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Veneno (23/01/2008)
Ir arribaVeneno
Aquella mañana cuando desperté el reloj marcaba las 8:45. La luz se filtraba a través de las persianas iluminando el dormitorio.
Remoloneé junto al amasijo de almohadas y por un instante me detuve a escuchar el canto de las golondrinas. Era finales de mayo, y los pájaros se encontraban en pleno apogeo y máximo esplendor. Influenciados por el buen clima y la estación proclive para las técnicas amatorias, hacían que esa mañana su canto fuera como el de las “sirenas” de Ulises.
Por un momento, me transporté, dejé de tener conciencia de dónde estaba y conecté de una manera singular con la naturaleza. Mi mente sobrevoló las montañas, el embalse, las encinas y las calles empinadas, salpicadas de casas blancas…
El cláxon de la furgoneta que suministra el pan, me instó a salir bruscamente de aquella meditación. “Las nueve” -dije para mis adentros,- “Nunca falla, siempre tan puntual, tan reiterativa con sus panes calientes y bollos, magdalenas y roscas recién hechos…” En fin, era hora de comenzar la faena.
Con la desidia instalada en mi cuerpo busqué a tientas la ropa esparcida por el suelo y me coloqué mis adoradas mayas y una camiseta.
Aunque era finales de mayo la temperatura a aquellas horas era bastante considerable aunque no extraño, ya que en el mes de julio solíamos alcanzar los 45º C.
Las vecinas comenzaban su romería por la estrecha calle en dirección a la pequeña tienda, que se situaba a penas a 1,5 m del balcón de mi dormitorio. Se saludaban al grito de “¡Oh qué caló! ¡Ha sío de repente! ¡Qué veranito no espera!”. Todos los años igual. Llevaba casi cuatro allí y ellas iban cambiando pero sus ruegos y plegarias no. Sonreí.
Me dirigí a la soleada cocina, donde comencé mi ritual mañanero de zumo de naranja, café con leche y tostadas con aceite. Enchufé la radio y me dispuse a escuchar las noticias. La voz de Pedro, el locutor, mi gran compañera de la mañana, me hizo prestar atención de una manera especial.
Hablaba en su tertulia sobre la influencia que tendrán a largo o quizás no tan largo, plazo, las antenas para móviles y demás artilugios de la tecnología moderna.
Mientras saboreaba mi tostada y observaba las montañas verdes y espesas desde la ventana, vino a mi mente el gran cementerio nuclear que estaba tan cerca de donde yo residía. Un gran basurero europeo se encontraba tan sólo a 40 Km. de aquí. Camiones radioactivos vomitaban sus desperdicios que dormían bajo tierra “supuestamente” bien sellados.
El teléfono sonó en el salón. Cogí mi taza de café y descolgué:
- ¡Hola cariño! ¿qué tal? Hoy no podré ir a comer. Han surgido problemas. Luego te cuento ¿vale? No me puedo liar. Besos.
Quien había interrumpido mis cavilaciones era mi compañero sentimental. Trabajaba desde hace años en una constructora como topógrafo, y su puesto implicaba vivir siempre como nómadas, con la casa a cuestas, de un lado para otro, recorriéndonos España; sin hogar en ninguna parte.
Aunque parezca extraño, yo me habituaba fácilmente a las casas que alquilábamos. Las pintaba, decoraba y de alguna manera las hacía mías. Cuando no tienes mucho que hacer, con un trabajo cómodo y si hijos, la cabeza tiene mucho tiempo para pensar, y aquél día parece que me había levantado filosófica.
Terminé mi café que ya estaba helado, sentada en el sillón y haciendo balance de lo que me había deparado la vida.
La radio seguía sonando en la cocina pero apenas pude prestarle atención. Miré las fotos que me rodeaban, pequeños fragmentos de mi vida, compañeros de danza, familiares, viajes, vida, experiencia…Ya no me ponía tan melancólica al mirarlas, había llegado a asumir ese tipo de vida, y a encontrar en él su lado positivo. Bien mirado no me faltaba de nada, tenía una buena relación con mi pareja, trabajaba seis horas a la semana dando clases de danza y gimnasia a las mujeres del pueblo, vivía cómodamente. Pero en el fondo de mi espíritu inquieto y aventurero, sentía que faltaba un pedazo de “algo” y tenía la idea de que consistía en hacer algo bueno por los demás, dándoles algo de mí.
De todos los pueblos y capitales que recorría me llevaba algo, un retrato de sus gentes, sus costumbres, algo difícil de explicar para una mujer que nació y vivió veintinueve años en una gran urbe, donde ni siquiera se conoce al vecino.
