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Al contemplar y estudiar la historia de la humanidad se nos plantea
inmediatamente un problema: nos damos cuenta de que hasta hoy, y
sin excepción alguna, toda expresión artística
de la máxima envergadura ha estado basada en un sistema económico
alienador. Las grandes obras de la humanidad estaban y aún
hoy están sustentadas en gran medida por sistemas de mercado
que acumulan capital -unos trabajando para acumularlo y otros acumulándolo-;
y gracias este capital ("trabajo acumulado") pueden desarrollarse
las actividades libres tendentes a la autorrealización o
autotranscendencia. Este es un hecho incontrovertible que Marx fue
el primero en ver con claridad. Mientras exista la desigualdad económica
y se siga dando en alguna medida un abismo entre explotadores y
explotados, el "arte" -o la investigación interior
de la conciencia en términos amplios- seguirá siendo
privilegio de los que tienen, inaccesible para los que no.
Existe una pirámide del desarrollo. Si uno está sometido
al trabajo de sol a sol, no podrá dedicar ningún tiempo
a su propio crecimiento, a la creación de un espacio interior
donde habitar, crecer y profundizar, más de acuerdo con los
movimientos íntimos del alma que con las necesidades materiales
del momento. Sólo cuando uno se libera en parte de las cargas
del trabajo alienado puede en verdad dedicarse a lo interno, lo
que aún hoy sigue siendo sólo para un porcentaje mínimo
de privilegiados. Las facilidades crecen, los privilegiados crecen
en número, pero así también los decicados a
servirlos/nos. Desconozco si existe una relación proporcional,
pero a grosso modo así lo parece. (En nuestro análisis
estamos dejando de lado también esos casos extraordinarios
de aquéllos que de hecho se desarrollan interiormente en
su trabajo).
Como decimos, este es un hecho incontrovertible, y puede decirse
que ningún análisis que aspire a la liberación
en general del ser humano puede pasarse sin considerar el punto
de vista material sobre el que se sustenta todo lo demás.
Ello no debe conducir, sin embargo, al lado opuesto, a ese que hace
que el punto de vista materialista lo cubra todo. Nuestro objeto
en las páginas siguientes será dar cuenta de esta
paradójica situación -donde la Belleza ha estado y
está sustentada por un tremendo sufrimiento- al tiempo que
procuraremos no caer en la garras de ese materialismo cerrado del
que han dado cuenta los marxismos - o capitalismos. Los análisis
materiales, que son tan importantes -no en vano constituyen la base
de la pirámide del desarrollo, y facilitan o perjudican el
acceso al resto de los niveles- pueden acabar con demasiada facilidad
"explicando" o cubriendo el resto de perspectivas, lo
cual ocurre a menudo y es también desastroso.
Un ejemplo moderno y actual de esta toma de terrenos se da en
en el magnífico estudio Las Venas Abiertas de América
Latina de Eduardo Galeano. Galeano ha hecho un análisis excelente
de las condiciones materiales bajo las que subsistieron los latinoamericanos
desde la conquista española y portuguesa, y ha ha demostrado
convincentemente que la explotación de Sudamérica
procuró en gran medida el desarrollo capitalista europeo,
y por tanto la que sustentó todas las comodidades de las
que los países occidentales viven hasta hoy - y que, como
decíamos al principio, paradójicamente son las que
permiten y han permitido las revelaciones propias de estadios superiores
y más profundos de la Conciencia, ya expresados en el Arte
o en la Filosofía. El libro de Galeano está escrito
de un modo magistral, y los datos sobre el expolio que aporta son,
de nuevo, incontrovertibles. Ahora bien, la limitación de
la perspectiva materialista se pone de manifiesto cuando se comienza
a crear la sensación de que todos los cristianos, por ejemplo,
o todos los reyes, eran unos explotadores - y punto. Felipe II es
retratado solo como un sádico explotador, y así con
una larga lista de otros dirigentes, que, si bien obviamente no
vivían bajo los principios de la justicia social -ni remotamente-
(y en esto tiene razón Galeano), tampoco puede vérseles
exclusivamente desde ese punto de vista, dejando de comprender algunas
áreas claves para el entendimiento de sus figuras y de la
Historia en general (la maravilla del Arte y la sabiduría
en las expresiones filosófico-religiosas).
