Desconocida
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Ritual (27-dic-2004)
La extranjera (27-dic-2004)
Sol y Luna (27-dic-2004)
Nieve (25-dic-2004)
Nada (25-dic-2004)
Perdido (25-dic-2004)
Sistematización (25-dic-2004)
Cuentos para Rubén:
El oso-lobo (25-dic-2004)
Nerea (25-dic-2004)
El príncipe Eloy (25-dic-2004)
La flor de la esperanza (25-dic-2004)
Aburrimiento (25-dic-2004)
Ritual
La mujer cansada tira su abrigo sobre la cama deshecha, lanza sus zapatos estropeados en la alfombra descolorida, enciende un cigarro y se tumba.
Los redondeles del humo de su cigarrillo flotan por la habitación y de forma escalonada se pegan al techo chapoteado. Una alfombra de telarañas y humaredas se unen en la confusión de la materia humedecida, formando un cendal apagado de laberintos y desconciertos.
Gravitan por el humo agrio y pesado las reminiscencias amargas del pasado aun presente, los proyectos futuros que se estancan en el aletargado presente.
Tocan las cinco de la tarde en el cuarto sombrío y la mujer, con gran dificultad, se levanta, apaga su cigarrillo y se dirige hacia la tetera de metal. Mientras hierve el agua se quita una a una las prendas que lleva. Esparcidos por el suelo, de color dudoso, el vestido, el sujetador, las medias se entremezclan en un duelo silencioso.
La mujer se sirve el té, como cada tarde, como su madre la trajo al mundo. Se deleita con cada sorbito, intentando olvidar las duras horas que vive todos los días. Con viento, nieve, lluvia, el rudo labor le espera. El respiro no existe para ella. Nadie podría imaginarse lo cruel que es la vida. Miles de horas trabajando para sobrevivir, sin seguro, sin amparo.
A las 18 horas, pone las noticias. El locutor, como todos los días enumera los hurtos ocurridos en Harrold´s, los cortes de tráfico cerca de Buckingam, la densa bruma que flota sobre el Tamesis, los pronósticos de las carreras de caballos de Ascot.
La mujer como cada día suspira amargamente. Vendería su alma para vivir en palacio, pasear sobre el Tamesis, ir a Ascot, y comprar en Harrold´s. La vida sólo le permite acceder a los reflejos y sombras de un mundo que anhela.
Cansada se tumba sobre la cama desbaratada y poco a poco desliza su mano hacia su bolso de plástico para extraer las ganancias del día: unas medias, una gargantilla, una pulsera.
Todo de Harrold´s
La extranjera
Viste de forma diferente. Habla de forma diferente. Piensa
de forma diferente. Todo es diferente en ella.
No va a misa y reza todos los días a un dios que no
conocemos. Cierra los ojos y piensa... Piensa en su lejano
país, sus lejanos amigos, su lejana familia.
Se adapta difícilmente a estas nuevas tierras, a estas
nuevas costumbres. Pero trabaja como una condenada para salir
de la desdicha. Sus manos estropeadas rascan la tierra, la
moldean, la riegan, hasta que germine el fruto de su labor.
Está orgullosa de lo que ha logrado. Las semillas se
han enraizado en la tierra húmeda y fértil.
Gracias a su trabajo está recobrando parte de su identidad.
Los días inseguros y afligidos se alejan igual que
las mareas agresivas y amenazadoras. El cielo traga los últimos
nublos y derrocha en su lecho una cascada de azures.
Su dios le escuchó. Puede reemprender una vida digna,
tener un techo, ganar su pan, educar a sus hijos y quizás
mañana ser dueña de su tierra y trabajar para
sí mismo.
Es una mujer confiada. Cree que los aldeanos la miran con
buen ojo, cree que la consideran como una de los suyos. Olvidó
que es una extranjera que viste de forma diferente, habla
de forma diferente, piensa de forma diferente. Todo es diferente
en ella.
A los aldeanos no les gusta la diferencia.
Sol y Luna
Hoy cumplimos cuarenta años de matrimonio, cuarenta años de andaduras por los senderos de la vida, por los senderos de la cohabitación.
Entró con aires amargos el invierno en nuestras vidas
y me percaté que siempre te asemejé a un santifico
sol que iluminaba mi vida. Tú eras el sol, pero yo
no era la luna.
Volcaste mi corazón en cuanto surgiste, tal una indómita
tempestad en la mar sosegada. Estremeciste mi alma, mi corazón.
El temblor de mi cuerpo era comparable al temblor de la tierra.
En cuanto te conocí, dejo de importarme el mundo. Solo deseaba estar contigo, compartir tus días, tus noches, tus sueños. Ser el eje de tu vida
Tu luz me deslumbraba. Tus rayos me envolvían, me quemaban. Me transformé en un ser diminuto y frágil. Te necesitaba como la tierra necesita el agua y el sol.
Te necesitaba. Necesitaba tu amor, tu apoyo, tu presencia. Quería ser tu mitad, tu alma gemela, tu yo. Quería fundirme en ti. Quería que compartiésemos todas nuestras vivencias, todas nuestras alegrías, todos nuestros problemas.
Bebía los vientos por ti.
Creí en ti, creí en el amor, creí en la complicidad. Creí que mi vida se uniría a la tuya. Imaginé que el amor era compartir, vivir el uno para el otro.
