Desconocida.
Correo electrónico: {mail}
Flirteo Letal (28-mar-2004)
Flirteo Letal
(Primer premio, en su modalidad de Relatos Breves, del Certamen
Literario convocado por la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNEX (Abril de 2002)
¡Brava hembra; qué pasada me ha dado la gachí! ¡Ni un reactor! Con semejante juguetito, cualquiera: Jaguar deportivo, gran cilindrada, descapotable, último modelo... Matrícula de Teruel, tierra olvidada por la Red Nacional de Carreteras. Mucho carro para tan poca vía. Un todo terreno, que farda tanto o más, le iría mejor para estos andurriales. Ese bólido pide carreteras como Dios manda; autovías como mínimo, no las carreteritas de mierda que tenéis. ¡Lúcete, engreída; por aquí no hallarás competidores!
¡Bella estampa de mujer! Hermosa cabellera de reflejos dorados -teñida, a mí no me la da-, suelta, sedosa. Azotada por el viento parece crin de Pegaso desbocado. Al remanso del parabrisas, le caen rizos de las sienes. Serpentean los pillines, acarician sus hombros, se escurren por el escote, juegan entre sus pechos. De nada le sirve sacudirlos; vuelven, ¡cómo no!, golosos del nácar de su cuello, de la tibieza y aroma de su piel.
¡Esta loca devora asfalto! Y va suelta, sin cinturón; es una insensata. Por esta carretera debería ser más prudente; se le puede atragantar. Esta yegua bravía está necesitada de un bocado y mano dura que la dome y cabalgue.
¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta? Estas mujeres no aparentan nunca más; son camaleónicas y camuflan los años con facilidad admirable. Tanto da; en sazón. Tiene estilo y poderío; por la forma de mirar, no le asustan los hombres ni rehuye las ocasiones. Está bien cimentada; las rodillas le llegan al volante. Luce un buen par de trofeos, ¿silicona? Qué no daría yo por darles la vuelta al ruedo. Mujer jugosa, ludiada; ha parido. Las machorras, al igual que el pan ácimo, no abren como ella.
Ajusta los retrovisores. Los mira alternativamente. Modera la velocidad. La mantiene. ¡Caray, esta monada pide guerra! Pues la tendrá; no sabe con quién se las gasta.
Este pasmado parece interesante. Cabeza altiva, poderosa. Plata bruñida en las sienes. Barba cuidada. Ancho de hombros. Aspecto varonil. Elegante. Porte desenvuelto; de empresario o alto ejecutivo. Hombre maduro; seguro de sí mismo. Me gustas, amigo; y mucho. A medida para dar su merecido a Nacho. En caliente, que me conozco. Soy boba de remate y se me pasan sus faenas. ¡Tiene una labia el condenado! Y un palmito..., y unos ojos... y atributos que me llenan y enloquecen. Aún me dura el escalofrío de cuando me lo presentaron.
Acelera, lo ha entendido. Se me acerca; más... más aún... ¡A mi vera, no! Este tío va a levantar un sarpullido en la carrocería; lo cubre el seguro, pero cualquiera aguanta a Nacho. Sonríe con suficiencia; qué se habrá creído. Escudriña, olfatea, me calibra de arriba abajo. Mira cuanto quieras, capullo; no pienses que voy a taparme. ¡Hala; empápate bien! ¿A que estoy apetitosa? Apunta: noventa, sesenta, noventa... (Qué más quisiera yo). ¿Y tú?, mira que me gasto una cuarta...
Dianas de repentino flechazo, se quedan embelesados. Se gustan más de lo conveniente. Lo reflejan las miradas sorprendidas, las sonrisas cómplices, los gestos contenidos, pudorosos, propios de adolescentes. Pronto se animan confiados, espontáneos, divertidos. Se comportan como niños; pero son adultos, y al trepidar de los motores, como por ensalmo, se les encabrita la imaginación, los pulsos se alteran, la sangre aflora, chispean y adquieren sentido las miradas.
