- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Noticias
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Los Tipos Psicológicos es considerada por muchos –y por Jung mismo, según creo- la obra principal de este autor, cuya profundidad nunca deja de asombrarnos. En ella se describen los dos tipos primordiales de identidad o de personalidad: la extraversión y la introversión. Ambos tienen también un “ala”, que puede ser de cuatro tipos diferentes: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición (aspecto éste de las alas que no nos va a interesar por el momento).
Jung explica con toda clase de pormenores y casos en la historia de la filosofía y literatura que el tipo extravertido tiende a una aproximación objetual, es decir, que se realiza en el mundo, hacia fuera. El tipo introvertido, en cambio, tiende a realizarse más bien interiormente, hacia sí mismo: tiene una aproximación subjetual. Jung viene a decir que en la historia de la filosofía occidental se encuentran intuiciones y desarrollos del camino hacia la salvación o hacia lo Uno fundamentalmente de dos tipos: los que dan más valor a lo objetal y los que hacen lo propio enfatizando al sujeto que conoce. Así, por ejemplo, la filosofía de Schopenhauer da más valor al objeto y critica a todos los que, como Fitche, Hegel, Schelling y en conjunto todo el idealismo alemán, ponen el énfasis en el sujeto cognoscente. Schopenhauer tiende a enfocarse hacia lo exterior (toda voluntad se torna representación) y encuentra allí el Alma del Mundo. El camino opuesto sigue el idealismo alemán, que más bien parte del interior, del sujeto, encontrando allí el Absoluto (el Yo Absoluto). Son caminos solo aparentemente opuestos, ya que el Yo Absoluto y Dios finalmente se identifican. Ambas posturas son sólo contradictorias en cuanto al camino seguido, pero no a la verdad esencial que buscan. D. T. Suzuki expresaba esta aparente contradicción entre la parte y el todo, entre el sujeto y el objeto, de estemodo sencillo: “Tú eres yo y yo soy tú, pero al mismo tiempo tú no eres yo y yo no soy tú”. ***
Al analizar el caso de Schiller, a quien Jung considera un introvertido (bajo el ala del pensamiento, aunque a ratos de la intuición poética), se nos plantea lo que constituye el meollo de la psicología jungiana, que es la integración de la conciencia bajo un principio superior (el así llamado “principio de la individuación”). La descripción de Jung está llena de joyas. Al navegar por sus páginas comprendemos del modo más vivo la rica y compleja dinámica de la psique, en perpetuas contradicciones de movimientos e impulsos, a menudo contradicciones insalvables. La contradicción principal de la conciencia es aquella que tiene que ver con la emoción y el pensamiento. La emoción se refiere al aspecto habitualmente menos reconocido de la psique, irracional, oculto, medio sumergido en lo inconsciente y presto a ser liberado y desencadenar consecuencias imprevisibles. El pensamiento es el principio más asociado a la consciencia como tal (y es el que un tipo introvertido-pensador como Schiller enfatizaría más como único medio de salvación de los conflictos, mientras que el extravertido tendería hacia el lado opuesto).
Sin que importe especialmente hacia qué dirección uno tiende a resolver su conflicto, lo crucial para Jung es que el conflicto entre ambas fuerzas o principios, que se puede llegar a hacer inconmensurable en ocasiones, y que seguirá resucitando como tal a lo largo de los ciclos, se resuelve en la fantasía. Esta es una idea muy similar a la que delinea Ignacio Gómez de Liaño en sus Iluminaciones Filosóficas, quien, por un camino distinto, llega a la misma contraposición esencial y a la conclusión de que el puente entre ambas es la imaginación. La imaginación o la fantasía es, según Jung, el único modo de la conciencia que tiene que ver con ambos lados, pues de algún modo opera bajo el principio de la consciencia, aunque no es en modo alguno racional exclusivamente, y sin duda opera también en lo desconcido, en esas áreas que se adrentran en lo más oscuro, en lo incosnciente, más allá de nuestro control voluntario.
Hasta aquí no encuentro ninguna pega. El problema de la psicología de Jung es que más adelante propone –a mi juicio de un modo extrañamente contradictorio y poco meditado- que el único medio para una unificación de ambas fuerzas es la inmersión en el inconsciente, que, según él, es aquél espacio donde todo está indiferenciado, es la “unidad original”, y por ello tiene una capacidad de sintetizar los dos principios. Pero esto ya resulta muy confuso porque, si nos damos cuenta, Jung está diciendo sin querer que para unificar la emoción (asocida a lo inconsciente) y el pensamiento (asociada a lo consciente) uno tiene que hundirse en lo inconsciente. O sea, que para unir ambas tengo que reducirme a una.