Aquí volvemos de nuevo a la paradoja: El Escorial se fundamenta
piedra sobre piedra en el trabajo alienado de las mayorías,
en la esclavitud y la brutalidad. Y así con todas las expresiones
artísticas de la historia, sin excepción. Las colonias,
dicho sea de paso, tenían la ventaja de que el sufrimiento
involucrado en la opresión quedaba más lejos. A los
que recibían las fortunas del expolio les era más
difícil aún que antes darse cuenta de la procedencia
de su riqueza. Lo mismo puede decirse de la sitaución actual
en igual medida: los explotados somos todos, sí, pero los
verdaderamente explotados, esos que trabajan en fábricas
durantes dieciséis o veinte horas sin parar y casi sin ser
pagados, viven hoy más lejos que nunca: se retiran y retiran
en los pozos de los grandes guetos y ciudades de países remotos.
El ciudadano común de Occidente ha perdido contacto con la
procedencia de todo lo que utiliza - lo da por ehecho. Poca reflexión
se dirige hacia esta zona.
Mas volviendo a la paradoja, si esto puede decirse del El Escorial,
también puede -y, con la misma lógica, debe- decirse
de todos y cada uno de los monumentos artísticos de la historia
de la humanidad hasta la Modernidad sin duda ninguna, y aún
hoy en su mayor parte. Es importante recalcar lo de "todas
y cada uno" porque muchos caen en la tentación -incluído
Galeano en su estudio- de decir que las civilizaciones anteriores
a la occidental moderna no eran tan brutales, o no estaban tan fundamentadas
en la alienación, lo que es una falsificación de la
historia y una romantización -conveniente- de dichas civilizaciones.
Esta romantización, que ve en las civilizaciones premodernas
sólo lo que quiere ver (para así encontrar un objeto
más agarrable para la culpa - la civilización occidental
moderna es "terrible" y "culpable de todos los males
de hoy") viene, a su vez, de una ocultación previa -conveniente
también- de aquello que sí resulta de valor en nuestra
cultura. Siguiendo el ejemplo de Felipe II, la cuestión sería
darse cuenta de que, sí, basó su política en
la opresión, pero que también fue un genio artífice
de tantas y tantas creaciones con valor propio y que la dialéctica
material no toca. Una falsificación va de mano de la otra:
si romantizamos allí un poco (por ejemplo no considerando
también y sobre todo a las civilizaciones premodernas como
alienadoras en lo más básico) nos vemos obligados
interpretar nuestro momento y nuestra civilización como más
alienadora de lo que realmente es, sin considerar sus aspectos positivos.
Esta negación del lado positivo se hace más peligroso
todavía cuando tratamos la Modernidad occidental, puesto
que ha sido ella justamente la que trajo por primera vez de un modo
general la posibilidad de una liberación de la opresión
absoluta que venía dándose desde el origen mismo de
la civilizaciones.
Por otro lado, como mencionábamos al principio, el "todos
y cada uno" no debe tomarse demasiado en serio y literalmente
- es decir, no hemos de utilizarlo como una herramienta para la
acusación contra el arte, la filosofía o la religión
(que es lo que en buena medida hizo el marxismo), dejándonos
en manos de la única y todopoderosa dialéctica material.
Cabe, desde luego, la posibilidad de la Obra ejecutada desde la
sencillez y sin la participación en los poderes alienantes.
Trazar una línea distintiva es imposible y dependerá
en gran medida de nuestro modo de interpretación. Lo importante
es darse cuenta del transfondo en el que se ha desenvuelto la humanidad
hasta hoy; darnos cuenta de hasta qué punto vamos transcendenciendo
unos modos u otros de explotación, de privilegios y de injusticias,
para así dar cuenta de hasta qué punto nos acercamos
a una liberación para un mayor número de personas
- hasta alcanzar la totalidad de los seres vivos.
