- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Correo electrónico: {mail}
Como si nada hubiera ocurrido (10/02/2006)
La profecía del espejo (05/09/2005)
¡Visitación Olay, sin pecado concebida! (05/09/2005)
Otro graffitti de amor (05/09/2005)
El mundo finaliza en altos muros (05/09/2005)
Vocación de locos (05/09/2005)
Ya no miro hacia arriba (28/04/2005)
Ver también sus poesías
Como si nada hubiera ocurrido.
“no
eres más que un sobreviviente/ un náufrago
un
hombre esperando/ en la estación un paracaidista ante el
abismo/ como si encontrara al fin su tren/ su tabla
el último vagón”.
Reina Ma. Rodríguez (En la arena de Padua)
Desperdicios. Esa fue la primera imagen que inundó mis
ojos; ante tanto polvo y tizne, tanto musgo verde-amarillo
penetrando grotescamente aquellas oquedades y grietas
de la pared, sostenida por horcones de madera que ya
comenzaban a podrirse. Una pequeña caja con
un letrero de frágil dormía en medio
de la abandonada habitación un ciclo eterno.
Por fuera, y a la vista, se amontonaban algunos cuadernos,
pasto de las polillas que comían silenciosa
y anónimamente. Los versos sencillos,
de José Martí; un ensayo sobre pornografía
y obscenidad, de Henry Miller y Lawrence; un pequeño
libro de carátula anodina e impersonal con el
título de Historia de la sexualidad: el
uso de los placeres, de Michel Foucault y
un ejemplar de La Historia me absolverá,
de Fidel Castro, editado en un papel amarillento, casi
comatoso. No había relación entre aquellos
textos, parecían haber sido juntados con destino
al cajón salvador por obra de un orate, por
casualidad o quizás desidia. Después
pensé que podían haber sido colocados
por alguien que los apreciaba mucho y quería
salvarlos del incendio que arrasó casi todo
el antiquísimo edificio de la calle Dragones,
en pleno corazón de La Habana, pero no le dio
tiempo a guardarlos y quedaron allí eternamente
olvidados.
Las ventanas, ahora, permanecían clausuradas.
Maderas viejas y clavos herrumbrosos quebraban algunos
cristales por donde se colaban los rayos del sol. Tanta
cerrazón tenía por propósito evitar
que entraran las parejas furtivas y convirtieran
aquellos cuartos calcinados y muertos en zonas de tolerancia,
lujuria y vida. Por allí rondaba un amargado,
un envidioso de la felicidad y los encuentros de otros.
Treinta minutos antes de encontrar aquel lugar abandonado,
llegué a la parada del ómnibus, después
de un día agotador. Interminables reuniones
intentaban decidir el destino y ubicación de
un grupo de hombres sin contenido de trabajo, según
el jefe de personal de la fábrica. Estuve retenido
casi cinco horas en aquella oficina llena de afiches
llamando a cumplir con el horario laboral y el trabajo
voluntario. La fábrica hacía dos semanas
se encontraba semiparalizada por falta de vegetales
y frutas frescas para hacer las pulpas y mermeladas
y ya empezaban las preocupaciones administrativas por
el ocio de los hombres. “No queremos que se resquebraje
la disciplina de los trabajadores”, dijo el jefe
al comienzo de la reunión y siguió hablando
con su acostumbrado lenguaje, viciado de frases hechas
y lugares comunes, que tanto yo detestaba. A partir
de sus primeras palabras ya no le escuché y
me puse a garabatear y dibujar la página de
mi agenda, donde escribí, sin prolijidad alguna
y con una letra que no la entendería ni un experto
grafólogo, “otra reunión administrativa”.
Un almuerzo pobrísimo de arroz, chícharos
y una porción de merluza, casi congelada aún,
pescada en quién sabe qué mares, me cayó en
el estómago como un rayo centelleante, disparándome
una gastritis casi crónica a punto de convertirse
en úlcera sangrante. Tomé inmediatamente
alusil, una pastilla milagrosa contra la acidez estomacal
y me percaté que sólo me quedaban cuatro
y en las farmacias estaba en falta, también
por ausencia de materias primas; una frase que ya comenzaba
a inundar hasta mis sueños.
En la calle, el gentío que salía de los
trabajos y caminaba con indiferencia para llegar
a sus paradas y esperar pacientemente los ómnibus,
por varias horas, semejaba a grupos de autómatas
o manadas de reses camino del matadero. Un vientecillo,
que anunciaba la llegada del cada vez más corto
invierno en Cuba, se colaba por detrás de las
columnas que sostenían el esquelético
techo de zinc de la parada.
Llegué como de costumbre e intenté ver
si tenía algún conocido en la interminable
cola de la 22 y podía ahorrarme tiempo
y espera. Mi búsqueda fue infructuosa y sólo
entonces me decidí a pedir el último
de la larga fila. Inmediatamente noté, con ese
sexto sentido que tienen los hombres que una chica
rubianca y con aires intelectuales no me quitaba los
ojos de encima y miraba con insistencia y cierto descaro,
de mis ojos a la bragueta de mi ceñido jeans.
Le seguí el juego y cada cierto tiempo me mordía
los labios, de una manera indecente y me pasaba la
manos por la cara como intentando acomodar mi bigote
demasiado crecido y tocaba con insistencia el zipper
de mi pantalón. Luego caminaba algunos pasos
y le miraba el culo y sonreía con descaro lascivo.
La chica no estaba tan mal; vestía de
una manera bastante provocativa: blusa ajustada a unos
pechos grandes, tipo mangos filipinos, que pugnaban
por salírsele de un momento a otro, una saya
de mezclilla corta que dejaba ver aquellos muslos
carnosos, casi lampiños y de un color canela
dorado. Las nalgas demasiado paradas para ser de una
mujer tan delgada me empezaban a calentar la cabeza
y otras partes del cuerpo.
Siempre tuve predilección por las nalgas de
las mujeres; es lo primero que le miro. Si está planchá’ para
mi no existe. No importa que tenga un rostro como el
de Ingrid Bergman en Casablanca o que posea la elegancia
de la modelo Claudia Shiffer. Recuerdo que siendo
adolescente, me enredé con una negra carretonera
de La Habana Vieja sólo por tocarle y disfrutarle
aquellas nalgas prietas y adiposas que ella meneaba
al caminar con una elegancia casi principesca. El primer
día que me metí en su cama estaba con
la menstruación y se resistía a hacer
el amor, aún con preservativo. Entonces le dije
con descaro y cierta insolencia que habían otras
partes del cuerpo tan disfrutables como su mamey colorado
y ella se rió escandalosamente y me dijo: “Que
sucio eres blanquito de mierda. ¿Quién
me lo iba a decir? Tu que parecías un chiquito
tan fino, ahora quieres cogerme el culo el primer día”.
De más está decir que logré mi
propósito y me fui enviciando, porque ello se
convierte en una adicción. Y le aguanté carretas
y carretones a aquella negrita singona, de culito embriagador,
como yo le llamaba cuando quería adularla. En
ese momento, cuando conté mi primera proeza
sexual con la mulata del manglar a un grupo
de amigos que se las daban de mujeriegos, me miraron
con cara de disgusto. Servilio, el más resentido
de todos, que no se levantaba ni a una mosca, me dijo
con rabia y cierta envidia: “Ahora sí,
asere; este tipo, después de mujeriego, se metió a
bugarrón”. Yo para levantarle la parada
y dejarlo en ridículo, le grité mirándole
a la cara: “Mira pasmado de mierda, que
si tú cuando naciste no miraste para arriba,
no la has visto pasar en tu vida”. Todos se rieron
y comenzaron a joder a Servilio con pregunticas capciosas
acerca de sus experiencias sexuales y éste tuvo
que largarse con el rabo entre las piernas y cara de
haber hecho el papelón delante de todos. Desde
entonces, me la guardó e intentaba ponerme la
mala con las muchachitas del aula y hablaba sus
mierditas por detrás de mi, pero nunca me importó.
Siempre he tenido suerte con las mujeres. De chico
mi tía, que se quedó para vestir santos,
me decía: “Mi’jo si te dejan hablar
no te crucifican. Tienes el pico dulce y a las mujeres
nos gusta que nos digan cosas lindas al oído.
Vas a volverlas locas cuando seas grande”.Y su
pronóstico se cumplió. Es cierto que
no tengo grandes atractivos y mi cuerpo parece más
bien el de un gallo negro desplumado o un perchero
plástico, pero la naturaleza me dotó con
una verga hermosa que es la curiosidad de mis amigos.
Todavía recuerdo como me la miraban con envidia,
en las duchas, mis compañeros de escuela. Por
ello y para joder me gustaba pasearme encuero delante
de todos por el vestidor y mirarme en los espejos,
ubicados frente a los baños y hacer ejercicios
sistemáticamente para estar en “forma”.
Bueno, a lo que íbamos. La rubia de la parada
siguió mira que te mira. Tenía una cara
de templona y de calentona .Como suele pasar, no me
aguanté más y me le fui acercando, pues
de la guagua ni rastro. Cuando ya estaba casi a centímetros
de ella le dije a boca de jarro y con una sonrisa forzada: ¿Qué tu
miras? Ella ,con cara de cumpleaños, me siguió el
juego y me contestó: “La nariz que se
te estira, debajo de una mata de güira, tu mamá es
una guajira”. Yo comencé a reírme
a carcajadas y le respondí: “Mírala,
si hasta es poeta y en el aire las compone...” A
partir de ese momento iniciamos una conversación
más formal y supe que era divorciada y trabajaba
de maestra, cerca de la fábrica de conservas. “¿No
tienes novio, ahora?, le susurré muy quedo.
Ella replicó provocativamente: “Parece
que no existo, hace como siete meses que ningún
hombre se fija en mi.¿Acaso, soy tan fea?” Yo
le seguí el juego y le propuse caminar un poco
para salir de aquel enjambre de gentes y aceptó gustosa. “Hacer
ejercicios no viene mal”, me comentó con
cierto cubaneo y doble sentido. Yo le contesté lascivamente: “Bueno,
dice mi abuela, que miembros que no se usan se atrofian” y
le tomé con descaro de la mano como si fuéramos
conocidos de toda la vida. Ella no mostró la
menor oposición y continúo caminando
oronda y satisfecha.
