Soypoeta.com: poesía, cuentacuentos, solidaridad, viajes y cultura en general
"Quién diría
que tras el fuego
amanece un nuevo día."
Accesibilidad | Contacto | Mapa
Soypoeta.com
 

Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

La Voluntad de Poder
(Extraído de Ciclos y Líneas, primavera del 2003)

En las notas preparatorias de Nietzsche a La Voluntad de Poder hay gemas preciosas de incalculable valor, y que me remontan a muy diferentes reflexiones. Muchas cosas se colocan en su sitio, otras se descolocan para encontrar un nuevo lugar. Ésta es sin duda una de las cualidades iridiscentes -únicas- de Nietzsche: sabe agitarte dotando a las cosas de una nueva dinámica, yendo al corazón de la materia.
Pero encuentro estas notas también un poco irritantes. No sólo por algunas de las habituales malintepretaciones y confusiones entre lo pre- y lo trans-, sino por la obsesión misma por la voluntad de poder, que en ocasiones queda reducida a la interpretación más baja, es decir, la del poder de los dominadores sobre los dominados en términos políticos. No es ésta la intención general de Nietzsche; él mismo avisó contra semejantes politizaciones. También vemos por otros fragmentos que la voluntad de poder es otra cosa - el impulso creativo del Ser. Sin embargo, Nietzsche mismo cae en una interpretación política de la voluntad de poder una y otra vez, por ejemplo cuando habla de los romanos como de la última gran civilización.
Hay que enmarcar con letras de oro -ya están enmarcadas en el Espíritu del Tiempo- muchas de las cosas que toca, y Nietzsche sigue siendo el rey en abrirse paso en pocos versos hacia un contexto determinado y allí desplegarse del modo más compacto, seguro e incisivo; pero el reduccionismo que se trasluce en alguna de estas notas póstumas acaba por ser agotador. Las ideas se tornan de pronto obsesivas, atormentadas, vengativas. Es cierto que se trata sólo de notas, notas que no quiso publicar en vida, pero no dejan de ser el trasfondo de sus años más importantes. No pensé que diría esto nunca, yo que siempre he combatido la interpretación politizada de Nietzsche como baja y errónea de todo punto, pero en cierto modo puede decirse que en estas notas se dan semillas posibles de "nazismo". Ello es así a partir del momento en que una interpretación singular -que tenía que abrirse camino, y en esto Nietzsche es el gran pionero de la postmodernidad- se absolutiza; en cuanto la relativa importancia que tiene la dominación se convierte en lo crucial. O en cuanto lo que en principio era el movimiento creativo hacia arriba, culminación (la "voluntad de poder"), se convierte en una mera interpretación cultural que justifica las conquistas de unas culturas y la esclavitud de otras como "merecidas".
Aquí nos enfrentamos con el problema más precioso de la postmodernidad, pues es justamente conquista única y primera de Nietzsche el pensamiento metafísico a través de valores, la subjetivización hasta el punto máximo, donde una interpretación sola se hace inconmensurable. Este es un descubrimiento del Espíritu del Tiempo asombroso, y en el cual se ha basado toda la filosofía posterior. Pero el valor alzado de un contexto -por encima de la mera linealidad de la racionalidad clásica- no puede absolutizarse, es decir, no puede ir en contra de sus propios principios -la pluralidad de contextos y perspectivas- e imponerse como la única posible manera de ver las cosas.
En Nietzsche ya entrevemos los errores en que el postmodernismo caerá una y otra vez: la pretensión de que "todo es relativo" se absolutiza, alimentando una contradicción formal tras otra. Los contextos, que son únicos desde sí mismos, inconmensurables, comienzan a solaparse sin orden; intentan -o pueden- combatirse mutuamente, imponerse, destruirse - pero: ¿destruirse en base a qué? ¿La destrucción no implica el fundamento de un principio aún superior? ¿Hasta dónde puede llegar la imposición de un contexto inconmensurable? El contexto ha alcanzado su soberanía, gran paso que deja atrás la linealidad descontextualizada y la abstracción previas de la razón, pero ahora, en la inmensidad de la diversidad donde todo es posible, ¿qué hacemos? ¿Será sólo la "voluntad de poder" de cada contexto único lo que imponga el baremo de "la verdad"? Nietzsche estuvo lejos de contestar a esto, por razones obvias: estaba descubriendo y abriéndose paso primero en la fundación de la unicidad del contexto, en su valor como tal. Pero el marco abstracto de referencia no puede desecharse del todo como criterio de la verdad, por más que la razón previa haya sido transcendida, pues los contextos y "los puntos de vista" pueden aniquilarse entre sí (dando por hecho que todos han alcanzado un valor supremo).