Las reflexiones que venimos hciendo nos van llevando a una serie
de distinciones que pretenden arrojar luz sobre la naturaleza misma
de la opresión (ya sea aquí o allí) y sobre
el proceso, lento pero continuo, de liberación (aquí
o allí, pero que en la Modernidad occidental dió un
salto de gigante). Si la política de Felipe II se sustenta
en la alienación, también los incas y los mayas, las
tribus primitivas, y todas y cada una de las civilizaciones existentes
hasta la Modernidad, por lo menos en principio. Si sólo fijamos
nuestra atención en la dialéctica material a lo largo
de la historia, nadie puede quedar a salvo de la criba. Mas la paradoja
permanece: esas mismas civilizaciones y culturas, que han estado
siempre basadas en la enajenación han alcanzado también
momentos singulares de inusitada belleza.
Por decirlo una vez más: la capacidad que han tenido los
artistas de todas las épocas se ha dado siempre y sin excepción
gracias al sustento explotación y el trabajo acumulado, que
permitió y permite a unos pocos liberarse de la dura carga
del trabajo para dedicarse a lo estético, lo intelectual
o lo contemplativo. Y esto no puede negarse. Pero tampoco puede
negarse la belleza y el valor de todas y cada una de las obras artísticas
que se han producido en su seno, y que permanecen siempre por encima
e independientes de los modos de producción materiales. La
cuestión que nos planteamos es: ¿Ha de ser siempre
así? ¿La entrada en la dimensión interior de
la conciencia ha de estar siempre basada en algún modo de
alienación material?
Más tarde apuntaremos un boceto de respuesta, pero lo importante
primero es darse cuenta del hecho mismo de la alienación
a lo largo de la historia y en el presente; segundo, comprender
que el ser humano tiene que seguir profundizando en Sí Mismo
-y cuya expresión clásica y genuina es el Arte y la
Filosofía- para alcanzar una liberación digna de llamarse
tal; y, tercero, entender la importancia de la separación
de las esferas acaecida en la Modernidad Occidental (que permite
por ejemplo examinar la alienación económica por un
lado y la creación artística por otro), además
de constituir un Gran Tránsito en sí mismo hacia la
libertad (emancipándose en buena medida de formas antiguas
de enajenación).
Volviendo a la obra de Galeano, ¿cómo explicar la
amalgama pagano-católica en las expresiones artístico-religiosas
de Latinoamérica (y también de Europa antes que ella
sin ir más lejos) si no es porque hay elementos de valor
-y de alienciación- en ambas culturas -europea e indígena-?
Inclinar la balanza hacia el lado indígena para "lo
bueno" (como si antiguamente no hubiera habido alienación
y como si hubiese sido todo el Paraíso) y hacia el occidental
para "lo malo" (para indicar lo contrario) sólo
puede hacerse de un modo lícito en cuanto que analizamos
la esfera material: la explotación de un pueblo concreto
en un momento concreto de la historia (que es lo que casi siempre
hace Galeano), pero deja de ser lícito cuando tal análisis
comienza a comerse todo el espectro y a tomar también la
esfera ético-estético-religiosa, tergiversando la
historia de tal modo que aparezca la cultura explotada de ese momento
como santa en todos los momentos históricos y en todos los
aspectos, y la de la civilización que impuso la alienación
como si ésta fuese fatal en todos los sentidos.
Es entonces cuando nos deslizamos a muchos errores e imprecisiones:
nos falta la apreciación de que la "solución"
o el equilibrio no está lo antiguo -como se desprende de
lo que dicen unos-, ni en lo moderno -como pretenden otros-, sino
todavía adelante (caso de estar en algún sitio). La
explotación europea tiene características nuevas en
comparación con la que ejercían los imperios indígenas
previos, más así o más asá, pero explotación
en todos los casos. Los momentos de brillo en la cultura, la Belleza,
la intensidad de la sabiduría de los vórtices de cada
cultura son así o asá en cada caso, pero ciertos en
cada uno de ellos, sin poder inclinar la balanza hacia uno en especial.