Al llegar a un pasajito maloliente y empedrado de la
calle Dragones vi el edificio calcinado que estaba
casi en la esquina y sin preguntarle nada empujé una
de las puertas laterales y la metí de un tirón
en el recinto abandonado. Después cerré sin
hacer ruido y le propuse buscar un lugar de mayor privacidad
dentro. Subimos una pequeña escalerita y fuimos
a parar a un cuarto grande y apuntalado. Miramos detenidamente
el lugar para comprobar que no habían moros
en la costa y sin decir ni una palabra empezamos a
besarnos las bocas y los cuellos y a tocarnos por encima
de las ropas. Sin darle tiempo al rechazo, le metí una
mano debajo de la falda y aparté la liga de
una de las patas del blumer comenzándole a acariciar
con suavidad su sexo. Ella abrió sus piernas
con gusto y empezó a gemir de placer con la
entrada y salida de mis dedos gruesos. Mientras tanto
ya me había bajado el pantalón y le ponía
sus manos entre mis piernas para que palpara el bulto
incontenible que se le venía encima. Ella comenzó a
frotarlo contra sus ropas y se subió totalmente
la corta falda dispuesta a dejarme el campo libre para
el aterrizaje. Ya había comenzado a colocársela
dentro y disfrutaba el calor húmedo de su vagina
cuando sentí un ruidito en la planta baja del
edificio ruinoso. Nos movimos intentando no arrastrar
los pies y nos ubicamos detrás de una columna,
dispuestos a continuar la fiesta, aunque el edificio
empezará a caerse a pedazos. Con la boca y mi
lengua intenté evitar sus alaridos de placer
e inicié movimientos más seguidos y fuertes,
como intentando apurar los orgasmos de ambos pues ya
presentía que alguien estaba por interrrumpirnos.
Cuando ya empezaba mi eyaculación precoz y caliente,
me percaté que un viejo gordo, con una linterna
en la mano, y traje azul del Cuerpo de Vigilancia y
Protección, miraba sorprendido y exaltado nuestra
escena, desde otra escalerita ubicada en la esquina
del cuarto. No se movía y trataba hasta de no
respirar para evitar que se interrumpiera el
espectáculo que también disfrutaba gozoso.
En aquel momento me sentía tan a gusto que me
importaba poco la presencia de un tercero .No dije
nada y traté de concentrarme para terminar como
Dios manda. Al concluir, con toda la tranquilidad y
caballerosidad del mundo le pregunté a la rubia
si se sentía bien y sonrió complacida
del “ejercicio”.
Me subí el pantalón para evitar que el intruso se siguiera
calentando a costillas mías y saqué mi pañuelo
para limpiarme entre las piernas. Me cerré el zipper del jeans, no sin
antes acomodarme lo que la natura me dio. Sin decirle nada acerca de la presencia
del viejo voyeurista, la saqué del recinto y volvimos a salir a la descuartizada
calle habanera, como si nada hubiera ocurrido. Intenté volver a tomarle
de la mano y noté cierto rechazo elegante, de su parte. “Nos puede
ver algún conocido y no quiero compromisos”, me dijo. “Bueno,
cada uno para su casa y si te he visto ni me acuerdo”, le comenté con
cinismo. Ella hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Apuró el
paso como intentando desligarse de mi compañía y cuando
me llevaba cierta distancia se volvió y me preguntó, con voz
de inocentona barata: “Oye, cómo te llamas”.Le respondí burlesca
y secamente: “¡Alberto Herrero!”, como un conocido y pésimo
cantante televisivo. En ese mismo momento, un compañero de la fábrica,
que se encontraba en la parada del ómnibus me voceó de un lado
a otro de la calle: “Roberto, apúrate que ya te marqué en
la cola”.
Juan
Carlos Rivera.
Buenos
Aires, 30 de octubre de l997.
La profecía del espejo
El mal olor te escupe el rostro, te estruja, te revuelve el estómago. Treinta y seis escalones parecen excluirte del mundo. No importa que allá abajo la mayoría de la gente asuma la existencia como una suerte de carrera de obstáculos y los “camellos” (*) trashumantes lancen su gemido de alma en pena, vomiten alquitrán, pasen cuando les da la gana y se ahoguen en su propio humo. Tampoco importa que el cielo siga siendo azul y el sol sea el mismo de todos los días que se filtra entre las columnas de mármol y el piso de mármol y las estatuas de mármol y las paredes que un día fueron blancas y hoy están llenas de letreros negros, azules, rojos y amarillos, escritos con tiza, con carbón, con lápiz, con semen, con mierda. Llenos de originalidad, de faltas de ortografía, de ironías, de susto, de sexo, de felicidad , de desesperación... de soledad.
Y es que esta visible y perdida glorieta -- en G y 29 -- que intentó en sus buenos tiempos rendir tributo al Mayor José Miguel Gómez, un presidente de la república de antaño al que hoy ya nadie recuerda, parece ser el sitio escogido por los solitarios de La Habana para hacer llegar un mensaje o simplemente gritarlo a los cuatro vientos del Vedado. “No quiero cargar sólo con mi soledad”, escribió alguien desesperado en una de las paredes laterales del parque y se marchó sin dejar otro rastro que una letra pequeña, de esas que denuncian una personalidad tímida e introvertida. Momentos antes una espigada colegiala había dejado su testamento despechado por el amor no correspondido de uno de sus maestros “Ya me las pagarás, Eduardo”, rasgó sobre la cal del muro.
“Mujer, te busco y no te encuentro”. “La marihuana mata poco a poco: no importa, no tengo prisa”. “Lina, Carlos aún te busca”.“Peyi y Gloria, la chica del montón, pero me gusta”. “De amor también se muere”. “Tania y Sonia, pero que no se enteren nuestros padres”. “El vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo”. “Te padeceré hasta el último naufragio”. Y decenas de números telefónicos y direcciones particulares buscaban un resquicio, un acomodo y hasta reclamaban cierta privacidad y protagonismo entre las vetustas columnas en penitencia del lugar.
Para Olmos este sitio no era nuevo, mientras ascendía las escaleras que le separaban de la avenida en busca de paz y sosiego para su alma recordó que allí coincidió por primera vez con Sara. Aquel día por poco no repara en ella; había subido a esconderse de las miradas indiscretas de las gentes pues se estaba orinando y en toda la Avenida de los Presidentes no existía un baño público donde desahogarse y él conocía sus limitaciones. De niño se orinó por mucho tiempo en la cama y al levantarse siempre lloraba de vergüenza. Su madre probó los mil y un remedios campesinos que siempre recomiendan las abuelas. Que si orinar encima de un ladrillo caliente, que si mear a un sapo metido dentro de una caja y dejarlo escapar luego para el monte, que si tomar cocimiento de yerbajo de guinea con guisazo de caballo, que si amarrarse el pito con un hilo de coser. Con esto último sólo consiguió un gran hematoma en el prepucio que hasta hoy le dura como secuela del jodido experimento. Con lo del guisazo de caballo obtuvo la meada más abundante de su vida, tanta que le dio tiempo a salir corriendo para el baño y llenar casi un cubo de tres y medio galones. Después de aquello su madre le hizo beber a empujones todo el agua de la nevera porque temía que se hubiera deshidratado.
Desde entonces, no podía aguantar los malditos deseos y por ello cuando se presentaban los primeros síntomas corría por temor a chorrearse en los pantalones. Aquel aciago verano, con un sol que rajaba las piedras, subió a la glorieta y cuando ya tenía el pito en la mano y empezaba el ruidito peculiar del chorro, un grito aterrador le sacó del paso. El había apuntado su cañón hacia una columna ubicada en el sitio más oculto, y coño, extraña coincidencia, allí estaba sentada una muchacha que después supo tenía por costumbre refugiarse en el lugar para leer sus libros preferidos.
Ese día se vio de pronto en esa posición tan ridícula, escena que hubiera sido todo un clásico de cualquier puesta de teatro vernáculo cubano en tiempos Candita Quintana y Carlos Pous. Pito en mano -- orine interrupto-- dolor en la vejiga -- orejas coloradas -- risas nerviosas y una tremenda pena con aquella muchacha con cara de niñita, de baja estatura y color de piel aceitunado. Ella para evitarle más molestias le dijo sin siquiera mirarlo:
-- Despreocúpate, yo me viro de espaldas y tu terminas lo que estas haciendo para que no se te pasme el crecimiento.
Después (apenado él) intentó presentarse y en qué momento estiró la diestra en gesto amistoso. Enseguida la retiró al percatarse de la necesidad de lavarse las manos, primero, para poder pensar en presentaciones, después.
Ella lo miró de soslayo y entonces él reparó en las lucecitas negras de sus ojos, en su sonrisa de picardía y en esa manía provocativa de mojarse, cada cierto tiempo, los labios para evitar que el sol se los resecara.
Para cambiar de tema y borrar las malas impresiones del particular encuentro le preguntó por el título del libro que leía tan ensimismada y ella le disparó a quemarropa todo un arsenal de conocimientos que lo dejaron patidifuso y deslumbrado sobre la novela epistolar Las relaciones peligrosas, de Chordelos de Laclos. Le dijo que era uno de los libros emblemáticos del siglo XVIII en Francia. Le espetó que su estructura estaba basada en una complicadísima trama epistolar entre la marquesa de Merteuil y su amante Valmont, conflictos que tejen toda una historia de intrigas palaciegas, seducciones y muerte.En aquella primera plática, Olmos sólo pudo hablar, malamente, de la puesta cinematográfica del libro y de las magistrales interpretaciones de Glenn Close, Michelle Pfeiffer y John Malkovich y de la antológica escena en que la Close se quita el maquillaje ante el espejo como si se despojara de su máscara, en gesto premonitorio de derrota.
Tan metidos estaban en la amena conversación que sin darse cuenta, empezaron a caminar desde la glorieta hasta el malecón habanero, ese sitio de encuentros que ha sido definido sabiamente como la “franja circular que amarra a la ciudad a sus orígenes y le impide derramarse más allá de donde no debiera”. Caminar resulta todo un “deporte nacional” entre los cubanos. Hubo un momento en que Sara en gesto de protesta contra sus adoloridos pies, se quitó los maltrechos zapatos y siguió descalza por la acera sin el menor rubor y arrepentimiento dejándole ver aquellos pies tan pequeñitos. El pensó inmediatamente - con el consabido doble sentido de los cubanos - que si todo lo tenía tan diminuto casi se iba a acostar con una niña porque ya en ese momento estaba entre sus planes meterla debajo de las sábanas.
Durante el recorrido hasta la casa de ella pocos vehículos transitaron. Para esa época, ya la gasolina en Cuba estaba en pleno período de extinción y rodar un carro por las calles de La Habana era casi un lujo pues las tarifas en el mercado negro del preciado líquido eran dignas de aparecer en cualquier libro de los récord. Para entonces, las bicicletas empezaban a inundar las principales arterias capitalinas en permanente lucha contra peatones desesperados y coches de tracción animal que daban al impresión de estar en una Habana de cuando, como decían los abuelos, se amarraban los perros con longanizas y no se las comían.