El pensamiento de Nietzsche es, en este sentido, y con toda la razón de ser -pues no podía ser de otro modo-, ambiguo. Y ésta es una de las características también de el Emboscado, que, por más que quiera clasificársele en un lugar de acuerdo con los criterios clásicos (de derechas o izquierdas, por ejemplo), tiende a escapársenos de entre los dedos. Mas es una ambigüedad no tan ambigua. El Emboscado sabe perfectamente lo que hace, aunque nunca podrá expresarlo del modo convencional atado al yo-hago o yo-pienso-así.
En algunos tratamientos de las culturas que hace Nietzsche a lo largo de estas notas se ve, en cambio, cierta unilateralidad: los romanos son una cultura superior. Nietzsche quiere enfatizar sobre todo el cuerpo de la salud vital; mas debido a que el criterio de salud es confirmado en la historia, en un tiempo concreto del pasado, está dejando fuera muchos aspectos de ese mismo momento histórico, desde otro punto de vista - y ello precisamente por la propia apertura de los contextos sobre la que se funda nuestra propia interpretación y que la hace tan lícita como cualquier otra: pluralismo aperspectival. Cualquier punto de vista en la interpretación de la historia es lícito siempre que sea coherente y lleve a una elevación vital - éste es el descubrimiento de Nietzsche. Pero si no se considera que cualquier punto de vista puede de hecho tener esta cualidad, entonces estaríamos diciendo que un modo concreto de aproximación es superior a otro, cosa que no podemos hacer precisamente por las premisas en las que se basaba la apertura plural a todos los puntos de vista como posibles e inconmensurables. Por poner un ejemplo, podrían justificarse injusticias de los dominadores bajo la rúbrica de que "eran un pueblo más sano", señalando a los que se defienden contra tal dominación como "defensores de los débiles" y "en contra de la nobleza de espíritu", pero sin dejar que los que se defienden lo hagan con su propia voz, que puede mostrar tanta "voluntad de poder" en sentido genuino como sus dominadores.
Puede ser verdad: puede ser que los romanos fuesen un pueblo de gran salud. También puede verse de otros modos, y ello aún bajo la perspectiva de la voluntad de poder. Lo que queremos decir es que existe un cierto peligro en la inconmensurabilidad de la interpretación única del contexto, si ésta, a su vez, no se refiere a otra cosa fuera de ella y que abraza todos los contextos en una unidad superior. El peligro no está sólo en la posibilidad, ya mencionada, de que los contextos posibles se solapen unos encima de otros (que es un riesgo que hay que asumir en la apertura al pluralismo), sin alcanzar una visión integral, sino porque una sola interpretación, por muy incisiva que sea, no deja de estar limitada a una cierta linealidad (por muy abierta que ésta sea).

La dialéctica dominador-dominado como la única referencia de la voluntad de poder en la historia es equívoca; aunque debe tenerse en cuenta para no confundir una verdadera "aristocracia del espíritu" con las formas groseras de lo simplemente dado. Siguiendo, en cualquier caso, la dialéctica dominador-dominado en la historia, a mi modo de ver la cosa ha sido a menudo al revés: han sido los políticamente dominados los más fuertes en espíritu. O quizá simplemente no puede decidirse quién es "más fuerte" en "espíritu" si nuestro criterio es la dominación - que por otro lado se presta a tantos malentendidos, y todo depende de nuestra interpretación. A partir del momento en que la mera interpretación bajo un solo criterio (la dominación) toma la totalidad del espectro y se quiere colocar como el punto final de toda metafísica, el barco empieza a hacer aguas. Y a partir del momento en que no hay demasiada intención de aclarar posibles malentendidos en la "dominación", las posibilidades de justificar unas dominaciones concretas son cada vez más plausibles (y sin que ello quiera decir que, efectivamente, y por seguir con el ejemplo, los romanos no fuesen en muchos sentidos una cultura superior).
