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" La reunión ya debe hacer empezado, la reunión ya debe haber empezado, la reu..."
-Men drool
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Cuenta cuentos: Men drool

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Cuentos

sin título 2 (18-agosto-2003)
sin título (18-agosto-2003)

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(sin tútulo)

La sensación empezó en los pies, como si viniera desde el suelo, muy lentamente abarcó desde las plantas a los tobillos, pasando por cada dedo. Al principio era un aumento en la temperatura, que hacía que de un momento a otro, tomara conciencia de sus pies. Cualquiera hubiera pensado que el suelo estaba ardiendo, y llegó a sentirlo, llamas doradas cubriendo sus pies, y ahora subiendo por los tobillos, alcanzando las rodillas y sin dejar de ascender. Fuego. Lo sentía con perfecta claridad pero no lo veía, la piel de sus piernas estaba envuelta en unas llamas que no se dejaban ver. Fuego que no dejaba de subirle por el cuerpo, y ahora lo notaba no sólo en la piel sino penetrando, en los músculos, en los huesos, en los nervios mismos. Un grito se ahogó al llegar a su garganta, un grito lleno de una mezcla entre asombro y desesperación. Pero su propia incredulidad lo apagó, antes de que saliera por su boca. Sin previo aviso, delante de sus ojos comenzaron a sucederse, como si se tratara de una película, nítidas imágenes de árboles siendo consumidos por fuego, de bosques enteros incendiándose. Cambiaban con enorme rapidez, bosques en llamas, animales escapando, ahora ciudades de aspecto antiguo, devoradas por el fuego, ahora volcanes haciendo erupción, todo el ímpetu impresionante de las erupciones frente a sus ojos, Pompeya ahogada en lava hirviente se le apareció con total claridad. Las imágenes se apoderaban de él por completo, sin darle tiempo a preguntarse de dónde venían, y sustituían el lugar donde estaba hasta hace unos momentos. Mientras tanto, la sensación no se detenía ni menguaba, lo cubría de pies a cabeza. Y adquiría tal intensidad, que no lograba construir pensamiento alguno en su mente, como si el fuego lo vaciara de ideas. Ahora observaba, sumido en silencio, imágenes de personas siendo quemadas en hogueras, mujeres, hombres, niños. En ese momento, algo aún más curioso empezó a pasarle, las imágenes se volvieron familiares, reconocibles. Ahora se veía a sí mismo en cada una, y cada una venía de su propio pasado. Y después de un instante de contemplarla, se comenzaba a quemar sin remedio, hasta desaparecer entre llamas que le parecían vivas. Así vio quemarse el nacimiento de su hijo, sus primeros años de matrimonio, su casamiento. Así vio quemarse sus años de universidad, fiestas, amistades, romances. Así vio quemarse sus años de colegio, sus primeras amistades, sus primeros amores, su primer beso, su primera orgasmo piel con piel. Se quemaban totalmente hasta desaparecer, y daban paso a escenas más viejas, en las que se veía a sí mismo, tanto como veía a los otros, y al escenario donde ocurrían. Volvía a sentir lo que había experimentado en esos momentos, vívidamente y al mismo tiempo, como desde afuera. Volvió a sentir su infancia, la claridad de sus sentidos, la intensidad de las emociones; miedo, envidia, apego, rabia, vergüenza, culpa, empatía, tristeza, alegría, euforia, plenitud, éxtasis, amor, más emociones de las que se pueden nombrar. Su padre y su madre, sus hermanos, sus tíos y abuelos, aparecían y desaparecían tras una cortina de fuego, al igual que su propia imagen, cada vez más parecida a la de un bebe. Fue testigo y protagonista de momentos de ternura conmovedora con su madre, también con su padre, sintió el hondo lazo que los unía en esos años. También de las primeras enfermedades de su vida, y de cada reacción de sus padres. Y mientras su mente se hundía más en el pasado, que sólo unos minutos atrás parecía olvidado, sentía con especial fuerza la quemadura del fuego en ciertas partes del cuerpo, y luego sentía como si le hubieran removido algo así como un peso, como una tensión muy arraigada, y su cuerpo se sentía liviano y renovado, pese a la continua sensación de estarse quemando irremediablemente. Seguía viendo escenas repletas de significado, que se disolvían en fuego, dejándole sólo la sensación de estar desapareciendo, ahora las ideas en su mente eran tan fugaces, como las imágenes en sus ojos, ahora siquiera alcanzaba a ser consciente de pensamiento alguno. Era como si cada vez estuviera más vacío y sintió miedo, y la única sensación que le llegaba de su cuerpo, era la de ser una gran llamarada flameando, y se decidió a luchar contra la situación. Lo cual no hizo sino empeorar las ardientes sensaciones, que lo recorrían como serpientes eléctricas, haciendo estremecer todo su cuerpo. Su propia resistencia lo llevó por largo rato, a soportar más de lo que se creía capaz, sensaciones que hasta entonces le eran desconocidas. Tratando de impedir perder completamente la conciencia, aumentaba la conciencia de estarse quemando en cuerpo y alma. Pero ni siquiera se sentía con fuerza, luego de un tiempo así, se dejo ir. Se rindió totalmente, abriéndose a lo desconocido.

