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Las columnas de soypoeta.com

El diluvio universal

por Miguel R. de P.

Orientalismo

Quisiera hablar de un fenómeno común y muy relevante en el contexto del gran encuentro entre Oriente y Occidente que hoy está teniendo lugar en el mundo planetario, y más concretamente en ese espacio esencial que constituyen sus filosofías.
Por "orientalismo" entiendo esa tendencia habitual entre los estudiosos de la filosofía oriental a decir que ésta es superior a la occidental. Las razones que suelen apuntarse dependen del contexto, pero las más comunes son: (1) la filosofía oriental, pongamos por ejemplo el budismo, apunta a lo no-dual, mientras que la filosofía occidental nunca ha dado cuenta de ello (es decir, la filosofía occidental navega en "dualidades"); (2) la filosofía occidental (el cristianismo) está basada en un sentimiento de culpa que amenaza nuestra felicidad genuina, dificultad que en Oriente no ha tenido jamás. (Existen otras parecidas y relacionadas con las dos anteriores).
Si estos dos asertos son ciertos, la conclusión más inmediata es que, en los aspectos más fundamentales, la filosofía occidental no merece la pena ser estudiada. Es raro encontrar un estudioso serio de la filosofía de Oriente que no se deslice de un modo u otro -sutil o grosero- hacia este tipo de aserveraciones, lo cual no sólo puede llegar a ser peligroso en cuanto a una posible "falsedad" de tales afirmaciones, sino también en el hecho, casi más principal todavía, de que nos vemos arrancados de nuestra historia. La filosofía occidental es la historia de la filosofía occidental, y la historia de la filosofía occidental es justamente el espacio donde lo más fundamental nuestro está teniendo lugar. Comprender la filosofía occidental no es sólo comprender nuestro pasado con más propiedad: es comprendernos a nosotros mismos en este momento, en el presente, y, por tanto, también capacitarnos para mirar las metas futuras con mayor claridad. Si, además de todo ello, añadimos que, lo queramos o no -y por razones que sería conveniente pararse a analizar en algún momento antes de girarnos hacia un favoritismo por alguno de los lados del mundo-, Occidente ha sido el lado que ha cristalizado con más poder y profundidad en la historia del planeta (empezando por la planetitzación misma, que es en todos los sentidos un surgir de las formas occidentales), entonces un análisis de su filosofía parece inescapable.
Lejos estamos aquí de pretender que un lado "es mejor" que el otro (y quede claro que la superioridad-inferioridad puede expresarse de los modos más sutiles). El enfrentamiento entre ambas filosofías, sin embargo, es también ineludible en nuestro tiempo. Ya lo empezó a ser a finales del siglo XIX con los primeros acercamientos de figuras orientales a nuestro mundo (Swami Vivekananda fue de los primeros y más importantes en el Congreso de Chicago) y ahora lo es más todavía, teniendo como tenemos un conocimiento cada vez más exacto de las implicaciones de la filosofía oriental, gracias a los esfuerzos de numerosos maestros e intelectuales. Un estudio comparativo -señalando semejanzas y diferencias- se hace cada vez más necesario, y no cabe duda de que por aquí discurrirán muchas de las investigaciones filosófico-sapienciales del futuro.
En cualquier caso, lo que nos interesa ahora es algo diferente. De la mano de un texto en concreto vamos a procurar investigar el origen o la razón de ser de uno de esos deslices hacia lo oriental, allí donde se pretende que su filosofía es más completa, o con la pretensión de que su filosofía salva de errores en los que Occidente ha venido cayendo desde hace siglos. Mi sospecha, vaya por delante, es que se trata más bien de un solapamiento en la comprensión de los temas y los conceptos, como si de un modo automático pudiésemos comparar unos y otros. Si se dice desde la filosofía oriental que el cristianismo ha enfatizado en demasía el complejo de culpa, por ejemplo, quizá lo que está ocurriendo es que se ha sacado de contexto un determinado concepto, se ha generalizado y literalizado, y además no se ha buscado un correlato en el lado desde el que se critica (sólo que aquí ese mismo concepto, el "complejo de culpa" por ejemplo, estaría visto con otros ojos o dicho con palabras diferentes). Con ello no queremos decir que no haya parte de razón en asertos semejantes; pero sostenemos que no se trata de una razón fundamental y decisiva para el desarrollo y acabado de nuestra metafísica (y por tanto donde, de existir "complejo de culpa" en Occidente, existe también en Oriente o no existe en Occidente de un modo fundamental); y donde pretender que es efectivamente fundamental sería señal de una falta de comprensión de la filosofía de al menos uno de los mundos, quizá incluso de los dos (en algunos casos) o de toda filosofía en general.
He escogido como ejemplo para la exposición de este traslado deficiente un fragmento de uno de los libros de introducción al budismo tántrico. El budismo tántrico, de acuerdo con sus practicantes y expositores, es el vehículo más elevado de todos los posibles y concebibles: se asienta, por tanto, en la realidad más clara y diamantina, en lo no-dual mismo donde las cosas, tras un largo proceso de purificación, se nos presentan al fin como son (de hecho decir que "se nos presentan" sería inadecuado, pues ya no hay diferencia entre las cosas y nosotros). Los expositores escogidos, en nuestro caso, no son unos cualquiera. Son nada menos que Chögyam Trungpa, descomunal maestro tibetano que intrrodujo como nadie la práctica budista en Occidente y quizá una de las mentes más lúcidas y creativas de todo el siglo, y Herbert V. Guenther, uno de los intelectuales y estudiosos más prominentes del budismo y otras religiones y filosofías orientales. Ambos impartieron unos seminarios sobre el budismo tántrico que casi podrían calificarse de históricos, pues al fin se desvelaban, en un lenguaje comprensible a la mentalidad occidental, el sentido de la filosofía y prácticas tántricas del budismo, sobre las que reinaba tanta confusión (empezando por confundirlas con el tantrismo hindú, que es completamente diferente). Parte de estos seminarios han sido recogidos en un librito llamado The Dawn of Tantra ("El Amanecer del Tantra"), y del que me voy a permitir tomar la siguiente cita:

No hay otro mundo salvo este mundo en el que vivimos. Este es uno de los principales propósitos de la filosfía budista y uno que los occidentales a veces encuentran difícil de comprender. La filosofía budista no hace una distinción entre el fenómeno y el noúmeno. El fenómeno es el noúmeno y el noúmeno es el fenómeno. No en el sentido de una ecuación matemática, sino en el sentido de que no puede estar el uno sin el otro*.

He escogido este fragmento porque resume muy bien cierto tipo de aproximación que se da a menudo en las explicaciones de la filosofía oriental: en primer lugar, se hace una comparación que dista de estar comprobada con el mínimo de fiabilidad filosófica; en segundo lugar, la comparación no señala lo más fundamental de aquel lado que se ve denigrado (y a veces tampoco del lado que se impone como superior, en este caso "la filosofía budista" por oposición a Kant); y, en tercer lugar, nos damos cuenta de que el argumento fácilmente puede tornarse en contra del lado mismo que propone.
Veámoslo más detenidamente. Lo primero que se dice es que "no hay otro mundo salvo éste en el que vivimos", y que "los occidentales a veces encontramos difícil comprenderlo" (una posible o casi segura referencia al "otro mundo" del cristianismo). Se asume en esta afirmación que los orientales (o los nativos al budismo) sí comprenden adecuadamente que éste es el único mundo que hay - cosa que está lejos de estar comprobada. Es más, resulta una contradicción, porque, en ese caso, ¿para qué el budismo? ¿Para qué la guía, ese camino, que nos ayuda a darnos cuenta precisamente de ello? Si no queremos pisar nuestros propios talones al andar hemos de darnos cuenta de que el camino-hacia es justamente la base sobre la que nos sustentamos, tanto en uno como en otro caso. Si los orientales ya comprendiesen que "este es el único mundo", entonces no habría necesidad de enseñarlo allí, lo que es ni remotamente el caso. El oriental se nos antoja, así visto, tan ciego como el occidental, pues resulta que la capacidad para comprender la unicidad del mundo es una de corte universal, y no ceñida a una cultura (considerada inferior).
Los occidentales, y con nosotros su filosofía, somos considerados aquí menos capaces de comprender esta simple verdad. Si ello es así de hecho sólo puede comprobarse en nuestra tradición filosófica y literaria. Miradas sus obras y sus expresiones -una larga lista podría citarse- nos damos cuenta en el fondo que tal unicidad está aquí presente con mucho acierto, sólo que propuesta de un modo diferente. Se podría decir incluso que el desarrollo de la filosofía occidental apunta a un asentamiento mucho más genuino en el Ahora, en "este mundo como el único" (razón por la cual, dicho sea de paso, Chöygam Trungpa mismo dijo que los occidentales estaban más preparados que nadie para las enseñanzas más cruciales del budismo). El "existencialismo" propio del siglo XX, por ejemplo, es un síntoma de ello, lo mismo que la fundación moderna de la Razón (que culmina en la metafísica de Nietzsche, quien, por primera vez y de un modo radical, en el Tiempo, arrancó toda falsa ilusión de las religiones). Mas no queremos hacer ahora un análisis pormenorizado de estas cosas, que nos llevarían muy lejos. Por otro lado, y siguiendo el mismo hilo, habríamos de encontrar en la tradición literario-filosófico-religiosa de Oriente una tendencia mayor al asentamiento en "este mundo", lo que tampoco encontramos per se. La tendencia a fantasear sobre otros mundos sobrenaturales, de una forma u otra, se da -al menos- con la misma frecuencia. Incluso en el budismo, que es originalmente una religión "atea", no ha podido contener el impulso sobrenatural hacia lo siempre transcendente, creando a lo alrgo de los siglos una cosmogonía en escalones y reinos que, en sus aspectos más fundamentales, es idéntica a la de las otras grandes religiones. Diferencias aparte, la creación de otros mundos se mantiene en Oriente (budismo, hinduísmo o taoísmo, por sólo mencionar las "principales").
