Por Rubén Contreras*, 25/11/2009
"El amigo del desierto" no es ni pretende ser un libro de vanguardia, ni tan siquiera aspira a ninguna clase de originalidad o a la innovación técnica o formal. Heredero de una larga tradición literaria y mística se presenta con agradecimiento como un relato de esa estirpe y condición, ni más, ni menos, ni otra cosa. El viaje como punto de partida de una meditación estética y espiritual desarrollada por D'Ors en una escritura pulcra y pudorosa que nunca abdica del respeto al lector pero en la que se echan en falta, por la naturaleza del relato, momentos de alguna intensidad lírica. Sin embargo te hace recordar más a la digna y vieja novela de ideas que a las poéticas del silencio con su querencia ascética de raíz muy probablemente agustiniana.
Aunque el relato al principio se atraganta por un cierto sabor a trivialidad e inverosimilitud en el comportamiento de los personajes y las situaciones, a morosidad impostada, el giro narrativo de la última parte del relato está bien resuelto y te deja la impresión de haber leído una nouvelle interesante.
Uno de sus mejores aciertos es el desarrollo del tema principal, que no es otro que el del desierto, con su rica tradición iconográfica a cuestas, desde el relato bíblico a todas sus reelaboraciónes posteriores y haciendo obligada referencia a Saint-Exupéry. El desierto como lugar de meditación, vacío e infinito, el desierto de la contemplación y de la vía ascética. Aunque de un autor con una sólida formación teológica podría esperarse un tratamiento convencionalmente alegórico, el desierto aparece más como un símbolo abierto que comienza en las palabras y acaba buscando la experiencia directa y extática del paisaje, admitiendo en su desarrollo los dibujos que el protagonista realiza cada día.
Con este horizonte de expectativa, el último tramo del libro puede leerse con verdadero placer. Pero con cualquier otro aparecerá seguramente como una obra menor.
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Blog de Rubén Contreras: Después de todo