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En las notas preparatorias de Nietzsche a La Voluntad de Poder
hay gemas preciosas de incalculable valor, y que me remontan a muy
diferentes reflexiones. Muchas cosas se colocan en su sitio, otras
se descolocan para encontrar un nuevo lugar. Ésta es sin
duda una de las cualidades iridiscentes -únicas- de Nietzsche:
sabe agitarte dotando a las cosas de una nueva dinámica,
yendo al corazón de la materia.
Pero encuentro estas notas también un poco irritantes. No
sólo por algunas de las habituales malintepretaciones y confusiones
entre lo pre- y lo trans-, sino por la obsesión misma por
la voluntad de poder, que en ocasiones queda reducida a la interpretación
más baja, es decir, la del poder de los dominadores sobre
los dominados en términos políticos. No es ésta
la intención general de Nietzsche; él mismo avisó
contra semejantes politizaciones. También vemos por otros
fragmentos que la voluntad de poder es otra cosa - el impulso creativo
del Ser. Sin embargo, Nietzsche mismo cae en una interpretación
política de la voluntad de poder una y otra vez, por ejemplo
cuando habla de los romanos como de la última gran civilización.
Hay que enmarcar con letras de oro -ya están enmarcadas en
el Espíritu del Tiempo- muchas de las cosas que toca, y Nietzsche
sigue siendo el rey en abrirse paso en pocos versos hacia un contexto
determinado y allí desplegarse del modo más compacto,
seguro e incisivo; pero el reduccionismo que se trasluce en alguna
de estas notas póstumas acaba por ser agotador. Las ideas
se tornan de pronto obsesivas, atormentadas, vengativas. Es cierto
que se trata sólo de notas, notas que no quiso publicar en
vida, pero no dejan de ser el trasfondo de sus años más
importantes. No pensé que diría esto nunca, yo que
siempre he combatido la interpretación politizada de Nietzsche
como baja y errónea de todo punto, pero en cierto modo puede
decirse que en estas notas se dan semillas posibles de "nazismo".
Ello es así a partir del momento en que una interpretación
singular -que tenía que abrirse camino, y en esto Nietzsche
es el gran pionero de la postmodernidad- se absolutiza; en cuanto
la relativa importancia que tiene la dominación se convierte
en lo crucial. O en cuanto lo que en principio era el movimiento
creativo hacia arriba, culminación (la "voluntad de
poder"), se convierte en una mera interpretación cultural
que justifica las conquistas de unas culturas y la esclavitud de
otras como "merecidas".
Aquí nos enfrentamos con el problema más precioso
de la postmodernidad, pues es justamente conquista única
y primera de Nietzsche el pensamiento metafísico a través
de valores, la subjetivización hasta el punto máximo,
donde una interpretación sola se hace inconmensurable. Este
es un descubrimiento del Espíritu del Tiempo asombroso, y
en el cual se ha basado toda la filosofía posterior. Pero
el valor alzado de un contexto -por encima de la mera linealidad
de la racionalidad clásica- no puede absolutizarse, es decir,
no puede ir en contra de sus propios principios -la pluralidad de
contextos y perspectivas- e imponerse como la única posible
manera de ver las cosas.
En Nietzsche ya entrevemos los errores en que el postmodernismo
caerá una y otra vez: la pretensión de que "todo
es relativo" se absolutiza, alimentando una contradicción
formal tras otra. Los contextos, que son únicos desde sí
mismos, inconmensurables, comienzan a solaparse sin orden; intentan
-o pueden- combatirse mutuamente, imponerse, destruirse - pero:
¿destruirse en base a qué? ¿La destrucción
no implica el fundamento de un principio aún superior? ¿Hasta
dónde puede llegar la imposición de un contexto inconmensurable?
El contexto ha alcanzado su soberanía, gran paso que deja
atrás la linealidad descontextualizada y la abstracción
previas de la razón, pero ahora, en la inmensidad de la diversidad
donde todo es posible, ¿qué hacemos? ¿Será
sólo la "voluntad de poder" de cada contexto único
lo que imponga el baremo de "la verdad"? Nietzsche estuvo
lejos de contestar a esto, por razones obvias: estaba descubriendo
y abriéndose paso primero en la fundación de la unicidad
del contexto, en su valor como tal. Pero el marco abstracto de referencia
no puede desecharse del todo como criterio de la verdad, por más
que la razón previa haya sido transcendida, pues los contextos
y "los puntos de vista" pueden aniquilarse entre sí
(dando por hecho que todos han alcanzado un valor supremo).
