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(Nota: los siguientes fragmentos estaban destinados a formar parte de mi principal trabajo, La Gran Alternancia. Los ofrezco ahora como notas más o menos desperdigadas para aquél que pueda estar interesado).
1
Es interesante la descripción que hace Michel Foucault
en el tercer volumen de la Historia de la Sexualidad del
tránsito acaecido (acaeciendo, pues habla de lo que ocurre
a lo largo de todo el siglo +2) entre la "libertdad pagana"
y "el cristianismo". Entrecomillo ambos porque las palabras
llevan a engaño: no se trata de compartimentos estancos,
como si pudiésemos definir con precisión dónde
acaba el paganismo (idolatrado por tantos como el espacio más
propicio a la libertad por contraposición al cristianismo)
y dónde empieza el cristianismo mismo (condenado por estos
mismos como el declive de la libertad de expresión "natural"),
sino que se trata de un continuum. Si escogemos un momento
cualquiera de este período de transición -muy fértil,
por cierto- observaríamos una enorme variedad de corrientes
que son mezcla de ambas, o acaso ninguna de las dos en particular.
El tránsito, en cualquier caso, entre lo pagano y el cristianismo,
es lento. Hablar de tránsito es hablar también
de transmisión. La habitual linealidad del pensamiento
y la relativa uniformidad de las palabras y los términos
a menudo anima a mirar las cosas como si de hecho esto fuese
una cosa y esto otro otra cosa enteramente distinta. En nuestro
caso, como si se pasase de repente del mundo pagano al cristiano,
y todo entonces fuese una perfecta calamidad (esto para los paganos;
para los "cristianos",se trataría de la "buena
nueva").
No puede decirse, estrictamente hablando, que se pase de "una
fase" a "la otra". Esto se dice únicamente
con el objeto de simplificar, de hacer correr a la historia como
un río por una sola vertiente. La realidad mirada de cerca
es, como poco, que una fase y otra comparten muchas cosas en común,
seguramente más de lo que las distinguen. Pero en el momento
presente, cuando uno analiza retropspectivamente la sitiuación
desde la posición privilegiada que aporta la distancia para
con el objeto de estudio, uno tiende a enfatizar las diferencias
de acuerdo con determinadas ideas preconcebidas; uno tiende a creerse
mucho más separado de su "contrincante" de lo que
realmente está.
En este tercer volumen, como decía, se ve que lo estricto
de las normas que regulan el comportamiento sexual es muy similar
en la Grecia Clásica -y también lo sería, si
no más, en muchas tribus "primitivas" que muchos
ensalzan como el colmo de la revolución sexual- que en el
cristianismo. Lo que cambian son los acentos en la forma. Esto es
importante recordarlo, independientemente de que no quepa ninguna
duda de que la pastoral cristiana está dirigida a lo exterior
de la conducta, enfatizando por tanto rígidas normalizaciones,
cosa que ciertamente no ocurría tanto antes (en la época
clásica y el paganismo (Grecia y Roma) se hacía más
énfasis en la ética interior del sujeto con vistas
a la salubridad física y mental de uno mismo y así
de la sociedad en conjunto).
Es importante recordar este aspecto por aquello de las condenas
paganas y seculares a los paulinos y agustinianos, como si ambas
posturas fueran el blanco y el negro. Una condena demasiado radical
del cristianismo, en este sentido, suele apuntar a desvaríos
en la propia coherencia. Quiero decir: ni se comprendió el
propósito original de la regulación que todos
hacen, ni parece comprenderse tampoco la necesidad de una regulación
en términos amplios, que todas las sociedades han
practicado. Esto nos coloca de lleno en un precioso problema que
ha analizado con especial maestría Herbert Marcuse en Eros
y Civilización de la mano de Freud. Marcuse analiza la
vieja cuestión del Eros enfrentado al Principio de Realidad.
Bajo todas las premisas anteriores son dos principios enfrentados.
Marcuse, sin apoyar soluciones según él medianas (como
la de los neofreudianos Karen Horney, Erich Frömm o Wilhelm
Reich), y siguiendo la franqueza de Freud al plantear el brutal
conflicto sin ambages, reclama la posibilidad futura de una reorganización
integral, que no deje fuera ninguno de los aspectos eróticos
de la realidad, ni tampoco la necesidad de determinarlos y darlos
forma en algún sentido.
Entendemos con mucha precisión gracias a Foucault y su tercer
volumen de Historia de la Sexualidad cómo ciertas
costumbres -sexuales o no- comienzan lentamente a cambiar, y después
cómo le siguen sus preceptos. No se puede decir, como viene
un poco Nietzsche a decirnos en Aurora, que todo antes "estaba
bien", "era un mundo muy natural", llega San Pablo
y todo se va al garete (lo cual por cierto apoyaría la hipótesis
de Carlyle con la que él estaba en contra de que los grandes
personajes son los que hacen historia). Sin duda el valor de Nietzsche
residió en defender un concepto de la sexualidad y de la
vida mucho más sano, que no tiene que ver con muchos de los
dogmas de la pastoral cristiana tal y como se fueron desarrollando
(y que adquirieron tintes, qué duda cabe, verdaderamente
grotescos en muchos momentos). Pero hay brusquedad en el cambio,
como si pronto unos impusiesen su versión de cómo
deben ser las cosas y todo lo antiguo desaparece; no hay influencia
de un líder que empuja a las masas de pronto a la represión.