Sin embargo, la posibilidad de integrar ambas en una sola visión,
distinguiendo entre la alienación en todos los casos y la
Belleza en todos los casos, sólo es posible desde la Modernidad,
cuando las Tres Grandes Esferas del Conocer (Verdad, Belleza, Bien)
fueron separadas, pudiéndose así investigar unas con
independencia de las otras, sin solaparse. La Modernidad tendió
después a basarse en un análisis meramente material
dejando de lado todo lo espiritual -lo que constituye su pesadilla-,
pero las civilizaciones premodernas caían en el desequilibrio
opuesto: la falta de distinción de las esferas obligaba a
acatar determinadas condiciones materiales porque así estaba
implicado en "lo espiritual". Sólamente hoy nos
es posible contemplar ambos lados para integrarlos en un conjunto
armónico.
La importancia de distinguir las esferas sobra explicitarla mucho
más: sin la distinción podremos estar atribuyendo
virtudes o defectos a lugares que no corresponden, y por tanto las
soluciones que propongamos estar enfocadas hacia objetivos equivocados.
Sobre este punto volveremos más adelante, pero todas las
evidencias apuntan a que a pesar las dificultades implicadas en
un tema tan complejo y que puede cogerse desde tantos sitios (y
que lleva con facilidad a discusiones acaloradas), una posibilidad
de integración es posible. Pero para poder integrar había
que separar primero, después tratar de comprender los aspectos
"buenos" y "malos" de cada uno de los lados
y más tarde acaso preparar un conjunto de prácticas
de reforma en cada lugar, sin que se pisen las unas a las otras.
Una cuestión que queda tocada -y no respondida comprehensivamente-
cuando se hace un análisis "marxista" del estilo
de Galeano es: ¿por qué los pueblos se dejan esclavizar?
La queja de que los españoles explotaron y aniquilaron a
los indígenas es lícita en cuanto que el hecho es
cierto e indudable, pero sin embargo se queda coja si desde ahí
asumimos que los españoles de la conquista fueron los únicos
explotadores o siquiera los peores de ellos, puesto que entonces
nunca daremos con una comprensión del fenómeno de
la explotación en conjunto y desde sus mismos fundamentos.
Esto es igualmente aplicable a los explotadores actuales, ya sean
las macrocorporaciones o el Imperio Estadounidense. Paradójicamente,
encontrar un culpable en un momento histórico determinado
no soluciona el problema en sí mismo, que se repite y se
sigue repitiendo una y otra vez. La mera aserveración y descripción
de la explotación y sus condiciones no lleva a una solución.
El cómo es por completo indiferente al por qué.
Caer en la tentación de culpar a unos (los europeos explotadores)
para ensalzar a los otros (que supuestamente "antes vivían
en armonía") no lleva a la solución deseada,
sino que empeora el problema, porque sigue dejando abierta la cuestión
de por qué se dejaron esclavizar y alienar de tal modo (lo
que no puede explicarse sólo por la ventaja técnica
de los europeos, siendo éste sin duda un factor importante
al principio de la conquista pero no ya después, cuando todos
en teoría conocen y pueden disponer de la misma técnica).
Aun en el caso de que la afirmación anterior fuese cierta
-que no lo es, ni remotamente-, que los europeos modernos han sido
los grandes alienadores, únicos en su especie, aún
quedaría abierta la cuestión de por qué se
ha mantenido la opresión durante tanto tiempo. Por ponerlo
en términos crudos: por qué a muchos les resulta más
cómodo ser explotados; por qué, de hecho, la aspiración
hacia la libertad es minoritaria, tanto aquí como allí.
