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Quienquiera que haya leído El Mundo como Voluntad y Representación de Schopenhauer habrá quedado sorprendido de su final. A lo largo del desarrollo de toda la obra uno se admira de la precisión con la que se ha narrado uno de los problemas fundamentales de la filosofía, esto es, la relación entre la palabra y la cosa, entre el Ser y el Conocer, entre el impulso vital y cómo dar cuenta de él; en palabras de Schopenhauer, entre la Voluntad y la Representación. Lo que más sorprende del final es que Schopenhauer, en lugar de ensalzar la Voluntad como motor del mundo, afirmándola y deleitándose en ella como la pura existencia de ser, prefiera la opción, como digo un tanto difícil de comprender tras todo el desarrrollo previo, de la negación de la existencia como objetivo final de la vida, la cual dio lugar a lo que se ha conocido como su “pesimismo filosófico”, enfatizado por él mismo una y otra vez.
¿Por qué dio Schopenhauer este giro, aparentemente insólito (insólito además si tenemos en cuenta que Schopenhauer dijo ser discípulo de Kant y seguidor de Platón, ninguno de los cuales dieron jamás muestras de pesimismo filosófico, sino más bien de lo contrario)? Creo que pueden darse dos tipos de respuesta a este interrogante. La primera, más filosófica, y es mediante la que Schopenhauer mismo justifica su conclusión, es que sólamente la aniquilación completa de los objetos del mundo, de su principio mismo, puede traer la paz, la cual es sin duda el objetivo final del Ser o lo único que puede traer dicha. Sin embargo, pronto nos damos cuenta de que la adquisión de la paz por la que aboga Schopenhauer implica una violencia sobre la Voluntad misma de Ser: se trata de una voluntad que quiere imponerse sobre la Voluntad, y por tanto está condenada al fracaso de antemano, pues ¿cómo es posible aniquilar la voluntad mediante más voluntad? Este problema –crucial, allí donde todas las contradicciones, y por tanto los frutos, se dan cita-, sobra decirlo, nunca fue aclarado por Schopenhauer, quien escribió su El Mundo como Voluntad y Representación a los treinta años de edad y decidió no cambiar una coma del mismo a lo largo de los años subsiguientes debido a la –según él- perfección allí conseguida. Feliz con su conclusión, Schopenhauer se retira virtualmente del mundo – eso sí, dedicándose en no pocas ocasiones a calumniar a los idealistas (Hegel y Schelling), sobre los que sentía patente envidia, pues ellos regentaban cátedras por él codiciadas, lo mismo que anhelaba para él los desfiles de alumnos y abarrotamientos de las aulas de los idealistas. Más tarde, en los diez últimos años de su vida, cuando finalmente se dio a conocer su filosofía después de tantos años de aislamiento, se pudo comprobar la complacencia con la que Schopenhauer regustó de las caricias de sus estudiantes. Entretanto, Schopenhauer no dudó en afirmar que todo lo que en filosofía hubo entre él mismo y Kant no ha sido más que pura charlatanería. Es decir, que a los ojos de Schopenhauer, las luminarias de Fichte, Hegel, Schelling, Novalis, Hölderlin, los Scheghel, Jacobi, etc., seguramente los máximos exponentes no sólo de su propio tiempo y lugar sino seguramente del Occidente moderno, no fueron más que charlatanes. Aquí ocurre algo, ¿no creen?
Y llegamos entonces a la segunda razón por la cual Schopenhauer contestó al dilema del modo descrito más arriba; a mi juicio, la verdadera razón: pura y simplemente una cuestión de carácter. Schopenhauer se encerró sobre sí mismo y no gozó durante la mayor parte de su vida de la popularidad que hubiese deseado, factor no desdeñable teniendo en cuenta que toda su vida estaba dedicada principalmente a la labor filosófica. Su falta de popularidad, presumiblemente sentida íntimamente como falta de justicia cósmica, condujo al famoso pesimismo filosófico, mantenido como bandera de distinción frente a la tendencia optimista de los evolucionsitas-idealistas. Pesimismo cuyo carácter transitorio y meramente emocional se confirma cuando en el prólogo de otro de sus libros (no sé si parte de sus Parerga y Paralipómena), en mi edición inglesa titulado The Widom of Life (“La Sabiduría de la Vida”) viene a decir más o menos que sostendrá a capa y espada el pesimismo que le caracteriza a pesar de que los breves ensayos que presenta a continuación no den cuenta de él sino de más bien lo contrario (como de hecho es, pues en ellos se habla fundamentalmente del genio, de la superioridad de carácter, etc., características todas ellas francamente afirmativas y auto-asertivas, en absoluto negadoras de la voluntad).