El pensamiento de Nietzsche es, en este sentido, y con toda la
razón de ser -pues no podía ser de otro modo-, ambiguo.
Y ésta es una de las características también
de el Emboscado, que, por más que quiera clasificársele
en un lugar de acuerdo con los criterios clásicos (de derechas
o izquierdas, por ejemplo), tiende a escapársenos de entre
los dedos. Mas es una ambigüedad no tan ambigua. El Emboscado
sabe perfectamente lo que hace, aunque nunca podrá expresarlo
del modo convencional atado al yo-hago o yo-pienso-así.
En algunos tratamientos de las culturas que hace Nietzsche a lo
largo de estas notas se ve, en cambio, cierta unilateralidad: los
romanos son una cultura superior. Nietzsche quiere enfatizar sobre
todo el cuerpo de la salud vital; mas debido a que el criterio de
salud es confirmado en la historia, en un tiempo concreto del pasado,
está dejando fuera muchos aspectos de ese mismo momento histórico,
desde otro punto de vista - y ello precisamente por la propia apertura
de los contextos sobre la que se funda nuestra propia interpretación
y que la hace tan lícita como cualquier otra: pluralismo
aperspectival. Cualquier punto de vista en la interpretación
de la historia es lícito siempre que sea coherente y lleve
a una elevación vital - éste es el descubrimiento
de Nietzsche. Pero si no se considera que cualquier punto de vista
puede de hecho tener esta cualidad, entonces estaríamos diciendo
que un modo concreto de aproximación es superior a otro,
cosa que no podemos hacer precisamente por las premisas en las que
se basaba la apertura plural a todos los puntos de vista como posibles
e inconmensurables. Por poner un ejemplo, podrían justificarse
injusticias de los dominadores bajo la rúbrica de que "eran
un pueblo más sano", señalando a los que se defienden
contra tal dominación como "defensores de los débiles"
y "en contra de la nobleza de espíritu", pero sin
dejar que los que se defienden lo hagan con su propia voz, que puede
mostrar tanta "voluntad de poder" en sentido genuino como
sus dominadores.
Puede ser verdad: puede ser que los romanos fuesen un pueblo de
gran salud. También puede verse de otros modos, y ello aún
bajo la perspectiva de la voluntad de poder. Lo que queremos decir
es que existe un cierto peligro en la inconmensurabilidad de la
interpretación única del contexto, si ésta,
a su vez, no se refiere a otra cosa fuera de ella y que abraza todos
los contextos en una unidad superior. El peligro no está
sólo en la posibilidad, ya mencionada, de que los contextos
posibles se solapen unos encima de otros (que es un riesgo que hay
que asumir en la apertura al pluralismo), sin alcanzar una visión
integral, sino porque una sola interpretación, por muy incisiva
que sea, no deja de estar limitada a una cierta linealidad (por
muy abierta que ésta sea).
La dialéctica dominador-dominado como la única referencia
de la voluntad de poder en la historia es equívoca; aunque
debe tenerse en cuenta para no confundir una verdadera "aristocracia
del espíritu" con las formas groseras de lo simplemente
dado. Siguiendo, en cualquier caso, la dialéctica dominador-dominado
en la historia, a mi modo de ver la cosa ha sido a menudo al revés:
han sido los políticamente dominados los más fuertes
en espíritu. O quizá simplemente no puede decidirse
quién es "más fuerte" en "espíritu"
si nuestro criterio es la dominación - que por otro lado
se presta a tantos malentendidos, y todo depende de nuestra interpretación.
A partir del momento en que la mera interpretación bajo un
solo criterio (la dominación) toma la totalidad del espectro
y se quiere colocar como el punto final de toda metafísica,
el barco empieza a hacer aguas. Y a partir del momento en que no
hay demasiada intención de aclarar posibles malentendidos
en la "dominación", las posibilidades de justificar
unas dominaciones concretas son cada vez más plausibles (y
sin que ello quiera decir que, efectivamente, y por seguir con el
ejemplo, los romanos no fuesen en muchos sentidos una cultura superior).