Había conocido el encanto de que te saluden por tu nombre por las mañanas, que seas una persona más de la comunidad, y no un número más en el censo.
Quemé una barrita de incienso y pensé que era hora de ponerme las pilas. Limpié mi casa con disciplina de soldado, me pegué una ducha, me enfundé los vaqueros y bajé al pueblo.
La gente apática por el calor, me dedicaba su saludo – ¡Holaaaa, que caló mah mala!- . Con ese soniquete repicando en mi cabeza, compré la prensa, fruta y buenos tomates para un gazpacho, y cargada como “una mula” subí las empinadas cuestas hacia mi casa, cosa que en el fondo me reportaba un beneficio, pues mis piernas y glúteos se estaban fortaleciendo de manera peculiar.
Cuando sentada en la terraza con un té fresquito en la mano ojeé el periódico local, me sorprendí gratamente al leer en una columna que se hablaba sobre un proyecto de un estudio medioambiental en más de 500 pueblos de la provincia. Di un respingo de alegría, por fin se estaba haciendo algo por saber la verdad sobre el cementerio nuclear. Hice recuento de cuanta gente había muerto de cáncer desde que yo vivía allí y la cifra me dio escalofríos. La verdad es que en un pueblo de 2000 habitantes las muertes producidas por esa plaga son más notorias, pero gente tan joven que moría o padecía de cáncer, tenía que tener una explicación.
Cuando hablaba con los paisanos de ese tema parecían estar concienciados, pero tenían una especie de conformismo asumido, como si en el fondo, no quisieran creer.
El día se anunciaba largo. Óscar no llegaría hasta la noche y yo tenía multitud de horas para dedicarme a una buena causa.
Me puse manos a la obra. Cogí el ordenador portátil y empecé a escribir un artículo. En el Instituto estudié letras puras y si no me hubiera dedicado a la Danza seguramente habría sido periodista; quizás me quedaba algo de frustración en ello.
Comencé mis párrafos situándome geográficamente. Describí la situación de los lugareños, la cantidad de mujeres con mastectomías y diversos tipos de tumores; leucemia en algún niño, cáncer veneno, muerte.
Siempre había pensado que esta plaga no podía llegar a sitios tan sanos, donde la montaña te aísla, donde las huertas, encinas y olivos se expanden sobre las lomas, donde la naturaleza está tan viva…
Cuando miré el reloj eran casi las cuatro de la tarde. Decidí tomarme un descanso y comer algo. Cierto es que cuando uno come sólo le da lo mismo qué llevarse a la boca, mala costumbre por cierto, pero además escribir sobre el tema me había quitado el apetito.
Me preparé una taza de gazpacho fresquito y me dispuse a escuchar a Frank Zappa. Cuando terminó el último tema mis energías se habían renovado y reinicié mi tarea. Eran casi las nueve de la noche y estaba terminando de imprimir el último folio.
La puerta hizo un sonido. Era Óscar con cara de agotado.
- ¡Hola! ¿Qué tal? Vengo molido – me espetó. – ¡Vaya día!
En su cara noté una expresión de tristeza. Supe que algo pasaba.
- ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo?
- No nada…bueno…-titubeó, - la semana que viene tenemos que irnos.
-¿Cómo? ¿Qué nos vamos?- repliqué yo nerviosa.
- Sí Silvia ya hemos acabado casi todo el trabajo aquí, faltan algunos remates pero les intereso más en una obra en Almería.
En aquel momento un jarro de agua fría descendió desde mi cabeza hasta los pies. No podía ser así, de un día para otro, bueno, una semana, pero es igual, ¡qué poca consideración!
Comencé a calentarme, y la temperatura del termómetro de la rabia empezó a ascender.
-Silvia ¡cálmate! Ya sabes como es esto- me tranquilizó. - ¿Todavía no te has acostumbrado?
Aquella noche no pegué ojo. Al día siguiente ni siquiera escuché el camión del pan, ni a las vecinas, ni las golondrinas, sólo el sonido de la tristeza.
Me levanté con desgana, me lavé como los gatos, tomé un café sólo y bajé al pueblo. Mi primera visita fue al estanco donde compré sellos y sobres que rellené con distintas direcciones: Ministerio de Sanidad, Ecologistas en Acción, Medioambiente… y así me fui deshaciendo de las cartas una a una, como tenía que ir deshaciendo el tiempo vivido en este lugar. La segunda visita fue a buscar cajas de cartón para embalar de nuevo mis cosas.
Subí mustia y deprimida, sin saber qué me depararía el futuro, ni el destino. Pensé que fuera lo que fuera sería un nuevo campo, donde plantar mi semilla.
Marina Navarro
Mayo 2006