Al llegar el invierno de nuestras vidas, entendí que había pasado el tiempo esperando que me vieras, de que te dieras cuenta que me vieras, que te dieras cuenta de que yo existía, de que yo aún existo. Derramé todos las suspiros y sollozos de mi cuerpo, hundida en la soledad de los que temen hablar demasiado o reclamar el cariño que tanto necesitan.
A lo largo de nuestro camino, se asoma una voz que musitaba: mañana te verá, mañana entenderá que tu vida es in largo esperar. Mañana entenderá que lo necesitas, mañana..
Para ti, fue más fácil no ver, no entender, no cambiar de ruta. Tu vida siguió sus propios senderos e huiste del compromiso. Me arrinconaste en el desván del olvido.
Mi corazón buscó alivio en el día a
día, en la mirada clara de los hijos que tuvimos, de
estos hijos que amé, al igual que te amé,
Con locura, con frenesí. El amor, el acecho me laceraron.
Hoy, mis ojos están secos de tanto llorar. Mis pensamientos se pierden en unos meandros incógnitos para elucidar este vació. ¿ Cómo acepté esta situación? ¿Por qué fui relegada al último plano del hombre que obsesionaba mis días, mis noches? Me transformé en esta mujer que no espera nada de la vida, del amor.
¿ Y tu no te replanteas nada? ¿ Lo das todo
por hecho?
Para mí todo está por hacer. Pensarás
que es una locura increíble a mis años. No quiero
seguir viviendo como una mujer ignorada. No quiero morir con
este mal sabor de boca. Quiero vivir, quiero sentir. Quiero
amar y ser amada. Quiero ser reconquistada.
La puerta está entornada. Está entre tus manos,
abrirla o cerrarla para el resto de nuestras vidas.
Nieve
Una nieve dura, fría, inhumana caía sobre
una pequeña aldea, perdida en el final del mundo. En
este lugar jamás creció una flor, jamás
cantó un ruiseñor. Los vecinos del pueblo, tristes
y fríos, no hablaban ni reían. Cuando salían
de sus casas, lo hacían corriendo, sin perder tiempo
en mirar a su alrededor. No había nada que ver, todo
permanecía cubierto por la nieve, a veces blanca, a
veces gris.
Los niños no conocían ningún cuento,
ninguna canción, ningún juego. Sólo sabían
leer y contar. Tenían las mismas miradas tristes que
sus padres, su futuro se limitaba a ver a las mismas personas,
las mismas cosas durante el resto de sus vidas. Nada merecía
la pena.
Un día, en este lejano y frío pueblecito, perdido
en el último rincón donde acaba el mundo, pasó
un ruiseñor y se posó en la ventana de la panadería,
único lugar del que emanaba un suave calorcito. La
vieja panadera, extrañada, se le acercó y le
preguntó: - " ¿Pajarito, te ocurre algo?
" El ruiseñor en un santiamén se acurrucó
en el hombro de la anciana y le susurró al oído:
- "Pronto llegará una bella y desolada mujer que
huye de la traición y del engaño. No la rechacéis
por el color de su piel, de su cabello, de sus ojos, será
la luz que os salve de vuestras tinieblas."
Ese día la mujer contó a su familia y a todos
los vecinos lo ocurrido y nadie la creyó. Nunca ningún
pájaro se había detenido en la aldea, además
todo el mundo sabía que los animales no hablaban. Nadie
sabía que los cuentos existían y que, a menudo,
un protagonista se escapaba de sus páginas para transformar
la vida de la gente triste, ignorante y, a veces, cruel.
Durante aquel duro invierno la anciana murió suplicando
a sus familiares que atendiesen lo mejor posible a todos los
extranjeros que acudieran al pueblo. El día del entierro
apareció por la aldea una mujer morena de largo cabello
negro. Sus ojos tenían el color y el calor de la miel
dorada recién sacada de los panales; su voz era semejante
al canto del ruiseñor, pero no la entendían.
No entendían su idioma, ni su forma rara de vestir
ni la tristeza que invadía sus bellos ojos. Algunos
tuvieron miedo: podía ser la enviada del demonio por
su piel oscura, sus ojos amarillos y ese idioma que nadie
conocía. Otros recordaron las palabras de la anciana
y se conmovieron. La bella mujer necesitaba ayuda, tenía
frío y hambre; su cuerpo y su alma estaban heridos.
La cobijaron, le dieron comida, afecto.
Al final del invierno, se percataron de que la bella mujer
esperaba un hijo que no tardaría en nacer. Una mañana
gris del mes de abril, después de una tempestad de
nieve, el bebé decidió que ese día era
propicio para nacer. Por primera vez, después de muchos
siglos de indiferencia, el pueblo se conmovió. Era
el primer bebé que nacería antes de que bajaran
las temperaturas. Todas las mujeres sabían que sus
hijos tenían que venir al mundo entre junio y agosto
para poder sobrevivir. Este pobre renacuajo no soportaría
los diez bajo cero de aquella mañana.
El niño nació. En vez de llorar, cantó
como un ruiseñor, abrió sus ojos color miel
y sonrió a todos los que estaban a su alrededor. Su
piel era oscura como la de su madre y su pelo tenía
el mismo color miel que sus ojos. Unos minutos después
de su nacimiento, los aldeanos vieron con gran sorpresa que
el sol brillaba, que la nieve se derretía, que una
bandada de pájaros sobrevolaba el pueblo. Un milagro
acababa de ocurrir: era la primera vez que aparecía
el sol, que una bandada de pájaros intentaba anidar
en los árboles desnudos del último pueblo al
final del mundo.