Por el camino, entre el sol y el polvo de la ciudad, Sara habló por primera vez de sus padres desaparecidos en un accidente automovilístico, de los traumas que arrastraba desde adolescente por haber tenido que hacerse cargo de la crianza de su hermano menor y por no haber disfrutado de fiestas y paseos en grupos de amigos:
-- Cuando las muchachas de mi edad iban a las descargas a escuchar a José Feliciano, por entonces prohibido, y a “repellarse” con sus novios entre las luces rojas, yo tenía que lavar y planchar las ropas de la casa y cuidar a mi hermano menor. Quizás, por eso siempre fui una joven con demasiada madurez para mi edad; pasé de la niñez a los asuntos, como decía una canción popular, le dijo aquella vez con desencanto.
La primera impresión del edificio donde Sara señaló que vivía fue fatal. Parecía un gigante carcomido de hongos por la humedad y el salitre; con paredes desconchadas, llenas de mataduras y metastasis; a punto de lanzar el último suspiro. El único atractivo del lugar era el malecón ancho y concurrido que tenía frente y la vista del azul marino que, por momentos, parecía que se iba a colar por las ventanas para inundarlo todo. Olmos le preguntó con cierta sorna que si era seguro el lugar. Sara le contestó que seguro en esta vida ya no quedaba nada y mencionó los cinco mil derrumbes de edificios y casas habaneras en los últimos años y las cincuenta mil viviendas que ya no tienen arreglos en la ciudad (lo dijo con una voz teatral y lugubre para meterle miedo). Después subieron las escaleras aguantándose de los pasamanos totalmente oxidados hasta el quinto piso donde estaba su covacha, como ella llamaba al apartamento de dos cuartos donde vivía .
Cuando abrió la puerta él se convenció de que, como dice el refrán popular, a veces las apariencias engañan. La sala, inundada de helechos, begonias y azaleas, el juego de mimbre, las lámparas art nouveaux le imprimían al sitio un toque de buen gusto. En las paredes colgaban dibujos y lienzos de artistas conocidos. Por allí, un dibujo de Zaida del Río donde una mujer con cabeza de pájaro se miraba en un espejo, por allá una cartulina de Fabelo con otro retrato de mujer con rasgos asiáticos, muy cerca del balcón un grabado de Sandra Ramos presentaba a una pionera-isla de Cuba en pose de total indiferencia. En la sombra, sobre una mesita esquinera, un Anatomicums del ceramista Sosabravo reclamaba cierto protagonismo en aquella “galería privada”:
-- Como hay plata en esta sala, le dijo a Sara en abierta referencia a tantos originales de buenos artistas plásticos. Ella explicó que fueron regalos que ellos les hicieron a la madre, que era profesora de ballet de la Escuela Nacional de Artes y al padre, uno de los primeros actores negros de la televisión cubana.
-- Por la carga afectiva que encierran y el placer que para mi representa verlos en mi sala es que, aún en los peores momentos de esta casa, cuando no ha habido nada que comer y no hemos tenido ni una peseta para comprar el pancito diario de la libreta, no he vendido ni uno. Y ofertas he tenido muchísimas... Una vez un diplomático español, que se acostaba con mi vecina que fue Reina del Carnaval, me daba 500 dólares por la cerámica de Sosabravo, pero como yo sé que vale más rechacé la oferta. Estos extranjeros vienen a Cuba y no sólo se tiemplan y se llevan a las mulatas más bellas, sino también quieren hacer colecciones de arte latino a precios de miseria. Mira que en ese momento Chachy, mi hermano, tenía una de sus crisis asmáticas y necesitaba un spray de salbutamol que había sólo en las tiendas de divisas, pero yo no me dejé joder por el gallego. Después un italiano me compraba un jarrón de porcelana de Sevres que está en el cuarto: me daba una videocasetera y algo de pacotilla, de las que se destiñen en dos lavadas y yo no acepté. Chachy se peleó conmigo una semana por mi decisión, pero después me dio la razón. Luego, cuando lo del invento estatal de la Casa del Oro y la Plata que mucha gente le llamó la Casa de Hernán Cortez, por aquello de la conquista y colonización, del cambio de las pepitas de oro a los indios por las baratijas que traían los colonizadores, también mi hermano quería que vendiéramos algunas joyas de mi abuela, pero yo me opuse. Te tumbaban una sortija de oro dieciocho y esmeraldas por cuatro quilos, y no había posibilidad ni del regateo.
En aquel entonces, mientras Sara le hacía un café en la cocina, él en gesto bastante amistoso se descalzó los zapatos y se quitó las medias, pues los dedos le dolían muchísimo de tanta caminata. Cuando ella se apareció en la sala le comentó medio en broma que si quería se podía quitar hasta el canzoncillo. Olmos ni corto ni perezoso comenzó a safarse el cinto y Sara con la mayor naturalidad del mundo se agachó entre sus piernas y lo empezó a desvestir lentamente:
--Esto es un strip-tease obligatorio o una violación, sin derecho a replica, dijo con turbación. A lo que ella descaradamente contestó que se relajara y gozara, que ya no tenía otra opción, pues estaba en territorio ajeno. Su risa escandalosa se lanzó por el balcón y rodó escaleras abajo.
Aquella primera relación con Sara fue tan orgásmica y sensorial que, en lo adelante, soñaría con aquel momento muy a menudo y hasta tendría eyaculaciones nocturnas a repetición. Luego se sucederían las largas jornadas sobre aquella cama cómplice y vulnerable, cuyas sábanas ya ni se tendían y aquellos juegos amorosos hasta altas horas de la noche donde ella llegaría, sin rubor alguno, hasta los sitios más recónditos de sus intimidades con la punta de los dedos y un miembro tan sensible y húmedo como la lengua. Ya no podría olvidar jamás las tremendas erecciones, empatadas unas con otras que le hacían creerse el prototipo del semental cubano, como Sara gustaba llamarle. Tampoco podría olvidar que fue ella quien le enseñó por vez primera a sentir placer con las caricias de sus pequeñas manos sobre los glúteos varoniles. Aquella vez, escandalizado, le gritó que sólo los maricones se dejaban tocar y morder las nalgas, que eso se lo habían enseñado desde chiquito y ella le explicó, con toda la paciencia del mundo, que cuando dos personas se aman y se encierran dentro de un cuarto a hacer el amor no hay nada escandaloso en lo que se haga; que lo demás eran tabúes y estereotipos sexistas.
Posteriormente, vendrían las decisiones más cruciales de su vida: el matrimonio con Sara y los chismes del vecindario por la enorme barriga de ella, antes de casarse; la llegada, casi inmediata, de Abril, el pequeño príncipe de la casa; el inicio de sus trabajos como genetista en el laboratorio de un centro de investigaciones, la etapa de adaptación a la convivencia familiar y los rigores de llevar las riendas de una casa en una país donde siempre faltaba todo.
El hecho de haber vuelto a subir a aquella glorieta le revolvió, de golpe, todos los recuerdos de los últimos años; aquella rutina con sabor a nada que, cada día, se iba convirtiendo en un fardo más pesado. Los desencantos con Sara por su consagración total, sin horarios, al grupo de teatro y la falta de sistematicidad en las tareas de la casa; los dimes y diretes de un centro de investigación donde la cotidianidad se convertía en una lucha campal por alcanzar la mayor cantidad de méritos laborales para resultar “elegido” para los cursos de postgrados que se ofertaban en el exterior. Todo ello lo fue colmando la copa y llevando a una situación límite en la casa y el trabajo; hubo momentos en que pensó mandarlo todo a la mierda y empezar de cero, nuevamente. Si algo lo contenía era su responsabilidad al frente del hogar y la existencia del pequeño Abril, su único remanso de paz.
Quizás por ello, un día no dio mucho crédito cuando una negra, ataviada toda de blanco y con collares de colores rojo y amarillo , en plena parada de ómnibus lo miró detenidamente y se le acercó para decirle, casi en susurro:
--Tu esposa tiene un viaje tocándole a la puerta, del cual no va a regresar y tu vas a encontrar la felicidad pronto. Veo alrededor tuyo muchos cambios, le vaticinó la vieja santera.
Entonces le pareció que cerró los ojos cansados y todo ocurrió de repente: la salida de Sara para Venezuela, como directora de una obra teatral que se estrenó en La Habana y despertó muchos comentarios elogiosos; la última gran discusión con su jefe en la que terminó mandándole para el carajo y llamándole comunista de diplotiendas; su carta de renuncia laboral obstinado de tanta simulación y mediocridades; las numerosas gestiones y papeleos para obtener una licencia que le permitiera trabajar como artesano por cuenta propia y la carta de Sara donde le informaba de su decisión de quedarse por unos años dando clases de dramaturgia en una universidad privada de Caracas para “ganar algún dinero que le permitiera, después, vivir a su hijo y a ella como las personas en Cuba “.
Al principio, Olmos pensó que el mundo se le caía en pedazos, pero las aguas volvieron a tomar su curso y hasta se adaptó muy pronto a sus labores como padre y madre de Abril y comenzó a ganar buen dinero vendiendo cerámica para turistas en las ferias del Vedado y en el aeropuerto. Después, poco le importó cuando un “amigo”, recién llegado de Venezuela, le contó, con muy mala leche y lujo de detalles de las andanzas de Sara con un viejo dramaturgo caraqueño de mucha plata.
Por eso, como el asesino que regresa al lugar del crimen y observa que poco ha cambiado, Olmos volvió a reparar, detalladamente ,en todos los letreros de la glorieta, el parque de los solitarios de La Habana, como él le había bautizado, y sintió los mismos olores a pasto fresco, a orine y a mierda de aquella vez .Sólo, cuando se disponía a marchar, observó que en un rincón del monumento una muchacha rubia leía, ajena al mundo y al bullicio de la calle, un libro y tampoco había notado su presencia. En la distancia distinguió el título: Las relaciones peligrosas, de Chordelos de Laclos. No pudo más que sonreírse al recordar la profecía de la vieja santera y , también como aquella vez, se acercó para conocer a la distraída lectora.
(*) Omnibus, colectivos, guaguas, transporte
Juan Carlos Rivera Quintana
La Habana.- Buenos Aires, un día soleado.
¡Visitación Olay, sin pecado concebida!
A Iraida, mi madre, la más parecida, que conozco, a este personaje
Ella nunca fue una mujer común, ni siquiera en el vientre de su madre. Cuentan que cuando Aparecida tenía más de cuatro meses de embarazo ya le sentía llorar en sus entrañas y hasta hubo momentos en que juró que la niña le susurraba lo que debía y no debía hacer.