No puede verse tampoco la Modernidad como simple decadencia y debilidad, según Nietzsche, pues en muchos sentidos es todo lo contrario - una conquista genuina sobre la que se basa el mismo Nietzsche en primer lugar para alzar la posibilidad del Superhombre. No puede verse la lucha por los derechos humanos y la aproximación hacia formas pacíficas de convivencia como cosas imperdonables de "aquellos que no luchan", para débiles mentales o para cristianos beatos y medio castrados. Ha habido y habrá patologías en el pacifismo (un pasivismo chato), pero se da la circunstancia de que los pacifistas más auténticos (o mejor, los procuradores de una convivencia no-violenta) eran luchadores incombustibles apuntando hacia la genuina realización del ser humano.
Un modo unilateral de ver las cosas, que escoge como único criterio la dominación efectiva, puede conducir a errores tremendos, empezando por dejar de admirar el verdadero sentido de la generosidad, de la entrega y de la fortaleza que hay detrás de muchas de las aproximaciones "contrarias" a la dominación - de aquéllos que se ponen en el lado de los dominados, o, más aún, de aquellos que ven en la dialéctica misma de dominadores-dominados las dos caras de la misma moneda. Si juzgásemos todo mediante el prisma de quien domina técnicamente el mundo -como los romanos en su tiempo- tendríamos que poner a George Bush como el nuevo Superhombre, cuando en verdad es un pobre hombre y un "débil mental" en el sentido en que Nietzsche hubiese querido darle. Pero Nietzsche no hace distinciones. En su lugar se obceca con "la voluntad de poder", y todo lo que no sea eso interpretado unilateralmente queda casi desechado como los escombros de la humanidad, que aún no han alcanzado la calidad vital suficiente.
Hay verdades en mucho de ello que nos dan mucho que pensar, y no sólo en el sentido de dominación histórica, sino en el cósmico, que es a mi juicio lo mejor que nos queda de la Voluntad de Poder. La Evolución actúa por transcendencia-e-inclusión, y muchas cosas quedan atrás en comparación con lo recién conquistado, pero la dominación efectiva en la historia no puede ser nuestro criterio. Nietzsche juzgó así a menudo las cosas, y se confundió. También hay que saber darse cuenta del impulso aristocrático que rige esta aproximación, antes que caer en las manos del igualitarismo barato, de la razón lineal, o de la piedad y la moral "cristianas" que camuflan un sentido mucho más auténtico de ser. No nos podemos pasar, de hecho, sin este tipo de aproximación (tan típicamente alemana, por cierto, y que chocaba de fondo con la mentalidad más "igualitaria" de Francia e Inglaterra), pero las conclusiones no son generalizables y aplicables en todas partes.

Me sorprendió leer algunos fragmentos de reconocimiento genuíno para con la labor de Jesús, según Nietzsche la opuesta al cristianismo paulino posterior (cosa que tampoco comparto, pero éste es otro tema aparte), y que contradicen muchos pasajes de El Anticristo. Lo que hay detrás de las centellas de Nietzsche es un interés por despertar las conciencias -y vaya si lo consigue-; un profundo deseo de agitarlas para empezar a pensar las cosas desde otros puntos de vista que no sean los habituales-racionales-unimentales. Nietzsche se sirve de este nuevo instrumento, que es la valoración unívoca e inconmensurable de un solo contexto (cada parágrafo de Nietzsche es justamente eso), viajando con él hasta las antípodas. Pero la apertura a la diverisidad interpretativa y a la inconmensurabilidad de cada una de ellas tampoco está libre de caer en parcialismos, y, como decía antes, el postmodernismo posterior, fundado en Nietzsche, será víctima patológica de ello.