Estoy proponiendo la compleja trama de la psicología de Jung de un modo muy grosero y burdo. Espero que los jungianos me perdonen si en esta ocasión prescindo de sutilidades. Estoy convencido en todo caso, y lo argumentré más tarde, que este modo simplista de aproximación (y dios me libre de pretender sustituir la investigación de Jung propiamente dicha, que tantas luces puede arrojar) es cierto en lo fundamental. Las luces que puede arrojar Jung son en todo caso luces de doble filo, puesto que su solución final está cargada de una poderosa ambigüedad: ¿qué es lo inconsciente? ¿Lo irracional que es sólo una parte de la conciencia o la solución a todo problema de la conciencia? Si se trata de la solución definitiva, es una solución un tanto extraña porque una inmersión en lo inconsciente es una operación que el principio consciente quiere evitar a toda costa. Y, ¿no se trataba de integrar ambas bajo un principio superior?
Uno tiene que vivir el dilema en sus propias carnes para saber realmente de qué se trata. Cuando me encontraba en la época que he denominado de “El Agujero”, estaba abierto de par en par a los secretos movimientos del inconsciente. Durante meses y meses desbordé todas las posibilidades de la inmersión en las profunidades, y fue de hecho el mismo Jung el que en cierto modo me sacó de ellas, recordándome la importancia del principio de la consciencia (Recuerdos, Sueños, Pensamientos). Pero, a pesar de ello, su enseñanza siempre se me antojó de doble filo. Entonces no sabía por qué y sufrí mucho por ello, pero ahora sí lo sé; y ahora que vuelvo a leer una de sus obras me veo obligado a explicitar en qué consiste la confusión esencial de su psicología. Es una enseñanza de doble filo porque, por más que en cierto momento Jung llamase con acierto a la necesidad de regresar al principio de la consciencia –cosa que hay que hacer una vez que la Caja de Pandora ha estado abierta durante demasiado tiempo-, lo cierto es que el lugar que Jung indica como salvación última –mística- es el inconsciente, lo cual en definitiva significa: olvídate de lo consciente e incursiona más en lo inconsciente. Supongo que ya puede verse con relativa claridad que la dirección que toma el pensamiento de Jung es peligrosamente ambigua. ¿En qué quedamos? ¿Lo consciente o lo inconsciente? Si el principio superior que venía a integrar ambas, respetando sus territorios y cualidades, es absorbido por una sóla de ellas, ¿no estará nuestra vida psíquica poniéndose así en grave peligro? Por más que investigué en la psicología de Jung nunca encontré una solución clarificadora de este dilema esencial. Alumbró algunos rincones, y sin duda hallé un consuelo al saber que tenía un compañero de viaje, pero al final, si uno sigue las indicaciones jungianas, se topa con una contradicción no resuelta: lo que él llama “inconsciente” se refiere tanto a lo irracional previo a la razón como al lugar donde ambas se unen, y esta contradicción conduce a descalabros.
Hay un momento en que las inmersiones en “lo inconsciente” (entendido de este modo ambiguo) no pueden causar más que daño. ¿Por qué? Porque al aparentemente residir en el mismo lugar (“lo inconsciente”), buscando una –el principio superior-, uno se encuentra con la otra –la masa oscura e informe previa a la luz de la consciencia-, hundiéndose así en abismos que no son precisamente la salvación – es más, ésta está en la dirección opuesta: hacia más luz, no hacia más oscuridad abismal. Si -buscador de lo último como era yo- se me dice que la salvación o la integración está en “lo inconsciente”, por mucho que sepa que necesito volver a lo consciente para recuperame de lo que ya empieza a ser una locura inminente, tenderé naturalmente a penetrar una vez más en los abismos, y por tanto me dañaré todavía más. Cada uno debe saber en su caso cuándo ha llegado ese momento en que las incursiones dañan (y que seguramente hay que probar y conocer). Hay un momento en que el desboirdamiento del inconsciente es tal que, o bien uno regresa a un principio consciente y racional, o bien se vuelve completamente loco (y lo digo de un modo literal).
¿Dónde está pues la solución a este dilema? Cuando uno ha Visto lo deslumbrante y magnífico del mundo espiritual, ¿hacia dónde debe dirigirse? Hacia lo meramente consciente y racional no parece el camino, pues ahí hemos estado mucho tiempo antes y sabemos de su limitación. ¿Hacia lo inconsciente? ¿No resulta esto también una perdición total y completa? ¿No hemos exprimentado ya en carne viva que, inmersión tras inmersión, perpetuamos la locura? ¿No sabemos, o intuimos quizá, que ahí no está la auténtica integración?
Por decirlo de una vez: el problema del planteamiento de Jung es que no se ha distinguido con claridad entre lo pre-consciente y lo trans-consciente. Es lo trans-consciente lo que estamos buscando –todavía no sabemos cómo-, pero a fuer de no distinguir y de meter ambas en el saco de “lo incosnciente”, cuando queremos alcanzar una –lo místico y transconsciente, que en teoría debe integrar ambas emoción y razón si dejar ninguna fuera-, nos lanzamos a la otra –lo pre-consciente, oscuro y emocional bruto, que deja fuera el principio de la consciencia y lo racional-.
Esta es una distinción de la mayor transcendencia. Como estoy seguro que hay un número importante de individuos sueltos que viven este dilema con angustia, y como estoy seguro también que se habrán asomado a las páginas de Jung en busca de una respuesta, pues es de los pocos psicólogos que hablan a este nivel de profundidad, creo necesario, aunque sea brevemente, apuntar unas cuantas distinciones útiles.