No puede verse tampoco la Modernidad como simple decadencia y debilidad,
según Nietzsche, pues en muchos sentidos es todo lo contrario
- una conquista genuina sobre la que se basa el mismo Nietzsche
en primer lugar para alzar la posibilidad del Superhombre. No puede
verse la lucha por los derechos humanos y la aproximación
hacia formas pacíficas de convivencia como cosas imperdonables
de "aquellos que no luchan", para débiles mentales
o para cristianos beatos y medio castrados. Ha habido y habrá
patologías en el pacifismo (un pasivismo chato), pero se
da la circunstancia de que los pacifistas más auténticos
(o mejor, los procuradores de una convivencia no-violenta) eran
luchadores incombustibles apuntando hacia la genuina realización
del ser humano.
Un modo unilateral de ver las cosas, que escoge como único
criterio la dominación efectiva, puede conducir a errores
tremendos, empezando por dejar de admirar el verdadero sentido de
la generosidad, de la entrega y de la fortaleza que hay detrás
de muchas de las aproximaciones "contrarias" a la dominación
- de aquéllos que se ponen en el lado de los dominados, o,
más aún, de aquellos que ven en la dialéctica
misma de dominadores-dominados las dos caras de la misma moneda.
Si juzgásemos todo mediante el prisma de quien domina técnicamente
el mundo -como los romanos en su tiempo- tendríamos que poner
a George Bush como el nuevo Superhombre, cuando en verdad es un
pobre hombre y un "débil mental" en el sentido
en que Nietzsche hubiese querido darle. Pero Nietzsche no hace distinciones.
En su lugar se obceca con "la voluntad de poder", y todo
lo que no sea eso interpretado unilateralmente queda casi desechado
como los escombros de la humanidad, que aún no han alcanzado
la calidad vital suficiente.
Hay verdades en mucho de ello que nos dan mucho que pensar, y no
sólo en el sentido de dominación histórica,
sino en el cósmico, que es a mi juicio lo mejor que nos queda
de la Voluntad de Poder. La Evolución actúa por transcendencia-e-inclusión,
y muchas cosas quedan atrás en comparación con lo
recién conquistado, pero la dominación efectiva en
la historia no puede ser nuestro criterio. Nietzsche juzgó
así a menudo las cosas, y se confundió. También
hay que saber darse cuenta del impulso aristocrático que
rige esta aproximación, antes que caer en las manos del igualitarismo
barato, de la razón lineal, o de la piedad y la moral "cristianas"
que camuflan un sentido mucho más auténtico de ser.
No nos podemos pasar, de hecho, sin este tipo de aproximación
(tan típicamente alemana, por cierto, y que chocaba de fondo
con la mentalidad más "igualitaria" de Francia
e Inglaterra), pero las conclusiones no son generalizables y aplicables
en todas partes.
Me sorprendió leer algunos fragmentos de reconocimiento
genuíno para con la labor de Jesús, según Nietzsche
la opuesta al cristianismo paulino posterior (cosa que tampoco comparto,
pero éste es otro tema aparte), y que contradicen muchos
pasajes de El Anticristo. Lo que hay detrás de las centellas
de Nietzsche es un interés por despertar las conciencias
-y vaya si lo consigue-; un profundo deseo de agitarlas para empezar
a pensar las cosas desde otros puntos de vista que no sean los habituales-racionales-unimentales.
Nietzsche se sirve de este nuevo instrumento, que es la valoración
unívoca e inconmensurable de un solo contexto (cada parágrafo
de Nietzsche es justamente eso), viajando con él hasta las
antípodas. Pero la apertura a la diverisidad interpretativa
y a la inconmensurabilidad de cada una de ellas tampoco está
libre de caer en parcialismos, y, como decía antes, el postmodernismo
posterior, fundado en Nietzsche, será víctima patológica
de ello.