Por retomar un momento a San Pablo, no acabo de comprender esta interpretación de Nietzsche en la que aquél es el mayor corruptor de verdades de la historia. La compartí durante un tiempo, pero tras pensarla con más profundidad me parece insostenible. Curiosa y paradójicamente, pensar las cosas en estos términos es pensar la historia como Carlyle (las grandes figuras definiendo la historia y el Devenir, sin entender éste como un movimiento cósmico superior a las meras "personalidades"), lo que el propio Nietzsche criticó con tanta saña. ¿Fue esa persona, "Pablo de Tarso", la que comenzó la corrupción? ¿No se trata más bien de un movimiento cósmico, ése que transforma un impulso vital en mera intelectualización aplicada -y de la que no creo que pueda acusarse a San Pablo-, y que se da en todos casos, en todos nosotros, en todos momentos, en todas direcciones, y sí, más claramente cuando miramos la historia de las religiones comparda con su inicio prístino?
El problema de la diversidad interpretativa -y considerando de primeras que constituye una apertura importantísima en el Espíritu del Tiempo- es que todo puede interpretarse como a nosotros nos dé la gana, sin existir criterio alguno de verdad salvo el propio valor de la perspectiva, que ahora cambia aquí y ahora allá. Esto es valioso, como decimos; es muy importante y desahoga la necesidad de coherencia racionalista estrecha que han tenido -hasta cierto punto- los sistemas metafísicos hasta el momento, pero en el fondo no resulta gran cosa, pues estamos igualmente implicados en una limitación intelectual - más diversa y más abierta, pero asimismo limitación. Y además con el inconveniente de poder ocultarse de un modo aún más sutil la propia conveniencia, acaso amparada en el antojo o la inspiración del momento. La filosofía de los valores -cada interpretación es inconmensurable- tenía que salir a relucir, y es posible que sea la culminación de un largo proceso del Espíritu, pero no puede constituir un no-va-más de por sí. De ese modo nos quedamos enganchados en un punto (como a todo lo anterior), que no era el objetivo inicial - lo siempre más abierto.

Y así, surgen las preguntas: la voluntad de poder, cuando desciende a lo político (cosa que Nietzsche sí hizo en muchas de sus interpretaciones), ¿de quién es? ¿Quiénes son los realmente vencedores y quiénes los perdedores? En una situación como la actual, por ejemplo, nadie puede decir que los verdaderos detentadores de la voluntad de poder son los EEUU, a pesar de que son evidentemente los que tienen cogida la sartén por el mango. De hecho, parece que los que más detentan una voluntad de poder en el sentido en que la definió Nietzsche, como propiciadora del desarrollo del individuo como un todo, son los sandinistas, zapatistas, etc., y todos los revolucionarios que con toda razón luchan del lado de los oprimidos. ¿Qué partido tomaría Nietzsche según sus definiciones y su interés en la voluntad de poder? Es difícil decirlo; para él el futuro estaba envuelto en brumas. Sabía que aguardaban grandes cosas al ser humano, y supo reconocer como nadie que éstas residen en lo interior (anticipando la Figura del Emboscado en su plenitud), pero su peculiar modo de interpretación histórica conducía más bien a una aristocracia literal (y que por tanto diría de todo movimiento democrático que es "algo bajo", aunque hoy se nos antoja cada vez más claro que es la única posibilidad de una construcción que de hecho propicie la creación del "Superhombre"). En cualquier caso, el partido que hubiese tomado una mentalidad como la de Nietzsche en el mundo de hoy es imposible de determinar. Es una cuestión que queda abierta.
Como decimos, para Nietzsche todos los que intentaron e intentan reformar la sociedad desde abajo son de débiles mentales, gente que no ha comprendido el asunto fundamental, que reside en una buena y fuerte aristocracia, ésa que beneficia sólo a los sujetos más válidos. Su interés en resaltar la aristocracia espiritual que daría lugar al Superhombre le empujaba a interpretar que sólo podría darse en culturas "dominantes": en los romanos, en el renacimiento italiano, etc., y no en las dominadas: los judíos, parte del cristianismo, etc. Mas interpretaciones así, hoy vistas, y sin restarles el más mínimo valor, que lo sigue poseyendo, ya empiezan a bordear lo imposible. Todas las culturas han sido a veces dominadas o dominadoras en sentido histórico. El cristianismo, sin ir más lejos, ha sido bastante dominante en la historia, y no por ello a menudo menos pobre su espíritu, como Nietzsche se atrevió a revelar sin cortapisas. Y al revés: ha sido perseguido y dominado y dio lugar a individuos y doctrinas de un valor difícil de exagerar. Tanto el principio aristocrático verdadero como el perverso pueden encontrase tanto en el cristianismo como en la cultura greco-romana o en cualquier otro lugar, y depende enteramente de otro crietrio (que no es el de la mera dominación) que nos inclinemos hacia una u otra cultura, hacia uno u otro de sus momentos vistos desde cierto punto de vista.