¿Qué está ocurriendo entonces? ¿A qué juega Schopenhauer? En nuestro modo de ver, a pesar del indudable genio que existe en la exploración llevada a cabo en El Mundo como Voluntad y Representación, Schopenhauer mezcla indiscriminadamente su situación emocional como existente en el mundo aleatorio del azar (poseído por el deseo de alcanzar lo que en ese momento no estaba a su alcance) con la tarea filosófica misma; es decir, Schopenhauer, al hablar de su “pesimismo filosófico”, no está haciendo filosofía propiamente dicha. Con esto no quiero decir ni remotamente que los asuntos personales no sean germen de las filosofías, pues evidentemente ambos –lo personal y lo filosófico- se entrelazan de modos inextricables, pero lo cierto es que dejarse llevar por el carácter personal de uno, o incluso por lo transitorio de las emociones (a veces arriba y a veces abajo) haciendo de uno de sus polos una filosofía completa, que además se autocontradice, no puede considerarse actividad filosófica seria. Aparte quedan los comentarios de Heidegger sobre Schopenhauer, quien dice que malinterpretó a Kant –su supuesto maestro- de modos casi imperdonables, otro dato que hay que tener en cuenta a la hora de valorar la actividad filosófica de Schopenhauer, aunque desconozco exactamente dónde reside la malinterpretación.
Por resolver queda la cuestión irresoluble y en el fondo intrascendente de qué fue antes, si el huevo o la gallina; si el pesimismo filosófico llevó a Schopenhauer a un pesimismo existencial y cascarrabias, o si fue al revés, si su tendencia al pesimismo existencial le condujo a una formulación final de negación de la voluntad como lo único posible para la felicidad, a pesar de todas las contradicciones que conlleva y que en otros momentos reconoce sin importarle demasiado.
No quiero decir que en Schopenhauer no haya nada apreciable, lejos estoy de ello. Creo de hecho que es un pensador bastante sólido en algunos respectos. No demasiado original, y más bien ceñido en la mayor parte de sus observaciones a la opinión y lo comentarístico, pero sólido y en ocasiones con tremendo sentido del humor. Pero no creo que pueda considerarse a Schopenhauer un pensador de primera categoría, como hizo Borges (claro que yo tampoco considero a Borges un escritor o un poeta de primera categoría, pero esto es tema aparte).
Para terminar me gustaría citar a Nietzsche, quien captó por vez primera el pesimismo schopenhauriano en su plena luz. Se trata de un fragmento de su libro Nietzsche contra Wagner, dedicado a ambos Schopenhauer y Wagner, sus viejos maestros y entonces ya “enemigos” – justamente por el desinflamiento vital que se desprende de sus posiciones**:
Pero hay dos tipos de sufrientes. Por una parte, los que sufren por sobreabundancia de vida, los que tienen un arte dionisíaco y una visión y una perspectiva trágica de la vida – y, por otra parte, los que sufren por un empobrecimiento de la vida y anhelan del arte y la filosofía el sosiego, el silencio, el mar en calma, o bien la embriaguez, la convulsión, el aturdimiento. La venganza en la misma vida – la especie más voluptuosa de embriaguez para tales indigentes. Al doble estado de necesidad de estos últimos responden tanto Wagner como Schopenhauer – ellos niegan la vida, la calumnian, y por eso son mis antípodas.***
** He analizado con más profundidad a qué se debe el desinflamiento mencionado en mi obra La Gran Alternancia, dedicando no pocas páginas a la dilucidación de la relación entre el estadio espiritual causal sin forma y lo no-dual, donde se colocarían Schopenhauer y Nietzsche respetivamente; el uno abogando por una completa aniquilación de la vida en todas sus formas para la felicidad y el otro riéndose de la imposibilidad de semejante empeño, afirmando la vida con todo su ser, en toda su manifestación, sin ambages.
*** Nietzsche, F. Nietzsche contra Wagner, “Nosotros, Antípodas”