Por retomar un momento a San Pablo, no acabo de comprender esta
interpretación de Nietzsche en la que aquél es el
mayor corruptor de verdades de la historia. La compartí durante
un tiempo, pero tras pensarla con más profundidad me parece
insostenible. Curiosa y paradójicamente, pensar las cosas
en estos términos es pensar la historia como Carlyle (las
grandes figuras definiendo la historia y el Devenir, sin entender
éste como un movimiento cósmico superior a las meras
"personalidades"), lo que el propio Nietzsche criticó
con tanta saña. ¿Fue esa persona, "Pablo de Tarso",
la que comenzó la corrupción? ¿No se trata
más bien de un movimiento cósmico, ése que
transforma un impulso vital en mera intelectualización aplicada
-y de la que no creo que pueda acusarse a San Pablo-, y que se da
en todos casos, en todos nosotros, en todos momentos, en todas direcciones,
y sí, más claramente cuando miramos la historia de
las religiones comparda con su inicio prístino?
El problema de la diversidad interpretativa -y considerando de primeras
que constituye una apertura importantísima en el Espíritu
del Tiempo- es que todo puede interpretarse como a nosotros nos
dé la gana, sin existir criterio alguno de verdad salvo el
propio valor de la perspectiva, que ahora cambia aquí y ahora
allá. Esto es valioso, como decimos; es muy importante y
desahoga la necesidad de coherencia racionalista estrecha que han
tenido -hasta cierto punto- los sistemas metafísicos hasta
el momento, pero en el fondo no resulta gran cosa, pues estamos
igualmente implicados en una limitación intelectual - más
diversa y más abierta, pero asimismo limitación. Y
además con el inconveniente de poder ocultarse de un modo
aún más sutil la propia conveniencia, acaso amparada
en el antojo o la inspiración del momento. La filosofía
de los valores -cada interpretación es inconmensurable- tenía
que salir a relucir, y es posible que sea la culminación
de un largo proceso del Espíritu, pero no puede constituir
un no-va-más de por sí. De ese modo nos quedamos enganchados
en un punto (como a todo lo anterior), que no era el objetivo inicial
- lo siempre más abierto.
Y así, surgen las preguntas: la voluntad de poder, cuando
desciende a lo político (cosa que Nietzsche sí hizo
en muchas de sus interpretaciones), ¿de quién es?
¿Quiénes son los realmente vencedores y quiénes
los perdedores? En una situación como la actual, por ejemplo,
nadie puede decir que los verdaderos detentadores de la voluntad
de poder son los EEUU, a pesar de que son evidentemente los que
tienen cogida la sartén por el mango. De hecho, parece que
los que más detentan una voluntad de poder en el sentido
en que la definió Nietzsche, como propiciadora del desarrollo
del individuo como un todo, son los sandinistas, zapatistas, etc.,
y todos los revolucionarios que con toda razón luchan del
lado de los oprimidos. ¿Qué partido tomaría
Nietzsche según sus definiciones y su interés en la
voluntad de poder? Es difícil decirlo; para él el
futuro estaba envuelto en brumas. Sabía que aguardaban grandes
cosas al ser humano, y supo reconocer como nadie que éstas
residen en lo interior (anticipando la Figura del Emboscado en su
plenitud), pero su peculiar modo de interpretación histórica
conducía más bien a una aristocracia literal (y que
por tanto diría de todo movimiento democrático que
es "algo bajo", aunque hoy se nos antoja cada vez más
claro que es la única posibilidad de una construcción
que de hecho propicie la creación del "Superhombre").
En cualquier caso, el partido que hubiese tomado una mentalidad
como la de Nietzsche en el mundo de hoy es imposible de determinar.
Es una cuestión que queda abierta.
Como decimos, para Nietzsche todos los que intentaron e intentan
reformar la sociedad desde abajo son de débiles mentales,
gente que no ha comprendido el asunto fundamental, que reside en
una buena y fuerte aristocracia, ésa que beneficia sólo
a los sujetos más válidos. Su interés en resaltar
la aristocracia espiritual que daría lugar al Superhombre
le empujaba a interpretar que sólo podría darse en
culturas "dominantes": en los romanos, en el renacimiento
italiano, etc., y no en las dominadas: los judíos, parte
del cristianismo, etc. Mas interpretaciones así, hoy vistas,
y sin restarles el más mínimo valor, que lo sigue
poseyendo, ya empiezan a bordear lo imposible. Todas las culturas
han sido a veces dominadas o dominadoras en sentido histórico.