Esto es ver la historia a través de los libros, de los conceptos,
de la linealidad propia del pensar - no a través del transcurso
del tiempo, tal y como también se está dando ahora
aunque de otro modo. El cambio es paulatino, en el momento prácticamente
imperceptible. Las mezclas entre unas posiciones y otras se van
produciendo paulatinamente; las repulsas también, bajo distintas
formas continuamente cambiando.
Podrían darse muchas razones para explicar el comienzo de
la desintegración de las costumbres clásicas, que
siguen siendo un punto de referencia en muchos sentidos. De todos
modos, los gritos de condena no nos ayudarán mucho.
El mundo se hace más complejo, se disgrega, se divide. Justamente
en en este siglo +2 el contraste entre la cultura clásica
y pagana y el cristianismo naciente es muy acusado. Para los romanos
cultos, los cristianos son una panda de locos, un peligro para las
buenas costumbres, unos emboscados. Los cristianos no quieren nada
que ver con el sistema, posiblemente los primeros insumisos de la
historia, y esto es molesto para un imperio que quiere unificarlo
todo. Los cristianos nunca darán su brazo a torcer,
de aquí que al Imperio finalmente no le queda más
remedio que fenecer. Pero es posible que el movimiento cristiano
perdiese todo lo que tenía de auténtico en cuanto
dejó de ser insumiso, contra "el Sistema". Al convertirse
él en el gobernador del Sistema se perdió lo mejor
de ambos mundos: la relajación del mundo clásico y
el espíritu de combate cristiano.
En cualquier caso, las semillas para una normalización del
comportamiento sexual y para la represión tal y como ha acabado
por ser en "el cristianismo" están ya entonces
presentes, sólo que bajo otra forma. Algo está cambiando
por dentro, en lo invisible de una ciudad de termitas, y que, por
tanto, más tarde o más tremprano saldrá a la
luz y necesitará de nuevas y más complejas formulaciones
y legislaciones. Unos y otros (paganos y cristianos) aluden a una
ética básica de convivencia. Las perversiones de esta
ética, que se hicieron en ambos casos más o menos
groseras según los momentos, alcanzando un grado de patología
sin igual en la represión cristiana, pertenecería
a una discusión ligeramente distinta. Lo que no ayuda es
mezclarlas y luego pretender que una cultura -como un todo- es totalmente
sana mientras que la otra -también cogida como un todo- es
patológica. ¿Sanos? ¿Enfermos? ¿Los
paganos? ¿Los cristianos? ¿Las tribus del Amazonas?
¿El Antiguo Egipto? Visto desde las alturas, desde la distancia
histórica -y con todos los inconvenientes que esto tiene-,
siempre estamos navegando entre ambas -sanidad y perversión-,
y esto es importante a la hora de vernos a nosotros mismos, en la
medida de lo posible, con cierta objetividad. Del mismo modo tendríamos
que ver qué llevamos como carga histórica (karma)
de paganosecularismo o de juedeocristianismo. Y sobre todo, la cuestión
más importante: si hemos traído algo fundamentalmente
nuevo.
Los tiempos y las costumbres van cambiando, y así también
las fórmulas que pretenden una normalización. No pretendo
justificar lo que desde hoy consideramos tremendos desatinos del
cristianismo, porque nadie en sus cabales cree en la posibilidad
de semjante tarea, ni tampoco desdecir la obviedad de que la pastoral
cristiana y el puritanismo insistieron en la regulación externa
del comportamiento (y por tanto reprimieron la posibilidad de una
libertad interior que busque el campo ético propio). Pero
nada es puro. Nietzsche de pronto se alza como el Gran Inquisidor,
y los paganos como grandes reguladores. Los polos, toquemos el ámbito
que toquemos, están siempre ahí - son necesarios.
Es importante que lo veamos todo dentro nuestro, sin prejuicios,
prejuicios que lanzan "sobre los otros" -los cristianos
para unos, los paganos para otros-, sumiendo al mundo en una abalancha
de culpas. Si este tipo de pensamiento se sigue practicando nunca
alcanzaremos la salud verdadera (o una verdad más objetiva).
Seguiremos en un juego de proyecciones que no alcanza a percibir
que el equilibrio (y por tanto los dos extremos) reposa en cada
uno de nosotros; que para bien o para mal hemos contraido esas deudas
o esas virtudes de nuestros ancestros, y que del mismo modo las
iremos pasando a nuestros descendientes.