Era la primera vez que reían, que tenían calor
y veían brotar del suelo unas florecitas cuyos colores
formaban el arco iris. El ruiseñor volvió y
se posó en la ventana de la panadería. La gente
formó un corro para escucharle, les contó un
cuento y la magia de las palabras envolvió el corazón
de todos. Habían entendido que, para que cambiasen
sus vidas, tenían que pararse a escuchar y ayudar a
los demás. La vida, el mundo, cambiaron cuando los
vecinos del pueblo miraron a su alrededor y entendieron el
sufrimiento de los demás.
Harmonie Botella. Otros Caminos. Ed Ecu. Junio2004
Nada
No soy nada, no soy nadie. Ni dolor, ni amor, ni tan siquiera
esta lágrima que va deslizándose hasta el corazón
de los que aman.
No soy ya ni ese pétalo de rosa que revolotea, impulsado
por la brisa de la mañana. Ni esta flor de jazmín
que perfumaba nuestro jardín, cuando las estrellas,
una tras otra, iluminaban el manto oscuro de la noche.
No soy ya aire, ni soy materia. No soy nada desde que te marchaste
a buscar tu felicidad, lejos de mí. No soy nada, porque
mi corazón no se estremece. Paso del luto al olvido,
del olvido al cansancio, del cansancio a la nada.
Ya no volverás jamás a reemprender el camino
que empezaste y yo seguiré siendo nada hasta el final,
hasta que entienda y acepte que los sentimientos murieron
y que nunca existió nada entre nosotros.
Harmonie Botella . Otros Caminos. Ed Ecu. Junio 2004
Perdido
No entiendo lo que ocurre. El paisaje a mi alrededor ha
cambiado, el bosque de las auroras y esperanzas se disimula
tras el telón oscuro aterciopelado de un escenario
desconocido. No encuentro el camino de la alegría,
que me llevaba siempre a aquellos parajes sublimes de felicidad.
En lugar de este sendero rutilante, me deslizo entre sombras,
frías y secas. No reconozco estos árboles que
me amenazan, tristes y agrietados; me quieren atrapar, aislar,
encadenar a las arrugas de su tronco seco. Las hojas se resquebrajan
bajo mis pies cansados y las flores del camino han huido o
se han desvanecido porque la luz, purificadora, ya no las
acaricia.
El silencio de la noche incrementa el soplo enfurecido del
viento, el aullido gélido de los lobos. El vaho punzante
de lo extraño se encauza en lo más hondo de
mis venas, de mis entrañas. Estoy despavorido porque
no entiendo qué hago en este antro de desolación
donde no veo ni el sol, ni el cielo y no reconozco lo que
me rodea. Estoy perdido, perdido en un espacio que siempre
me acogió, me deleitó con sus formas, colores
y sonidos.
¿Dónde están los duendes del bosque,
de la vida; el amor o la felicidad? ¿Han huido o se
esconden, se niegan a mostrarme el camino?
Estoy desamparado en un lugar sin principio, ni fin. No tiene
sentido, no puedo estar perdido: este bosque siempre fue mi
refugio, mi consuelo, mi amparo y, hoy, la naturaleza me repudia,
me desecha como si nunca me hubiera conocido.
Mi mente vacila, intento hacer el recorrido en sentido contrario
y mis recuerdos se entremezclan y se disparan, ¿por
qué bajé del coche? Sólo recuerdo mi
gran nerviosismo, mi huida alocada hacia no sé dónde,
hacia estas praderas luminosas, hacia este bosque acogedor.
Buscaba la salvación, el milagro, la senda milagrosa
del renacer, la fuente viva de la eternidad. Pero aquí
estoy en esta encrucijada del fin del mundo, ignorando todo
sobre mí mismo, ignorando todo sobre este mundo hostil
que me avasalla, que destruye mis sentidos, mis conocimientos,
mis sentimientos.
¿Por qué bajé del coche? Creo que te
seguí y me perdí. Recuerdo tu rostro fresco
y hermoso, tu rostro mil veces soñado, dibujado, reinventado
durante estas largas noches de ausencia. Tus ojos ébanos
se perdían en los míos; tus labios suaves y
delicados recorrían mi ser... y te perdí. No
logro hallar en mi memoria lo último que sucedió.
Afloran en mi mente claveles, rosas, jazmines, aromas, formas,
matices, pero no lo que sobrevino. Veo tu sonrisa brillante
y tu mirada iluminar un nuevo camino que me señalan
tus frágiles manos. No me atrevo, temo perderme otra
vez.
Tu recuerdo se difumina y el vacío ocupa tu espacio.
No estás y retrocedo en el tiempo y en el espacio para
reencontrarte. Te diviso ahora en el coche, riendo como el
alba prometedora de nuestro pasado, como la luz divina de
nuestro futuro. Quiero alcanzarte, coger tu mano, besar tus
labios. Me deslizo en el asiento, pero ya no estás.
Sólo queda la promesa de tu cuerpo, el rastro de tu
ser, el perfume de tu esencia. Quiero llorar, pero mis lágrimas
tampoco existen. Estoy perdido.
De repente veo tu silueta transparente introducirse en la
gruta de las maravillas. Tu paso ligero me anima, conoces
la salida. De tu cuerpo emana una radiación celestial
que envuelve la materia. Me miras y sonríes, sabes
qué vía seguir, que no estamos perdidos, que
volveremos a estar juntos. Avanzamos en un halo de albor,
iluminados por el cielo y el sol. Ya no tengo miedo. El rumor
y el ardor de la vida nos cercan, la magia nos rodea.