Y además semejante perspectiva tampoco puede contestar a
la otra cuestión clave: por qué resulta que justamente
ha sido la Modernidad Occidental la que por primera vez trajo libertades
hasta entonces impensables en ninguna cultura, como la abolición
de la esclavitud, los derechos humanos, etc.
La tendencia a culpar a los europeos y ensalzar los indígenas,
si bien tiene sentido en cuanto que toda relación explotador-explotado
es injusta y por tanto algo a combatir (en ese contexto histórico
concreto), tiene el inconveniente de ocultar por un lado los sistemas
de opresión indígenas y por otro las tremendas ventajas
y consecuciones de la cultura europea (en particular el Gran Tránsito
de la Modernidad, no ya sus preciosas joyas artísticas y
sus desarrollos filosófico-metafísicos). En este sentido
los así llamados análisis coloniales y postcoloniales
dejan siempre vía abierta a la confusión. Quieren
resolver el problema culpando a alguien en concreto (por supuesto
al hombre blanco) pero lo hacen en la dirección equivocada
(volviendo hacia atrás, cuando nadie hasta el momento ha
vivido en el equilibrio ideal de no-explotación y acercamiento
general a la Belleza).
Las equivocaciones así se suceden, puesto que asegurar que
el equilibrio ideal residía en el pasado "antes del
hombre blanco" no puede hacerse sin cantidades ingentes de
contradicciones formales: justamente aquél que escribe sobre
el postcolonialismo, sin ir más lejos, lo hace desde presupuestos
y en modos puramente occidentales modernos, los que rabiosamente
negaba hace un momento. Los alzamientos contra la opresión
deben evitar caer en estos parcialismos y dar cuenta de la opresión
en todos los sentidos y en todos los lugares; y asimismo los intentos
de conservación de una tradición o de las consecuciones
en justicia social deben ser tomados vengan de donde vengan (a veces
desde suelo indígena, a veces desde Occidente).
Volvemos a la pregunta: ¿por qué pueblos y más
pueblos se han dejado explotar durante siglos? ¿Por qué
así con los indígenas de Latinoamérica (siguiendo
la propuesta de Galeano)? No preguntamos ahora cómo, sino
por qué. Esta pregunta no puede contestarse de un modo lineal,
como han venido siendo casi todas las respuestas a este interrogante,
y que dejan, de hecho, de ser respuestas genuinas, como que "porque
se lo merecen" (dirían algunos) o porque "los europeos
son una raza de brutos sin precedentes" (lo que dirían
otros), etc. El único modo de contestar a esta pregunta es
considerar y comprender las pautas y estadios de desarrollo. No
podemos hacer aquí un resumen de los estadios evolutivos
que recorre una cultura o un individuo, y que tienen toda la evidencia
y apoyo empírico del mundo, amén de coherencia intelectual.
Baste para nuestros propósitos tener en cuenta que existen
tales pautas de desarrollo, y que en cada estadio se da -idealmente-
una transcendencia y una inclusión del estadio anterior.
Es decir, el crecimiento hacia mayor libertad y mayor apertura se
da mediante continuas integraciones. Decía "idealmente"
porque no siempre ocurre así: se dan estancamientos donde
no hay crecimiento alguno; ciertos crecimientos conducen a desviaciones
patológicas.
