uno se libera en parte de las cargas del trabajo alienado puede en verdad dedicarse a lo interno, lo que aún hoy sigue siendo sólo para un porcentaje mínimo de privilegiados. Las facilidades crecen, los privilegiados crecen en número, pero así también los decicados a servirlos/nos. Desconozco si existe una relación proporcional, pero a grosso modo así lo parece. (En nuestro análisis estamos dejando de lado también esos casos extraordinarios de aquéllos que de hecho se desarrollan interiormente en su trabajo).

Como decimos, este es un hecho incontrovertible, y puede decirse que ningún análisis que aspire a la liberación en general del ser humano puede pasarse sin considerar el punto de vista material sobre el que se sustenta todo lo demás. Ello no debe conducir, sin embargo, al lado opuesto, a ese que hace que el punto de vista materialista lo cubra todo. Nuestro objeto en las páginas siguientes será dar cuenta de esta paradójica situación -donde la Belleza ha estado y está sustentada por un tremendo sufrimiento- al tiempo que procuraremos no caer en la garras de ese materialismo cerrado del que han dado cuenta los marxismos - o capitalismos. Los análisis materiales, que son tan importantes -no en vano constituyen la base de la pirámide del desarrollo, y facilitan o perjudican el acceso al resto de los niveles- pueden acabar con demasiada facilidad "explicando" o cubriendo el resto de perspectivas, lo cual ocurre a menudo y es también desastroso.

Un ejemplo moderno y actual de esta toma de terrenos se da en en el magnífico estudio Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Galeano ha hecho un análisis excelente de las condiciones materiales bajo las que subsistieron los latinoamericanos desde la conquista española y portuguesa, y ha ha demostrado convincentemente que la explotación de Sudamérica procuró en gran medida el desarrollo capitalista europeo, y por tanto la que sustentó todas las comodidades de las que los países occidentales viven hasta hoy - y que, como decíamos al principio, paradójicamente son las que permiten y han permitido las revelaciones propias de estadios superiores y más profundos de la Conciencia, ya expresados en el Arte o en la Filosofía. El libro de Galeano está escrito de un modo magistral, y los datos sobre el expolio que aporta son, de nuevo, incontrovertibles. Ahora bien, la limitación de la perspectiva materialista se pone de manifiesto cuando se comienza a crear la sensación de que todos los cristianos, por ejemplo, o todos los reyes, eran unos explotadores - y punto. Felipe II es retratado solo como un sádico explotador, y así con una larga lista de otros dirigentes, que, si bien obviamente no vivían bajo los principios de la justicia social -ni remotamente- (y en esto tiene razón Galeano), tampoco puede vérseles exclusivamente desde ese punto de vista, dejando de comprender algunas áreas claves para el entendimiento de sus figuras y de la Historia en general (la maravilla del Arte y la sabiduría en las expresiones filosófico-religiosas).

Aquí volvemos de nuevo a la paradoja: El Escorial se fundamenta piedra sobre piedra en el trabajo alienado de las mayorías, en la esclavitud y la brutalidad. Y así con todas las expresiones artísticas de la historia, sin excepción. Las colonias, dicho sea de paso, tenían la ventaja de que el sufrimiento involucrado en la opresión quedaba más lejos. A los que recibían las fortunas del expolio les era más difícil aún que antes darse cuenta de la procedencia de su riqueza. Lo mismo puede decirse de la sitaución actual en igual medida: los explotados somos todos, sí, pero los verdaderamente explotados, esos que trabajan en fábricas durantes dieciséis o veinte horas sin parar y casi sin ser pagados, viven hoy más lejos que nunca: se retiran y retiran en los pozos de los grandes guetos y ciudades de países remotos. El ciudadano común de Occidente ha perdido contacto con la procedencia de todo lo que utiliza - lo da por ehecho. Poca reflexión se dirige hacia esta zona.