A mi juicio Nietzsche estaría aquí mezclando dos cosas: una, la autodeterminación interior a ser lo que uno es, en la cúspide; dos, la manifestación y el interés exterior por cambiar o reformar la sociedad, que es independiente de lo anterior en un sentido fundamental. Pueden relacionarse y se relacionan (a menudo en el sentido de que una vez que uno se conquista a sí mismo desea y se ve impulsado a ayudar a los demás para que hagan lo mismo), pero no son idénticas. Nietzsche tenía buenas intenciones al criticar la segunda cuando no se veía acompañada de la primera, es decir, cuando los reformadores sociales se lanzan a hacer cambios y a confiar en que eso lo solucionará todo, sin mirar al interior de cada uno. Y es aquí donde tiene sentido la "aristocracia del espíritu", en cuanto que uno se guarda para sí en este sentido interior y fundamental, donde uno pelea sus peleas en lo interno, y no se confía a nada exterior como fuente de salvación. Pero si de esto hacemos una aplicación política directa, y todos los que quieren cambiar el mundo (para lo cual, por supuesto, uno tiene que irse a la base y a la opresión) son "débiles mentales", estamos haciendo un pan como unas tortas.
Si hemos entendido la esencia de la aristocracia del espíritu, y después la comparamos en los distintos contextos con un criterio de verdad -que Nietzsche desechó como un artilugio demasiado racionalista y pasado-, entonces podemos poseer un buen instrumento de discernimiento. Este criterio no es otro que la distinción entre lo interior y lo exterior que hemos hecho más arriba, y partir de la cual crecen las jerarquías para cada uno de los lados: de un lado, el crecimiento interior; de otro, el desarrollo social hacia pautas más armónicas que posibilitan, de hecho, el crecimiento interior para un mayor número de personas. Por decirlo una vez más: Nietzsche, al llamar "ingenuos" a todos los demócratas, está remarcando un punto importante: no te confíes a los meros sistemas, vuelve sobre tí. Pero también está diciendo -erróneamente, a nuestro juicio-: sólo encontrarás individuos geniales en sistemas políticos autoritarios, lo cual, llegado el punto, no sé si es mayor o menor ingenuidad - y que por cierto llama a errores del peor calibre, pues en el primer caso tendríamos democracias flojas, pero en el segundo podemos estar justificando las peores tiranías.
Por este camino o bien caemos en el viejo monotema de la jerarquía social por-cojones o bien en el más moderno monotema de la razón como todo lo que hay y la igualdad impuesta en todos los sentidos. Como en Nietzsche no se da la distinción entre interior y exterior a la que antes aludíamos, tampoco puede darse una integración - aunque la fecundidad de sus asertos sea prácticamente infinita. Circuntancias personales y de Destino llevaron a Nietzsche a abrir el camino de la diversidad, en primer lugar, y en segundo lugar a la enfatización de lo "aristocrático" en un momento en que todo tendía a la igualación (aristocracia que a nuestro modo de ver se justifica en lo interior, pero que en lo exterior en muchos casos -no siempre- puede llevar a los peores resultados).
A partir de la apertura a la diversidad interpretativa puede decirse que no hay un criterio de verdad -abstracto- para cuestiones políticas, como si pudiésemos decidir desde el principio que posición es estrictamente mejor que la otra (el Emboscado se encuentra a gusto en todas). Mas tampoco se puede afirmar lo contrario: porque afirmar que no hay posición privilegiada de por sí, que no hay nada mejor que lo otro, que todas las posiciones se imponen por su propio valor, tiende a redundar en una relativización imposible y una contradicción formal, incapaz en primer lugar de reconocer el orden que pudo dar luz a semejante posibilidad. Ello vale tanto para la jerarquía interior como para la exterior: es decir, en el lado interior, la posibilidad de que uno pueda interpretar en la diversidad se da sólo una vez que la razón se le ha concedido (que tuvo que transcender los porque-sí del pensamiento mítico previo); en el lado exterior, la posibilidad y el lujo de que uno pueda hallarse tan a gusto en una tiranía como en una democracia se produce justamente gracias a la consecución de la racionalidad, que Nietzsche desecha a pesar de ser su fundamento (Voltaire, Descartes, etc.).