-- Esta será una chiquilla muy juiciosa, decía con orgullo maternal.
Durante el embarazo Aparecida nunca sintió predilección por las guayabas verdes, ni los mangos tiernos y mucho menos por los limones con sal. Sus mayores antojos consistieron en largas visitas a sus amistades y conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Con ella no valía poner escobas detrás de las puertas ni echar cenizas a la entrada de las casas en señal de espanta gentes. Por ello, cuando la niña nació fue bautizada por la comadrona como Visitación, en alusión a la manía de su madre que era comentario de todo el pueblo. Aparecida consintió en mantener ese nombre en pago a los buenos servicios de la partera, pero siempre dijo en señal de desacuerdo que más que un nombre parecía un nombrete.
Visitación Olay creció fuerte y saludable entre calderas tiznadas por el carbón de una típica cocina de campo de Remates de Guane, en la región más occidental de la isla; cercana a los olores del puerco asado en parrilla, el arroz con leche y cáscara de limón y la harina con frijoles negros. Y aunque siempre fue una niña sociable y muy dada a hacer amigos; todos los días, por problemas de la defensa de su nombre, debía vérselas a los puños o a los empujones con algunos compañeros de clase.
En una de sus peleas más memorables le dio un tirón a una negrita marimacho que le arrancó el arete y parte del lóbulo de la oreja izquierda. Cuando le reprocharon tal conducta, contestó drásticamente queriéndole poner fin a los comentarios:
--Ya le crecerá de nuevo el pedazo que le arranqué, pues las orejas de los negros tienen las mismas propiedades que las colas de las lagartijas.
En otra ocasión, se subió encima de una mata de ciruela que estaba al borde del camino de salida de la escuela y esperó a que pasaran dos chiquillos de tercer grado a quien ella le tenía ojerizas por el mismo asuntico de las burlas con su nombre y les meó las cabezas y las libretas de clase. No satisfecha con el desquite les gritó:
-- A partir de ahora yo seguiré siendo Visitación Olay y ustedes serán los meados comemierdas, y se lanzó desde lo alto de la rama del ciruelo dispuesta a la pelea.
Los muchachos no pudieron darle su merecido porque era tan fuerte el olor a orine que emanaba de sus cabezas que temieron les durara toda la vida. Por ello corrieron a bañarse en el río y a huntarse aguacate maduro y miel de abejas para borrar los efluvios amoniacales que salieron de la vejiga de la muchacha.
Por toda esa niñez de burla y violencia en que se vio envuelta sin quererlo, creció añorando los momentos de soledad cuando daba riendas sueltas a su imaginación y se tejía historias en las que regresaba victoriosa de peleas con animales inexistentes o era capaz de conducir a puerto seguro un barco a punto de zozobrar por las embestidas de un mar fuerza cuatro para cinco.
Sus padres siempre miraban con algunas sospechas las largas peroratas de la niña frente al espejo cuando conversaba con los fantasmas de los antepasados que no conoció y rememoraba pasajes olvidados por todos de la vida de aquellos.
-- Tacita, como le llamaba la madre para chiquiarle y endulzarle el nombre, tiene algunas tuercas sueltas en la cabeza, solía decir Aparecida.
-- Esta niña tiene predilección por los espejos y eso no me gusta. De seguro será puta o bruja, mascullaba el padre con el Habano entre las comisuras de los labios.
Aunque habían más hermanas en la casa, y mucho más atractivas que ella, Visitación tenía un no sé qué en los ojos; cierto brillo místico en la mirada oscura que resultaba como un imán para los hombres. Por ello cuando cumplió doce años y ya la punta de los pezones intentaban salírsele por las blusas del colegio tuvo su primer romance con el hijo del capataz de la finca La Razabal. El muchachón tenía veintiuno y cuando la veía venir por la vega de tabaco con aquellos vestiditos de piqué claros y casi transparentes por las diarias lavadas y con sus sandalias negras, caminando como la paloma por entre la tierra colorada, comenzaba a ponerse violáceo, el cuerpo le alcanzaba temperaturas elevadas y sentía un cosquilleo detrás de la nuca y entre las piernas que le hacían perder la cabeza en un instante. Su nerviosismo era tal que se ponía tartamudo y sólo atinaba a mirarle bobaliconamente y con cara de chivo degollado. Ella se reía feliz de aquello y cada día ganaba mayores poderes sobre aquel jovenzuelo, nacido en buena cuna.
A Visitación no le interesaba tanto el romance, ni tampoco el dinero de esa familia, como la posibilidad de tener acceso a la biblioteca paterna del enamorado. Allí, conoció, por primera vez, de las aventuras exóticas de Alejandro Dumas, de la fantasía de Saint Exupery y del hechizo poderoso de los hermanos Grimm. Por aquellas lecturas llegó a conocer, como la palma de su mano, la historia del reinado de Luis XIII, en Francia, los avatares tragicómicos del conde de la Feré, de Du Vallon, de los caballeros de Herblay y D’ Artagnan; los desconocidos parajes de Egipto, y el amor sin fronteras de Edmundo Dantes y Mercedes de Villefort.
Poco a poco empezó a cambiar caricias de su enamorado por libros y a hacerse de su propia colección. En la medida en que estas resultaban más íntimas lograba conseguir los ejemplares más valiosos. Así, por ejemplo, una edición ilustrada de principios de siglo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Don Miguel de Cervantes y Saavedra, le costó la primera succión en el clítoris que conoció. Recuerda que el lugar le estuvo ardiendo durante tres días pues el novio era muy penoso, pero no tenía un pelo de ingenuo y ya conocía muy bien, por las idas al prostíbulo del pueblito, qué hacer para ponerle a mil los sentidos y otros lugares del cuerpo. Cierto día cambió su primera penetración anal por la colección completa de las novelas de Honoré de Balzac y las de Fiodor Dostoievsky. En aquel momento le exigió al mozo enamorado la obra de dos autores de moda pues sabía cuánto estaba dando a cambio y conocía, por conversaciones escuchadas en la escogida de tabaco, lo doloroso que era entregar la virginidad de una parte tan delicada como aquella. Aunque, contrario a muchas predicciones, aquel roce fuerte y transgresivo entre sus nalgas no le dolió tanto como el día en que decidió entregar su rosado e intacto himen al mocetón ansioso que hizo de éste un amasijo de dolores y sangre.
Para ella ya no había marcha atrás y leía cuanto catálogo le caía en las manos y periódico llegaba a Vueltabajo buscando las novedades literarias. Ese afán de curiosidad, de abrir puertas y penetrar en mundos desconocidos del saber le fue construyendo una mirada propia y distanciando intelectualmente, a su vez, de la familia, sobre todo de las hermanas cuya única aspiración consistía en casarse con un guajiro trabajador y mandón y tener un rancho, repleto de hijos.
Pero sus sueños siempre tuvieron un destino: La Habana, “la placa”, como le gustaba decir en alusión a las calles asfaltadas de la capital que sólo conocía por algunas fotos que le mostró, en una oportunidad su padrino. Fue a él a quien le pidió , en cierta oportunidad , que le buscará una carta de recomendación para trabajar de institutriz en la ciudad y poder salir de la tierra colorada.”Yo no nací para esto, padrino. Lo mío es tener independencia, trabajar de lo que sea, poder comprarme un televisor y una nevera donde pueda tener limonada bien fría en el verano, leer buenos libros a la luz de una lámpara eléctrica y no de una “chismosa” de kerosene que me acaba los pulmones, bailar en un bonito salón y pasear por un céntrico parque de la ciudad”, le dijo con absoluta convicción.
No tuvo que esperar mucho tiempo. A los tres meses y después de un largo viaje en un tren lechero, llegó a la ciudad. En la cartera llevaba una carta de recomendación para trabajar en la mansión del Licenciado Valdés Figueres, dueño del único instituto meteorológico de la isla y una de las figuras más maltratadas por la opinión pública de la capital por sus continuas pifias meteorológicas. Fue este “experto” quien predijo que el ciclón de l956 pasaría a 90 kilómetros de la capital y no había terminado su discurso meteorológico massmediático cuando la antena de la famosa estación de CMQ empezó a moverse y terminó por caer en plena calle vedadense. A los veinte minutos el huracán, con rachas de l80 kilómetros por hora, hacía un lazo en toda La Habana y dejaba a más de 2 mil familias sin techo y al amparo de Dios.
Visitación llegó a Nuevo Vedado, donde vivía la aburguesada familia, con una pequeña maletica con sus dos mejores mudas de ropa y una caja con sus más “costosos” libros e inmediatamente comenzó a cuidar a los tres hijos del acaudalado matrimonio: una pequeña niña con ínfulas de bailarina clásica y cuerpo y alma de rumbera de conventillo, un tímido muchachón de casi 14 años con un incipiente acné juvenil en el rostro y las manos callosas de tanto masturbarse encerrado en el baño, y un pequeño gordito, de seis años y ademanes muy suaves. Si bien la vida en la mansión no fue una panacea, allí aprendió que la discreción y la hipocresía son armas en las manos de los seres humanos. Cuánto no habrá visto dentro de aquella familia arribista, deseosa de escalar los mejores salones de la sociedad habanera. Cómplice y tumba fue de la señorita de la casa, a quien le gustaba hacerse la fina y decente en los salones y todos los días cambiaba de marido, a escondidas de los “despistados” padres. Con ella conoció de todos los ardides de que se valían los ricos de la ciudad para casar bien casados a los hijos y utilizar, luego, hasta la bendición de la iglesia. Días antes, de la boda de la niña de casa , Visitación tuvo que acompañarla a un cirujano famosísimo, especializado en suturar los hímenes rotos de todas las señoritingas de La Habana para hacerlas pasar por vírgenes ante los embaucados novios.
Si algo disfrutó, sobremanera, fue su quehacer como “manejadora” del mocetón lujurioso de la mansión. A él le enseñó -- con toda la imaginación que la caracterizaba-- casi todas las posiciones amatorias existentes, transformándolo en uno de los mejores partidos sexuales de la ciudad. Por supuesto, se guardó de mostrar algunas (las más excitantes) para que sólo fueran de su propiedad exclusiva. Al más pequeño de la familia, concentrado únicamente en la lectura y en jugar al ajedrez, le recomendaba los mejores libros de narrativa y poesía contemporáneas y luego ambos comentaban sus impresiones acerca de las lecturas. A este niño, de gestos afeminados y gustos muy sospechosos, le desarrolló el ejercicio del criterio convirtiéndolo en uno de los más recomendados y temidos críticos de artes de la capital.
