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"Al portal de la casa ha salido Pancho, un hombre joven de aparente vigorosidad pero lleno de desencantos"
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Cuenta cuentos: Riofrío, Rafael

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Cuentos

¡Hijito mío...! (29/10/2006)

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¡Hijito mío...!

Amaneció el día muy claro, un sol radiante se encumbraba sobre la montaña, le pareció extraño por que durante tres semanas no había dejado de llover, si bien, no eran los fuertes aguaceros de febrero, al menos las garúas no pararon. Y hoy, aunque no se puede asegurar que se acerque el verano por San José, si se debe agradecer al Santo Patrono por que el calor es fresco y trae tranquilidad a la naturaleza que parece estar satisfecha, es un poderoso día que levanta el ánimo de hombres y mujeres del pueblo, los niños y las niñas como invitados especiales incluso han salido a jugar con su propia sombra que les prodiga el astro Rey.

Al portal de la casa ha salido Pancho, un hombre joven de aparente vigorosidad pero lleno de desencantos, hace poco su esposa lo ha abandonado dejándolo con su hijo y él se ha prometido a sí mismo no juzgarla porque él también es hijo de una mujer ha recalcado, es más se ha prometido no pensar más en ella, pues era como una princesa radiante que al mirarla enceguecía, al tocarla... No quiere torturase con sus recuerdos. Se ha recostado sobre su hamaca a disfrutar del sonido de las ramas y el trinar de las aves, pronto tendrá que partir la leña para que cocine su madre y luego reparar la cerca destruida por las cabras.

El hijo, es un muchacho de cabellos castaños y claros como el ocaso del sol; sus ojos saltan cual jilgueros, que hacen que su mirada sea tierna y dulce; su voz parece reírse cada vez que de sus labios salen voces; y a pesar de sus trece años ya casi lo iguala en estatura, aunque es mucho más frágil.

-Mijo, Recuerda, con la mirada al frente, que trabajen los cinco sentidos-, dice a su hijo; recalcando en sus palabras las ancestrales enseñanzas de comportamiento social y productivo como diría doña Lola, su madre y que su hijo escucha atentamente.

-Si, papá- responde el chico- cogiendo su tirajebes mientras llena los bolsillos de su jean con pequeñas piedras redondas casi simétricas que ha seleccionado desde que vino a pasar vacaciones en tierras de sus abuelos. Dicen los/as lugareños/as que San José es un lugar paradisíaco incomparable en todo el cantón Puyango, si bien al igual que en otros lugares, hay montañas, bosques, prados, rebaños y pequeños riachuelos, lo de san José es realmente maravilloso y ensoñador.

-No te alejes mucho, recuerda que la cacería esta prohibida, además, como dice San Francisco de Asís, los animales son nuestros hermanos no deberías matarlos, déjalos, que ellos disfrutando de su libertad alegran nuestra existencia y coadyuvan con el mantenimiento del ecosistema, regresa a la hora del cenit a llenar el buche– le insiste nuevamente el padre.

-Claro que sí, a eso de las doce papá- responde el pequeño explorador, me apuro por que Juan me debe estar esperando.

Se refriega las manos, estira las ligas de su artesanal juguete-arma, da un beso a su abuela que se ha asomado a la puerta a despedirle entregándole su morral con agua de cedrón endulzada con panela y tres naranjas, con un by by sonríe a su padre, palmea sus hombros y emprende su marcha en contra de los preciados y multicolores pericos.

Mientras se incorpora de la hamaca, Pancho apuntando sus ojos a las espaldas del chico lo sigue hasta que desaparece, luego va a cumplir su tarea de leñador y va contento de estar con su hijo pues ha sentido la felicidad de él por permitirle ir de cacería.

Tanto él, que se cree ser un padre amoroso y la escuela han dado a su hijo una educación en el cuidado de la naturaleza y sobre los peligros que esta acecha, incluso es parte del grupo de boy scout de su escuela. Mientras la fina hacha parte uno tras otro los maderos haciendo brincar como chispas de candela las astillas, poco a poco termina su tarea, se alegra que el día luzca un espléndido sol, porque si hubiera vuelto a llover, tendría que haber dejado para otro día su proyecto de reparar las cercas, tarea a la que inmediatamente se encamina, durante todo ese tiempo ha pensado e incluso ha recreado en su mente la forma como su hijo estaría gozando con la naturaleza.