El cristianismo, sin ir más lejos, ha sido bastante dominante
en la historia, y no por ello a menudo menos pobre su espíritu,
como Nietzsche se atrevió a revelar sin cortapisas. Y al
revés: ha sido perseguido y dominado y dio lugar a individuos
y doctrinas de un valor difícil de exagerar. Tanto el principio
aristocrático verdadero como el perverso pueden encontrase
tanto en el cristianismo como en la cultura greco-romana o en cualquier
otro lugar, y depende enteramente de otro crietrio (que no es el
de la mera dominación) que nos inclinemos hacia una u otra
cultura, hacia uno u otro de sus momentos vistos desde cierto punto
de vista.
A mi juicio Nietzsche estaría aquí mezclando dos cosas:
una, la autodeterminación interior a ser lo que uno es, en
la cúspide; dos, la manifestación y el interés
exterior por cambiar o reformar la sociedad, que es independiente
de lo anterior en un sentido fundamental. Pueden relacionarse y
se relacionan (a menudo en el sentido de que una vez que uno se
conquista a sí mismo desea y se ve impulsado a ayudar a los
demás para que hagan lo mismo), pero no son idénticas.
Nietzsche tenía buenas intenciones al criticar la segunda
cuando no se veía acompañada de la primera, es decir,
cuando los reformadores sociales se lanzan a hacer cambios y a confiar
en que eso lo solucionará todo, sin mirar al interior de
cada uno. Y es aquí donde tiene sentido la "aristocracia
del espíritu", en cuanto que uno se guarda para sí
en este sentido interior y fundamental, donde uno pelea sus peleas
en lo interno, y no se confía a nada exterior como fuente
de salvación. Pero si de esto hacemos una aplicación
política directa, y todos los que quieren cambiar el mundo
(para lo cual, por supuesto, uno tiene que irse a la base y a la
opresión) son "débiles mentales", estamos
haciendo un pan como unas tortas.
Si hemos entendido la esencia de la aristocracia del espíritu,
y después la comparamos en los distintos contextos con un
criterio de verdad -que Nietzsche desechó como un artilugio
demasiado racionalista y pasado-, entonces podemos poseer un buen
instrumento de discernimiento. Este criterio no es otro que la distinción
entre lo interior y lo exterior que hemos hecho más arriba,
y partir de la cual crecen las jerarquías para cada uno de
los lados: de un lado, el crecimiento interior; de otro, el desarrollo
social hacia pautas más armónicas que posibilitan,
de hecho, el crecimiento interior para un mayor número de
personas. Por decirlo una vez más: Nietzsche, al llamar "ingenuos"
a todos los demócratas, está remarcando un punto importante:
no te confíes a los meros sistemas, vuelve sobre tí.
Pero también está diciendo -erróneamente, a
nuestro juicio-: sólo encontrarás individuos geniales
en sistemas políticos autoritarios, lo cual, llegado el punto,
no sé si es mayor o menor ingenuidad - y que por cierto llama
a errores del peor calibre, pues en el primer caso tendríamos
democracias flojas, pero en el segundo podemos estar justificando
las peores tiranías.
Por este camino o bien caemos en el viejo monotema de la jerarquía
social por-cojones o bien en el más moderno monotema de la
razón como todo lo que hay y la igualdad impuesta en todos
los sentidos. Como en Nietzsche no se da la distinción entre
interior y exterior a la que antes aludíamos, tampoco puede
darse una integración - aunque la fecundidad de sus asertos
sea prácticamente infinita. Circuntancias personales y de
Destino llevaron a Nietzsche a abrir el camino de la diversidad,
en primer lugar, y en segundo lugar a la enfatización de
lo "aristocrático" en un momento en que todo tendía
a la igualación (aristocracia que a nuestro modo de ver se
justifica en lo interior, pero que en lo exterior en muchos casos
-no siempre- puede llevar a los peores resultados).
A partir de la apertura a la diversidad interpretativa puede decirse
que no hay un criterio de verdad -abstracto- para cuestiones políticas,
como si pudiésemos decidir desde el principio que posición
es estrictamente mejor que la otra (el Emboscado se encuentra a
gusto en todas). Mas tampoco se puede afirmar lo contrario: porque
afirmar que no hay posición privilegiada de por sí,
que no hay nada mejor que lo otro, que todas las posiciones se imponen
por su propio valor, tiende a redundar en una relativización
imposible y una contradicción formal, incapaz en primer lugar
de reconocer el orden que pudo dar luz a semejante posibilidad.
