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Quiero añadir unas palabras a aquéllas del año pasado con respecto a la vida política de Martin Heidegger, más que nada palabras de confirmación. Teniendo en cuenta los pocos datos que tenía entonces, estoy sorprendido al comprobar hasta qué punto mis intuiciones se han visto confirmadas, y con creces.
Hay que leer ciertos documentos de la propia mano de Heidegger para comprender lo que estaba teniendo lugar en aquellos momentos. Como ya señalé, es habitualmente la cómoda postura del que critica desde la distancia y sin ningún entendimiento de lo que realmente estaba teniendo lugar en cierto espacio y en cierto tiempo la que desvirtúa los hechos y los posicionamientos ante ellos. En primer lugar, hay que leer bien la entrevista que le hizo la revista Spiegel. Sobre este punto he de pedir disculpas porque yo mismo, en el artículo pasado, cité esta entrevista sin haberla leído personalmente. Todo lo que dije allí al respecto era de oídas, y me habían informado mal. En la entrevista del Spiegel, al contrario de lo que dije en el artículo anterior, Heidegger habla específicamente (y largo y tendido) sobre su supuesta afiliación nazi y su supuesto antisemitismo. Desconozco cómo mi informante pudo decir que Heidegger había guardado como un secreto llevado a la tumba todo lo respectivo a su pasado. Seguramente porque él también hablaba de oídas. En cualquier caso, Heidegger explica punto por punto todas las cuestiones que el entrevistador, sin pelos en la lengua, le plantea.
En segundo lugar hay que leer el famosísimo e importantísimo "Discurso de la Universidad", que Heidegger dio cuando tomó el cargo de Rector de la Universidad de Friburgo. Este documento es uno de los más excepcionales que cabe concebir en cuanto a claridad de ideas sobre lo que respecta al futuro de la Universisdad (no sólo en Alemania, sino en todo el mundo). Heidegger anticipó todos y cada uno de los desastres hacia los que estaba encaminada esa institución que aún -por alguna razón que se me escapa- sigue llamándose "universidad". Si Heidegger aceptó el rectorado entonces -al principio muy en contra de sus inclinaciones- fue porque creía firmemente en un declive de todo lo que supone la Universidad, declive que tiene que ver con lo técnico y lo especializado (contradiciendo el aspecto universitas que debiera tener una universidad y del que ya prácticamente todas la universidades del mundo carecen). Heidegger anticipó la malformación, pero también entendió que en Alemania en aquel momento se estaban dando fuerzas que podían contrarrestrar ese movimiento hacia lo técnico y especializado. Naturalmente, en este punto uno tiene que saber leer entre líneas, teniendo en cuenta que el Discurso fue celebrado justamente en 1933, el año de la ascensión al poder del Partido Nacionalsocialista de Hitler. La interpretación más burda es aquélla que dicta que ese movimiento excepcional era el nazi (y esto es lo que ingenuamente creyeron los nazis mismos), cuando en realidad el movimiento del que estaba dando cuenta Heidegger, y que muchos con él percibían y percibieron con claridad, sobrepasaba con mucho el nazismo - era un movimiento integrador, no aniquilador, y así lo entendieron la mayor parte de las personas inteligentes. Ernst Jünger fue otro de los autores que más estudiaron y mejor comprendieron la esencia de este nuevo impulso, dando cuenta de él en su obra El Trabajador (sobre la que Heidegger dio un seminario en 1932) y más tarde en La Emboscadura.
Como decimos, en Alemania en aquellos días se olía en la atmósfera la chamusquina de algo sumamente nuevo, con una capacidad de integración explosiva, única hasta entonces, rejuvenecedora. Era un movimiento muy minoritario -como es siempre con lo nuevo-, pero aún asi Heidegger optó por insuflarle vida desde una posición tan alta como era la del detentamiento del rectorado. Pronto -al cabo de unos diez meses- Heidegger comprendió que no había nada que hacer. Las fuerzas brutas y titánicas del nazismo estaban tomando por la fuerza todo el espectro.