Mas volviendo a la paradoja, si esto puede decirse del El Escorial, también puede -y, con la misma lógica, debe- decirse de todos y cada uno de los monumentos artísticos de la historia de la humanidad hasta la Modernidad sin duda ninguna, y aún hoy en su mayor parte. Es importante recalcar lo de "todas y cada uno" porque muchos caen en la tentación -incluído Galeano en su estudio- de decir que las civilizaciones anteriores a la occidental moderna no eran tan brutales, o no estaban tan fundamentadas en la alienación, lo que es una falsificación de la historia y una romantización -conveniente- de dichas civilizaciones. Esta romantización, que ve en las civilizaciones premodernas sólo lo que quiere ver (para así encontrar un objeto más agarrable para la culpa - la civilización occidental moderna es "terrible" y "culpable de todos los males de hoy") viene, a su vez, de una ocultación previa -conveniente también- de aquello que sí resulta de valor en nuestra cultura. Siguiendo el ejemplo de Felipe II, la cuestión sería darse cuenta de que, sí, basó su política en la opresión, pero que también fue un genio artífice de tantas y tantas creaciones con valor propio y que la dialéctica material no toca. Una falsificación va de mano de la otra: si romantizamos allí un poco (por ejemplo no considerando también y sobre todo a las civilizaciones premodernas como alienadoras en lo más básico) nos vemos obligados interpretar nuestro momento y nuestra civilización como más alienadora de lo que realmente es, sin considerar sus aspectos positivos. Esta negación del lado positivo se hace más peligroso todavía cuando tratamos la Modernidad occidental, puesto que ha sido ella justamente la que trajo por primera vez de un modo general la posibilidad de una liberación de la opresión absoluta que venía dándose desde el origen mismo de la civilizaciones.

Por otro lado, como mencionábamos al principio, el "todos y cada uno" no debe tomarse demasiado en serio y literalmente - es decir, no hemos de utilizarlo como una herramienta para la acusación contra el arte, la filosofía o la religión (que es lo que en buena medida hizo el marxismo), dejándonos en manos de la única y todopoderosa dialéctica material. Cabe, desde luego, la posibilidad de la Obra ejecutada desde la sencillez y sin la participación en los poderes alienantes. Trazar una línea distintiva es imposible y dependerá en gran medida de nuestro modo de interpretación. Lo importante es darse cuenta del transfondo en el que se ha desenvuelto la humanidad hasta hoy; darnos cuenta de hasta qué punto vamos transcendenciendo unos modos u otros de explotación, de privilegios y de injusticias, para así dar cuenta de hasta qué punto nos acercamos a una liberación para un mayor número de personas - hasta alcanzar la totalidad de los seres vivos.

Las reflexiones que venimos hciendo nos van llevando a una serie de distinciones que pretenden arrojar luz sobre la naturaleza misma de la opresión (ya sea aquí o allí) y sobre el proceso, lento pero continuo, de liberación (aquí o allí, pero que en la Modernidad occidental dió un salto de gigante). Si la política de Felipe II se sustenta en la alienación, también los incas y los mayas, las tribus primitivas, y todas y cada una de las civilizaciones existentes hasta la Modernidad, por lo menos en principio. Si sólo fijamos nuestra atención en la dialéctica material a lo largo de la historia, nadie puede quedar a salvo de la criba. Mas la paradoja permanece: esas mismas civilizaciones y culturas, que han estado siempre basadas en la enajenación han alcanzado también momentos singulares de inusitada belleza.

Por decirlo una vez más: la capacidad que han tenido los artistas de todas las épocas se ha dado siempre y sin excepción gracias al sustento explotación y el trabajo acumulado, que permitió y permite a unos pocos liberarse de la dura carga del trabajo para dedicarse a lo estético, lo intelectual o lo contemplativo. Y esto no puede negarse. Pero tampoco puede negarse la belleza y el valor de todas y cada una de las obras artísticas que se han producido en su seno, y que permanecen siempre por encima e independientes de los modos de producción materiales. La cuestión que nos planteamos es: ¿Ha de ser siempre así? ¿La entrada en la dimensión interior de la conciencia ha de estar siempre basada en algún modo de alienación material?

Más tarde apuntaremos un boceto de respuesta, pero lo importante primero es darse cuenta del hecho mismo de la alienación a lo largo de la historia y en el presente; segundo, comprender que el ser humano tiene que seguir profundizando en Sí Mismo -y cuya expresión clásica y genuina es el Arte y la Filosofía- para alcanzar una liberación digna de llamarse tal; y, tercero, entender la importancia de la separación de las esferas acaecida en la Modernidad Occidental (que permite por ejemplo examinar la alienación económica por un lado y la creación artística por otro), además de constituir un Gran Tránsito en sí mismo hacia la libertad (emancipándose en buena medida de formas antiguas de enajenación).