Ello vale tanto para la jerarquía interior como para la exterior:
es decir, en el lado interior, la posibilidad de que uno pueda interpretar
en la diversidad se da sólo una vez que la razón se
le ha concedido (que tuvo que transcender los porque-sí del
pensamiento mítico previo); en el lado exterior, la posibilidad
y el lujo de que uno pueda hallarse tan a gusto en una tiranía
como en una democracia se produce justamente gracias a la consecución
de la racionalidad, que Nietzsche desecha a pesar de ser su fundamento
(Voltaire, Descartes, etc.).
Nietzsche, de todos modos, no niega en ningún momento que
no exista una posición superior a otra; es más, incide
una y otra vez en que la aristocracia del espíritu es mejor
que la medianía moderna. Sin embargo, como estamos viendo
gracias a la separación entre lo exterior y lo interior,
la comparación es como de manzanas con peras. Una cosa es
el desarrollo del individuo singular, interior, "aristocrático",
y otra el desarrollo de las formas colectivas externas, que pueden
propiciar más o menos el crecimiento de lo primero. Hay en
Nietzsche una continua ambigüedad, que le resulta tan característica,
y que es la que procura su grandeza y la fuente de sus errores -
tan fértiles. La ambigüedad, repetimos, está
en fundar el pluralismo de los contextos (donde cada aproximación
es única e inconmensurable), y, por el otro lado, en hacer
afirmaciones dentro de esos contextos sobre la superioridad de unos
con respecto a otros, lo que confunde las cosas, pues señalar
aquí superioridad implica, paradójicamente, desestimar
el contexto contrario (el de lo inferior, que podría alzarse
igualmente como inconmensurable y superior). De ahí que a
ratos Nietzsche vea a Jesús como un idiota y a otros como
un iluminado genuino. Lo que antes era superior ahora es inferior,
y viceversa. Unos se pisan los talones a los otros, y el lío
que hay montado es de tal magnitud que, como dijimos al principio
y como menciona Wilber en algún lugar, quizá ni la
mejor de las cirujías puede ya subsanar.
Mas por volver a la discusión anterior: el desarrollo democrático
genuino, donde cada individuo se determina más a sí
mismo de acuerdo con sus necesidades y conforma el lugar donde vive,
en contra de los viejos opresores que lo quieren todo bajo un orden
abstracto, es también es un lugar donde reposa la voluntad
de poder; es más, es un lugar más avanzado en la holoarquía
general comparado con los viejos sistemas (aunque exista una tendencia,
como en Nietzsche, a admirar en ellos un sentido de lo vertical
que se ha perdido entre las igualaciones de la Modernidad). La democracia
ha tenido consecuencias desatrosas: la igualación ha procurado
hacerse a todos los niveles (interiores, sobre todo, como si todos
fuésemos iguales), y, además, la ciencia recién
descubierta, que en principio propiciaba la posibilidad de transcender
las supersticiones, se convirtió en instrumento de la igualación
en lo interior, como si no pudiesen hacerse distinciones de clase.
Pero, a pesar de estos desastres, en su sentido primordial la Modernidad
es un paso considerablemente más avanzado que todo lo previo,
pues ha roto con el viejo sistema de valores que en su mayor parte
no permitía el desarrollo genuino del individuo, que es lo
que Nietzsche desea. Nietzsche se resiste a ver este paso hacia
delante de la Modernidad (y con él muchos: los retrorrománticos
son legión), aunque él mismo y su pensamiento esté
fundamentado en este avance decisivo. Hegel fue capaz de captarlo
mucho mejor antes que él, lo mismo que Jünger después.
La voluntad de poder aplicada a lo político no significa
nada sin el contexto. Pero el contexto es intercambiable; es decir,
uno puede colocarse con igual legitimidad en uno u otro lado, y
aún así demostrar la voluntad de poder. Este es el
gran dilema que se da en el descubrimiento nietzscheano del valor
y la diversidad interpretativa, que ha abierto un paso, pero para
luego encontrarnos poco más o menos en una situación
semejante (a pesar de las apariencias y todos los fuegos artificiales).