Nietzsche, de todos modos, no niega en ningún momento que no exista una posición superior a otra; es más, incide una y otra vez en que la aristocracia del espíritu es mejor que la medianía moderna. Sin embargo, como estamos viendo gracias a la separación entre lo exterior y lo interior, la comparación es como de manzanas con peras. Una cosa es el desarrollo del individuo singular, interior, "aristocrático", y otra el desarrollo de las formas colectivas externas, que pueden propiciar más o menos el crecimiento de lo primero. Hay en Nietzsche una continua ambigüedad, que le resulta tan característica, y que es la que procura su grandeza y la fuente de sus errores - tan fértiles. La ambigüedad, repetimos, está en fundar el pluralismo de los contextos (donde cada aproximación es única e inconmensurable), y, por el otro lado, en hacer afirmaciones dentro de esos contextos sobre la superioridad de unos con respecto a otros, lo que confunde las cosas, pues señalar aquí superioridad implica, paradójicamente, desestimar el contexto contrario (el de lo inferior, que podría alzarse igualmente como inconmensurable y superior). De ahí que a ratos Nietzsche vea a Jesús como un idiota y a otros como un iluminado genuino. Lo que antes era superior ahora es inferior, y viceversa. Unos se pisan los talones a los otros, y el lío que hay montado es de tal magnitud que, como dijimos al principio y como menciona Wilber en algún lugar, quizá ni la mejor de las cirujías puede ya subsanar.

Mas por volver a la discusión anterior: el desarrollo democrático genuino, donde cada individuo se determina más a sí mismo de acuerdo con sus necesidades y conforma el lugar donde vive, en contra de los viejos opresores que lo quieren todo bajo un orden abstracto, es también es un lugar donde reposa la voluntad de poder; es más, es un lugar más avanzado en la holoarquía general comparado con los viejos sistemas (aunque exista una tendencia, como en Nietzsche, a admirar en ellos un sentido de lo vertical que se ha perdido entre las igualaciones de la Modernidad). La democracia ha tenido consecuencias desatrosas: la igualación ha procurado hacerse a todos los niveles (interiores, sobre todo, como si todos fuésemos iguales), y, además, la ciencia recién descubierta, que en principio propiciaba la posibilidad de transcender las supersticiones, se convirtió en instrumento de la igualación en lo interior, como si no pudiesen hacerse distinciones de clase. Pero, a pesar de estos desastres, en su sentido primordial la Modernidad es un paso considerablemente más avanzado que todo lo previo, pues ha roto con el viejo sistema de valores que en su mayor parte no permitía el desarrollo genuino del individuo, que es lo que Nietzsche desea. Nietzsche se resiste a ver este paso hacia delante de la Modernidad (y con él muchos: los retrorrománticos son legión), aunque él mismo y su pensamiento esté fundamentado en este avance decisivo. Hegel fue capaz de captarlo mucho mejor antes que él, lo mismo que Jünger después.
La voluntad de poder aplicada a lo político no significa nada sin el contexto. Pero el contexto es intercambiable; es decir, uno puede colocarse con igual legitimidad en uno u otro lado, y aún así demostrar la voluntad de poder. Este es el gran dilema que se da en el descubrimiento nietzscheano del valor y la diversidad interpretativa, que ha abierto un paso, pero para luego encontrarnos poco más o menos en una situación semejante (a pesar de las apariencias y todos los fuegos artificiales).
Mientras que con justicia puede sostenerse que los romanos eran un pueblo saludable, capaz de lo mejor (lo era en algunos aspectos), también puede decirse lo contrario, que muchos fueron unos déspotas estúpidos subyugando a un pueblo más burdo todavía (así lo atestiguan, por lo demás, la mayor parte de sus grandes figuras, tanto en la poesía como en la filosofía). Así puede hacerse en todas las cosas, y siempre encontraremos apoyo a nuestra argumetación. Sin ambos el contexto y un criterio de verdad, desprendido del análisis filosófico retroactivo que empiece por separar las áreas del ser y el conocer, y que después calibre una graduación progresiva (la Gran Holoarquía), estamos perdidos.