Que Heidegger se mantuvo al margen del movimiento nazi se demuestra no sólo en el hecho de que le mandaron a cavar trincheras, sino en otros menos llamativos, pero tan importantes, como el de que no fue convocado para ciertas jornadas filosóficas en Francia como uno de los embajadores alemanes. En Francia nadie salía de su asombro: ¿Heidegger no viene? No, Heidegger, ya estaba siendo sometido a un enclaustramiento que no cesaría hasta 1945, con la caída del Tercer Reich, y que culminaría con el episodio de las trincheras. Efectivamente, Heidegger había entrado en conflicto con el Partido desde los inicios: no se sometió nunca a su voluntad (ni la de expulsar a algunos profesosres judíos de la universidad, ni la de quemar ciertos libros, ni de publicar o decir ciertas cosas ), hasta que los desacuerdos fueron evidentes.
En cuanto al carnet como miembro del Partido, que casi todos los que apoyan la tesis del "Heidegger nazi" traen a colación como la prueba definitiva, Heidegger admite haberlo tenido, pero sólo como la única posible vía de acceso a la regencia del rectorado. Ni pagó cuotas, ni asistió a reuniones, ni admitió intromisión política alguna en su trabajo. Todo esto, claro, despertaba sospechas entre los miembros y afiliados. Heidegger acabó cayendo, y la marginación a la que se vio sometido desde su caída no tiene comparación con prácticamente la de ningún otro profesor polémico en aquel tiempo. Heidegger fue maltratado de modos realmente vejatorios. Y, en todos esos casos, a lo largo de todos esos años, Heidegger mantuvo una posición siempre elegante y erguida. El hecho de que no pidiese clemencia, o de que no esparciese a los cuatro vientos su humillación, lleva a muchos a pensar que en el fondo Heidegger estaba participando con los nazis, pero nada hay más lejano a la realidad. Esto no es más que la limitada visión del crítico, que sólo entiende del "a favor" o el "en contra". Heidegger se mantiene en la ecuanimidad más propia de un filósofo, confirmando existencial y vivamente su famoso concepto de autenticidad. En carnes propias está viviendo lo que ya se constituye como una Figura en el Tiempo de la máxima transcendencia, que ni acepta ni rechaza, ni se agarra a esto ni aquello - la Figura del Emboscado (que hemos delineado en estos artículos y en otros lugares). Una Figura que, para aquél que no la viva o entienda, tenderá a ser interpretada de acuerdo con la bajura misma de su nivel, es decir, tratando de categorizar a una persona o bien en un lado o en el otro: o bien es un nazi, o bien tenía que haberse exiliado o haber mostrado más su humillación.
Hay algunos documentos más que muestran con claridad la poca aplicación que tiene el apelativo de "nazi" a un hombre como Heidegger. En concreto, en los años cincuenta hizo una relflexión autobiográfica que merece la pena leerse aunque sea sólo para comprender la compleja trama de estos años y el papel que cumplió o trató de cumplir Heidegger en ella.
Nadie es perfecto: cualquiera puede venir y criticar alguna parte
de su vida, como todos podemos hacer de todos. Mas si nos quedamos
en este nivel, todo lo que asoma es inmundicia -pero ya no perteneciente
a aquél que se critica, sino más bien del que critica.
Es importante reconocer, en cambio, los méritos, teniendo
muy presentes y comprendiendo a fondo las circunstancias. Y quizá
es ésta la tarea que debemos planteranos primero: poner de
manifiesto exactamente cuál era la situación de la
Alemania en el período de entreguerras, las fuerzas que allí
se estaban manifestando. A mi juicio, y esto es un resumen un tanto
burdo que quizá alguien, por otro lado, pueda encontrar útil,
Europa estaba dividida en dos facciones principales referidas a
dos niveles de conciencia distintos (uno sucesivamente superior
al otro), con el asomo de un tercero que, gracias a determinadas
características, tiende a ser confundido con el primero (especialmente
si el que lo admira no se sitúa en este tercer nivel). Heidegger
quiso dar impulso a este último, pero las fuerzas más
brutas del primero acabaron con toda expectativa o posibilidad.