Volviendo a la obra de Galeano, ¿cómo explicar la amalgama pagano-católica en las expresiones artístico-religiosas de Latinoamérica (y también de Europa antes que ella sin ir más lejos) si no es porque hay elementos de valor -y de alienciación- en ambas culturas -europea e indígena-? Inclinar la balanza hacia el lado indígena para "lo bueno" (como si antiguamente no hubiera habido alienación y como si hubiese sido todo el Paraíso) y hacia el occidental para "lo malo" (para indicar lo contrario) sólo puede hacerse de un modo lícito en cuanto que analizamos la esfera material: la explotación de un pueblo concreto en un momento concreto de la historia (que es lo que casi siempre hace Galeano), pero deja de ser lícito cuando tal análisis comienza a comerse todo el espectro y a tomar también la esfera ético-estético-religiosa, tergiversando la historia de tal modo que aparezca la cultura explotada de ese momento como santa en todos los momentos históricos y en todos los aspectos, y la de la civilización que impuso la alienación como si ésta fuese fatal en todos los sentidos.

Es entonces cuando nos deslizamos a muchos errores e imprecisiones: nos falta la apreciación de que la "solución" o el equilibrio no está lo antiguo -como se desprende de lo que dicen unos-, ni en lo moderno -como pretenden otros-, sino todavía adelante (caso de estar en algún sitio). La explotación europea tiene características nuevas en comparación con la que ejercían los imperios indígenas previos, más así o más asá, pero explotación en todos los casos. Los momentos de brillo en la cultura, la Belleza, la intensidad de la sabiduría de los vórtices de cada cultura son así o asá en cada caso, pero ciertos en cada uno de ellos, sin poder inclinar la balanza hacia uno en especial.

Sin embargo, la posibilidad de integrar ambas en una sola visión, distinguiendo entre la alienación en todos los casos y la Belleza en todos los casos, sólo es posible desde la Modernidad, cuando las Tres Grandes Esferas del Conocer (Verdad, Belleza, Bien) fueron separadas, pudiéndose así investigar unas con independencia de las otras, sin solaparse. La Modernidad tendió después a basarse en un análisis meramente material dejando de lado todo lo espiritual -lo que constituye su pesadilla-, pero las civilizaciones premodernas caían en el desequilibrio opuesto: la falta de distinción de las esferas obligaba a acatar determinadas condiciones materiales porque así estaba implicado en "lo espiritual". Sólamente hoy nos es posible contemplar ambos lados para integrarlos en un conjunto armónico.

La importancia de distinguir las esferas sobra explicitarla mucho más: sin la distinción podremos estar atribuyendo virtudes o defectos a lugares que no corresponden, y por tanto las soluciones que propongamos estar enfocadas hacia objetivos equivocados. Sobre este punto volveremos más adelante, pero todas las evidencias apuntan a que a pesar las dificultades implicadas en un tema tan complejo y que puede cogerse desde tantos sitios (y que lleva con facilidad a discusiones acaloradas), una posibilidad de integración es posible. Pero para poder integrar había que separar primero, después tratar de comprender los aspectos "buenos" y "malos" de cada uno de los lados y más tarde acaso preparar un conjunto de prácticas de reforma en cada lugar, sin que se pisen las unas a las otras.

Una cuestión que queda tocada -y no respondida comprehensivamente- cuando se hace un análisis "marxista" del estilo de Galeano es: ¿por qué los pueblos se dejan esclavizar? La queja de que los españoles explotaron y aniquilaron a los indígenas es lícita en cuanto que el hecho es cierto e indudable, pero sin embargo se queda coja si desde ahí asumimos que los españoles de la conquista fueron los únicos explotadores o siquiera los peores de ellos, puesto que entonces nunca daremos con una comprensión del fenómeno de la explotación en conjunto y desde sus mismos fundamentos. Esto es igualmente aplicable a los explotadores actuales, ya sean las macrocorporaciones o el Imperio Estadounidense. Paradójicamente, encontrar un culpable en un momento histórico determinado no soluciona el problema en sí mismo, que se repite y se sigue repitiendo una y otra vez. La mera aserveración y descripción de la explotación y sus condiciones no lleva a una solución. El cómo es por completo indiferente al por qué.

