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Miguel Márquez - Jueves, 01 Agosto 2013

Paraíso perdido

Nada más llegar y antes
de las primeras casas
sale a nuestro encuentro
-igual que animal doméstico-
el viejo cementerio.
            Después, un camino recto
y una hilera de bocas sorprendidas
nos acompañarán hasta la plaza
gobernada, en democracia,
por una iglesia y un árbol.
            Nuestra casa tiene el color
de un sol herido y
en el lugar de la puerta
nos espera siempre un abrazo de siglos.

Estas imágenes configuran
aquel reino, de rey mi infancia.
A este paisaje, también, le pertenecen
los días de luz tranquila
y las noches de sombra derramada.

Pero luego está el sabor amargo
del licor que ofrece la nostalgia.
Toda esta felicidad
que no regresa con las fotografías
del instante capturado.
Inservible, incluso,
nos resulta la memoria.

Pienso, entonces, pueblo mío,
cuánto nos ha herido el tiempo
con el consentimiento de la propia vida.

De todo aquello que hoy,
todavía, considero nuestro.
¿Qué parte reclamará el olvido?
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