La luminosidad se incrementa y dilata mis sentidos. Oigo baladas, poemas, veo hadas, mis ojos vislumbran formas reales, olvidadas, seres queridos, desaparecidos. Me esperan. Su calor me reconforta y me inquieta a la vez. Miro hacia atrás y afluyen todas mis vivencias, todos mis recuerdos. Veo mi coche atravesado contra un árbol de la carretera, tu cuerpecito inerte y el cadáver de un hombre, que creo ser yo, sonriendo al nuevo amanecer que nos espera.
Harmonie Botella. Otros Caminos. Ed Ecu. Junio2004
Sistematización
Cuando se tiñe la nieve inmaculada
del color rojizo del horror,
cuando las madres nutren la tierra
con su desmesurado dolor,
cuando los hombres no creen
en la bravura y disimulan
agriamente su pavor,
otros sistematizan
las leyes de la vida,
el nuevo matiz
de nuestro desconsuelo
o la sombra indómita
de nuestro sufrimiento.
Cuando se tiñe la nieve inmaculada
del color rojizo del horror...
algunos celebran
la hermosa victoria
del gran duelo vengador
sobre las alas de la paloma.
Harmonie Botella. Otros Caminos. Ed Ecu. Junio 2004
El oso-lobo
En un bosque muy sombrío vivía un monstruo
que ahuyentaba a todas las personas que intentaban adentrarse
en él. Aullaba como los lobos para asustar a la población.
Todos los vecinos del pueblo tenían miedo de entrar
en el bosque al anochecer. Tenían miedo a la oscuridad
pero sobre todo miedo a la temible bestia que se escondía
entre estos árboles tan oscuros.
Ningún habitante jamás vio al monstruo pero
todos coincidían en que era un gigante con cuerpo de
oso y cabeza de lobo. Solían contar que la bestia mataba
a sus presas y después las comía en un santiamén.
Musitaban también que las noches de luna llena se acercaba
al pueblo para matar a cualquier persona que saliera de su
casa.
Esta leyenda circulaba en la región desde hacía
más de dos siglos y ningún miembro de las autoridades
había verificado si lo que se rumoreaba era cierto.
La única en dudar de la existencia del oso-lobo era
María una joven campesina guapa y traviesa que no hacía
caso de lo que chismorreaba la gente.
A María, un día, se le antojó ir a coger
unas bonitas flores azules que crecían en el bosque
para alegrar su casa. Llenó su cesta enseguida y vio
un camino que no conocía. Decidió seguirlo para
ver donde llegaba. No se dio cuenta que el camino era muy
largo y que la noche estaba a punto de caer.
Cuando desapareció la luz del día percibió
unos ruidos muy extraños seguidos por unos gemidos
de dolor. Prosiguió su camino, sin inmutarse. Descubrió
una especie de oso-lobo llorando al lado del tronco de un
árbol. Con mucho respeto se acercó y le preguntó:
"- ¿Señor Oso-lobo que le ocurre?
La bestia sorprendida aulló de forma pavorosa. María
en vez de asustarse, le recriminó:
"- Usted estaba llorando hace unos segundos, así
que no me venga con esta actitud de malo. No creo que usted
sea tan feroz como cuentan los campesinos."
El monstruo se secó las lágrimas y le relató:
"- Hace ya dos siglos que me muero de dolor en este bosque.
Una bruja malvada me condenó a ahuyentar a los que
quisieran acercarse. Se fue repitiendo por los pueblos que
mataba y me comía a los que entraban en el bosque.
Es falso. Sólo tengo que aterrorizarles."
María volvió a preguntarle:
" -¿Y por qué le echó esta maldición
la bruja?
-Sencillamente porque odiaba a mi familia y quería
vengarse de todos nosotros. Si esta noche, alguien no me coge
de la mano y me acompaña hasta el pueblo para relatar
mi historia, el embrujo nunca podrá anularse. Ayúdeme
a destruir el conjuro, se lo suplico."
María acompañó al oso-lobo hasta el pueblo
y explicó a los vecinos la verdadera leyenda del monstruo.
Cuando tocaron las doce campanadas de media noche, la bestia
se transformó en un gentil príncipe lleno de
gracia y encanto. Acudió en ese mismo instante su hada-madrina
que le permitió, regresar con su familia en una época
muy lejana.
Cada año, el gentil príncipe regresa a la aldea
para hablar con los campesinos e invitarles a un gran festín
Nerea
Nerea era una niña muy guapa que vivía en
un pueblecito español con sus padres y sus hermanos.
A pesar de su gran belleza y de sus ojos verdes y profundos
como las bellas llanuras no tenía ninguna amiga y se
llevaba muy mal con sus hermanos. Quería siempre ser
el centro de atención de todas las reuniones, hablar
de si misma, olvidando a los que la rodeaban. Interrumpía
las conversaciones de los mayores con unas historietas sin
importancia, despertando en estos adultos un sentimiento de
rechazo.
Los días de colegio, sus compañeras huían
de ella. No soportaban sus aires de grandeza, sus constantes
críticas, sus mentiras incesantes. Nerea era una niña
impertinente. Quería ser la más guapa, la más
inteligente, la más interesante y no se percataba que
poco a poco todo el mundo la dejaba de lado.
En cuanto una alumna llevaba ropa o zapatos nuevos, Nerea
martirizaba a sus padres para que le comprasen lo mismo. Al
día siguiente, con sus nuevas prendas, se pavoneaba
por el patio, mientras las demás niñas jugaban
sin hacerle caso.