Caer en la tentación de culpar a unos (los europeos explotadores) para ensalzar a los otros (que supuestamente "antes vivían en armonía") no lleva a la solución deseada, sino que empeora el problema, porque sigue dejando abierta la cuestión de por qué se dejaron esclavizar y alienar de tal modo (lo que no puede explicarse sólo por la ventaja técnica de los europeos, siendo éste sin duda un factor importante al principio de la conquista pero no ya después, cuando todos en teoría conocen y pueden disponer de la misma técnica). Aun en el caso de que la afirmación anterior fuese cierta -que no lo es, ni remotamente-, que los europeos modernos han sido los grandes alienadores, únicos en su especie, aún quedaría abierta la cuestión de por qué se ha mantenido la opresión durante tanto tiempo. Por ponerlo en términos crudos: por qué a muchos les resulta más cómodo ser explotados; por qué, de hecho, la aspiración hacia la libertad es minoritaria, tanto aquí como allí. Y además semejante perspectiva tampoco puede contestar a la otra cuestión clave: por qué resulta que justamente ha sido la Modernidad Occidental la que por primera vez trajo libertades hasta entonces impensables en ninguna cultura, como la abolición de la esclavitud, los derechos humanos, etc.

La tendencia a culpar a los europeos y ensalzar los indígenas, si bien tiene sentido en cuanto que toda relación explotador-explotado es injusta y por tanto algo a combatir (en ese contexto histórico concreto), tiene el inconveniente de ocultar por un lado los sistemas de opresión indígenas y por otro las tremendas ventajas y consecuciones de la cultura europea (en particular el Gran Tránsito de la Modernidad, no ya sus preciosas joyas artísticas y sus desarrollos filosófico-metafísicos). En este sentido los así llamados análisis coloniales y postcoloniales dejan siempre vía abierta a la confusión. Quieren resolver el problema culpando a alguien en concreto (por supuesto al hombre blanco) pero lo hacen en la dirección equivocada (volviendo hacia atrás, cuando nadie hasta el momento ha vivido en el equilibrio ideal de no-explotación y acercamiento general a la Belleza).

Las equivocaciones así se suceden, puesto que asegurar que el equilibrio ideal residía en el pasado "antes del hombre blanco" no puede hacerse sin cantidades ingentes de contradicciones formales: justamente aquél que escribe sobre el postcolonialismo, sin ir más lejos, lo hace desde presupuestos y en modos puramente occidentales modernos, los que rabiosamente negaba hace un momento. Los alzamientos contra la opresión deben evitar caer en estos parcialismos y dar cuenta de la opresión en todos los sentidos y en todos los lugares; y asimismo los intentos de conservación de una tradición o de las consecuciones en justicia social deben ser tomados vengan de donde vengan (a veces desde suelo indígena, a veces desde Occidente).
Volvemos a la pregunta: ¿por qué pueblos y más pueblos se han dejado explotar durante siglos? ¿Por qué así con los indígenas de Latinoamérica (siguiendo la propuesta de Galeano)? No preguntamos ahora cómo, sino por qué. Esta pregunta no puede contestarse de un modo lineal, como han venido siendo casi todas las respuestas a este interrogante, y que dejan, de hecho, de ser respuestas genuinas, como que "porque se lo merecen" (dirían algunos) o porque "los europeos son una raza de brutos sin precedentes" (lo que dirían otros), etc. El único modo de contestar a esta pregunta es considerar y comprender las pautas y estadios de desarrollo. No podemos hacer aquí un resumen de los estadios evolutivos que recorre una cultura o un individuo, y que tienen toda la evidencia y apoyo empírico del mundo, amén de coherencia intelectual. Baste para nuestros propósitos tener en cuenta que existen tales pautas de desarrollo, y que en cada estadio se da -idealmente- una transcendencia y una inclusión del estadio anterior. Es decir, el crecimiento hacia mayor libertad y mayor apertura se da mediante continuas integraciones. Decía "idealmente" porque no siempre ocurre así: se dan estancamientos donde no hay crecimiento alguno; ciertos crecimientos conducen a desviaciones patológicas.

