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Mi intención en este artículo es mostrar hasta qué
punto la noción de la causa y el efecto puede alcanzar el
grado más profundo de verdad, y enseñarnos todo el
recorrido completo del Ser.
Un desarrollo de esta idea no sería necesario si el concepto
de causa y efecto no se hubiesen alojado, por diversas razones histórico-filosóficas,
en el extremo más superficial de nuestro entendimiento. Así,
por ejemplo, cuando mencionamos algo sobre la causa y el efecto,
inmediatamente nos giramos hacia las ciencias físicas, particularmente
tal y como se han entendido desde Newton. Dejando aparte el hecho
de que esta concepción ha traído numerosos frutos
en nuestro entendimiento de la naturaleza, sin los cuales hoy no
nos podemos pasar, la causa y el efecto pueden aún entenderse
de un modo más profundo - esto es, interior.
En cierto modo es así como se entendía en la antigüedad,
aunque dado que en la filosofía previa a la Modernidad lo
interior y lo exterior no estaban estrictamente bien diferenciados,
la causa y el efecto podían habitar simultáneamente
entre ambos mundos, por ejemplo en Aristóteles. Lo interesante
de una aproximación como la aristotélica, a pesar
de participar en cierto modo de la mezcla entre lo interior y lo
exterior a la que aludíamos, consiste en que, partiendo de
cualquier lugar en el universo, uno alcanza -siguiendo una cadena
lógica de premisas- el Primer Motor Inmóvil; es decir,
alcanza virtualmente cualquier cosa o lugar. Si uno coge una piedra
y se pregunta: "¿Qué hace esta piedra aquí?
¿De dónde proviene?", llegará a una conclusión
del tipo: "Pedro la ha tirado desde su casa" o "La
montaña la ha arrastrado hasta aquí con las riadas
de primavera". Si seguimos entonces nuestra persecución
de la causa que originó esta última posición
de la piedra, alcanzaríamos otro lugar ("Estaba en la
montaña porque erupcionó desde el magma interno"),
y así sucesivamente. Pero sucesivamente, ¿hasta dónde?
Es quizá aquí donde se distinguen las tradiciones
filosóficas de Oriente y Occidente. En Occidente, especialmente
desde la lógica de Aristóteles, se ha tendido a postular
un Primer Motor Inmóvil (o un Big Bang, que viene a ser lo
mismo) del que parte todo movimiento - un completo y Absoluto Misterio
al que siempre fallamos y fallaremos al tratar de ponerle un nombre.
Todos sabemos de las consecuencias que tuvo esta poderosa concepción
en la filosofía cristiana y en el desarrollo de nuestras
ciencias por lo menos hasta Newton (aunque habría que ver
hasta qué punto y en qué medida la ciencia cuántica
se ha desprendido de esta concepción teológica de
fondo). En Oriente, particularmente en el budismo, no ha existido
necesidad alguna de postular un Principio Supremo (regulador o no-regulador:
regulador sería el de las versiones más literalistas
del cristianismo y no-regulador sería más bien característico
de las culturas paganas, como es el caso del Aristóteles).
Nótese que con Principio Supremo o sin él, la cuestión
fundamental de la causa-consecuencia es idéntica: todo se
relaciona con todo en último término. No podemos entender
nada sin lo otro, lo otro sin esto, y así sucesivamente,
indefinidamente. Esta concepción, que forma parte de lo más
esencial del budismo, se ha llamado en esta tradición la
originación interdependiente (o co-originación
dependiente), doctrina que ya formulada de algún modo por
el Buda pero que habría que esperar a otros filósofos
como Nagarjuna o Chandrakirti por ejemplo, o a importantes Sutras
del Mahayana (Avatamsaka, Lankavatara) para que fuese expresada
en todo su esplendor.
Para apreciar el valor inmenso de esta doctrina uno tiene que desprenderse
por un momento de su validación más o menos eficaz
en el reino de lo físico. Ya ahí resuenan sus posibiliaddes
intrínsecas, pero hay que ir más allá, al corazón
mismo de lo interior, en cuanto que nos afecta a nosotros personalmente,
para comprobar hasta qué punto podemos crecer si tenemos
en cuenta una concepción semejante a lo largo de nuestras
vidas.
Decíamos que la conclusión más importante de
esta doctrina es que nada puede separarse de nada en último
término: todo está íntimamente relacionado;
y no sólo relacionado, sino que todo contiene a todo. Cada
cosa contiene el Todo y en el Todo habita en cada cosa. Si esto
es así, por ejemplo, en nada nos diferenciamos del más
terrible de los asesinos; en nada nos diferenciamos (o somos su
causa) de aquéllos que colaboran a la polución ambiental,
a las guerras fraticidas en el Tercer Mundo, a los descalabros económicos,
los holocaustos
a todos los desastres que quepa imaginar.
Tampoco somos esencialmente diferentes de Rembrandt, de Einstein
o de Jesús. Todo somos nosotros, nosotros estamos en todo.
Lo "peor" y lo "mejor" somos nosotros. "Nosotros"
en realidad es un concepto muy ceñido a la letra, sin validez
sólida a poco que miremos de cerca la realidad. ¿Quién
soy Yo? (La pregunta meditativa clásica del Vedanta)
Y, si todo esto es así, si nada podemos separarlo de nada
a no ser que sea con nuestros conceptos, si ahora mismo yo soy el
mundo entero en toda su manifestación y no-manifestación,
si esa hoja que veo caer desde mi ventana contiene el Cosmos entero
sin excepción de ninguna de sus partes o profundidades, ¿qué
debemos hacer ahora una vez que nos hemos dado cuenta?
No seré yo quien conteste a esta pregunta. Esa otra Voz,
ya no propia sino Toda, debe abrirse espacio para que se suelte.
Miguel R. de P.
(o, como se llamaba a veces D.T. Suzuki, "Nadie en Especial")
En Vancuver y noviembre del 2004.