Pero el porvenir de Visitación no estaba en esa mansión como institutriz de aquellos “culicagados”, como ella les llamaba cuando era víctima de algunas de sus travesuras. Cuando pudo hacer sus ahorros se compró una casita propia en un barrio de la periferia y nunca más volvió a Nuevo Vedado. A partir de ese instante su existencia transcurrió entre altares repletos de santos, copas de agua fresca para aclarar los destinos , espejos y cartas españolas. Sus poderes mentales e intuición para analizar el presente, predecir el futuro y recomendar hierbas naturales con principios activos curatorios le granjearon el respeto de sus allegados, quienes no tardaron en comentar sus dotes como sibilina y curandera. Considerada la más certera espiritista, cartomántica y brujera de La Habana ,su vivienda siempre estaba repleta de personas de los más variadas clases sociales; allí se daban cita desde un sepulturero cornudo hasta un embajador impotente.
A ella acudían de todas partes del mundo para deshacer matrimonios y solidificar uniones, apaciguar conflictos amorosos y avivarlos, conseguir visas para viajes al exterior, consultar en relación con enfermedades incurables, deshacer maldiciones y hasta limpiar y alumbrar un camino. Su fama alcanzó niveles insospechados cuando se rumoró que fue capaz de hacerle olvidar, de un día para otro, a una figura gubernamental su adición por los puros Habanos que se remontaba a la adolescencia, con sólo una rogación de cabeza, y una limpieza con un huevo de pato y tres ramas de paraíso. Los enemigos decían que a partir de este momento el líder dejó el vicio, pero adquirió el hábito de no escuchar a sus seguidores. Ella se excusaba diciendo que, quizás, al sacarle los humos de la cabeza, éstos se le refugiaron en los oídos entorpeciéndole la audición. Pero, lo que realmente la convirtió en un suceso nacional fue cuando, por medio de unos rezos y cocimientos que preparó con el auxilio de una popular cocinera televisiva, erudita en platos cuya base principal era el plátano microjet, consiguió una firma de acuerdos entre dos gobiernos a punto de una guerra por una disputa territorial de los tiempos de Maricastaña.
A pesar de su consagración a hacer feliz a los demás y quizás por todo el tiempo que ello le exigía, nunca consiguió pensar en sí misma y en su propia felicidad. Vivió deseando tener una familia numerosa y jamás logró quedar embarazada, a pesar de todos sus intentos, de las posiciones amatorias que adoptó y de los brebajes tomados. Tampoco pudo estabilizar una relación más allá de los primeros encuentros y se pasó la existencia conociendo y enamorándose de hombres de las más variadas estirpes que, posteriormente, se fueron buscando la paz que no conseguían.
En cierta ocasión, logró “amarrar” a un hombre a su lado. Le conoció en el Parque de Los Cocos y fue un amor a primera vista. El mulato tenía todo lo que el médico le había recetado a ella para combatir los dolores en los huesos que le aquejaban: cuerpo musculoso y mirada de tigre al acecho, manos de albañil y lengua de toro salvaje, cultura enciclopédica y dientes tan blancos como la leche condensada rusa. Y de lo otro, ni hablar. Por ello Visitación disfrutaba cada encuentro como si fuera el último porque presentía que Dios no podía crear un ser tan perfecto y que le duraría poco.
Muchas veces, delante del espejo del cuarto, decía eufórica: “¡Algo bueno me tenía que tocar en la vida, coño!” Y corría oronda y sonriente a bañarse con flores blancas, mejorana, abrecaminos, vencedor y otras hierbas para el mal de ojo y las malas mentes. Pero, como todo en la vida es finito , una noche llegó, sin previo aviso, a casa del mulato hecho a mano, como ella le decía, y sin tocar a la puerta se asomó por la ventana y cual no sería su sorpresa y decepción: el tipo estaba, en una pose bastante comprometedora con otro hombre y lanzaba unos bufidos orgásmicos que nunca le
escuchó en los mejores momentos de sus enfrentamientos carnales. A Visitación no le molestó tanto que el tipo fuera maricón como que gritara más satisfecho por lo que le hacía otro que por lo que hizo con ella.
A partir de este momento, se impuso olvidarse del sexo y consagrarse a tiempo completo a mejorarle la vida a los necesitados. “Yo soy como la madre Teresa de Calcuta”, decía con una sonrisa amarga a flor de labios para darse terapia ella misma. “De seguro, cuando muera muchos escribirán al Vaticano pidiendo mi canonización y el Papa me pondrá en un altar para siempre, rezará por la paz de mi alma en el paraíso y hará hasta imprimir unas estampitas con mi efigie”. Después mascullaba, entre dientes: ¡Santa Visitación Olay, sin pecado concebida! y pegaba una carcajada más cercana al demonio que a los ángeles celestiales.
Juan Carlos Rivera
Buenos Aires, 25 de agosto de l997.
(extraño y soleado día de invierno).
Otro graffitti de amor
“ (...) perdí las tintas invisibles/ para
que sólo tu captaras el mensaje”.
( De Alquimia de fantasmas, Juan C. Rivera)
También a mi se me secó la garganta y quedé impávido ante aquel letrero, escrito con tinta negra sobre aquella pared descolorida y maltrecha, del parque habanero: “Ellos no murieron, sólo se fueron antes”. La tinta había dejado unos surcos gruesos sobre la intemperie del muro profanando la virginidad del ladrillo que parecía quejarse de la dureza del trazo y de la vileza del desesperado. Desconozco por qué extraña asociación recordé, inmediatamente, otro famoso graffitti que mereció innumerables crónicas periodísticas en los principales medios de la isla. Aquel otro más que una súplica era un grito agónico de alguien a punto del suicidio que, abandonando toda esperanza de ser localizado, escribía desconsolado en todos los sitios donde se paraba: “Lina, Carlos aún te busca”. Así las cosas, La Habana se fue llenando de esa frase que no parecía obra de una sola persona, sino de una campaña propagandística llevada adelante por alguna organización política cubana. Sólo que Lina pareció no enterarse nunca.
Jamás tuve vocación para la semiótica y las decodificaciones de mensajes lingüísticos, pero frente a aquella afirmación, tan ligada a la muerte y a la evasión mundana empecé a imaginar historias clandestinas de amores y vendettas a lo Capuleto-Montesco, en pleno final de milenio en aquella Habana calcinada por un sol impiadoso y una nostalgia que le pondrían los pelos de punta al mismísimo Lucifer.
Siempre supuse que la lucha del amor no debía ser por vencer a la muerte y al espíritu de trascendencia que tanto persigue a los mortales, sino que la batalla debía apostar a ganarle al tiempo y sus accidentes cotidianos. Si se lograba conseguir la victoria se sobreviviría a la mediocridad y la rutina que mutila y enmohece las relaciones interpersonales. Quizás por ello, aquella frase y su contenido, que tropezaban contra mis retinas, en plena arteria principal del Vedado, se me antojaba indescifrable y mágica.
Después, por azares del destino llegó a mis manos un sobre cerrado, sin remitente alguno. Lo abrí rutinariamente, pensando que se trataba de una de esas tarjetas o fotos turísticas que te envía algún amigo que tuvo la fortuna de poder quitarse los ariques guajiros del subdesarrollo, vencer los prejuicios de burocracias consulares hostiles para darle visa a los cubanos y plantarse ante la Torre Eiffel, o delante del Obelisco bonaerense o en plena calle newyorquina. Cual no sería mi sorpresa , se me invitaba a la inauguración de una muestra en la Fototeca de Cuba y la tarjeta recordatoria era una imagen donde una pareja de adolescentes semivestidos posaban, paradójicamente con caras de inmortales, delante de un paredón donde se destacaba a medias el consabido graffiti que inundaba La Habana: “Ellos no murieron, sólo se fueron antes”.
La foto no tenía crédito artístico y esto acentuaba mi curiosidad; se había trabajado con una técnica que intentaba envejecer el material, pero sin embargo los vestuarios de los adolescentes parecían muy actuales, casi de rockeros o marginales. A partir de aquel momento la frase se me volvió obsesiva y me di a la tarea de buscar información sobre los protagonistas de esa historia maltrecha.
Recuerdo que llamé a mis amigos, vinculados al mundo de la plástica , y nadie supo darme explicaciones, tampoco sabían quién había obtenido esa imagen y mucho menos quiénes eran los modelos.
El azar quiso que la laberíntica verdad se pusiera ante mis ojos la noche de la inauguración de la muestra fotográfica. Llegué casi entre los primeros, pues era tal mi curiosidad, incentivada por alguna que otra nota periodística que promocionaba la exposición y la calificaba de suceso pictórico del año, que la impaciencia me dominó. Transgresión, talento, objetividad , contemporaneidad y frescura visual eran los epítetos informativos para reseñar el acontecimiento, en la grisura de la prensa cubana.
La Fototeca es de esas casonas coloniales, del siglo pasado, con patios interiores y murales cerámicos, canteros repletos de helechos, malangas y pequeñas arecas, en pleno corazón de la destrozada y polvorienta calle Cuba. Sus salas de muestras se ubican en la planta baja y el primer piso, al que se accede por una escalera de mármol blanco, tan antigua y desgastada como los mudos paredones del centenario Castillo de la Fuerza.
Eché una primera mirada para reconocer el espacio y llevarme las más rápidas impresiones visuales y quedé impresionado por la atmósfera del lugar. Las fotos, perfectamente montadas en grandes acrílicos pendían de la blanca pared y apenas eran seguidas por la tenue luz de varias dicroícas. Se destacaban los planos americanos y las pequeñas composiciones plásticas donde los personajes se movían en una atmósfera de claroscuros; ello le daba cierto intimismo y calidez humana. Podía observarse que los desnudos, algunos muy osados y otros más discretos, parecían el hilo conductor de la exposición, cuyo tema era el trabajo con el cuerpo.
Apenas tuve oportunidad de mirar las caras de los participantes y amigos, algunos como suele ocurrir disfrazados de gitanos o de lores ingleses para llamar la atención o hacer alguna conquista amorosa, aunque sólo sea por una noche. Alguien, no recuerdo quién, me presentó a uno de los artistas expositores y mi sorpresa se transformó en interrogación. El artista, con el ego característico de todos los creadores, me habló petulantemente de su quehacer, de sus premios, propuestas de exposiciones en el exterior y viajes, mientras me mostraba sus trabajos y recorríamos los salones.
Entonces, casi escondido en un rincón de la planta alta, descubrí el cuadro. Apenas le tocaba la luz en uno de los extremos impregnándole una rara sensación de irrealidad, como si la escena que mostraba hubiera ocurrido fuera del tiempo. Entonces el artista, al observar mi interés por aquella imagen se detuvo por unos instantes y comentó:
- Dicen que la tiró un fotógrafo muy joven que murió, hace apenas un mes, de SIDA. La sacó dentro del sanatorio, a una pareja de muchachos que se inocularon el virus con unas jeringas infectadas y murieron a los seis meses de una neumonía. Las enfermedades oportunistas van diezmando esas tropas cada cierto tiempo.