Mientras que con justicia puede sostenerse que los romanos eran
un pueblo saludable, capaz de lo mejor (lo era en algunos aspectos),
también puede decirse lo contrario, que muchos fueron unos
déspotas estúpidos subyugando a un pueblo más
burdo todavía (así lo atestiguan, por lo demás,
la mayor parte de sus grandes figuras, tanto en la poesía
como en la filosofía). Así puede hacerse en todas
las cosas, y siempre encontraremos apoyo a nuestra argumetación.
Sin ambos el contexto y un criterio de verdad, desprendido del análisis
filosófico retroactivo que empiece por separar las áreas
del ser y el conocer, y que después calibre una graduación
progresiva (la Gran Holoarquía), estamos perdidos.
Si el ejemplo de los romanos es menos claro, miremos otra vez la
sitaución hoy con los EEUU en todo el mundo, o con China
en el Tíbet. ¿Es China mejor que Tíbet en lo
espiritual sólo porque ha sido conquistada militarmente?
Más bien parece al revés, si es que puede hablarse
en estos términos. La dominación política no
es el factor decisivo: el enfrentamiento entre Jesús y Poncio
Pilato puede ser ilustrativo, con el que Nietzsche, hasta donde
yo sé, no se enfrentó, pues ahí puede verse
con claridad meridiana hasta qué punto la raza de los romanos
no era tan "superior" como parecía y hasta qué
punto la humildad critalina de Jesús rompe con todas las
barreras - una humildad que nada tiene de "baja". La dinámica
dominador-dominado no puede dar cuenta de los aspectos más
sutiles de este encuentro, donde lo transcendental del asunto no
está en la voluntad de poder (y, de estarlo, está
sin duda en el lado de los oprimidos), sino en el "te estoy
enseñando lecciones, pero no te enteras porque te crees superior.
Tu sentimiento de superioridad por el mero hecho de detentar el
poder político te impide ver. Estás atado a tu poder.
Nada puede tocar mi centro. Podrás matarme o torturarme,
pero lo más funamental ya está por siempre grabado
con mi sólo presencia, algo con lo que tú ni en tus
sueños más remotos serías capaz de concebir".
Así Jesús a Poncio Pilato. Claro que Nietzsche nunca
habló de "los que se creen superiores", sino de
los que lo son, de los que se alzan por encima de las circunstancias
habituales -esperemos que dejen de serlo algún día-
para abrazar una radiación mucho más amplia y abierta,
y que se fundamenta en el presente mismo, en el Instante. Una vez
más vemos que al descender esta concepción a la política
y a la historia se pueden cometer muchos errores de interpretación.
Hoy con los EEUU tenemos otro ejemplo si cabe más obvio de
cuán cerca puede estar el poder del conquistador en manos
de imbéciles, sádicos y dementes; cuán lejos
está de la autenticidad que Nietzsche buscaba en el fondo
(y qué parejo a tantas cosas de todos los Imperios-Leviatán
como el romano). Su conquista no se debe, como Nietzsche insinúa,
a un mayor vigor y salud espiritual, sino simple y llanamente debida
al desarrollo económico, la suerte y la destreza combinadas
en la guerra y explotación posterior.
Como nos ocurre a todos todo el tiempo, el paso que se ha dado más
allá del bien y del mal para colocarnos en la contemplación
gratuita y ecuánime del mundo, se torna en ideación
sin fundamentos, librada únicamente a nuestro antojo. A Nietzsche
le ocurrió esto. Dio ese paso, contempló, y después
se tomó a sí mismo y su modo de interpretación
demasiado en serio, agarrándose tenzamente a ello. Era necesario,
por otro lado. Este agarrarse era la tenacidad con que la ruptura
con lo-igual tenía que expresarse, a pesar de todos los errores
- que sólo los privilegiados de las generaciones siguientes
podemos contemplar. El sujeto que tiene que abrirse camino no puede
verlo. Una parte nuestra está más allá del
bien y del mal; la otra dentro, en el mundo relativo de las elecciones
(y por ello, una vez más, toda aclaración no puede
estar solo basada en la diversidad de las interpretaciones inconmensurables,
que pueden llevarnos a lo más egoísta sin querer,
sino también en un criterio de verdad externo deducido a
posteriori de las premisas de cada uno de los estadios de desarrollo
en que nos desenvolvemos).