El chico ya ha cruzado la ladera y se encamina apresuradamente a la montaña, lo hace sólo, Juan no ha aparecido, acorta distancia a través de los cafetales, al mismo tiempo que hace caer con sus manos el rocío de las hojas lo lleva hasta su boca saboreando las deliciosas gotas de cristal.

En el campo, propiamente en el bosque –para acertar con el tira-jebes- se requiere de franciscana paciencia que según el padre su hijo no tiene o le falta dominarla. Luego de cruzar el mar de cafetales, su hijo pasará las cercas vivas de caña dulce y hierba luisa que los agricultores han sembrado para evitar la erosión del suelo, llegará al famoso “Edén” relatado en varias ocasiones por el abuelo, intentará procurarse de pericos, pues su sueño es tener un loro, como el que tiene su amigo Juan, que repite palabras y él le enseñara muchas más, sobre todo...

De pronto, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la juventud, por esos bosques disfrutó con su primer amor, el de Yolanda, la madre de su hijo. Pero su hijo no sabe que hace unos catorce años él y Yolanda, fueron al “Edén” donde él la tomó en sus brazos arrimándola contra su ancho pecho, la alzó y le dio vueltas como un danzante, estaba feliz y contento al ver y sentir que aquello le gustaba a Yolanda, recordaba silenciosamente como se recostaron al pie de un viejo ceibo y al desaparecer los rayos del sol susurraron y susurraron...; largo tiempo duró el apasionado susurro junto a Yolanda... Aún sus venas sienten como sorprendidos y maravillados se alegraron de haber tenido la audacia de haberse hecho marido y mujer, las flores a su alrededor como estrellas en el firmamento, el túnel de altos árboles les pareció el paraíso terrenal, por eso le parecía bien que sus antepasados le llamaran el “Edén”, como Eva y Adán se creían.- soy tu esposo... -soy tu esposa... De pronto interrumpe sus recuerdos porque realmente a pesar de ser maravillosos lo torturan. Prefiere imaginar cómo Juan y su hijo están disfrutando en la montaña, imagina que regresan triunfales con sus preseas, Juan sabe hacer trampas para los pericos y seguramente ayudó a su hijo para que tenga su ansiado loro. Recuerda que él mismo a esa edad lo hacía con gran habilidad y se culpa de no haber acompañado a su hijo, recuerda la época en que traía palomas con las que luego su madre le preparaba suculentos potajes que según decía ella misma, previenen de infernales enfermedades que ni los médicos pueden curarlas, dan mayor fortaleza y entusiasmo, aunque no pocas matronas opinaran supersticiosamente lo contrario, que las palomas son malagueras y... Piensa en su hijo y sonríe... es su razón de vivir.

Pancho ha construido su visión y misión en torno a su hijo, por esta razón y por el amor a su terruño siempre está colaborando con la escuela y colegio del pueblo; con ellos, con maestros y maestras han trabajado arduamente buscando brindar a la niñez y juventud todas las condiciones para desarrollarse y aprender seguros de sí mismos/as, confiando en sus propias capacidades y creando los vínculos afectivos que motiven el interés por el estudio y el respeto por las personas y por la naturaleza. Más de una vez les ha manifestado su interés por que los/as estudiantes aprendan que, con esfuerzo y voluntad, se pueden alcanzar las más elevadas metas.

Pancho cree firmemente que los/as niños/as y jóvenes pueden desarrollar las diferentes facetas de su personalidad en un ambiente de afecto, respeto, tolerancia y sentido de esfuerzo y superación personal. Ha invitado a los/as maestros/as, padres y madres de familia para que contribuyan en la formación de hombres y mujeres como personas sólidas en lo moral, que valoren la paz, el entendimiento y respeto entre las personas y los pueblos, cree firmemente que sólo así cada niño/a y joven se desarrollará con el sentimiento de que es una persona única, valiosa, aceptada y querida en todas sus capacidades y limitaciones, animado y apoyado a superar sus dificultades.