Mas en este contexto de los estadios de desarrollo sí queremos
llamar la atención sobre un hecho que suele pasarse desapercibido,
que ya hemos mencionado antes y que es de importancia capital: la
Revolución Francesa y la Modernidad resultan el primer momento
en la Historia de la humanidad donde las ideas de libertad, igualdad
y fraternidad crisatalizan de modo duradero en una gran conciencia
colectiva y, lo que es al menos tan importante: en las leyes de
los pueblos. Ha habido antes, sí, muchas revueltas de escalvos,
pero todas ellas están condendas al fracaso si no tienen
el soporte de una conciencia colectiva, al menos en suficientes
sujetos como para que constituya una generalidad. La Modernidad,
por tanto, asciende a un nuevo estadio del desarrollo colectivo,
y por razones que de nuevo sería muy largo explicitar aquí,
tal ascenso lleva asociada la división de las esferas, donde
el arte puede ser discutido por un lado y donde la dialéctica
material por otro. El ascenso de la Modernidad a este nuevo estadio,
donde la libertad individual, los derechos humanos, la tendencia
a la justicia social, etc., tenían su asiento, es la respuesta
a la pregunta sobre la explotación. La razón por la
que muchos pueblos y sin duda muchos individuos aún hoy en
nuestra sociedad postmoderna prefieren vivir bajo el yugo antes
que autodeterminarse como libres es porque no han alcanzado determinado
estadio del desarrollo de la Conciencia. Antes de este estadio,
uno prefiere someterse a los mandatos de alguien externo, lo que
ha sido la pauta colectiva más común, repetimos, hasta
la Modernidad. El comienzo de la autodeterminación de la
Modernidad no es en modo alguno definitivo, y queda mucho por avanzar,
pero sin duda es un paso clave que permitió incidentalmente
la división de los Tres Grandes Reinos o Esferas.
Los estadios del desarrollo de la Conciencia han sido a menudo entendidos
como una justificación para la alienciación (desde
los más altos a los más bajos). Al ascender, dirían
los críticos, la nueva capacidad permite un nuevo modo de
alienación - por tanto olvidémonos de los estadios
e igualicemos todo "como era en un principio" - los estadios
son una forma "europea" más de alienación.
Y es cierto que un ascenso en el desarrollo puede desviarse hacia
una nueva alienación, pero también y sobre todo permite
una nueva salud, antes imposible. Paradójicamente, la jerarquía
-patológica y represora- es precisamente el fundamento de
todas las sociedades premodernas, y todo aquél que habla
de una "igualación" está hablando, per se,
desde la Modernidad. La Modernidad ha tenido muchos lados patológicos
(su materialismo y cientifismo a ultranza), pero en general constituye
un avance con respecto a la alienación absolutista tradicional,
ya sea de Felipe II, de los mayas o de los bramines indios. Parece
de hecho que la ascensión aun nuevo estadio del desarrollo
conduce a una liberación -creciente-, por ejemplo al pasar
del etnocentrismo antiguo (propio de todas las culturas hasta la
Modernidad) al mundicentrismo (que amanece por primera vez en la
Modernidad). La explotación jerarquicista es un nivel por
debajo de los principios de la igualdad moderna, que paradójicamente,
fue culminada y conseguida en Europa, y en gran parte gracias al
capital amasado desde las Américas y otras colonias.
Para no mezclar demasiado las cosas vamos a quedarnos únicamente
en la esfera de lo material, sin entrar en cómo la acumulación
privilegiada de capital permite la entrada en lo espiritual o la
posibilidad de investigar nuestro interior. En lo material la paradoja
se mantiene. Un ascenso en la escala de Conciencia como el de la
Modernidad, que es positivo, puesto que trae consigo más
justicia social, está basado justo antes en una sobredosis
de explotación que permitió desarrollar los medios
técnicos -la revolución industrial- y que más
adelante facilitó tal ascenso. La paradoja desconcertante
se sigue manteniendo, e incluso se hace más viva: la revolución
industrial nunca pudo producirse sin la base de la esclavitud (lo
que muchos pasan por alto), pero al mismo tiempo la Modernidad y
con ella la abolición de la escalvitud nunca pudo haber sido
sin los avances técnicos de la revolución industrial
(que prueban haber sido decisivos para la extensión de las
ideas y la conciencia de la igualdad), que a su vez provienen de
los frutos del expolio más brutal.
Muchos desprestigian la importancia de todas las conquistas de la
igualdad moderna, como la abolición de la esclavitud, arguyendo
que ésta se mantiene de distintas formas. Esto es verdad
en cierto sentido, pero no puede ser cierto en todos ellos. Hay
nuevas formas más sutiles de explotación, sin duda,
pero ello no niega los avances conseguidos hasta el momento (esto
no hay que preguntárselo a las minorías tradicionalmente
reprimidas, ya sean negros, indígenas, mujeres o lo que sea
- se han hecho grandes avances). Tras la llegada de los principos
democráticos modernos todo comenzó a igualizarse,
descartando y decapitando todo lo que tuviese que ver con alguna
clase de jerarquía. La crítica postmoderna, empezando
por Nietzsche sobre todo, apuntó en esta dirección.
