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(Extraído de El Hilo de Ariadna, septiembre 2004)
El "mito del Iluminado": si la iluminación es condicional
(dependiente de condiciones, intenciones, voluntad), entonces no
es verdadera iluminación, sino un espado pasajero más,
referido a nosotros mismos, al "principio del ego": no
es lo no-dual, donde ya no hay ni experimentador ni experiencia.
Si, en cambio, la iluminación es incondicional, entonces
está dada, previa a todo intento, por sí misma. En
una palabra, si es incondicional, entonces no es. Es siempre y en
todas partes. Nadie está iluminado. Nadie puede enseñar.
Nadie decir. Nada salvo Eso y Ya (no Eso y no Ya).
La iluminación suprema sería lo que no puede conseguirse
nunca - ya era antes. Nadie la alcanza. Aquí el camino termina.
Los "iluminados" y sus discípulos terminan - ¡aún
antes de haber empezado!
Reposa ahí.
El mito del Iluminado: nadie posee la iluminación. Nadie
está iluminado. Se crea siempre, a cada instante. No es;
no es, al menos, de ese tipo de cosas que "se consiguen";
no es una cosa; no es. El Iluminado no es nadie; lo somos todos
significa el cese de la auto-consideraciones, las que sean (algo
que se haría especialmente pertinente en un caso como el
de Adi Da).
Pero más importante, crucial para los tiempos por venir:
teniendo en cuenta que tanto el camino hacia la iluminación
como el trabajo físico y laboral pertenecen a lo condicional
y condicionado, ¿cómo hacer una repartición
adecuada de las tareas de tal modo que ambos aspectos estén
equilibrado para el mayor número de seres? El "Iluminado"
se aprovecha del mito de sí mismo.
¿Es la atención perfecta y espiritual posible en todas
las circunstancias? Si es así -lo que sí parece ser-,
¿por qué no, de cualquier modo, suavizar todas las
tareas (teniendo en cuenta que el que se aprovecha de su propio
mito es aquél que suaviza las tareas para sí mismo
y deja la aspereza para los demás)? Y si, por el contrario,
no es posible mantener la perfecta y clara atención en todas
las circunstancias, ¿por qué no "suavizarlas"
asimismo para que podamos disfrutar de aproximaciones más
ciertas al Centro sin la pesada carga del trabajo alienado?
¿De qué sirven las enseñanzas espirituales
(que pertenecen a lo condicional) si la raíz del sufrimiento
en el plano físico-material (ése que permitiría
el acceso a más tiempo libre, también en lo condicional)
no es cortada de cuajo? Ahí tenemos al Gran Gurú Iluminado,
quien, mientras reparte lecciones sobre cómo alcanzar la
iluminación -condicional- se sustenta sobre todo un mundo
de injusticias y sufrimientos -también, como todo, sujetas
a condiciones-. Las enseñanzas espirituales, de este modo,
no hacen más que perpetuar la situación previa de
inaccesibilidad a la iluminación. Mientras enseñan
cómo alcanzar la iluminación, indirecta -y paradójicamente-
no permiten su acceso a muchos, manteniendo el status quo.
No tiene por qué ser así si, por un lado, sabemos
que tanto las enseñanzas espirituales como los cambios sociales-económico-políticos
pertenecen a lo condicional (es decir, a lo cambiable), y si, por
otro lado, separamos los Reinos* a los que pertenecen. De ese modo
podríamos trabajar con todos al tiempo sin que se solapen:
el Reino del Yo para las enseñanzas espirituales y el camino
a la iluminación; el Reino del Ello y del Nosotros para lo
económico-político, trabajando hacia una repartición
más equitativa y generosa del trabajo y del tiempo libre.
Lo absoluto e incondicional es justamente eso mismo, y por tanto
no necesita ningún tratamiento, menos aún un "cambio".
Si todos queremos alcanzar la iluminación (en ese sentido
relativo, sujeto a condiciones, pues desde lo absoluto ya es y no
había nada que alcanzar), entonces tienen que acabar todos
los privilegios sociales, incluídos los derivados de la relación
maestro-discípulo (lo que no quiere decir que el maestro
tenga que dejar de ser maestro y el discípulo, discípulo,
con todo lo que implica).
Puesto de otro modo: si lo Uno es siempre incondicional, ¿por
qué no cambiar lo múltiple de tal modo que favorezca
al máximo posible de seres? Si lo Uno, en cambio, es condicional
(sujeto a condiciones, que se pueden alcanzar), ¿por qué
no cambiarlo de tal modo que favorezca al máximo número
de seres? (Y eso es justamente lo que ocurre: la Evolución
de la Conciencia. Vayamos con Ella).
Ya lo hemos dicho: si la iluminación es incondicional, todos
estamos ya ahí y no hay nada que hacer para alcanzarla. Si,
en cambio, es condicional (sujeta a condiciones), nadie está
iluminado, y todos tenemos que regenerar la luz a cada instante
en todos los campos de ser y del conocer posibles, siempre abiertos.
En ambos casos, "el Iluminado" es un mito: una metáfora
más a arrojar por la ventana.
El Gurú, el Maestro, el Iluminado - si ha alcanzado esa condición
es por haber tenido la oportunidad de estudios, meditación,
etc. Tú, con igualdad de oportunidades, puedes desarrollarte
-al menos en teoría- igualmente hasta ese nivel. ¿Por
qué seguir entonces en esa carrera de concederle privilegios
a él y no regalártelos a tí mismo? ¿Por
qué no reformar las sociedades para que cada vez más
personas tengan acceso a esa posibilidad (evitando, naturalmente,
redundar en el viejo sistema de privilegios y adoraciones)?
Hago todas estas observaciones para despertar a estudiantes y aspirantes
y seguidores. No son una filosofía, en el sentido de que
no creo especialemnte que todos-seamos-iguales (o, por las mismas,
que todos-seamos-diferentes). Podrá haber -o no- diferencias
de grado por nacimiento: uno alcanza cierto nivel tras treinta años
de estudio y otro por pura revelación en la adolescencia.
Igual da. Ambos son lo mismo. Nada había cambiado; todo permanece
esencialmente igual, divino desde el último grado hasta el
primero. Pero no es esto lo que interesaba desarrollar con la "falacia
del Iluminado": o el Iluminado eres tú, antes de que
tú lo sepas en absoluto, o no lo es nadie. Y cuando digo
"nadie" quiero decir nadie. En los dos casos estamos sujetos
a la continua transformación de todos los campos, sin dar
nada por hecho, menos aún las viejas jerarquías sociales.
Miguel R. de P.
* Referencia a los Cuatro Reinos o Cuadrantes de Ken Wilber. Véanse su obras.