Un día durante la hora del recreo, Nerea sacó
de su mochila la última game-boy que le regalaron sus
abuelos y empezó a jugar. Marta, una niña de
su clase se acercó y le pidió que le dejase
el juguete. Nerea se negó contestándole que
fuera a comprarse una. En cuanto acabó la frase, salieron
de su boca piedras, tierra y flores podridas.
Unas carcajadas estallaron por el patio del colegio. Todos
los alumnos se estaban burlando de ella. Una bruja se estaba
cansando de la actitud de Nerea y la estaba castigando. Nerea
quiso llorar y no pudo, en vez de eso sus ojos empezaron a
cerrarse repetidas veces sin que pudiera controlarlos.
Disgustada, intentó escaparse y no pudo. Se pasó
el día siendo el centro de atención de los niños
y niñas del colegio. Cada vez que abría la boca
para protestar salía un chorro de piedras...
Cuando llegó a su casa, sus padres muy preocupados
la llevaron al médico. Patidifuso, el buen señor
confesó que desconocía esta nueva enfermedad
y les recomendó llevarla a la capital para consultar
con un especialista. Volvieron a casa muy turbados. Era la
primera vez que ocurría un caso semejante en el pueblo
y no sabían a quien dirigirse.
María, la cocinera, les aconsejó que consultaran
con Brillosinbrillo, la bruja del pueblo, antes de marcharse
a Madrid.
Se dirigieron hacia su cabaña, andando, ya que no existía
ningún camino que condujera hasta la casita de la anciana.
Al cabo de unas horas, por fin llegaron delante de la morada
de la bruja. Sapos y serpientes vigilaban la puerta de entrada.
Esperaron que la mujer, alertada por los gritos de los cuervos,
saliese gritando y tirando cubos de agua sucia. Divisando
a la familia que aguardaba delante de su puerta, moduló
su voz con un tono melodioso y les hizo pasar dentro de la
choza.
En cuanto entraron, la vieja casa se transformó en
una bella mansión y la bruja se transfiguró
en una preciosa hada. Antes de que pudieran explicar lo sucedido,
Brillosinbrillo les expuso que lo que le ocurría a
Nerea, no era ni más ni menos que un castigo que ella
misma le había impuesto por su repelente conducta.
Hasta que no cambiara de actitud, seguirían saliendo
de su boca tierra, piedras y flores podridas. Ningún
medico podría jamás curarle.
Regresaron a su casa muy apenados. Nerea había sido
siempre una niña muy altiva y muy caprichosa. Era imposible
que consiguiese cambiar su modo de ser por otro más
afable.
Desfilaron los días unos tras otros sin que Nerea adoptase
una actitud diferente. En el colegio seguía siendo
el centro de interés por los borbotones de piedras
que emergían de su boca. Todos los alumnos se burlaban
de ella.
Un día, durante el recreo, Nerea se fue a hablar con
Marta, compartió con ella su almuerzo y le prestó
el juguete que le habían comprado sus padres por su
cumpleaños. En unos minutos se hicieron amigas y Nerea
entendió a partir de ese momento que ni la belleza,
ni los bienes materiales sustituyen la amistad.
En cuanto Nerea sonrió, el embrujo se deshizo.
Era ya una niña agradable y sensata y no ansió
más ser la protagonista. Quería ser como los
demás y vivir feliz con sus nuevos amigos
El príncipe Eloy
El príncipe Eloy vivía con sus padres en un
grandioso palacio de oro a unas millas de un pueblo llamado
Anhelo. Eloy era un lindo niño de ocho años
de edad rodeado por una numerosa servidumbre y unos padres
deseosos de cumplir todo lo que él pidiese.
Por las mañanas, cuando se levantaba, Estela, su nodriza,
le preparaba un baño caliente con la leche de las cabras
recién ordeñadas por los pastores del pueblo.
Acabado el baño, Estela le perfumaba con las más
exquisitas esencias traídas del lejano oriente.
Para su desayuno, los criados disponían siempre, en
la gran y solitaria mesa del palacio, un surtido de pastas
y frutas exóticas que los mercaderes le traían
de muy lejanos países.
Apenas, acababa su desayuno, acudían sus profesores
hasta la hora del almuerzo. Le enseñaban literatura,
matemáticas, historia, música... Eloy era el
príncipe más culto que se pudiese conocer. Hablaba
de política, de geografía con los ilustres invitados
que visitaban a sus padres, o con los nobles de la región
que se instalaban en palacio durante las cacerías organizadas
en otoño. La nobleza admiraba a este joven príncipe
tan ilustrado, y veía ya en él al futuro monarca
que reinaría sobre el país..
A pesar de los sentimientos que Eloy despertaba en la mayoría
de los adultos, era triste y altivo a la vez. No compartía
sus juegos con ningún niño ya que sus padres
consideraban que el infante no podía mezclarse con
los muchachos que vivían en el pueblo de Anhelo. Eran
demasiado pobres, rústicos y torpes para entrar en
palacio.
Eloy, por lo tanto, se educó sin la presencia de niños
de su edad. Creía que el mundo estaba solo compuesto
por adultos, clasificados en príncipes o criados. Los
muros de oro del palacio le impedían ver los tejados
de paja de los vecinos de Anhelo. Su visión del planeta
se limitaba a lo que sus profesores le enseñaban.