La "voluntad de poder" puede acabar siendo uno de esos
descubrimientos como el del conductismo instrumental de Skinner
que tanto combatí en la universidad - ciertos en lo que afirman,
pero errados en todo lo que dejan fuera, que es bastante. En ambos
casos -como en Maquiavelo-, coincidentemente, se alega que las "ideas
humanistas" están basdas en ilusión y esperanza
idiotas, y en ambos casos se enfatiza lo "práctico",
el objetivo a conseguir, y no los medios. Por supuesto esta aproximación
tiene mucho que decir allí donde se han inflado las cosas
de ideas y no hay modo de hacer un corte por lo sano - que es lo
que Nietzsche hizo. Ahora bien, tampoco puede decirse que todo debe
ser "cortar por lo sano" y prescindir de las ideas en
conjunto, porque entonces estamos más dispuestos a entregarnos
a la tiranía personal. En Nietzsche pueden encontrase muchos
rasgos "vajrayana" (no así en Skinner), pero esto
no autoriza, en términos filosóficos, a implantar
lo propio como lo único real, ni siquiera como lo más
real. Basta decir - es real. Trungpa cometería una equivocación
parecida con relación a su rechazo de todo lo "teísta"
(aunque muchas veces hablase también de la necesidad de integrar
lo "teísta" y lo "ateísta"). La
realización espiritual, la culminación y la vida que
dimana de ello, el corte, es una muestra de lo que es posible, mas
no es una huella que fosilizada indica la pista, y menos si se hace
"única". Creo que en todos estos casos, a pesar
de las apariencias, hay un cierto grado de infantilismo e idealismo
- o algo así. El río se desborda, uno es prisionero
de sí mismo y de sus ideas, que quieren llevarse hasta los
últimos confines del modo que sea, acaso para demostrar algo
que ya no tenía nada que ver con el lugar en que nos encontramos
ahora.
La apertura general de los contextos e interpretaciones, en cualquier
caso, plantea problemas preciosos en el orden político, imposibles
de resolver desde lo abstracto. Problemas tales como la posición
que hubiésemos tomado siendo alemanes entre la primera y
la segunda guerra mundial. ¿El exilio, como hicieron Fromm,
Marcuse, Einstein, Adorno, Benjamin
? ¿Detentar el rectorado
de Friburgo y llevar a cabo una de las tareas metafísicas
más importantes del siglo, que, nótese, sólo
eran posibles en Alemania, como fue el caso de Heidegger? ¿Los
dilemas de suicidio como los de Jünger al ser llamado a filas,
y después decidir unirse para ser el observador más
sutil y certero en medio del ojo del huracán?
No se puede catalogar y decir a priori cómo uno tiene querer,
como si en este sentido una posición contra el sistema fuese
mejor, sin más, que otra que opera dentro. Pensar de este
modo es no haber comprendido la esencia de La Emboscadura; no comprender
que en cualquier parte puede hacerse eso que debe hacerse. La libertad
no está en ningún sitio en especial. Que Nietzsche
insistiese a menudo en un lugar en particular -los dominadores-
no ha de tomarse como lo clave de su aproximación sino como
algo más bien circunstancial que por otro lado fue necesario
para su propia expresión y que apunta a verdades considerables.
Ninguno estamos libres de este tipo de combinación libertad-necesidad
- donde al final todo es nada, y sólo cuenta la veracidad
y la apertura con que nos desenvolvemos, sin importar cuán
"estrechas" o "abiertas" parezcan las circunstancias.
Desde el punto de vista espiritual, nada de esto existe. Lo que
es, es lo que es, y siempre está atado y abierto, simultáneamente.
En España también se dio una situación parecida
durante la dictadura de Franco: ¿al exilio como tantos, o
quedarse haciendo lo posible como Cirlot, o como Delives, en otras
tareas que también tienen que desempañarse? Al final,
todos los papeles somos nosotros. Aunque tenemos uno en particular
que desempañar, somos todos también.
M. R. de P.
Revisado en Vancouver, abril 2004.