Sin embargo, de nuevo, la postmodernidad, incluyendo la sátira
de Nietzsche, fue a veces muy lejos, como si todo lo conseguido
por la Modernidad fuese agua de borrajas. No es difícil demostrar
que la Postmodernidad está sostenida ampliamente por la Modernidad,
no importa cuan rabiosamente se nieguen sus principios. No hay modo
de volver atrás: la reclamación de una nueva jerarquía
no debe implicar la destrucción de las consecuciones en igualdad
y justicia social modernas. Aquí estaríamos cayendo
de nuevo en la mezcla de las esferas.
La cristalización de los principios de la igualdad modernos
en las Leyes no son tan arbitrarios y tan inimportantes como muchos
dicen hoy, desagradecidos para con las constituciones que justamente
les permiten hablar del modo en que lo hacen, sin que venga la vieja
autridad a cortar cabezas en nombre de Dios. Esto es fácil
de olvidar debido al acostumbramiento bajo los principios modernos
que nos sustentan. Nadie dice que sean los mejores principios. Caben
muchos avances, pero éstos nunca se producirán si
pretendemos pasar por encima del estadio anterior que nos lo permite
como si no existiese. No son los mejores, pero sin duda son mejores
que los antiguos. La evidencia muestra que pasar por encima de estos
principios democráticos regresa a viejas pautas impositivas.
Por más que esos principios deban ampliarse, por ejemplo
integrando el sentido genuino de la jerarquía de niveles
de desarrollo, no quiere decir que sean inválidos.
Pero retomemos el tema. Hablábamos de ceñirnos a la
esfera de lo material. Las máquinas generadas durante la
revolución industrial -que fueron propiciadas, recordémoslo,
por el expolio colonial- en principio liberaron un poco más
de la necesidad del trabajo físico, permitieron mayor acumulación
de capital, y todo ello creó la base para nuevas investigaciones
y asentamientos en la conciencia interior de pueblos e individuos.
La explotación se consolidó bajo el nuevo descubrimiento
técnico: el ritmo de trabajo para los no-privilegiados se
mantuvo, pero la acumulación de capital se multiplicó.
Produjo muchos despilfarros, pero también dió lugar
a la burguesía y la clase media. Ésta también
ha sido criticada con y sin razón desde la postmodernidad,
pero en cualquier caso no cabe duda de que la clase media naciente
constituye un puente hacia la repartición de la riqueza y
los bienes, y por tanto una ampliación de las posibilidades
a más individuos de acceso al ocio y así a la investigación
y crecimiento interior. El abismo entre los muy ricos y los muy
pobres se va remontando (o al menos existe la posibilidad de remontarlo,
mientras que las sociedades exclusivamente agrarias no tienen posibilidad
alguna de hacerlo).
La paradoja general hoy se consolida: no sólo la mayoría
se mantiene dominada por un sistema opresivo (los principios modernos
no desarrollados del todo), sino que el sistema industrial es, a
su vez, utlizado para un esclavismo cada vez más remoto -
hasta llegar al mundo actual donde millones de personas mueren de
hambre cada día. Si esto es así en el sistema industrial,
la era informática con sus posibilidades técnicas
introduce complicaciones mucho mayores. Con ella se ha ascendido
otro paso, creando nuevas posibilidades de acumulación de
capital. El riesgo de una mala utilización es aún
mayor: el abismo entre los ultra-ricos y los ultra-pobres es más
grande que nunca jamás, y al mismo tiempo la creación
de una clase media con acceso a bienes comunes y respaldados por
las leyes es también mucho mayor que nunca antes. La paradoja
se exacerba.