Mas en este contexto de los estadios de desarrollo sí queremos llamar la atención sobre un hecho que suele pasarse desapercibido, que ya hemos mencionado antes y que es de importancia capital: la Revolución Francesa y la Modernidad resultan el primer momento en la Historia de la humanidad donde las ideas de libertad, igualdad y fraternidad crisatalizan de modo duradero en una gran conciencia colectiva y, lo que es al menos tan importante: en las leyes de los pueblos. Ha habido antes, sí, muchas revueltas de escalvos, pero todas ellas están condendas al fracaso si no tienen el soporte de una conciencia colectiva, al menos en suficientes sujetos como para que constituya una generalidad. La Modernidad, por tanto, asciende a un nuevo estadio del desarrollo colectivo, y por razones que de nuevo sería muy largo explicitar aquí, tal ascenso lleva asociada la división de las esferas, donde el arte puede ser discutido por un lado y donde la dialéctica material por otro. El ascenso de la Modernidad a este nuevo estadio, donde la libertad individual, los derechos humanos, la tendencia a la justicia social, etc., tenían su asiento, es la respuesta a la pregunta sobre la explotación. La razón por la que muchos pueblos y sin duda muchos individuos aún hoy en nuestra sociedad postmoderna prefieren vivir bajo el yugo antes que autodeterminarse como libres es porque no han alcanzado determinado estadio del desarrollo de la Conciencia. Antes de este estadio, uno prefiere someterse a los mandatos de alguien externo, lo que ha sido la pauta colectiva más común, repetimos, hasta la Modernidad. El comienzo de la autodeterminación de la Modernidad no es en modo alguno definitivo, y queda mucho por avanzar, pero sin duda es un paso clave que permitió incidentalmente la división de los Tres Grandes Reinos o Esferas.

Los estadios del desarrollo de la Conciencia han sido a menudo entendidos como una justificación para la alienciación (desde los más altos a los más bajos). Al ascender, dirían los críticos, la nueva capacidad permite un nuevo modo de alienación - por tanto olvidémonos de los estadios e igualicemos todo "como era en un principio" - los estadios son una forma "europea" más de alienación. Y es cierto que un ascenso en el desarrollo puede desviarse hacia una nueva alienación, pero también y sobre todo permite una nueva salud, antes imposible. Paradójicamente, la jerarquía -patológica y represora- es precisamente el fundamento de todas las sociedades premodernas, y todo aquél que habla de una "igualación" está hablando, per se, desde la Modernidad. La Modernidad ha tenido muchos lados patológicos (su materialismo y cientifismo a ultranza), pero en general constituye un avance con respecto a la alienación absolutista tradicional, ya sea de Felipe II, de los mayas o de los bramines indios. Parece de hecho que la ascensión aun nuevo estadio del desarrollo conduce a una liberación -creciente-, por ejemplo al pasar del etnocentrismo antiguo (propio de todas las culturas hasta la Modernidad) al mundicentrismo (que amanece por primera vez en la Modernidad). La explotación jerarquicista es un nivel por debajo de los principios de la igualdad moderna, que paradójicamente, fue culminada y conseguida en Europa, y en gran parte gracias al capital amasado desde las Américas y otras colonias.

Para no mezclar demasiado las cosas vamos a quedarnos únicamente en la esfera de lo material, sin entrar en cómo la acumulación privilegiada de capital permite la entrada en lo espiritual o la posibilidad de investigar nuestro interior. En lo material la paradoja se mantiene. Un ascenso en la escala de Conciencia como el de la Modernidad, que es positivo, puesto que trae consigo más justicia social, está basado justo antes en una sobredosis de explotación que permitió desarrollar los medios técnicos -la revolución industrial- y que más adelante facilitó tal ascenso. La paradoja desconcertante se sigue manteniendo, e incluso se hace más viva: la revolución industrial nunca pudo producirse sin la base de la esclavitud (lo que muchos pasan por alto), pero al mismo tiempo la Modernidad y con ella la abolición de la escalvitud nunca pudo haber sido sin los avances técnicos de la revolución industrial (que prueban haber sido decisivos para la extensión de las ideas y la conciencia de la igualdad), que a su vez provienen de los frutos del expolio más brutal.