Siguen emparejados, pegados casi; ajenos al peligro. El Mercedes invade por completo el carril contrario; el Jaguar ni se inmuta. Bólidos y pilotos compiten en poderío, en jovialidad, en insensatez. La velocidad, en tan grata compañía, es una gozada. Los mojones kilométricos pasan volando; el tiempo, también. De su mano, aparece el hambre.
Por señas dice a su compañera que es hora de almorzar, que tiene mucha, mucha hambre. Pone tal cara de desmayo, que apena. Por si no lo ha entendido, percute con una uña la esfera del reloj. (Un Cartier, oro de buena ley; nuevo rico, puntualiza ella). Reiterativo, se da un ligero masaje en la tripita, que ya apunta, aunque sin alarmar; los dedos, en apretado haz, aporrean la boca entreabierta. Sobran las palabras. Ella asiente remisa; alguna, no demasiado hambre tiene. Estupendo; pasada la curva, restaurante el Toro, el Torico, el Turia... Se embarulla; no recuerda bien el nombre. Junto al río. Lo entiende perfectamente, pero se reserva, que lo ve muy crecido. El fatuo, haciéndose el gracioso, suelta el volante y coloca los índices en las sienes a modo de cuernos. Una carcajada compartida celebra la ocurrencia; luego les pesa. Ha sido una temeridad; hubiera bastado con los dedos índice y meñique una sola mano.
Piensa en Nacho, que se los pone a ella; a menudo, con quien le cae, de mil maneras; de tantas como gestos hay para imitarlos. Es demasiado guapo el tunante; está como un tren y le comprometen; si no, de qué. Le justifica una vez más, le justificará siempre; le va en ello su propia estima. Quiere con ceguera al bribón y es consciente de su propia valía. Pero lo de anoche... Anoche se pasó, ¡léñez! ¡Besarla delante de mis propias narices! Y dale que la rozó; que estaba bebido; que Curri es una fresca; que fue en broma... Se merece que le pague con su misma moneda; y la ocasión, la pintan calva.
Se recrea y desmanda pensando en lo que le depara la suerte. ¡Qué ocasión! La boca se le hace agua. Mas... para qué; se desazona. Dispone de una fusta terrible, mortal, sorda, y un tío cojonudo, qué más quiere. No; no le sirve en absoluto. Quiere algo más suave; un látigo que le arañe la piel, que sienta el trallazo de la afrenta, que tema la posibilidad de un escándalo. Que le escueza, que le duela incluso, pero sin atormentarle. Le quiere demasiado. No obstante, duda. La tentación es fortísima. Tipos así justifican un buen revolcón.
El ejecutivo, siervo devoto de balances, gráficas, cuentas de resultados en definitiva, no duda en absoluto; planea, imagina cómo buscarle las vueltas para que no le coja el viento y escape la espléndida paloma con que piensa regalarse a los postres. Está seguro del éxito; tan engreído -y eficaz- es. Ni por asomos se le ocurre suponer que su nombre pudiera engrosar la lista de trofeos de una vampiresa. Si estuviera en sus cabales, recelaría de aquella rubia tan despampanante, descarada, coqueta.
Eufóricos, inician la subida al puerto. A cada trecho, reiterativas, se suceden las señales que previenen de peligros y riesgos ciertos: curva peligrosa, velocidad máxima o aconsejable, animales sueltos, peligro indefinido, deslizamientos. Ajenos a ellas, nuestros personajes no alteran la velocidad; antes al contrario, se creen unos fittipaldis, y pisan a fondo el acelerador. Ruedan con la alegría de quien a la vuelta de la esquina le aguarda la gloria. Ahí, ahí mismo está; al coronar la cuesta asomará aún verde y lujurioso el valle. Enseguida, aparecerá el tentador motel recatado en la alameda. Pasaría desapercibido si la fama de sus churrascos, su buen vino, la buena acogida de la dueña y un letrero bien visible no lo delataran.
Los jugos gástricos están a punto; la libido brujulea; la fantasía de nuestros alocados conductores, incitados por Eros y Tánatos, les hace vislumbrar frenéticas danzas paganas.