Sabe con certeza que no es fácil y peor aún para él, que es sólo, que es padre y madre para su hijo, por esta razón cree en las alianzas y en la fe y esperanza de una vida digna para su hijo, educarlo como lo educaron a él, libre en su pequeño pueblo, con fe en el futuro, solidario con el dolor humano, sabe también de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Pancho ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera sobre protección y hasta egoísmo. ¡Es un descuidado, se distraerá, las víboras lo morderán o caerá por la ladera, en fin... perderé a mi hijo!

Los peligros están siempre a la orden del día, no importan las edades, la raza, el sexo ni la religión, todos estamos expuestos a los peligros, más aún en la sociedad actual, donde la corrupción institucionalizada sume a la población en la pobreza y la poca práctica de los valores elementales. Sin embargo los peligros disminuirán si desde la niñez se les educa con amor para la vida y se les enseña a valerse por y con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado Pancho a su hijo. Para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, desde hace algún tiempo sufre de alucinaciones, desde que Yolanda lo abandonó.

¿Alucinaciones o premoniciones? Se preguntará más tarde.

Por la mente de Pancho han pasado una y otra vez recuerdos angustiosos pero llenos de cierta felicidad, a pesar de ello se niega a revivirlos o valorarlos. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto ahogarse en el pequeño riachuelo atado a su propia caña de pescar..., se consuela, hoy no ha ido de pesca sino de caza; es más, ha ido a buscar un loro para cuidarlo y hacerlo su compañero, se siente tranquilo y seguro del porvenir de su hijo.

Apertrechado de un martillo, un poto de grapas y un rollo de alambre de púas emprende el arreglo de la cerca.

Inesperadamente llega Pantera, el perro y fiel compañero regalado por el cuñado luego del abandono de su esposa, Pantera se acerca a su lado, él le toca la patita, y él le mueve la colita. A Pantera lo aceptó muy tierno, casi recién parido porque su hijo se encariñó durante una visita a su hermana, además lo aceptó porque se sentía demasiado sólo y no podía soportar más la rutina de su soledad. Pantera se comportaba como todos los perros del mundo. Por la noche dormía en el corral junto a las gallinas, si el gallo cantaba, él respondía con un ladrido; al igual que cuando el gato maullaba, Pantera se caracterizaba porque cuando sucedía por las cercanías alguna desgracia él las olfateaba y con el hocico hacia arriba aullaba larga y quejumbrosamente, y ahora aullaba larga y quejumbrosamente. Pancho dejó de trabajar, con el martillo en su mano diestra caminó unos cuantos pasos...

-¡Hijito!, Mi hijo, le habrá sucedido algo malo- se reclama Pancho.

Pero no, no quiere prestar atención al simple aullido del perro, tendrá calor o talvez hambre –deduce Pancho- y sin más regresa a cumplir con el arreglo de la cerca.

El sol ha llegado a su cenit, parece acelerar su recorrido hacia el atardecer, una bandada de palomas atraviesa el campo formando un perfecta V dejando un extraño zumbido que parece cortar el sofocante calor del medio día. Pancho introduce sus dedos en la relojera, saca su reloj y levantando la mirada hacia el cielo concuerda que son más de las doce.

Su hijo debía estar ya de vuelta. Esta seguro que así será, lo está por la mutua confianza que han construido el uno en el otro -el padre de fuerte voz y el chico de trece años-, no se engañan jamás, su filosofía es que engañar al otro es engañarse a sí mismo. Cuando su hijo responde: "Sí, papá; claro papá", hará lo que dice. Dijo que volvería a eso de las doce y volverá. El padre ha sonreído al verlo partir.

Y aún no ha vuelto.

Pancho se reincorpora a su tarea, esforzándose en concentrar la atención en la distancia de los alambres que deben quedar paralelos. -¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro de la montaña, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa plácidamente, a mí me gustaba...?- se dice así mismo en voz suave.