Muchos desprestigian la importancia de todas las conquistas de la igualdad moderna, como la abolición de la esclavitud, arguyendo que ésta se mantiene de distintas formas. Esto es verdad en cierto sentido, pero no puede ser cierto en todos ellos. Hay nuevas formas más sutiles de explotación, sin duda, pero ello no niega los avances conseguidos hasta el momento (esto no hay que preguntárselo a las minorías tradicionalmente reprimidas, ya sean negros, indígenas, mujeres o lo que sea - se han hecho grandes avances). Tras la llegada de los principos democráticos modernos todo comenzó a igualizarse, descartando y decapitando todo lo que tuviese que ver con alguna clase de jerarquía. La crítica postmoderna, empezando por Nietzsche sobre todo, apuntó en esta dirección. Sin embargo, de nuevo, la postmodernidad, incluyendo la sátira de Nietzsche, fue a veces muy lejos, como si todo lo conseguido por la Modernidad fuese agua de borrajas. No es difícil demostrar que la Postmodernidad está sostenida ampliamente por la Modernidad, no importa cuan rabiosamente se nieguen sus principios. No hay modo de volver atrás: la reclamación de una nueva jerarquía no debe implicar la destrucción de las consecuciones en igualdad y justicia social modernas. Aquí estaríamos cayendo de nuevo en la mezcla de las esferas.

La cristalización de los principios de la igualdad modernos en las Leyes no son tan arbitrarios y tan inimportantes como muchos dicen hoy, desagradecidos para con las constituciones que justamente les permiten hablar del modo en que lo hacen, sin que venga la vieja autridad a cortar cabezas en nombre de Dios. Esto es fácil de olvidar debido al acostumbramiento bajo los principios modernos que nos sustentan. Nadie dice que sean los mejores principios. Caben muchos avances, pero éstos nunca se producirán si pretendemos pasar por encima del estadio anterior que nos lo permite como si no existiese. No son los mejores, pero sin duda son mejores que los antiguos. La evidencia muestra que pasar por encima de estos principios democráticos regresa a viejas pautas impositivas. Por más que esos principios deban ampliarse, por ejemplo integrando el sentido genuino de la jerarquía de niveles de desarrollo, no quiere decir que sean inválidos.

Pero retomemos el tema. Hablábamos de ceñirnos a la esfera de lo material. Las máquinas generadas durante la revolución industrial -que fueron propiciadas, recordémoslo, por el expolio colonial- en principio liberaron un poco más de la necesidad del trabajo físico, permitieron mayor acumulación de capital, y todo ello creó la base para nuevas investigaciones y asentamientos en la conciencia interior de pueblos e individuos. La explotación se consolidó bajo el nuevo descubrimiento técnico: el ritmo de trabajo para los no-privilegiados se mantuvo, pero la acumulación de capital se multiplicó. Produjo muchos despilfarros, pero también dió lugar a la burguesía y la clase media. Ésta también ha sido criticada con y sin razón desde la postmodernidad, pero en cualquier caso no cabe duda de que la clase media naciente constituye un puente hacia la repartición de la riqueza y los bienes, y por tanto una ampliación de las posibilidades a más individuos de acceso al ocio y así a la investigación y crecimiento interior. El abismo entre los muy ricos y los muy pobres se va remontando (o al menos existe la posibilidad de remontarlo, mientras que las sociedades exclusivamente agrarias no tienen posibilidad alguna de hacerlo).

La paradoja general hoy se consolida: no sólo la mayoría se mantiene dominada por un sistema opresivo (los principios modernos no desarrollados del todo), sino que el sistema industrial es, a su vez, utlizado para un esclavismo cada vez más remoto - hasta llegar al mundo actual donde millones de personas mueren de hambre cada día. Si esto es así en el sistema industrial, la era informática con sus posibilidades técnicas introduce complicaciones mucho mayores. Con ella se ha ascendido otro paso, creando nuevas posibilidades de acumulación de capital. El riesgo de una mala utilización es aún mayor: el abismo entre los ultra-ricos y los ultra-pobres es más grande que nunca jamás, y al mismo tiempo la creación de una clase media con acceso a bienes comunes y respaldados por las leyes es también mucho mayor que nunca antes. La paradoja se exacerba.