Lo segundo que se menciona en el fragmento citado es que la filosofía budista no diferencia entre el fenómeno y el noúmeno, entre la manifestación y la esencia. Ésta es una afirmación que hay que coger con pinzas y que también difícílmente se sostiene, puesto que la diferenciación entre el samsara y el nirvana, sin ir más lejos, es de esta clase. Un mundo es lo aparente (el fenómeno, samsara), el otro es lo real (el noúmeno, el nirvana). Si ambas son, en último término, una sóla cosa, es una discusión que debe seguir después. Guenther dice a este respecto que no se trata de una "ecuación matemática" entre ambos fenómeno y noúmeno. La explicación de la identificación última es su mutua relación: la una no puede vivir sin la otra. Pero, ¿no es este exactamente el mismo caso que en la filosofía de Kant? Ambos son, para él también, mutuamente dependientes - ¿cómo podría ser de otro modo? El budismo ciertamente, con Nagarjuna a la cabeza, identifica ambos de un modo original (desde el origen): la separación es en el fondo una mera convención. Pero -luchas filosóficas aparte- ésta es exactamente la misma conclusión que se saca en diversas fuentes monistas de la filosofía occidental. Todo se integra en -o parte de- una Unidad superior, a veces llamada Dios (o "Dios más allá de Dios", como Meister Eckhart), a veces Abismo, o a veces Vacío - de mil modos infinitos de acuerdo con la creatividad, cultura o necesidad particulares del expositor.
Un análisis como el realizado, que esperemos no haya sido tan minucioso como para hacer creer que estamos sacando nosotros también las cosas de contexto, nos pone alertas sobre aquellos subterfugios donde se cuela el halo de algo muy peligroso en nuestro mundo: la sustitución de una filosofía extranjera por la nuestra debido a la dudosa razón -insinuada- de que aquélla es superior. No queremos decir que la filosofía oriental no tenga algunos puntos más fuertes que la occidental - todo ello es posible y depende del contexto o momento en que nos situemos (y al revés: la occidental puede tener puntos más fuertes). Pero es importante que, antes de tomar en serio afirmaciones semejantes y de las que la literatura oriental hoy está plagada, nos paremos a considerar el sentido de nuestro propio pasado (un camino), así como al mismo tiempo una meta y un acabado final culminante. Ambos camino y meta (que se identifican en ultimísimo término, o más bien eran Uno desde el Principio) son los dos ingredientes imprescindibles en todo filosofar o decir, y pretender que una filosofía en particular no tiene uno de ellos (el absoluto o el relativo) es una observación poco cautelosa, que además conlleva en peligro de inducir a una distracción de nuestras propias raíces. Como dice Heidegger, quien por cierto advirtió esta posible intrusión "del Zen" como si él pudiese sumistrar las respuestas que nosotros hemos andado buscando, lo más importante es cada pueblo sea testigo de su propia evolución metafísica, de su propio entendimiento del Ser, sin la cual jamás podremos compredernos a nosotros mismos adecuadamente.
Si el ejemplo que he puesto para este breve ensayo es cojo, pido mis disculpas. Creo que Guenther, y no digamos Chögyam Trungpa, tenía un entendimiento claro de la filosofía en general, y por tanto de sus posibilidades y limitaciones. Mas en ambos autores, genialidades aparte y aproximaciones a lo más real como en el trantrayana ("más allá", en cierto modo, de lo histórico), se percibe este deslizamiento que, sin quererlo, nos desenraíza de nuestra propia forma de entendernos, justamente esa mediante la cual asistimos a una nueva superación.

Miguel R. de P.
En Vancúver y septiembre de 2004.

* Guenther, V. Herbert and Trungpa, Chögyam. The Dawn of Tantra, cap.3, pag. 19. Shambhala Publications, 1975. Desconozco si existe versión española.

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