Si el ejemplo de los romanos es menos claro, miremos otra vez la sitaución hoy con los EEUU en todo el mundo, o con China en el Tíbet. ¿Es China mejor que Tíbet en lo espiritual sólo porque ha sido conquistada militarmente? Más bien parece al revés, si es que puede hablarse en estos términos. La dominación política no es el factor decisivo: el enfrentamiento entre Jesús y Poncio Pilato puede ser ilustrativo, con el que Nietzsche, hasta donde yo sé, no se enfrentó, pues ahí puede verse con claridad meridiana hasta qué punto la raza de los romanos no era tan "superior" como parecía y hasta qué punto la humildad critalina de Jesús rompe con todas las barreras - una humildad que nada tiene de "baja". La dinámica dominador-dominado no puede dar cuenta de los aspectos más sutiles de este encuentro, donde lo transcendental del asunto no está en la voluntad de poder (y, de estarlo, está sin duda en el lado de los oprimidos), sino en el "te estoy enseñando lecciones, pero no te enteras porque te crees superior. Tu sentimiento de superioridad por el mero hecho de detentar el poder político te impide ver. Estás atado a tu poder. Nada puede tocar mi centro. Podrás matarme o torturarme, pero lo más funamental ya está por siempre grabado con mi sólo presencia, algo con lo que tú ni en tus sueños más remotos serías capaz de concebir". Así Jesús a Poncio Pilato. Claro que Nietzsche nunca habló de "los que se creen superiores", sino de los que lo son, de los que se alzan por encima de las circunstancias habituales -esperemos que dejen de serlo algún día- para abrazar una radiación mucho más amplia y abierta, y que se fundamenta en el presente mismo, en el Instante. Una vez más vemos que al descender esta concepción a la política y a la historia se pueden cometer muchos errores de interpretación.
Hoy con los EEUU tenemos otro ejemplo si cabe más obvio de cuán cerca puede estar el poder del conquistador en manos de imbéciles, sádicos y dementes; cuán lejos está de la autenticidad que Nietzsche buscaba en el fondo (y qué parejo a tantas cosas de todos los Imperios-Leviatán como el romano). Su conquista no se debe, como Nietzsche insinúa, a un mayor vigor y salud espiritual, sino simple y llanamente debida al desarrollo económico, la suerte y la destreza combinadas en la guerra y explotación posterior.
Como nos ocurre a todos todo el tiempo, el paso que se ha dado más allá del bien y del mal para colocarnos en la contemplación gratuita y ecuánime del mundo, se torna en ideación sin fundamentos, librada únicamente a nuestro antojo. A Nietzsche le ocurrió esto. Dio ese paso, contempló, y después se tomó a sí mismo y su modo de interpretación demasiado en serio, agarrándose tenzamente a ello. Era necesario, por otro lado. Este agarrarse era la tenacidad con que la ruptura con lo-igual tenía que expresarse, a pesar de todos los errores - que sólo los privilegiados de las generaciones siguientes podemos contemplar. El sujeto que tiene que abrirse camino no puede verlo. Una parte nuestra está más allá del bien y del mal; la otra dentro, en el mundo relativo de las elecciones (y por ello, una vez más, toda aclaración no puede estar solo basada en la diversidad de las interpretaciones inconmensurables, que pueden llevarnos a lo más egoísta sin querer, sino también en un criterio de verdad externo deducido a posteriori de las premisas de cada uno de los estadios de desarrollo en que nos desenvolvemos).