El día de su cumpleaños, sus padres, los reyes,
invitaron a toda la nobleza del país a participar en
un descomunal festín en el jardin del palacio. Fuentes
y fuentes de delicados manjares estaban repartidas por todas
las esquinas de los jardines. La afluencia de invitados era
tan importante que la presencia del principito pasó
desapercibida.
Eloy aprovechó el descuido de Estela, su nodriza, para
acercarse a las aguas del río que delimitaban el palacio
de sus padres. Se quitó la ropa bordada de pedrerías
que llevaba, se tumbó y escuchó el dulce cantar
de los pájaros. Poco a poco se quedó dormido.
Cuando se despertó el sol ya se había escondido
detrás de los montes. Tuvo frío y quiso vestirse...
más su ropa había desaparecido. Después
de haber buscado su traje sin ningún resultado, decidió
emprender camino hacia palacio.
Anduvo horas y horas en la oscuridad del parque. Fatigado
por tantas idas y venidas, se sentó al pie de un árbol
esperando que amaneciese.
Unas risas infantiles le despertaron a la mañana siguiente.
Despavorido, se dio cuenta que estaba rodeado por unos seres
minúsculos y horrendos. Se frotó los ojos y
se percató que estos seres tan pequeños eran
unos niños de su misma edad. Su mente tenía
dificultad para admitir que el mundo constaba de personas
que no fueran adultos.
Los niños se rieron de su asombro y le preguntaron
su nombre y de dónde procedía. Eloy contestó:
-" Soy el príncipe Eloy y vivo en el castillo
de oro con mis padres y mi servidumbre. Me perdí ayer
durante la fiesta de mi cumpleaños y me gustaría
regresar a casa".
Los niños volvieron a reír. No podía
ser príncipe. Solo llevaba una camiseta y unos calzoncillos
manchados de tierra. Eloy, oyendo sus sarcasmos, empezó
a llorar. ¿Qué iba ser de él, lejos de
su familia y de su palacio dorado?
Gaspar, el más joven del grupo, propuso conducir a
Eloy al pueblecito de Anhelo. Los mayores tendrían
alguna idea de quien podría ser este jovenzuelo y decidirían
que hacer con él.
Cuando llegaron al pueblo de Anhelo vieron que no había
ningún adulto. Todos habían desaparecido. Lo
que no sabían es que el rey les había pedido
que ayudarán al ejercito real a encontrar al príncipe.
Los niños se las arreglaron para vestir a Eloy con
un pantalón viejo y una camisa de franela. Buscaron
restos de comida de la víspera. La sopa de col era
el mejor manjar del pueblo y se lo ofrecieron con gran generosidad.
Enseguida empezaron a brotar los chistes, las historietas,
los juegos. Eloy se quedó tan maravillado que olvidó
por completo a sus padres. Era la primera vez que jugaba con
niños de su edad.
Gaspar notó que, aquel nuevo amigo, era muy torpe.
No conocía los juegos ni las canciones más populares.
Así que le prestó ayuda a lo largo del día
para que se adaptara completamente al nuevo grupo de amistades
que acababa de conocer.
Eloy disfrutó de un día inusitado, lleno de
alegría y de compañerismo. Notó que sus
amigos vestían mal y que no tenían ningún
juguete. Se dio cuenta además que sus casas, eran de
una pobreza inquietante. Pasaba el aire a través de
las paredes. La escasez de muebles y utensilios le hicieron
reflexionar.
Eloy poseía cuanto quería. Sólo tenía
que abrir la boca para que le trajesen lo que deseaba y sin
embargo estos nuevos amiguitos no tenían ni cama para
acostarse. No entendía que algunos como él fuesen
tan ricos y otros, como los vecinos de Anhelo, no poseyeran
nada.
Al caer la noche, los padres de sus nuevos compañeros
de juego regresaron al pueblo. Era tan tarde que se acostaron
todos... olvidando presentar a Eloy a los adultos.
Gaspar que vivía con su hermana en una de las chozas
de Anhelo propuso a Eloy compartir con él su hogar.
Le dejó la única manta que había en casa
para que no cogiera frío.
Y pasaron los días sin que nadie, de entre los adultos,
notara la presencia de este nuevo vecino. Eloy iba adaptándose
a esta nueva forma de vida tan pobre pero deseaba encontrarse
de nuevo con sus padres.
Viendo que Eloy estaba cada día más triste,
Gaspar le propuso ir a hablar con los ancianos del pueblo.
Cuando el príncipe contó su historia, los mayores
se echaron las manos a la cabeza. Este era el niño
perdido que se estaba buscando en todo el reino.
Enseguida lo subieron en un viejo carruaje y se lo llevaron
a palacio donde sus padres le esperan ansiosamente.
Eloy reemprendió su rutina diaria con una considerable
huella de desconsuelo en sus ojos. Había vuelto a encontrarse
con sus padres pero había perdido a sus amigos que
vivían tan pobremente cerca del castillo de oro.
Los reyes, preocupados por la tristeza de su hijo, compraron
muchos juguetes y al ver que el pequeño seguía
tan triste acudieron a consultar con los magos del reino.
Estos insinuaron a los reyes que Eloy sólo necesitaba
la compañía de sus amigos y saber además
que algún día ellos podrían salir de
su pobreza.
Los padres del joven príncipe se dieron cuenta de lo
injustos que habían sido hasta entonces. Ellos vivían
en la opulencia mientras sus súbditos pasaban calamidades
para sobrevivir. Quisieron remediar la situación y
construyeron casitas con jardines para todas las familias,
crearon talleres, tiendas, compraron herramientas para que
todos los padres pudiesen trabajar y alimentar correctamente
a sus hijos.