El tiempo ha pasado; son las tres de la tarde. Pancho ha terminado su tarea pero no ha almorzado atareado en la espera de su hijo. Sale y entra, entra y sale de la casa, otea una y otra vez sin resultados que lo calmen, pasan varias golondrinas y al verlas posarse en el naranjo le viene a su memoria aquella ocasión en que saliendo de la escuela subieron a un árbol a coger un nido de golondrinas y antes de llegar al mismo, su hermano menor cayó aparatosamente, resultado de la travesura hoy su vida transcurre en una silla de ruedas, le parece ver a u hijo sobre un ceibo frente al cerco de moras, pero no, no es hora de alucinaciones. Su hijo no ha vuelto y debe emprender a su encuentro, talvez se ha perdido y lo estará necesitando, quizá llorando, pero no, no llorará estará esperándolo.

¡Carajo, sí carajo! Por que preocuparse si ya es un joven, ya es un hombre, y desde los cuatro años ha aprendido a valerse por sí mismo. Ahora comprende que hace falta algo más que un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre alucina en la montaña. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos simples motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón que parece escaparse de sus anchos pechos.

Siempre a cumplido, media hora, a lo mucho una hora, pero no tres y más. ¿Se habrá vuelto indolente?, Es mucho tiempo de retraso. Se apresura en busca de él, Pancho no ha oído un ruido, no ha visto a nadie, no han preguntado siquiera por Juan, será que está con él, tampoco ha venido una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...

La cabeza al aire y sin machete, Pancho apresura el paso. Se abre paso entre los cafetales y más allá entre la maleza, entra en la montaña, bordea las cercas vivas de caña dulce y hierba luisa y otra de moras sin hallar el menor rastro de su hijo.

La naturaleza parece haberse detenido. Pancho ha recorrido las sendas de caza conocidas y caminadas en ocasiones anteriores junto a su hijo con quien ha ido por ese sitio a traer malezas cuando escaseaba la leña. Cuando ya ha explorado toda la montaña en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un...

¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos matorrales allí, y es tan sucia la montaña! ¡Oh, muy sucia, demasiada maleza! Por poco que no se tenga cuidado y las víboras... o el tigre, ¡qué tigre! Si no hay tigres por aquí.

Pancho parece ver algo, y como un loco ahoga en su garganta un grito haciendo con su cuerpo extraños retorcijones. Ha creído ver a su hijo tendido sobre las moras... ¡Oh, no es su hijo, no, son unas...! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...

Sería imposible describir como es ahora mismo el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.

-¡Hijito, hijito mío!- pronuncia con voz sollozante. Pancho no es de llantos, es un hombre fuerte y de carácter templado no va ha llorar. Cuan equivocado estoy, llenémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama la voz de Pancho.

Molesto por no haber traído a Pantera, se ha atrevido a llamar a su hijo -¡hijito, hijito mío!-, nadie ni nada han respondido. Por la vieja senda de la deforestada montaña llena de maleza y radiante sol, si, por esa senda sucia camina Pancho sin encontrar a su hijo que acaba de morir.

-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..!- clama en grave voz que nace del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo tumbado sobre el espinoso moral. Ahora, en cada rincón sombrío de San José, en cada cerca ve a su...

-¡Chiquito..! ¡Mi hijo!-

-Chiquito...- murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la alta hierba, rodeando con los brazos el cuerpo de su hijo.

El joven, así ceñido, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

Pobre Pancho...

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las cinco..

Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...?- murmura aún el primero.

-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi los pericos como los de Juan y los seguí...

-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!

-Papá... -murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

-Y los pericos, ¿los cogiste, los mataste?- pregunta el padre.

-No.

Simple detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, por la infeliz senda, Pancho regresa a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, ha colocado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad. Si, sonríe de alucinada felicidad... Pues, Pancho va sólo.

A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, han quedado el tira-jebes, un morral y unas cáscaras de naranja, y un poco a su izquierda sobre la cerca de moras y con las piernas en alto, confundido entre las espinosas ramas, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las once y media de la mañana.


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