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(sin tútulo)

Nueve y media de la mañana; se había quedado dormido, estaba atrasado para la reunión. Miró de nuevo el reloj sin convencerse, el sueño lo había retenido en su cama más de lo debido, con sus telarañas de fantasía. Ahora todo su día estaba conmovido, a deshora, se escuchó maldecir sin abrir la boca.

Una ducha más bien fría recorrió su piel, algo así como un castigo autoimpuesto, después se vistió, luego el desayuno, y lavarse los dientes, mojarse la cara, afeitarse.

La puerta se cerró en su espalda y el intenso sol, resplandeciendo en las alturas del cielo, le cayó encima y lo deslumbró completamente. Sorprendido bajó los párpados, como levantando una muralla negra delante de sus ojos, que la luz lograba franquear sin esfuerzo alguno. Sus piernas empezaron a caminar, llevándoselo con rapidez hacia la reunión, que ya debía haber comenzado. Ahora con los ojos bien abiertos, se abría paso entre las gentes que llenaban la vereda a esa hora. Con los ojos bien abiertos, pero la mente fija en que tenía que llegar pronto, más vale apurarse o si no... Esquivaba los cuerpos a su alrededor como a quien lo persigue alguien. Sus piernas tensas apuraban cada vez más los pasos, la reunión ya debía haber comenzado, y hace rato, escuchaba repetitivamente dentro de sí. Por suerte los semáforos parecían querer ayudarlo, y cada vez que se iba acercando a un cruce, mirando con obstinación la luz, ésta cambiaba a verde y él corría para alcanzar sin trabas la otra vereda. La reunión ya debe haber empezado, la reunión ya debe haber empezado, la reunión ya debe haber. Ahora solo le faltaban unas cuatro cuadras y sólo un semáforo, el aire le empezaba a faltar y las piernas bajaron un poco el ritmo. Pero no dejaba de pensar que la reunión ya debe haber empezado, ya debe haber empezado, ya debe. Una hoja seca, del tamaño de la palma de una mano, cayó lentamente desde una rama de un árbol, dejándose acariciar y mecer por la brisa, y fue a dar justo en la cara del hombre. De un momento a otro, el mundo perdió su forma y su color, convertido en una mancha color café. La reunión ya debe hacer empezado, la reunión ya debe haber empezado, la reu... de pronto todo desaparece en una confusión color café. Qué diablos... y como si no tuviera nada mejor que hacer, la hoja seca se queda obstinadamente en la cara del hombre, cubriéndola con su piel café. Se lleva las manos a la cara y torpemente trata de quitársela, sin conseguirlo. Maldita... Si sus piernas siguen caminando, puede tropezar o chocar con quién sabe qué. Se detiene ahí en medio de la vereda con la hoja pegada a la cara. La gente pasa y pasa a su lado, como un río interminable, algunos chocando con sus hombros. Cuando la desesperación ya lo rebalsaba como un vaso bajo la lluvia, la hoja se despegó de su rostro como si nada, y se fue flotando levemente al suelo. La miró un momento, lleno de incredulidad, como si en vez de una hoja fuese otra cosa, ve tú a saber qué. Sacudió la cabeza, para sacarse el extrañamiento y las ideas que trataban de explicar lo sucedido. Luego reanudó la marcha, diciéndose que no tenía tiempo para sinsentidos, que la reunión sólo estaba a unas cuadras de distancia, así que sus piernas apuraron el paso una vez más, incorporándolo a la corriente de personas que caminaban sin mirarse mucho, cada cual a sus obligaciones, las caras tensas y las manos apretadas. Y sin que ninguna otra persona pareciera darse cuenta, sobresaltarse o darse por enterada, en dirección opuesta a él, un hombre completamente desnudo caminó hasta cruzársele y dejarlo atrás, eso sí, le pareció ver que le dirigía una leve sonrisa antes de desaparecer a sus espaldas. Apenas alcanzó a fruncir el ceño ante la fugaz aparición, sin atinar a pensar nada coherente. Pero aún así no podía darse el lujo de quedarse parado de pronto, ahí en medio de la calle, no tenía tiempo para sinsentidos. Ya no le quedaba mucho para llegar finalmente, pensaba en cómo excusarse, pero no parecía poder ordenar correctamente las ideas, le saltaban a la mente palabras sueltas, frases inconexas, acompañadas de imágenes extrañas como de un sueño. Entonces sintió que algo dentro de sí cedía, algo como una tensión que se afloja de golpe, algo como un descubrimiento sorprendente, algo que nunca había visto se hace perfectamente visible, una puerta que se abre y muestra todo un mundo hasta entonces oculto. Tuvo que tomar asiento en una banca a un costado de la vereda, y dejar que el río de gente corriera sin él. Un pequeño gorrión voló desde lo alto de un árbol, y se fue a parar sobre el asiento, a prudente distancia del hombre. El hombre que no lo miraba, tenía una mirada ensimismada, la desconocida sensación absorbía su atención. El pájaro movía la cabeza bruscamente, alternando entre mirarlo y no mirarlo, de pronto empezó a silbar agudas notas. El hombre volvió la mirada y vio al ave diminuta, frágil, y cantando alegremente. Se miraron totalmente quietos los dos, por un momento que parecía no terminar. Y cuando el pequeño gorrión por fin voló hacia otro lado, el hombre sintió que con él se iba todo lo que ocupaba su mente desde el despertar esa mañana. Se sentía ahora como nuevo, y se paró del asiento


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