Mientras que cierto tipo análisis del mundo actual -inteligentes,
como el de Galeano por ejemplo- tienda a desconsiderar que la Modernidad
Occidental es justamente el comienzo de la liberación (sin
necesidad de romantizar las civilizaciones precolumbinas, ampliamente
esclavistas), y que la explotación europea, de hecho, indirecta
y paradójicamente, favoreció la abolición general
de la escalvitud entre otras conquistas, seguiremos poniendo parches
a nuestro entendimiento, haciendo un flaco favor al movimiento de
desarrollo que genuinamente avanza hacia una progresiva liberación,
localizando exctamante los lugares donde cabe una reforma y dejando
libres los lugares que no cabe manipular en modo alguno. No podemos
dejar de lado que nuestra vida está fundamentada todavía
-y en ciertos modos más- por la esclavización de países
enteros.Comerse una tableta de chocolate, poseer un oredenador,
o poder gastarse un puñado de euros en irse al cine -todo
esto son posibilidades dadas hoy gracias ala ausencia de posibilidades
en otros lugares.
Los problemas y las paradojas se exacerban a medida que crecemos
en potencial. Crece el potencial de liberación: poseemos
los medios, pero crece también el potencial de esclavización,
bajo los mismo mecanismos de explotación de siempre. ¿Qué
hacer? Como decíamos al principio, sería un gran paso
que en primer lugar comprendiéramos la paradoja desde el
fondo y en todas sus consecuencias: lo que tiene de verdad cada
lado. Después quizá podemos comenzar a ordenar nuestra
vida de acuerdo con los principios que de ahí se desprenden,
y acaso después hacer recomendaciones más globales.
Ante la pregunta de si la paradoja tiene que seguir dándose
en el futuro, la respuesta es obviamente NO, y justamente ahora
tenemos en nuestras manos la capacidad para deshacerla, dejando
cada cosa en su lugar y trabajando integral y armónicamente
en cada una de las esferas, dando al César lo que es del
César y a Dios lo que de Dios. ¿Es posible desarrollar
nuestro interior sin apoyar consciente o inconscientemente algún
modo de explotación? Sí, es posible. No es tan fácil
como parece a primera vista, dado que estamos rodeados de las fuentes
del mal y todos participamos en ellas de un modo u otro: el consumo
personal es siempre la fuente de aprendizajes.
De ahí la importancia de lo que hoy comienza a conocerse
como "simplicidad voluntaria". Es una vía de gran
profundidad y muchas consecuencias prácticas, tanto para
uno mismo como para el ambiente y los demás -¿hubo
alguna vez diferencia?-. La simplicidad voluntaria trata de armonizar
una conciencia y un estudio del plano material, que tienda a no
consumir al ritmo habitual nuestro, o que tienda a entregarse a
las manos del trabajo asalariado y alienador lo mínimo posible,
con la conciencia más espiritual e interior de la profundización
en uno mismo. Ambas van de la mano en el fondo. Pero para ello había
que pensarlas primero por separado, puesto que en la antigüedad
demasiadas cosas venían dadas en lo material por mandatos
"espirituales" (aún sigue siendo así en
ciertos colectivos y niveles de conciencia), y en la modernidad
se dio la vuelta al lado opuesto, calificando todo lo espiritual
como origen o apoyo de la explotación. La simplicidad voluntaria
es una de las alternativas en cuanto a lo que podemos hacer como
individuos, y que, como decimos, es de profundidad infinita - por
algún lado hay que empezar. Y como colectivo, cada día
estoy más convencido de la importancia de una legislación
apropiada; una legilación que esté a la altura de
las circunstancias, apoyada por la conciencia interior de más
y más individuos apostando por el equilibrio, la sustenabilidad
y la disolución práctica de la paradoja -antes desconcertante-,
y que requeriría grandes y laboriosas reformas de lo vigente,
literalmente siglos de trabajo - pero por algún sitio hay
que empezar.
M. R. de P.
Vancouver, marzo del 2004.