Mientras que cierto tipo análisis del mundo actual -inteligentes, como el de Galeano por ejemplo- tienda a desconsiderar que la Modernidad Occidental es justamente el comienzo de la liberación (sin necesidad de romantizar las civilizaciones precolumbinas, ampliamente esclavistas), y que la explotación europea, de hecho, indirecta y paradójicamente, favoreció la abolición general de la escalvitud entre otras conquistas, seguiremos poniendo parches a nuestro entendimiento, haciendo un flaco favor al movimiento de desarrollo que genuinamente avanza hacia una progresiva liberación, localizando exctamante los lugares donde cabe una reforma y dejando libres los lugares que no cabe manipular en modo alguno. No podemos dejar de lado que nuestra vida está fundamentada todavía -y en ciertos modos más- por la esclavización de países enteros.Comerse una tableta de chocolate, poseer un oredenador, o poder gastarse un puñado de euros en irse al cine -todo esto son posibilidades dadas hoy gracias ala ausencia de posibilidades en otros lugares.

Los problemas y las paradojas se exacerban a medida que crecemos en potencial. Crece el potencial de liberación: poseemos los medios, pero crece también el potencial de esclavización, bajo los mismo mecanismos de explotación de siempre. ¿Qué hacer? Como decíamos al principio, sería un gran paso que en primer lugar comprendiéramos la paradoja desde el fondo y en todas sus consecuencias: lo que tiene de verdad cada lado. Después quizá podemos comenzar a ordenar nuestra vida de acuerdo con los principios que de ahí se desprenden, y acaso después hacer recomendaciones más globales.

Ante la pregunta de si la paradoja tiene que seguir dándose en el futuro, la respuesta es obviamente NO, y justamente ahora tenemos en nuestras manos la capacidad para deshacerla, dejando cada cosa en su lugar y trabajando integral y armónicamente en cada una de las esferas, dando al César lo que es del César y a Dios lo que de Dios. ¿Es posible desarrollar nuestro interior sin apoyar consciente o inconscientemente algún modo de explotación? Sí, es posible. No es tan fácil como parece a primera vista, dado que estamos rodeados de las fuentes del mal y todos participamos en ellas de un modo u otro: el consumo personal es siempre la fuente de aprendizajes.

De ahí la importancia de lo que hoy comienza a conocerse como "simplicidad voluntaria". Es una vía de gran profundidad y muchas consecuencias prácticas, tanto para uno mismo como para el ambiente y los demás -¿hubo alguna vez diferencia?-. La simplicidad voluntaria trata de armonizar una conciencia y un estudio del plano material, que tienda a no consumir al ritmo habitual nuestro, o que tienda a entregarse a las manos del trabajo asalariado y alienador lo mínimo posible, con la conciencia más espiritual e interior de la profundización en uno mismo. Ambas van de la mano en el fondo. Pero para ello había que pensarlas primero por separado, puesto que en la antigüedad demasiadas cosas venían dadas en lo material por mandatos "espirituales" (aún sigue siendo así en ciertos colectivos y niveles de conciencia), y en la modernidad se dio la vuelta al lado opuesto, calificando todo lo espiritual como origen o apoyo de la explotación. La simplicidad voluntaria es una de las alternativas en cuanto a lo que podemos hacer como individuos, y que, como decimos, es de profundidad infinita - por algún lado hay que empezar. Y como colectivo, cada día estoy más convencido de la importancia de una legislación apropiada; una legilación que esté a la altura de las circunstancias, apoyada por la conciencia interior de más y más individuos apostando por el equilibrio, la sustenabilidad y la disolución práctica de la paradoja -antes desconcertante-, y que requeriría grandes y laboriosas reformas de lo vigente, literalmente siglos de trabajo - pero por algún sitio hay que empezar.

M. R. de P.
Vancouver, marzo del 2004.

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