La "voluntad de poder" puede acabar siendo uno de esos descubrimientos como el del conductismo instrumental de Skinner que tanto combatí en la universidad - ciertos en lo que afirman, pero errados en todo lo que dejan fuera, que es bastante. En ambos casos -como en Maquiavelo-, coincidentemente, se alega que las "ideas humanistas" están basdas en ilusión y esperanza idiotas, y en ambos casos se enfatiza lo "práctico", el objetivo a conseguir, y no los medios. Por supuesto esta aproximación tiene mucho que decir allí donde se han inflado las cosas de ideas y no hay modo de hacer un corte por lo sano - que es lo que Nietzsche hizo. Ahora bien, tampoco puede decirse que todo debe ser "cortar por lo sano" y prescindir de las ideas en conjunto, porque entonces estamos más dispuestos a entregarnos a la tiranía personal. En Nietzsche pueden encontrase muchos rasgos "vajrayana" (no así en Skinner), pero esto no autoriza, en términos filosóficos, a implantar lo propio como lo único real, ni siquiera como lo más real. Basta decir - es real. Trungpa cometería una equivocación parecida con relación a su rechazo de todo lo "teísta" (aunque muchas veces hablase también de la necesidad de integrar lo "teísta" y lo "ateísta"). La realización espiritual, la culminación y la vida que dimana de ello, el corte, es una muestra de lo que es posible, mas no es una huella que fosilizada indica la pista, y menos si se hace "única". Creo que en todos estos casos, a pesar de las apariencias, hay un cierto grado de infantilismo e idealismo - o algo así. El río se desborda, uno es prisionero de sí mismo y de sus ideas, que quieren llevarse hasta los últimos confines del modo que sea, acaso para demostrar algo que ya no tenía nada que ver con el lugar en que nos encontramos ahora.

La apertura general de los contextos e interpretaciones, en cualquier caso, plantea problemas preciosos en el orden político, imposibles de resolver desde lo abstracto. Problemas tales como la posición que hubiésemos tomado siendo alemanes entre la primera y la segunda guerra mundial. ¿El exilio, como hicieron Fromm, Marcuse, Einstein, Adorno, Benjamin…? ¿Detentar el rectorado de Friburgo y llevar a cabo una de las tareas metafísicas más importantes del siglo, que, nótese, sólo eran posibles en Alemania, como fue el caso de Heidegger? ¿Los dilemas de suicidio como los de Jünger al ser llamado a filas, y después decidir unirse para ser el observador más sutil y certero en medio del ojo del huracán?
No se puede catalogar y decir a priori cómo uno tiene querer, como si en este sentido una posición contra el sistema fuese mejor, sin más, que otra que opera dentro. Pensar de este modo es no haber comprendido la esencia de La Emboscadura; no comprender que en cualquier parte puede hacerse eso que debe hacerse. La libertad no está en ningún sitio en especial. Que Nietzsche insistiese a menudo en un lugar en particular -los dominadores- no ha de tomarse como lo clave de su aproximación sino como algo más bien circunstancial que por otro lado fue necesario para su propia expresión y que apunta a verdades considerables. Ninguno estamos libres de este tipo de combinación libertad-necesidad - donde al final todo es nada, y sólo cuenta la veracidad y la apertura con que nos desenvolvemos, sin importar cuán "estrechas" o "abiertas" parezcan las circunstancias. Desde el punto de vista espiritual, nada de esto existe. Lo que es, es lo que es, y siempre está atado y abierto, simultáneamente. En España también se dio una situación parecida durante la dictadura de Franco: ¿al exilio como tantos, o quedarse haciendo lo posible como Cirlot, o como Delives, en otras tareas que también tienen que desempañarse? Al final, todos los papeles somos nosotros. Aunque tenemos uno en particular que desempañar, somos todos también.

M. R. de P.
Revisado en Vancouver, abril 2004.

Página de inicio | Poesía y poetas | Cuentacuentos | Especiales | Solidaridad | Actividades | Monográficos | Agenda cultural | Noticias
Concursos | Blog | Librerías | Diccionarios | Estuvimos allí | Libro de visitas | Enlaces | Curiosidades
¿Quiénes somos? | Mapa del sitio | Contacto | Copyright | Accesibilidad | Aviso legal
¡Gracias por visitar Soypoeta!
Logo de validación de XHTML 1.0 Transitional |Nivel Triple-A de Conformidad con las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 (WCAG 1.0) |Logo de validación de hojas de estilo |Logo de validación del Test deAccesibilidad Web, TAW |Logo de validación de contenidos de la Plataforma para la selección de contenidos en Internet, PICS