¡Precaución! ¡Prudencia!, repiten incansables los heraldos del tráfico. La bella no los escucha; tiene muy trillada la carretera. El perdiguero, sigue su rastro.
El galán frena, se sitúa detrás, abre espacio; no por prudencia -va cegado tras la hermosa-, sino para contemplarla a placer, aspirar su estela, sentirla. El Jaguar se apresta al despegue con ínfulas de fórmula uno; quiere burlarse del timorato que la sigue. ¡Avanti!, grita la diosa, señalando brazo y dedo en ristre el farallón que le corta el horizonte. ¡Avanti!, repite a la vez que pica los ijares a su cabalgadura. De súbito, inspirada, añade con rabia de siglos: ¡Teruel existe, bellacos!.. ¡Teruel...
¡Teruel!.. resuena la trinchera que engulle a los insensatos. ¡Teruel!.. la asombrada montaña. ¡Teruel!.. el agitado valle. ¡Teruel!.. se eleva entre explosiones y humaredas, buscando acaso acogida en el cielo de la Administración.
Del expolio sólo queda indemne un sangriento vestigio: dos antebrazos; suave y delicado uno, nervudo, velloso el otro. Catapultados por los efectos de la colisión, han ido a parar a la copa de un atormentado álamo, superviviente de la hilera con fajines enjalbegados que antaño daba guardia de honor a cada lado de la carretera. (Aquellos eran tiempos; aquellos, autos; aquellos, sportsman con su chauffeur uniformado, gorra en mano, dispuesto a doblar el espinazo, abrir la portezuela, y ofrecer ayuda a damas y ancianos). Allí se mecen indolentes a horcajadas de una rama tronzada por una centella. Y allí siguen vigilantes, a la intemperie; descarnados por carroñeros y saprofitos, pero fuertemente entrelazadas las delirantes manos. Desde su clavileña montura, fantasean sobre si hubiera o no cuajado su incipiente galanteo; cuestión difusa, por la indefinición de una de las partes. Observan, hacen cábalas, adivinaciones, conjuros; cuanto corresponde a su fantasmal condición. Platican; discuten; tienen sus roces. La convivencia... ya se sabe.
Un día, fresca la encarnadura, les llegan dobles de campanas, quejumbres de requiems, humo de cirios, aroma de incienso, salpicaduras de hisopo. A sus pies, rodeados de gentes conocidas, lloran Nacho y Rosa. Comparten un mismo dolor, se acogen solícitos, se consuelan mutuamente. ¡Conmovedor! -zumban las piltrafas.
Meses después, tiernos aún los cartílagos,
les ven acudir juntos en un mismo coche. ¡Han aliviado
el luto!.. Ya no se estila. ¿Los pesares tampoco?,
no se les notan. Por qué llorar, si no les va a ver
nadie. Pues vaya...
Cogidos de la mano -cogiditos más bien, hilando fino-,
ligeros, decididos, suben a la cruz. Con melindres, para no
manchar sus delicadas manos o dañar las purpúreas
uñas (a juego con labios, bolso, cinturón y
zapatos), Rosa quita un grosero saco de arpillera que algún
gamberro colocó sobre el INRI del monumento mortuorio,
y con él, a sacazos irreverentes, sacude el polvo que
lo cubre e impide leerse la placa de bronce que lleva remachada.
Nuestros nombres, chata... Sí, pero debieran ir de corrido, no apilados. Estoy montado en ti, ¿o es que te gusta hacerlo al revés? ¡No digas sandeces; es un escarnio! Dan por consumada nuestra aventura, mujer; dadas las circunstancias... aunque soñé que fuera en mejor tálamo. ¿Tanto cuestan dos camas? Dos cruces querrás decir. Bueno... Extravagancias de mal gusto de mi viudo. Puede, pero la mía es muy tacaña.
En su eterno giro, el tiempo vuela. Parece que fue ayer, pero de nuevo el verano dora la recién cortada barba de los rastrojos y la pelusa inculta de los prados.