El dilema no se resuelve mediante una incursión en lo insconsciente sin más; no, al menos, sin haber distinguido lo “pre” de lo “trans”. Al principio quizá habremos de explorar lo pre-racional, pre-consciente o pre-personal para atar algunos cabos sueltos, pero si estamos situados en el momento del lanzamiento a lo místico, allí dondde se quieren unificar los opuestos más irreconciliables e inconmensurables –y es aquí donde seguramente se encuentra el lector, de otro modo no hubiese llegado hasta aquí-, lo único que se puede hacer es tomar la determinación de llevar a cabo sus pruebas, es decir, asumir e incluir en la vida cotidiana una práctica contemplativa. Las pruebas del misticismo desde luego son duras, son pesadas –más al principio, que hay tanto de descardar-, y conllevan mucho sufrimiento. Sin embargo, son también dulces, pues de cuando en cuando abren el espacio a esa nueva dimensión de paz y armonía que andamos buscando. Las incursiones previas en lo inconsciente a lo bruto (ya sea a cabezazos, como yo hice, o mediante todo tipo de estimulaciones psicotrópicas), pueden llevar a algunos descubrimientos importantes, pero sin duda no a ese lugar de perfecta quietud y movimiento simultáneamente que hemos intuido como la realidad fundamental de la existencia y que nos vemos lanzados a realizar. Para esto último, uno necesita una dedicación que en cierto modo es mucho más próxima de lo que que creía “el buscador de lo último” en sus inicios del camino: esta dedicación es la contemplación, que puede tomar muchas formas (una de las más clásicas es la meditación sentada).
Jung por supuesto no habló jamás de prácticas contemplativas en sí mismas. Desde luego habló de muchos de los territorios que se descubren cuando uno se embarca en ellas, pero a juzgar por el tratamiento de sus teorías y a juzgar también por el modo de resolver el dilema, no podemos decir que se adentrase, al menos de un modo relativamente claro, en lo transpersonal. Si esto es así en Jung, no digamos ya con la mayor parte de los jungianos, quienes se han quedado, como quien dice, en la letra de la ley, jugando con mandalas y con otros símbolos como “principios de integración”, pero a menudo sin una verdadera transcendencia del dilema, siempre a la búsqueda, siempre dando vueltas. En Jung hemos descubierto (véanse Los Cuadernos de El Espinar) que en el fondo su mensaje es como el de los contemplativos: el presente es lo único que importa. Una regresión al pasado es la fantasía del incesto (volver a la madre), y no empuja en la dirección de una autodeterminación y autorrealización genuina. Este elemento está presente en Jung. Ahora bien, está recubierto de un montón de morralla. Morralla, que por otro lado, uno se bebe como el acondicionamiento perfecto para una profundización a cierto nivel, pero que en el fondo y de hecho hace poco para salvarnos del dilema.
Quizá alguien piense que no estoy valorando la psicología de Jung como merece. En honor de esta crítica diré que Jung es quizá uno de los filósofos e investigadores de la conciencia que más me han influído y ayudado durante algunos años cruciales. Al menos con él podía profundizar y tratar temas para los que no se encuentran demasiados compañeros. Pero todo esto es hasta que uno, en lugar de seguir esforzándose por profundizar en la psique, inmersionado en los fondos desconocidos e ignotos del incosciente (hacia lo que inevitablemente se entrega la terpaia jungiana con desaforo), simplemente deja las cosas ser como son. Y es entonces cuando ocurre: el Sol está sentado delante de uno, siempre disponible, siempre presente, y no hacía falta más que mirarlo. Por supuesto, esto se dice pronto. Más deprisa todavía nos olvidamos de que está ahí, y es por lo que todas las tradiciones místicas del mundo han propuesto unos ejercicios espirituales, los cuales fundamentalmente tienen como labor apartar las nubes de nuestra vista para que así el sol siempre-presente reluzca en todo su esplendor.
(Pero no nos dejemos engañar: la integración entre los dos lados no se consigue nunca. El así llamado “principio de individuación” o “lo transpersonal” es tan solo un concepto. En la práctica se sigue dando, eternamente, una alternancia. Tal alternancia, como he explicado en otros lugares, se percibe con especial nitidez en la contemplación. Lo más burdo del problema (“la neurosis básica”, por utilizar un término de Chogyam Trungpa) se evapora con la proximidad propia de la mirada contemplativa, pero la alternancia entre lo más consciente e inconsciente se sigue dando sin cesar. Así se muestra en el entrenamiento mismo de la meditación sentada: las dos facetas de concentración (shamatha) y mirada interior (vipashyana) aluden a la alternancia entre ambas. Lo primero es una llamada a la atención consciente; lo segundo es dejar ser a lo desconocido. Más allá, lo Uno radical es y no es: No Es porque no se alcanza nunca; Es porque está siempre presente, incondicionalmente.)
Suzuki, D.T. Budismo Zen, pg. 67 .
Miguel R. de P.
Vancuver, diciembre del 2004.