Aunque la pastoral cristiana ha adoptado formas especialmente grotescas,
la intención de los legisladores originales, pongamos por
caso San pablo o San Agustín es muy parecida a la de Platón,
Epicuro, Diógenes, Giordano Bruno o Nietzsche (véase
Foucault, vol. 3, cap. 2, especialmente pgs. 38-44). Cada uno se
manejaba en un tiempo, un espacio y unas circunstancias particulares.
Y se repiten los patrones. Nos damos cuenta de que lo que critica
Nietzsche hoy es semejante a lo que criticaba Pablo a los corintios.
Y Nietzsche criticaba a Pablo. ¿Por esto hemos de dejarnos
engañar? La cuestión de la que debe abstenerse todo
historiador -el Emboscado- es de tomar partido.
El tránsito del paganismo al cristianismo coincide, por otro
lado, con el de la cultura a la civilización según
el modelo de Goethe/Spengler. En Foucault algunos aspectos aparecen
más descritos al pormenor - se fija más en el tránsito
mismo (vol. 3). En efecto, marca como punto clave el "individualismo"
(lo mismo que viene dándose en nuestra época desde
hece tiempo), en el sentido de "desintegración de tradiciones
vivas" y todo lo que va asociado a ello. Es entonces cuando
se trata de implantar una institución (el Imperio Romano,
la Iglesia, el Estado del Bienestar, aunque haya diferencias de
rango entre ellas muy fundamentales) para paliar la ausencia de
raíces naturales y formas espontáneas de organización.
Repetimos: romantizar el pasado o alguna cultura en particular,
como hacen muchos de muy distintos modos, es perjudicial y no es
el signo de la libertad de espíritu - tampoco del historiador
emancipado. Tampoco lo es un anarquismo superficial anti-legislativo
(pues esto ya es una legislación - ya que tú
impones). Menos aún, claro, la legislación de un orden
artificial impuesto desde fuera.
Debemos cabalgar decididamente en la dirección que marca
el Espíritu del Tiempo (Zeitgeist). Sólo aquí
el acto es relevante y adquiere propiedad sea el tiempo que sea.
Esto quere decir sobre todo aprovechamiento de las fuerzas que nos
vienen dadas, búsquedas veraces de los prejucios y falacias
que también nos vienen dadas y así, entonces, la progresiva
e imparable liberación en todos los respectos posibles. El
"cultivo de sí" del que habla Foucault en oposición
a -o como transición desde- "el uso de los placeres"
de la Grecia Clásica es paralelo al interés por la
"psicología" en nuestra era (y ya no tanto por
"la filosofía"); lo mismo que el "budismo"
o un nuevo "paganismo" está tomando el lugar del
cristianismo. Pero a nadie se le escapa que, a poco seria que sea
la aproximación espiritual de un particular, poco importa
el nombre que se ponga: se encuentra cargada de la misma energía
hacia la liberación (sexual o de cualquier otra clase), con
la misma marca del dolor, y con la misma necesidad de purificación,
con los mismos signos de alegría e integridad ética,
etc. Y cada una de esas cosas que hemos entrecomillado es muy distinta
a cada instante. No son entes fijos. Su bondad o perversidad sólo
pueden analizarse teniendo en cuenta el contexto en que nacieron,
la Necesidad; en realidad tantos factores que todo análisis
resulta del todo imposible, por lo menos parcial. Por ello al mirar
desde la distancia hemos de ser precavidos - hemos de ir, al menos,
con una perspectiva lo más integral posible por delante.
2
Si tomamos como perspectiva de la historia un modelo cíclico,
otra de las características de esta transición es
la progresiva complejidad, la aceleración (la técnica),
la fabricación en serie, la ingeniería, la necesidad
de estar en varias cosas al tiempo (incluso opuestas) - momento
que, de nuevo, tiene que ver todo con el nuestro. La integración
se produce, pues, en otro espacio; espacio que no tiene que ver
con la cultura o la regularización bajo la que estaban o
estamos circunscritos (aunque también, claro). Todo esto
va desapareciendo. Ahora el énfasis reside en realizarlo
uno solo consigo mismo: aquí reside el centro de la atención.
Naturalmente la tradición nos acompaña, pero no es
lo fundamental: lo crucial ahora parte del individuo singular, centro
en torno al cual gravitan el resto de constelaciones. En ese momento
(siglo +2) proliferan las corrientes religiosas, particularmente
todas aquellas que se ejercitan para alcanzar la liberación
de alguna clase, y que enfatizan el esfuerzo singular de cada individuo
para realizarla: así las sectas estoico-platónicas,
los gnósticos critianos, etc.
Nosotros desarrollamos, un poco como entonces, una nueva forma de
expresión de los problemas... (continúa, descargatelo
aquí (rtf, 106k))
Miguel R. de P.
Mas Marvent, Francia, entre junio y octubre del 2002.