¡Mira, no decías; se acuerdan de nosotros! Nos traen crisantemos. (Uno de los cúbitos y su hermanito el radio, se ablandan) Vaya cursilada. Es por el aniversario, hombre. ¿Es tu cumple? Cumplimos, cumplimos los dos; hoy hace un año que... ¡Ah!, ya caigo, que la diñamos, ¿no? ¿Por qué te has cortado?, nómbrala de una puñetera vez. No puedo, me da repelús. Pero si la Muerte es dulce, suave, atractiva, ¡una malva! ¡No la mientes; se me pone carne de gallina! Punto en boca; observemos, pues.
Cogiditos de la mano. Ya es frescura. Tu viuda recela; nos mira; algo presiente. Tiene miedo, la conozco. Le remuerde la conciencia; para una mujer es mucho correr. Pasados los nueve meses, sois libres; digo yo. No es eso; a nosotras nos cuesta... Sigue recelosa. Presiente que la observan. Se suelta; sí, algo le pesa, va sobrecogida. Aún me quiere. No seas iluso; a rey muerto...
Callados, serios, demasiado solemnes, suben el repecho; debe costarles, porque acaban fatigados. Rosa coloca el ramo delicadamente a los pies de la cruz. Nacho, a su lado, se inclina y apoya la palma de la mano derecha sobre la ofrenda, como lo haría sobre la Santa Biblia.
¿Jura, o perjura? Vaya pregunta. Es que a mí... A ti como a mí, tanta gravedad nos escama; no nos la dan. ¿Crees entonces?.. Sí, lo creo; se han liado.
¡Se dan media vuelta, sin más! Trincados de nuevo. Sin una plegaria... Sin quitar la broza del pedestal. Ni las cacas de los pájaros, que nos la tienen hecho un asco. Ni la costra de liquen reseca que la afea. Ni el óxido de la placa... Huyen espantados. De las avispas; hay avisperos en las axilas de la cruz. Parecían golondrinos. ¡Me la achucha el muy cerdo! Es una furcia. ¡Me la besa! Si ella no le incitara... El tuyo está manco. Pues anda, que tu mujer... podía entrar en el coche sin enseñarle las bragas.
Del osario arbóreo se desgrana difuso, perturbador, irritante como polen primaveral para sensibilidades tan predispuestas como las de los visitantes, el murmullo de una fuerte controversia: culpable él; culpable, ella; tú más, tú peor. El acabóse. El cristalino revuelo de palillos de un corro de afanosas encajeras lagarteranas -¡llegan a las manos!- atemoriza a Nacho, obligándole a arrancar precipitadamente. Apremiado por Rosa, tan asustada como él, acelera a fondo. En segundos, la aguja marca los ciento veinte. En ese justo momento, un derrumbe de objetos extraños se precipita sobre el parabrisas; con tal violencia, que se hacen añicos. ¡Son huesos!, exclama Rosa aterrorizada. No ha salido de su asombro, cuando grita de nuevo: ¡Cielo santo, qué es lo que veo! Encajadas en las varillas de los limpiaparabrisas, centellean sendas alianzas. Las identifican en el acto: ¡Las de sus respectivos difuntos! El horror, el miedo, el desconcierto les puede. Incapaz de reaccionar con la premura del caso, Nacho descuida el volante; desgobernado, el coche se sale de la carretera, da tumbos, despidiendo como peleles informes a sus ocupantes.
Nueva cruz forma pareja en el alcor para espanto de viajeros y lugareños. En noches claras y calmas de plenilunio, en medio del clamor de un incesante chirriar de grillos, croar de ranas en celo, ulular de búhos y lechuzas, ladridos de perros temerosos, el calvario parece grabado a cincel sobre la musa y confidente de enamorados y poetas. Los más atrevidos acuden a contemplar tan extraña visión, pero los lugareños, dados de suyo a supersticiones y quimeras, la evitan dando rodeos.
Junio/2001