--¿Se sabrá alguna vez por qué se infectaron intencionalmente?, dije queriendo saciar mi curiosidad con alguna respuesta convincente.
-- Alguien me comentó que formaban parte de una banda de rockeros con una vida muy marginal. La mayoría se drogaba con anfetaminas y ron o fumaba marihuana, y no eran aceptados por sus familiares. Convivían hacinados todos en una casa ruinosa en una esquina del Vedado. Quizás estaban aburridos de existir, de las incomprensiones cotidianas, de los tabúes y máscaras sociales y de pasar trabajo.
La noticia fue como un cubo de agua fría sobre mi cabeza. La sola certeza de la presencia de la muerte como protagonista dentro de la historia que buscaba desentrañar me hacía enredarme aún más dentro de los vericuetos de aquellas tristes existencias.
Si en tiempos de modernidad la muerte fue entendida como gesto higiénico, razonable y hasta necesario, en tiempos posmodernos como los que vivimos la muerte es ritual de condición polisémica, ceremonia con su consabido referente complementario: la vida.
Aquella noche no pude saber nada más. Otro amigo que supo de mi curiosidad por la historia que se escondía detrás de la foto me orientó la dirección aproximada de la deteriorada casona, donde se reunían aquellos jóvenes adrenalínicos y desprejuiciados que en La Habana eran conocidos como frikis por su forma de vida, su gusto por el rock, el desaliño de sus atuendos y los abalorios que se colgaban del cuello y las muñecas.
Esperé pacientemente el fin de semana para visitar el lugar y me disfracé lo mejor que pude; era necesario armar un personaje que creara inmediatamente cierta comunicación con aquellos chicos disociales, al margen de todo y de todos.Debía pasar por uno de ellos para evitar incidentes desagradables o una paliza merecida por intromisión alevosa.
Cuando llegue a la casona había una gran algarabía; sonaba un grupo underground llamado Sesiones Ocultas, que estuvo prohibido durante mucho tiempo. Posteriormente, supe se trataba de un aquelarre que se celebraba todas las semanas para festejar la incorporación de los nuevos al grupo. El bautizo consistía en la fuma de los primeros cigarrillos de marihuana, hacer sexo colectivo y bailar la mayor parte de la noche. El humo, la música rockera ruidosa y cierto olor a sudoración ácida y a alcohol de farmacia que tomaban sin descanso impregnaban el ambiente, casi en penumbras. Pegada a una ventana una chica semidesnuda se dejaba tocar las tetas por dos hombrazos que comenzaban a masturbarse uno al otro con toda la delicadeza que podían aquellas toscas manos. Debajo de una escalera que parecía no ir a ningún sitio, un amasijo de brazos, gemidos , piernas , pelos mugrientos y sexos a la intemperie se confundían y de vez en cuando cambiaban de posiciones amatorias. No sabría decir cuántos hacían el amor en aquella oscuridad. Una chica con mirada de hechicera y vestida con un sayón negro lanzaba su cartera de cuero en dirección a los grupos que conversaban, sentados en posición india en el suelo, y se largaba, después, con quien recogía la prenda a hacer el amor impúdicamente y a la vista de los demás que se reían de la originalidad de aquel ejercicio de libertad plena.Otros, bailaban en grupos numerosos y practicaban un ritual consistente en mover la cabeza sin parar, como si llevarán el ritmo de las desafinadas guitarras con las extremidades superiores.
Salí algo turbado a una terraza, oculta por una enredadera de jazmines salvajes que ya no despedían olor alguno. Quería escapar de todo aquel mundo alienado y sin freno. Entonces, descubrí una chica que miraba el cielo ennegrecido, al borde de un fuente ruinosa y seca. Parecía una estatua gitana, quizás por la forma en que vestía y lo ida que estaba del ruido de la casona. Era de una hermosura casi hierática y enfermiza.Uno de los tirantes de su túnica se había corrido del hombro y sin el menor rubor mostraba un seno blanquísimo y pequeño donde resaltaba un pezón rosa-nacar que sería la envidia del mejor pintor renacentista. Casi en el centro de aquella desnudez que invitaba ser tocada y succionada con lascivia, una leyenda a punta de aguja le restaba magia a tanta delicadeza. “Nací para crear dificultades”, rezaba en el tatuaje. La negrura del pelo y las pestañas y la blancura de la piel le imprimían un aire de artificialidad al rostro desangelado, en el que se destacaba unas ojeras de varias semanas de insomnios y desatinos .Más bien acusaba una fragilidad anémica, reforzada por una voz apagada y lenta, como si le costara demasiado articular cada frase. No sabía cómo empezar el diálogo para intentar sacarle información, si la tenía, sobre aquellos personajes que me quitaban el sueño y que suponía ella podía conocer. En el bolsillo, guardaba la foto para mostrársela a quien estuviera dispuesto a contarme alguna historia.Quizás la ansiedad de mi rostro me delató, pues ella me penetró fijamente con los ojos y buceó dentro de mis dudas e interrogaciones. Entonces, increíblemente, no tuve que pronunciar palabra alguna. Habló muy poco, pero fue precisa:
“Hace horas te estaba esperando, pues sabía que vendrías y a qué. Contarás la historia tal y como te la narro. Ustedes los escritores tienen demasiada imaginación y terminan distorsionándolo todo en pos de ganar lectores. De todas maneras tampoco tendrás que adornar mucho estas existencias, pues ellos fueron por si mismos personajes novelescos e irrepetibles. Jazmín y Daniel se conocieron aquí en este mismo patio hace algunos años. Ambos decían ser huérfanos de padres y venir del campo. La soledad los unió exageradamente e hicieron una dependencia enfermiza uno del otro. Esto no sé si es bueno o malo en una pareja, pues vivían constantemente anulándose como seres humanos y mimetizándose, sin proponérselo. Bastaba con una mirada de uno para que el otro entendiera lo que estaba pasando, incluso hicieron del diálogo telepático una forma de comunicación. Fue ella quien me enseñó a leer la mente de los otros. Debido a esto se olvidaron de articular palabras y comenzaron a sentirse muy solos, a pesar de estar siempre juntos. Esto los sumió en reiteradas crisis existenciales y se convirtieron en dos fantasmas que únicamente se sentían de carne y hueso cuando practicaban el sexo con la furia y las caricias más salvajes del amor. Siempre estaban llenos de moretones violáceos por el cuello y la espalda y ella siempre tenía problemas estomacales y menstruaba con más frecuencia de la debida por la alevosía con que era poseída .En una ocasión, Daniel le escribió un poema a Jazmín donde se quejaba de haber perdido las tintas invisibles para que sólo ella captara el mensaje. Estaban muy enfermos y casi locos, pero nunca vi dos seres que se quisieran tanto.Solo que el precio que pagaban eran muy alto. Creo que fue él quien decidió suicidarse, aburrido de tantas miserias humanas .Ella aceptó sin disentir y hasta buscó la forma, decía que menos dolorosa, con una amiga, enferma de SIDA, en fase terminal. Las hipodérmicas contaminadas fueron suficiente para acabar con sus existencias.”
La chica de la fuente me miró extraviada ; calló unos segundos al notar la turbación y el espanto de mi rostro por aquella historia. Se subió el tirante del batón que llevaba y cubrió, ahora con cierto recato de dama digna, su seno lánguido. Me dio la espalda y antes de salir hacia la calle por una puertecita de hierro oxidado, oculta en un rincón del matorral, murmuró, señalando hacia la pared izquierda del jardín:
--Allí se tiró la foto que tanto te perturbó y que se ha hecho famosa por estos días. Daniel fue quien inventó el epitafio. Entonces ya tenía pensado salir de este mundo y estaba seguro que Jazmín le acompañaría. Yo sólo he alimentado el mito y escribo la frase en cuanto sitio encuentro en mi camino en esta Habana desamparada y oscura. Creo que es el mejor homenaje que puedo rendirles.
Juan Carlos Rivera.
(La Habana- Buenos Aires, 23 de septiembre de l997).
El mundo finaliza en altos muros
“Sólo en el genuino hablar es posible un genuino callar...
Pero callar no quiere decir mudo”.
( Heidegger, Ser y tiempo)
Conocí a Elaine hace tres años en una fiesta new age de Miramar, un barrio que perteneció a la burguesía cubana de antaño y en el que ahora viven diplomáticos y funcionarios en activo o jubilados, generales y doctores. Recuerdo que era la primera fiesta de ese tipo a la que asistía y estaba entre curioso y asustado. Escuchaba cada cuentos sobre ese tipo de reuniones: que si allí las parejas se besan y tiemplan lascivamente a la vista de todos sin la menor privacidad y recato, que si las lesbianas toman cerveza y ron como cualquier obrero portuario y luego se celan y arman peleas entre ellas, que si cuando los ánimos se suben de alcohol aquello termina como la famosa fiesta del Guatao, a palos y piedras o al estilo de las orgías dionisíacas de la antigua Grecia.
De adolescente siempre escuché hablar de las famosas “fiestas de perchero” de La Habana de los sesenta. Les llamaban así en alusión a que la gente iba entrando y se quitaba todo lo que traía puesto y lo colgaba, sin inhibiciones, en una percha para evitar que se le estrujara. A esas “encerronas” asistía lo más rancio y afamado de la farándula artística cubana. Allí más de uno o una no sólo perdió las ropas que no llevaba puestas, sino también otras cosas más importantes que la inocencia que ya no tenían.
Hubo una gran batida policial en una de ellas y se contaba que cayó presa hasta la divina María Santísima. Por aquello, después, tuvieron que sustituir algunos personajes protagónicos y secundarios de la serie de aventuras Zorro, el enmascarado, que pasaba por televisión en el horario dedicado a los niños, pues gran parte de su elenco estaba encueros en aquella fiesta, fumando marihuana y entregado a los placeres más terrenales y antiguos.
Aquel día del primer encuentro con Elaine, llegué temprano a la fiesta que daba María Rodríguez, una lesbiana muy conocida que tocaba la guitarra y componía canciones a amores no correspondidos . Su departamento estaba en el último piso de un edificio, con entrada discreta y tenía un pequeño balcón en el que sólo cabían pocas personas de pie, tan cerca unas de otras que podían sentirse las respiraciones y hasta los ruidos estomacales.
