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Cuenta cuentos: Iglesias, Marisol

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El profesor (Marzo 2003)

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El profesor

La ventana hallábase empañada: como si todos los alientos fuesen a encontrarse sobre el frío cristal en busca de calor, fundiéndose en un halo gris, a la vez triste y cobarde, pretendiendo ver más allá de la blanca transparencia u ocultando quizás, tras el vaho mortecino, desasosegado, opaco e inquieto, su propia razón de ser.

Fuera, la tarde lloraba.

El silencio confundíase tras los sombríos rostros callados en lo vago de unos ojos de niño, implacables y arrogantes, dejando sentir en el aire el inconfundible sabor de lo amargo puesto en boca de unas miradas que, en una mezcla de sabiduría e inocencia, como si el mismo tiempo hubiese parado dejando paso a la galantería propia de la madurez y al curioso sentir fantasmagórico de la infancia, escrutaban palmo a palmo, cada rincón de la vieja sala, como si en un momento todo lo pasado se hubiera desvanecido, como si ahora, en la íntima fugacidad de un sólo y único instante, aquella escuela se abriera de pronto ante los desafiantes ojos infantiles como algo desconocido, nuevo para ellos mismos, algo que nace sin haber sido engendrado y que tiende a fundirse en la incertidumbre, poco a poco, meciéndose con gozo en lo oscuro del silencio, sin tiempo, sin antes, sin después ....

La tarde estaba triste.

Nada tenía sentido. Tan sólo la lluvia, quizás sin quererlo, ponía en el ambiente, aunque frágil y distante, un hálito de vida, como un soplo cálido que viene a perpetuar lo ya existente, mostrando así, también sin quererlo, en un súbito impulso la insospechada cobardía de su firmeza.

Unas manos temblorosas, por cuya textura fina y bien cuidada no era tarea fácil adivinar el lento pero ineludible transcurrir de los años, parecían aferrarse a una plena y fatídica inmovilidad y únicamente el ligero temblor que en ellas podía apreciarse las diferenciaba de lo inerte, de los muebles carcomidos, de la pequeña mesa de madera sobre la que se hallaban apoyadas. Sólo este temblor, tranquilo e inconsciente, era capaz de definirlas como manos, como parte integrante de un cuerpo, también inmóvil, que parecía naufragar en el abismo insondable de lo sobrehumano y cuyo rostro poseía una expresión indefinible, como si ahora, en el corto espacio de unos segundos, toda la sabiduría y ciencia de aquel viejo profesor se hubiese desvaído en el tiempo y sus canas se volviesen aún más blancas, viniendo a decir, a descubrir de pronto, en tan inoportuno momento, lo ya sabido pero también callado, lo de siempre visto pero nunca reconocido o aceptado, la huella indeleble y profunda dejada por el traicionero correr de los días, los meses, los años...., expresión que veía claramente acentuado su tono misterioso en lo vago de unos ojos que parecían querer mirarse a sí mismos, medio abiertos, medio cerrados, con los párpados semicaídos, como para no ver al mundo más que a medias, en un alarde de sublime impotencia, igual que si sobre ellos viniese a caer ahora con furia irrespetuosa, el peso de la edad.

También los labios le temblaban. Era un temblor mudo, un temblor que hacía tener la impresión de que el viejo iba a hablar, pero las palabras quedaban ahogadas en su garganta, muriendo aún antes de haber nacido, incapaces de romper el silencio, sin atreverse siquiera a atenuar la frialdad mágica que embargaba a la escuela. Eran unos labios pequeños, agrietados, que daban una forma imperfecta e irregular a la boca, y ésta confundíasele entre los miles de arrugas de la cara como una arruga más, diferenciada tan sólo por el tono un poco más oscuro de aquellos labios.

En conjunto, la imagen del profesor resultaba un tanto extraña, algo que daba la sensación de hallarse sumido en lo desesperado y que, sin embargo, se refugiaba tras el acaso irrompible muro de una expresión inalterable, para no identificarse con lo real, dejando a un lado la manifestación de todas sus posibles emociones, ocultando así su vulnerabilidad, como para no entrar en el loco juego de la tétrica realidad.

Era un rostro sin cara, frío, sin voz, distante, igual que si la vejez le colocase ahora en una dimensión sobrenatural a la que los demás no tenían acceso y en donde la sabiduría se transformaba en reflexión constante, prueba inestimable de que el ocaso se hacía sentir cada vez más cerca. Era un rostro de viejo profesor.

Llovía. Mansamente, en inigualable caricia, caía la lluvia.

Había un olor a madera. Era el olor característico de los muebles carcomidos, que también acusan en sus carnes y en sus formas, el paso del tiempo.

Una luz diáfana, tenue, purpúrea, penetraba a través de la ventana, calladamente, con sigilo, casi con miedo a romper bruscamente el silencio reinante llegando a formar parte del mismo halo gris, ya casi sombrío, que invadía la estancia.

Todas las miradas parecían girar en torno a un mismo punto. Allí, justo delante de la mesa del profesor veíase una silla vacía, que se hacía, en la sutil profundidad de su propio sentirse incompleta, más grande a los ojos de los niños y más pequeña a los ojos del profesor, y que, como quien llora la ausencia del amo, presentaba un aspecto pobre, callado, que junto con la tensión del ambiente provocada por una espera inútil, una espera que envejece en la esperanza de ser ella misma sumiéndose cada vez más, más allá, más lejos, en lo negro de la vaciedad, allá donde todo calla, allá donde todo muere, hacía parecer que el aire llevaba en sí el vaho pesaroso de un presagio maldito, agudizado aún más por la tétrica figura que se desdoblaba en torno a la silla, en una forma casi imperceptible, incorpórea, que se refugiaba en lo oscuro de su propio ser, de su propia irrealidad como para asegurar su ya de por sí permanente existencia de un modo sombrío, aterrador, mostrando sus garras de manera dulce como en un eterno baile de muertos.

Deslizábase pues, a lo largo de la silla, la perpetuidad de una sombra que daba la sensación de existir tan sólo en el recuerdo de los presentes pero que hallábase allí, encubierta tras su inescrutable incorporeidad, pareciendo pertenecer al pasado pero teniendo aún presente, dominante y cautivadora, dueña del espacio y del tiempo. Era una sombra indefinida, etérea, que auscultaba de manera tímida pero firme cada rincón de la vieja escuela dejando en el aire un olor indescriptible, sobrio, austero. Era una silla vacía, ocupada tan sólo por la frialdad de una sombra, una sombra sin nombre, sin mañana, poseedora únicamente de su figura pálida y desnuda, como la ceniza de un fuego que nunca llegó a consumarse y que continúa extinguiéndose, poco a poco, con aire solemne, aún después de muerto.

El profesor no se atrevía a comenzar la clase. No existía lección alguna, nada, que pudiera enseñarles a aquellos ojos y a él mismo más de lo que ya sabían, porque ahora, en este preciso momento, niños y profesor, eran alumnos de una misma escuela: la escuela de la vida, una escuela en la que no hacen falta libros, en la que basta con abrir los ojos y mirar alrededor para aprenderlo todo, saberlo tcomprenderlo todo, vivirlo todo.

Faltaba un niño.

Había muerto.

Una lágrima rodó por las mejillas del profesor y al mirar a la silla, vióse a sí mismo y sintióse aún más viejo.


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