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Monerias (23-mayo-2003)
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Magonia
año 3025 D.C. Rako el técnico en robótica
genética enarco sus cejas y lentamente aparto los legajos
del viejo libro que estaba leyendo, pulso los mandos del circuito
integrador de su ordenador y aceleró el procesamiento
de la información obtenida, esta fluyó con nitidez
a su cerebro, acababa de descubrir el motivo del incomprensible
ataque de los aluatos en contra de los androides, miro entonces
desde la ventana del laboratorio hacia el patio exterior en
el que un montón de hierros retorcidos chisporroteaba
dejando entrever centenares de cuerpos convulsos esparcidos
por doquier, profundamente acongojado su vista se poso nuevamente
en la críptica escritura.
Posó su mano en mi muslo. Sus uñas presionaron dulcemente mientras su otra mano se deslizaba de mi garganta a mi vientre. Me estremecí. Y lo que había permanecido oculto en mí desde hacía tanto tiempo se distendió y se erguió al encuentro de la caricia. Ella me dejó jugar con sus senos, cuyo acolchado firme y suave me gustaba. Su cuerpo se arqueó y mi mano pudo alcanzar su sexo que aguardaba abierto y húmedo. Mi boca se cerró en el hueco de su cuello y su perfume me invadió el bajo vientre. Iba a penetrarla, cuando una vez más, ella me enseñó el arte del tiempo que es, también, ciencia del placer. Aquello fue distinto de los abrazos feroces de Madame Butterfly que, cuando el deseo no era apremiante, se limitaba a una lascivia pasiva.
No pudo contener una mueca de desasosiego, estaban infectados por el virus, el mismo notaba ya sus efectos, ellos, los primates, los descendientes del gran mono blanco se habían contaminado por la simple lectura de los textos prohibidos, el libro maldito de Tony Cartano (El mono Aullador) feroz opositor a la doctrina preconizada por el Gran Padre Darwin en la que marcaba las pautas, mono - hombre- androide mono- hombre - robot había desembocado en lo que al final sería la propia destrucción de las dos especies por el desconocimiento de las más elementales leyes de ingeniería física, (no se pueden acoplar elementos de un mismo signo). Lo que se creía eran ataques furiosos de los primates en una lucha cuerpo a cuerpo sin tregua, ni cuartel, contra los androides, no era otra cosa que la manifestación de los instintos más primitivos que afloraban bajo la lectura de las vivencias de Marco Polo el aluate primigenio, mártir de la evolución de las especies, antes que por necesidades de subsistencia empezara la última fase de conversión robótica.
!!Tiéndete, me dijo. Se sentó a horcajadas y me ofreció su vello. Mis labios temblorosos se acercaron y bebí lentamente del cuerpo echado hacia atrás, que vertía en mí sus olas de fondo cuyo sabor me recordó el del gran océano. Cuando ambos nos zambullíamos mutuamente en el mismo maelström, ella se soltó con un movimiento de caderas que no era defensivo, sino decidido. Y con parecida decisión, se empaló en mi pene. Largos giros, tiernas presiones, breves sacudidas, vaivén cada vez más rápido, hasta el límite extremo de los precipicios que se abrían como un caleidoscopio bajo nuestros seres encadenados. Justo cundo yo iba, ella iba a hundirse, se retiró, dejándome jadeante y desconcertado. Pero entonces hizo lo necesario para que yo la tomara con tanta violencia como exigía mi ardor.
Creí forzar su placer, penetrar su secreto, mientras ella nos procuraba a ambos paroxismos sin fisuras...
Un grito gutural se escapo de su garganta cuando Irma la encargada androide de la supervisión de las telecomunicaciones entro en la sala de ordenadores, brincando desaforadamente y excitado hasta la locura se precipito encima de ella arrancándole a mordiscos blusa y vestido, dejando al descubierto unos erectos pezones de violáceo colorido, centenares de años de animal raciocinio naufragaron ante la visión de un impúdico pubis de ensortijado aspecto. No le costó vencer su resistencia y fuertes convulsiones estremecieron el cuerpo de Rako cuando la poseyó. Una amalgama de cables, tejidos, hierros retorcidos carne sintética y vello artificial quedo totalmente carbonizada bajo el efecto de la descarga eléctrica que se produjo, y un hedor insoportable flotó en el ambiente. Lo que quedaba de una mano dejo caer los restos chamuscados de la hoja del manuscrito que lentamente por efecto del fuego se convirtió en ceniza hasta desaparecer.
Mayo de 1999 de nuestra era, Zoo de la Ciudad de Barcelona, Pili, Conchita, Nuria, Juanito, Pepe y veinte niños mas del Colegio del Sagrado Corazón de Jesús contemplan fascinados la actitud frenética con la mano de los monos, que agrupados en un rincón de su jaula parecen leer los restos de un viejo manuscrito antes de que la monitora corra desesperada a enseñarles las maravillas acrobáticas de los delfines.
The End