El apartamento tuvo una etapa de esplendor y aún conservaba algunos de sus muebles originales, estilo Luis XV. María tenía intenciones de irse para Estados Unidos y había empezado a vender subrepticiamente, para que la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra no se enterara, su juego de comedor , los muebles de uno de los cuartos, jarrones, vajilla, y hasta los cubiertos de plata. Quizás por ello, en la sala sólo llamaba la atención una mesita de caoba con tapa de cristal, donde sonaba un moderno equipo de música marca Sony, comprado en una shopping habanera, y un pequeño aparador en el que se ponían las bandejas con un ron casero, apodado “salta pa’tras” o “chispa de tren” por los efectos que provocaba y el menguado buffet, consistente en croqueticas “mira cielo” por su capacidad para pegarse insistentemente en el cielo de la boca y una ensalada fría con una mayonesa aceitosa, remedo de la cocina rusa, importada a la isla.
Días antes, una amiga que conocía de mi reciente divorcio y celibato me comentó, como quien no quiere la cosa, que a esa reunión iba a ir una escritora que tenía que ver mucho con mis gustos y afinidades. Patricia, que así se llamaba la amiga que hizo de Celestina, dijo entonces:
--Mira, no dejes de ir porque te voy a presentar a un amiga muy talentosa y buena gente que seguro te va a interesar. Es una tipa chevere, muy sola y necesitada de afecto. Yo estoy segura que tú le vas a gustar; ella anda buscando estabilidad y comprensión. Terminó hace algún tiempo una relación muy complicada con alguien que se fue en balsa para Estados Unidos y nunca más supo de él.
Recuerdo que sonó el timbre y todos estaban en uno de los cuartos viendo Contacto, el programa farandulero que los sábados paralizaba a media Cuba delante de la pequeña pantalla y donde lo mismo podía verse la premiación de los Grammy , en Estados Unidos, que una entrevista con Contino, una figura gubernamental cubana. Yo había salido al balcón, pues me molestaban las caricias que una chica le daba a su novia delante de todo el mundo, las risas escandalosas de la gente y la cantidad de humo de los cigarrillos.
Al escuchar el timbre abrí la puerta y dos personas preguntaron por María Rodríguez, la dueña de la casa. El tipo era rubianco, con aire enfermizo, debido a la palidez de su rostro. Parecía no haber tomado sol en varios años. Después supe que vivía en Europa y era hijo de una famosa sexóloga extranjera que sentó cátedra en Cuba en momentos en que se quería meter a empujones en las escuelas primarias la educación sexual como una asignatura más, “para evitar desvíos“ ,decían entonces los psicólogos de moda. Esta señora, cuando llegó el período especial, los apagones y las carencias de alimentos recordó, como tabla salvavidas, su nacionalidad, y se fue con todos sus hijos .
La otra era una mujer de casi un metro con setenta centímetros, de piel muy trigueña y ojos pardos. Armaron tal escándalo en la puerta que les mandé a bajar el tono de la voz para evitar quejas de los vecinos del edificio.
--Bueno, hoy es un día festivo, no hay porque hablar tan bajo, replicó insinuante la mulata con mirada de elefante triste. En aquel momento le lancé una primera inspección y le vi demasiado bien formada para mi gusto. Tenía figura de modelo de La Maison y a mi siempre me han gustado las flacas desculadas .Llevaba puesto un jean ajustado, color bordó, y una blusa verde de rayas , que le hacían muy elegante. Me sonrió, en señal de excusa, después de su comentario desafiante y me tendió la mano en gesto de amistad. Le contesté el saludo y le regalé un guiño de cortesía, después supe que aquello fue suficiente. Desde ese momento Elaine, que así se llamaba ella, se dio a la tarea de “levantarme”.
Durante la fiesta se sucedieron los intercambios de miradas y las preguntas incisivas. Elaine se parapetó en el balcón y yo me mantuve conversando todo el tiempo a su lado. Su inteligencia y la solidez de sus argumentos para buscarle razones a las cosas terminaron deslumbrándome aquella noche. En una oportunidad, mientras me miraba con esos ojos que hipnotizaban al más pinto de la paloma, me acarició tímidamente los dedos que tenía apoyado en los hierros del balcón y, como correspondía, no hice resistencia alguna.La fiesta se prolongó y ella propuso ir a dormir a su casa que quedaba en la misma cuadra. Yo había ido con un grupo de amigas que también vivían lejos y por cortesía nos invitó a todos. Terminamos durmiendo en la alfombra.
En la noche, se levantó para tomar agua en la cocina, de la planta baja, y yo le seguí. Allí confesó que había sido una excusa. Comencé a besarle y a tocarle lentamente y la dejé desnuda. Su cuerpo sin ropas, a la luz de un farol que se escabullía tras las persianas, me sobrecogió; estaba muy bien armada por la naturaleza.Recuerdo que le pregunté para hacerme el gracioso si su padre era escultor Un lunar carmelita ,encima del muslo izquierdo, le daban un toque diferente a aquella mulata, tipo Cecilia Valdés. Su cuerpo denunciaba las sesiones de ejercicios diarios y sus tetas casi moradas, de sólo rozarlas con los labios y la yema de mis dedos, se erizaron de gusto. Ella se agachó perdiéndoseme entre las piernas para resucitar sólo cuando había logrado sacarme todos los jugos de la noche. Estábamos muy asustados, deseosos de hacernos el amor, pero el lugar era impropio en tanto sus padres podían despertarse y arriba el campamento estaba repleto. A pesar de sus reparos, logré sentarle en la meseta de la cocina con las piernas recogidas para buscar una posición más cómoda y le introduje suavemente mis dedos entre sus nalgas, mientras le acariciaba lentamente.Después me concentré en su vagina. Percibí que hacía bastante tiempo que no tenía sexo, aquello la enloqueció y le provocó casi al instante un orgasmo fulminante, seguido de fuertes contracciones en todo el cuerpo.Su piel delicada y tibia eran lo que se dice un bocado de cardenal.
Al día siguiente, cuando llegué a casa, encontré un papelito en el bolsillo del pantalón con un teléfono y una breve nota que decía: Gracias, por esta noche. Algo mío se queda. Espero impacientemente tu llamada. La nota no estaba firmada, pero no hacía falta saber quién la había escrito.
La cita no tardó y volví a subir ansioso las escaleras del aquel cuarto. En esos primeros encuentros utilizamos preservativos .El sida ha creado en el mundo todo un síndrome de sospechas y miedo. A pesar de esto, aquella primera cama y el resto fueron indescriptibles Yo había comprado ese día un pomo de miel de abejas y le derramé un poco por sus pequeñas tetas--que cabían en la palma de mi mano-- los labios y entre las piernas; ello creó todo un clima de complicidad y lascivia que disfrutamos. En lo adelante, probamos, también, con algunas mermeladas de frutas, sobre todo con el mango.Su pulpa amarilla, dulzona y jugoza es un deleite a todos los sentidos. Las pequeñas ventajas de vivir en el trópico.Después, nos esperaba la ducha semicaliente y yo seguía jugando a esconderme dentro de ella.
En un principio, dormir con Elaine resultaba muy difícil porque adquirió la costumbre de abrazarse a mi y darme besos en la espalda. Un día dijo que lo hacía porque tenía temor de que me fuera en la noche y no regresara nunca más . Aquello corroboró la necesidad de afecto y seguridad que siempre tuvo. No había logrado nunca, aún deseándolo, estabilizar ninguna relación . Tenía una biografía amorosa repleta de hombres casados y profesionalmente tampoco podía exhibir muchos éxitos; sólo había conseguido publicar un libro de relatos que pasó sin penas ni glorias para lectores y crítica. Vivía quejándose de su mala suerte con los editores que terminaban rechazándole los manuscritos.Decía que esto pasaba porque sus cuentos eran muy escandalosos, nada educativos y moralizantes.
Su personalidad absorbente, egoísta y voluntariosa, creída el centro del universo y con algún que otro ataque histérico cuando las cosas no salían como estaban previstas, signo evidente de su inmadurez emocional, me molestaba sobremanera y empezaba a hacérseme intolerable. También me perturbaban su manía de andar desnuda dentro de la casa , sus chillidos de gata en celo cuando estaba por llegar al orgasmo y su constante impudor y espíritu provocativo. Era lo que se decía una insatisfecha sexual.
Elaine tenía muchas virtudes, pero el más grave de los defectos: le gustaba sentirse observada y hasta desnudada por la vista de la gente. Diría que hasta buscaba llamar la atención. Ello le provocaba casi simultáneamente que las gotas de sudor le recorrieran la espalda y se le humedecieran entrepiernas, nalgas y hasta sus prendas más íntimas; algo que disfrutaba sobremanera y con gran excitación. Su piel carmelita claro, color papel cartucho, el brillo especial en la mirada de felina mansa , el cuello altivo y el andar suave con pasos cortos, pero firmes, le imprimían cierta distingo y por ello su sola aparición era como un imán para los hombres. Le gustaba el pantalón ceñido para que se le notara lo que la naturaleza le dio. “Mercancía que no se exhibe, no se vende “, decía tocándose el culo, cuando quería escandalizar. Tampoco tenía sentido de la medida: bastaba con que estuvieran repartiendo algún trago en una fiesta o reunión para que tomara más que el resto de los invitados y hasta se sobrepasara con piropos o miradas lascivas hacia algún desconocido o recién llegado o incentivara discusiones literarias por el sólo hecho de sentirse escuchada. Por esta razón , las peleas se sucedían con mucha frecuencia. Elaine, después, me acusaba de celos enfermizos y yo le gritaba que cuando se daba dos tragos se ponía como las putas sin darse cuenta del ridículo y que sus inmadureces y espíritu de protagonismo me tenían harto.
Acostumbrábamos a dejarnos pequeños recados en la computadora, si por alguna casualidad alguno de los dos salía antes de la llegada de otro. En una ocasión, llegué de la calle y me senté frente a la máquina. En aquel momento ya la situación se hacía insostenible y las discusiones diarias. Ya valoraba la posibilidad de terminar la relación, pero no quería hacerle daño y mucho menos engañarle. Lo cierto es que escribí de un tirón una despedida que decía algo así: “Alguna vez volveremos a ser/ la simple taxidermia del olvido/aquel eco escondido tras el viento/ que asoma su mueca dolorosa/ sobre el afiche de la pared y envuelve/ de luz las paredes blancas de este/ cuarto abovedado./ Alguna vez explicación y dudas no serán más/ los discursos que merezco/ y el silencio que no quiero sin ti./ No más espejos dormidos y ojos que no miran de frente,/ me cansé de archivar las memorias de los otros/ y recibir caricias que transpiran egoísmos./ He sido un hombre atribulado/ tan sin nombre,/ que despertó un día de verano en patio extraño/ y no sabía cuál era el lenguaje perdido de mi grúa,/ pocas veces me asomé al misterio de mi yo/ para aprenderme,/ tampoco tuve romances conmigo mismo,/ acostumbrado como estaba a escuchar a los demás/ con gestos de asentimiento./Bajo el otoño de mis heridas invisibles/ se multiplican otras criaturas sin silencios vergonzantes/ y ya perdí el interés del voyeur que cierra las ventanas/ para no transgredir códigos finiseculares,/ aquella parodia que la mentira acostumbra y enmohece./Me siento triste, pero tengo derecho a todos los nuevos aires del mundo/ y sigo padeciendo esa indecorosa adicción a las salidas de emergencias”.
