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rusvelt Nivia - Martes, 20 Agosto 2013

MADRE DE LOS MUISCAS

En la selva, te levantas con lucimiento. Allí, propagas lo paradisiaco. Exhibes como siempre, una piel de follajes. De complacencia; cuando ves el sol, haces germinar pastizales con orquídeas. Adornas a la vez la tierra nativa. Le das olor a las plantas. Por ello, parlotean las guacamayas y chillan los micos con regocijo. Estos animales; se recrean al lado tuyo, te curiosean porque eres tropical, por fructífera. En tanto, tú les riegas hojas de colores, les emanas frescura. Según lo prodigiosa, oleas sus plumajes y pelajes, limpias sus cabezas. De más, empiezas a volar con ellos hasta las montañas. Vas paseando por entre los eucaliptos y enramadas. Después; extiendes tus alas, exploras la cordillera, surcas la pradera.

Una vez en la cumbre, desbocas tu río de peces plateados. En armonía, haces fluctuar el agua con sus sardinas. A lo abundante, lo vivificante prolifera. Revuelcas asiduamente la gravilla. Todo en augurio prospera. Inundas la senda que renace como cristalina. Y por ese caudal, van brincando los sábalos mientras varias ranas se arriman a la orilla. Unas de ellas son verdes, otras son rojas. De repente, se disponen a croar con gusto. Arman un coro de melodías, generan energías de dulzura. En cuanto a ti, las oyes y te emocionas. Entonces corres y las abrazas. De a poco, las acaricias con tus manos musgosas, te unificas a su hábitat exótico. Para lo sagrado, palpitas lo virgen junto a estas anfibias.

Ya de camino, entre unos helechos, adviertes una aldea a lo lejos. Ves diversas chozas de bareque. Por allí, moran los muiscas en paz. Tú, los examinas con mansedumbre. Ellos están haciendo su ritual para invocarte a ti. Yacen reunidos en círculo. En elevación, piden por la gracia tuya. Todos se bañan con oro en belleza como susurran sus rezos. Te cautivan en lo sincero a ti. Por esto místico, la tribu te descubre y sin miedo cada indio corre a tu presencia. Cuando quedan al frente tuyo, primorosamente te alaban por ser fecundadora. Más eterna tú, suspiras y sigues sembrándoles el paisaje de los andes. Tanto, que le rocías esporas a ellos y a sus campos. Así primaveral tú, produces y reverdeces en sus jardines.

Por tal causa, los muiscas emprenden un carnaval. Juntos; se toman de las manos, van batiendo sus túnicas. A ritmo, se mueven con gentileza. En fe, celebran como comunidad este día, tan munífico. Y entusiasmados, no paran de decirte, Bachué.

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