Los niños del pueblo pudieron entrar a palacio para
jugar con Eloy y este último obtuvo el permiso de ir
a Anhelo cuantas veces lo deseara para jugar con sus amigos.
Entre Eloy y Gaspar nació una gran amistad que duró
toda la vida. Cuando fueron mayores y Eloy fue coronado rey,
nombró a su amigo Canciller de la Paz, Igualdad y Amistad.
Su misión fue de asegurarse que todos los vecinos vivieran
en buenas condiciones y que todos los niños pudiesen
relacionarse unos con otros independientemente de su condición
económica.
Gracias a Eloy y a Gaspar todos los niños y niñas
del reino fueron felices.
La flor de la esperanza
Por unas tierras perdidas en el aquilón del hemisferio,
vivía una niña que suspiraba por tener unos
padres. Abandonada desde su nacimiento en una aldea lluviosa
compartía la vida de unos campesinos. Compartir es
mucho decir. La pobre niña estaba al cuidado de la
casa y de la granja del amanecer hasta el final del día.
Cuando se iban todos al campo, Noemí, que así
se llamaba, recogía la casa, limpiaba la chimenea,
preparaba la comida, arreglaba el establo y volvía
a entrar paja para los animales. Por las tardes, después
de fregar los platos, limpiaba el gallinero, echaba pienso
a los pollos, gallinas y patos.
Un día, mientras estaba lavando la ropa en el agua
helada del río, apareció un hada guapa y sonriente.
Con su varita mágica calentó el agua del río
y desapareció. Era la primera vez que Noemí
no se congelaba las manos enjabonando las sábanas.
.
Al día siguiente, cuando limpiaba el establo volvió
a aparecer la bella mujer. En un santiamén, con su
varita mágica, hizo que el lugar quedara reluciente,
sin olores... Por desgracia el hada volvió a desaparecer
sin hablar.
Noemí deseaba conversar con la bella dama, pedirle
que le ayudara a salir de este lugar y encontrar a unos padres
que la amaran.
Al tercer día, se iluminó el bosque donde la
niña recogía la leña, la dama regresó
rodeada por unos halos de colores, luces y melodías.
Noemí le dijo:
"- Bella Señora, no se marche. Me gustaría
que pudiésemos hablar un poquito. Quiero salir de este
sitio pero no sé como hacerlo".
El hada madrina le contestó con una sonrisa triste:
"- No tengo la facultad de conseguir todos los deseos.
Una bruja me hechizó y me quitó parte de mis
poderes. Pero si tú me ayudas podremos romper el embrujo."
_" Bella Señora, estoy dispuesta a hacer cuanto
me pidáis para libraros de este conjuro."
La dama siguió hablando con voz afligida y apagada:
"- Este embrujo solo se quebrantará, el día
en que alguien pueda transformar el monte de hielo que está
al final del pueblo en un lago de agua caliente"
La mujer desapareció dejando detrás de ella
un arco-iris inmenso.
Noemí comprendió que esta tarea era muy difícil
de efectuar. Por mucha leña que cortara y prendiera
fuego cerca del monte nunca podría derretir tanto hielo
para luego transformarlo en un lago de agua caliente.
Noemí empezó a llorar desconsolada. Nunca encontraría
un hogar y una familia que la quisiera y la mimase como a
los demás niños.
Regresó a casa y cuando después de cenar, se
acostaron todos, se quedó acurrucada frente a la lumbre
que ardía en la chimenea. Cuando tocaron las doce campanadas
de media noche, aparecieron entre risas, cascabeles y melodías
dos elfos del bosque. Vestían unos trajes llenos de
colores luminosos que rompían con la oscuridad de la
noche. Sus caritas de niños traviesos sonreían
al decir:
_" Noemí, nosotros podemos ayudarte. Sabemos cómo
anular el conjuro de la bruja. Sólo tienes que plantar
en la cima de este bosque la Flor de la Esperanza que crece
escondida en la Gruta del Silencio."
-"¿ Y cómo encontraré la gruta y
entraré en ella?. Todos cuentan que está escondida
en medio del bosque. Nadie la ha encontrado."
Los elfos se rieron y le dijeron:
"- Si hasta ahora nadie ha podido entrar, es porque ninguna
persona ha respetado las reglas. Este lugar se llama la Gruta
del Silencio, por lo tanto una vez que llegues a ella no podrás
hablar".
Noemí preguntó de nuevo a los elfos:
¿-" ¿Cómo hallaré el camino?"
Los elfos le respondieron que para eso tenía que encontrar
el pájaro embrujado del bosque y que él le daría
las instrucciones necesarias.
Cuando al amanecer todos marcharon al campo, Noemí
cogió unos trozos de pan para el viaje, una toca de
lana del ama de la casa, los zuecos de la hija mayor y comenzó
su camino.
Llegó al bosque y se adentró en él con
mucho miedo. Todos sabían que ahí vivían
los lobos más crueles de la región. Tuvo suerte,
la rondaron pero no le hicieron nada. Al poco tiempo, se le
acercó el pájaro embrujado. Sus alas reproducían
todos los colores del arco.iris y su canto embelesaba a todo
ser viviente. Le preguntó lo qué buscaba. Y
ella contestó:
-" Busco la Flor de la Esperanza que está escondida
en la Gruta del Silencio".