El primer nivel al que nos referimos es el del fascismo, cuyas consignas
ultraconservadoras apuntan sin duda a un regreso a la mentalidad
mítico-feudal. Este nivel, por supuesto, tuvo un peso muy
importante en Alemania (y en otros países, no sólo
los pertenecientes al Eje, por cierto). El segundo nivel es el democrático,
que incluiría movimientos muy diversos (liberales, socialistas,
comunistas, anarquistas
pero todos unidos a favor de la libertad
y en contra de la cruzada feudal de los fascistas), y que en general
puede decirse que encarnaban Francia e Inglaterra. Pero hete aquí
que a menudo pasamos por alto un tercer nivel que ya amanecía
cerniéndose como una Figura completa (transcendiendo la del
Mítico-Feudal y la del Demócrata): se trata de la
Figura del Emboscado, o, siguiendo la terminología de Wilber,
del Centauro existencial.
Si dejamos fuera el nivel del Centauro existencial, que, como decimos, ya tenía un peso considerable como Forma en el Espíritu del Tiempo, el unidimensionalismo de nuestras observaciones se hará patente bien pronto: los aliados y las democracias eran mejores, ganaron la guerra y ahí se acaba la discusión. Pero mediante este modo de pensar no habremos alcanzado el meollo del asunto, ése que hace la discusión tan compleja: presente en todas partes, no ya como un mero auspicio sino como una presencia patente -anticipada por profetas como Nietzsche-, se está poniendo en movimiento una crisis brutal de la conciencia colectiva; una crisis por la que ha de pasar el mundo antes de un renacimiento a un espacio más amplio y armónico. Esta crisis es característica del Centauro existencial o del tercer nivel que hemos mencionado, pero, al atravesarla, pone en movimiento no pocas fuerzas emocionales -emparentadas con el primer nivel- que la razón más propia del segundo nivel tenía escondidas (reprimidas podríamos decir, o dormidas).
Así, pues, por un lado tenemos a los fascistas, titanes en toda regla, emocionales e irracionales, que imponen su mundo a todo el que se cruza por delante. Tenemos después al demócrata racional, quien sin duda ha dado un paso adelante en cuanto a la convivencia, pero al que le falta ese aspecto emocional más instintivo. Para integrar ambos aspectos en uno aparece la figura del Centauro (se le llama "Centauro" porque es mitad animal -instinto-, mitad hombre -razón-). Pero si se quieren integrar ambos aspectos, los dos tienen que mostrarse como son, de ahí que el intérprete poco preparado pueda confundir lo emocional más propio del primer nivel con la parte emocional que corresponde genuinamente al Centauro.
Este era, a nuestro modo de ver, el caso de la Alemania en el período de entreguerras. Lo centáurico se estaba ahí dando a conocer (y no sólo en Alemania, pero aquí fue evidente de mano de muchos hombres y mujeres), pero, al hacerlo, tomó a ratos la forma emocional propia del primer nivel. El movimiento nuevo -centáurico- podía por ello interpretarse en términos nazis aunque fuese una interpretación patentemente falsa, pues dejaba de lado el aspecto racional que el centauro sí poseía. Heidegger encarna sin duda esta última figura, pero aquél que sólo alcance a ver en términos racionales (que excluyen una emoción integrada en su propio sistema), no podrá ver más que el aspecto emocional proyectado a los enemigos, es decir, verá al centauro como un fascista. "Heidegger es un nazi".
Como se ve en todo caso, el cuadro de este período es muy complejo. Ahora no podemos dedicarnos a la tarea de una descripción pormenorizada de este asunto ni de los tres niveles básicos aludidos que conforman las fuerzas motivantes de nuestro mundo actual. Están delineadas en otros trabajos, especialmente en La Gran Alternancia (recién acabado). Pero con lo dicho podemos aprender que no sólo debemos alzar la mirada por encima del modo de pensamiento habitual que opera en forma de "o blanco, o negro", sino además que es nuestra labor seguir el ejemplo de aquéllos que vivieron esta tercera posición con honor en un mundo que literalmente se estaba rompiendo en pedazos. Una posición que, sin caer en los partidismos propios de uno u otro lado, hace del mundo su posición, y así emanando accciones que para muchos serán acaso incomprensibles, pero que en el fondo están de acuerdo con la trama más íntima del Tiempo y con los principios más básicos de toda filosofía profunda: la sabiduría, la ecuanimidad y la compasión.
Miguel R. de P.
Vancúver, diciembre del 2004.