El pájaro le explicó que para poder llegar hasta
la gruta, tenía que cruzar el río que atravesaba
el bosque, sin utilizar ninguna barca.
Noemí alcanzó el río y no supo lo que
tenía que hacer. Un cisne negro se le aproximó
y le pidió algo de comida. A Noemí le quedaba
únicamente un trozo de pan que había cogido
para almorzar. A pesar de tener mucha hambre, le regaló
al cisne lo que tenía. Cuando acabó de comerlo,
el cisne le dijo:
"- Para agradecer tu generosidad, cumpliré un
deseo tuyo. ¿ Que quieres qué haga?"
Entonces Noemí le pidió que le ayudase a cruzar
el río para alcanzar la Gruta del Silencio que se encontraba
muy cerca.
Al lograr descubrir la puerta de la gruta se dio cuenta que
no tenía suficientes fuerzas para abrirla. Se acercó
un temible oso y le pidió la toca de lana para abrigar
a sus oseznos que temblaban de frío. Noemí le
regaló la prenda y el oso para agradecer su generosidad
abrió la puerta de la Gruta.
La niña se introdujo en la gruta e intentando no hacer
ruido fue andando hasta cruzarse con unos gnomos que empezaron
a preguntarle su nombre, su edad... Recordando las normas
de la Gruta del Silencio, no contestó. A medidas que
avanzaba, la luz iba clareando e iba descubriendo las maravillas
que se escondían en el interior. Por fin descubrió
la Flor de la Esperanza. Resplandecía en medio de un
jardín de ensueño. Una música muy dulce
bañaba el ambiente.
Noemí cogió la flor y dio media vuelta hacia
la salida. Allí le esperaban el pájaro embrujado,
el cisne y el oso para conducirla en una calesa hacia el monte
helado.
Cuando la niña plantó la flor en la cima del
monte, el sol calentó el hielo hasta derretirlo y convertirlo
en un lago de agua caliente. En el centro del lago resplandecía
la Flor de la esperanza.
Por fin apareció el hada madrina de Noemí,
liberada del conjuro que le impuso la bruja.
Con su varita mágica, transportó a Noemí
a una bella casa, donde le esperaban unos padres cariñosos.
A partir de ese día Noemí vivió feliz,
rodeada por unos padres que se desvivieron por ella.
Y colorín, colorado este cuento se ha acabado.
Aburrimiento
La lluvia cae sin cesar sobre el parque desolado del inmenso
castillo. Los pájaros asustados se esconden debajo
de los cobertizos y los cisnes blancos del estanque se refugian
en una cabaña que el rey mandó construir para
protegerlos.
Laura, la princesa, aburrida mira el paisaje gris que se extiende
de su castillo hacia el infinito. Nada la distrae de su cansancio
y de su aburrimiento. Sola, abandonada de todos inventa juegos
y amigos que no acuden para distraerle. Qué largo y
pesado es el día. No ocurre nada, no viene nadie para
amenizarle las horas que se suceden unas tras de otras.
Laura cansada de estos momentos vacíos llama a sus
criadas una por una para que le sugieran alguna distracción.
Más las sirvientas, bostezando a cada instante, no
tienen mejores ideas que su joven dueña. Enfurecida,
Laura las despide, las castiga y les prohíbe hablar
hasta que llegue la noche.
La princesita coge su espejo y mira su dulce rostro ensombrecido
por el hastío. De repente, en el fondo del espejo,
se enciende una llama ambarina que brilla como un diamante.
La joven pasa sus dedos sobre la luz radiante que repentinamente
le quema.
Será, piensa Laura, una ficción creada por el
brujo del palacio que hoy también se aburre. Mas la
luz brillante empieza a tener forma y sale del espejo, vagando
por la habitación con gran estruendo. Al ruido caótico
se une un fuerte perfume a fresas y frambuesas del bosque.
Laura, asustada, pide auxilio, pero ni los reyes, ni la servidumbre
oyen sus gritos. La llama, presa de una risa inaguantable,
le pregunta lo que le ocurre, impresionándole aún
más.
Laura llora y pide clemencia a esta " cosa" que
le provoca tanto terror. Por fin, la llama concluye con sus
risas estrepitosas y voces ensordecedoras e indica a la princesa
que no piensa causarle ningún daño. Le explica
que es el reflejo de su propio aburrimiento. Muy cansada en
el fondo del espejo quería hacer algo divertido que
le cambiase las ideas y de paso alegrar a la princesita.
Todas las tensiones desaparecen y Laura, decide convertirse
en la amiga de la llama. Tranquila y serena, la princesita
cuenta su mal estar por este día lluvioso sin sorpresa
y sin fin. La llama le aconseja que coja un libro de cuentos
y lea algún párrafo con el fin de encontrar
un remedio a esta situación.
Y Laura lee y lee más cuentos a la llama hasta que
cae la noche. Sin darse cuenta, las horas han pasado hasta
el anochecer y Laura no ve el tiempo pasar. Cuando, más
tarde, la princesita se percata que no tiene la suficiente
luz para seguir leyendo, advierte también que la llama
del aburrimiento ha desaparecido y que está sola en
su habitación.
Miles de luces iluminan el castillo. Se oyen por todas los
lugares del palacio canciones de alegría y de felicidad.
Laura acaba de comprender el poder de la lectura. En unas
pocas horas, ha dado la vuelta al mundo, ha conocido miles
de amigos, ha descubierto valiosos tesoros. Gracias a los
libros ha vencido al aburrimiento
.