Cuando llegó, yo estaba acostado y fingí dormir. Entonces le vi sentarse frente a la pantalla de cristal verdoso y leer calma aquello; lloró mucho. “Nunca nadie me había escrito un poema”, confesó después, pero ya percibía la inminencia del desenlace. A partir de ese instante existió la certeza de que el tiempo se nos estaba agotando.
Un día, apareció la excusa al sobrevenir una discusión muy fuerte, donde Elaine después de toda una serie de frases hirientes e impensadas, intentó pegarme. Yo recogí ropas y libros y me fui sin escuchar explicaciones y súplicas.Mi orgullo de macho se sintió muy herido. Tan solo recuerdo que le dije bien bajito: ”Tu eres una enferma y yo nunca me di cuenta. Cuánto tiempo perdí”. Todavía me suena en los oídos el portazo. Sabía que estaba en el balcón mirándome escapar, pero no me volví para no arrepentirme. Después pasó mucho tiempo y las vidas tomaron otros rumbos. Yo inicié una relación estable y cómoda con una ex-alumna e intenté olvidar aquella infeliz compañía.
Cierto día, camino de la universidad estuve a punto de tropezar con alguien. Cuando me disponía a pedir disculpas reparé en la persona que tenía delante. Era Elaine, quien sólo atinó a levantar la mirada pasiva y triste y cierto nerviosismo se le dibujó en el semblante; entonces le miré de frente, ya no había resentimientos ni nostalgias:
--Hola, le susurré con cariño ¿Cómo te lleva la vida?
--Vivo, no me puedo quejar, respondió calma y segura.
Nos estudiamos con detenimiento los rostros descubriéndonos las nuevas canas y arrugas. Detrás, un muro inmenso de piedras, como un enorme paredón, nos protegía de los ruidos inoportunos de la calle imprimiéndole a ese instante la misma magia de la primera vez que nos vimos, pero a diferencia de aquella ocasión, ya no teníamos nada que decirnos.
Juan Carlos Rivera.
La Habana, 3 de diciembre de l996 - Buenos Aires, agosto de l997.
Vocación de locos
--¿Pero quién carajo eres tú?, vociferó con sorpresa y hasta cierta furia que da el extrañamiento, y su voz rebotó contra el cristal de la ventana y fue a parar dentro del lavamanos del baño, cuya gotera intermitente y lasciva era una de las tantas terapias psicológicas de Andrés en los días de soledad y abulia cuando no podía hilvanar ni una oración decorosa delante de la muda pantalla de computadora.
-- Soy un payaso y colecciono máscaras para cada segundo de la vida. Ahora mismo- tú no te das cuenta- pero traigo puesta la del hombre que quiere conversar y hacer nuevos amigos. Aunque por tu cara de pocos amigos me parece que no lo voy a conseguir. No temas...
--La gente de bien no entra por las ventanas abiertas, ni los balcones.¿No te lo han dicho en el psiquiátrico de donde te escapaste?
-- ¿Cómo te diste cuenta? ¿Acaso pudiste leer mi pensamiento o alcanzaste a oler el fondo de mis tripas que destilan cierto tufillo a psicofármacos permanentemente? Es lo único que me dan allá- dijo y señaló con el dedo en dirección a la calle Amargura, desde donde sólo se escuchaba el ronronear intermitente de los agónicos carros y el griterío de los niños que jugaban a la pelota, en medio de la calzada.
--No, sólo me di cuenta por tu mirada. Los que son como tú siempre tienen la vista extraviada en un más allá que no existe y hablan demasiado, sin importarle mucho a quienes hieren, si son escuchados o las consecuencias de sus palabras.
--Las palabras, exclamó con voz cansada y lenta. Siempre esas malditas hijas de puta con coloretes en las nalgas. Nos pasamos la vida rindiendo culto a esas prostitutas que venden sus esencias con olor a canela en las esquinas y en ocasiones alteran el orden de todo el universo, sentenció el intruso.
En ese momento, Andrés le tuvo frente a frente y alcanzó a verle más allá de la silueta, recortada a contraluz del cristal de la ventana. Vestía todo de negro. Un traje antiquísimo y descolorido por el uso. Las frecuentes lavadas con detergentes químicos le habían gastado la tela en los hombros y las rodillas. Su cara estaba surcada por vulgares arrugas y quizás por ello aparentaba más edad. Sólo llamaba la atención en aquel rostro común, unos ojillos verdeazules que destilaban intranquilidad y cierta mirada inquisitiva de quiero saberlo todo. En el bolsillo de la chaqueta llevaba unos espejuelos sin cristales pintados de verde y un girasol marchito, que cada cierto tiempo, intentaba revivir, en vano, con las caricias de sus manos.
El intruso se sentó en el único sillón del cuarto y apenas rozó con su cuerpo el asiento cayó al suelo provocando la destrucción de las carcomidas tablas del mueble. Del susto rió sorprendidamente y una lágrima ácida de hombre grande se dibujó en el hueco de sus ojos. Entonces puso cara de máscara triste y miró a su alrededor como queriendo reconocer todo el espacio.
--A ese paso me vas a acabar con el cuarto, le gritó desconsoladamente y miró con desconsuelo los restos del viejo sillón que ya no serviría para más nada. Andrés no sentía temor del desconocido. Los locos, sus desvaríos y capacidad para contar historias siempre le atrajeron. Tan solo estaba un poco asombrado de cómo el viejo enclenque había podido escalar las rejas de hierro de los dos primeros pisos y llegar a su habitación con la ayuda de aquellas manos delgadas y finas y aquellos músculos de perro hambreado.
--Tienes manos de príncipe o de escritor famoso, le dijo Andrés para provocarle y sacarle del mutismo en que se había sumido.
--Desciendo de reyes, pero decir esto ya está demodee pues hay por ahí tantos descendientes de la monarquía, incluso hijos bastardos. Mis padres nacieron en Europa y estuvieron emparentados con una reina que perdió su cabeza porque quiso a dos hombres a la misma vez y un mal día descubrieron al amante escalando la ventana de sus habitaciones privadas.
--¿De veras te crees todo eso que te inventas ? Tienes una capacidad de fabulación mayor que la de García Márquez, replicó Andrés.
-- A ese le enseñé las primeras letras y le hice los primeros cuentos de su vida. Yo le cuidaba, allá en Aracataca, y recuerdo que hablábamos de Macondo, un pueblito que inventé; porque yo cuando quiero ser feliz me invento cosas. Después este señor creció y escribió sobre el pueblo de mi fantasía, pero nunca ha contado que fui yo quien primero le habló de ese sitio perdido entre el polvo y la resolana que, después, le hizo famoso y aún le da mucho dinero.
El hombre se acomodó, sin pedir permiso, sobre el piso, en una esquina oscura de la habitación y adoptó una posición de meditación zen que le hacía parecer más alienado de lo que estaba. Súbitamente se puso de pie y fue directo a pararse frente a la cama. Extendió sus manos para tocar, con delicadeza, las muletas y las heridas sanguinolentas de un pequeño santito de yeso, que estaba sobre la mesa de luz. Después acarició a los perros callejeros, también de yeso, que intentaban con su lengua restañar las heridas del icono religioso y comentó:
-- Cuando niño era muy devoto de San Lázaro, dijo señalando para la mesita. Sabías que este es el santo de los pobres y los enfermos. En mi pueblo hizo muchos milagros entre los leprosos y hasta se le erigió una capilla en su memoria en un caserío llamado El Rincón. A mi hermano tuvieron que hacerle un transplante de corazón y mis padres le rezaban mucho al santo milagroso. La operación transcurrió sin contratiempos y todavía sigue vivito y coleando. Recuerdo que todas las mañanas la madre del donante se aparecía en el hospital y se recostaba sobre el pecho de mi hermano para escuchar el viril latido del corazón de su hijo de quince años, desaparecido en un choque de trenes. La señora solía decir que el hacer esto le mantenía aún con fuerzas en el mundo de los vivos.
A Andrés se le encendió el rostro al escuchar la nueva anécdota que salía de la imaginación de su interlocutor y hasta sintió envidia por la capacidad de fabulación de aquel tipo que cada diez segundos podía hilvanar una historia sin muchos esfuerzos, tan solo dando riendas sueltas a su innata vocación de loco.
Entonces intentó proponerle un cambio que les resolviera de una vez y por todas a ambos los principales dilemas existenciales. La transacción consistiría en intercambiar todo su razonamiento de hombre cuerdo y equilibrado por cierta dosis de fabulación e imaginación patológica del orate. Andrés precisaba tanto de estas cualidades para dejar de sufrir ante la pantalla virgen. Siempre que hacía un balance de su vida terminaba reprochándose no haber podido ser más feliz por la excesiva cordura que llevaba ceñida al cuerpo como camisa de fuerza.
Cuando andaba metidos en esos desvaríos un repicar de campanas le trajo a la realidad nuevamente. Miró a su alrededor y no encontró a nadie en la habitación. Solo la apacible pantalla muda de su computadora emitía cierto cono de luz sobre la oscuridad del cuarto. De su boca pendía un hilillo de fría saliva con sabor a sueños pasados, olvidados en los laberintos de la mente. Se levantó y miró por la enrejada ventana; en la vereda de enfrente un grupo de personas se arremolinaba a la entrada de la iglesia, donde un viejo enclenque de traje negro y con un girasol en la solapa acaparaba la atención con sus sermones de párroco juicioso y mesurado.
Andrés río escandalosamente como sólo lo saben hacer los locos , mientras ocupaba su lugar frente a la computadora, dispuesto a no olvidar ni un detalle de la anécdota que tenía en la cabeza. Por ello se dispuso a no perder ni un minuto y colocó en la pantalla el título de la historia revelada en sueños: Vocación de locos.
Buenos Aires, 3 de septiembre de l999.
Ir arribaYa no miro hacia arriba
El olor del potaje de chícharos, con chorizo español, y de la merluza
dorándose en plena sartén, salía por la ventana de la cocina
de la vecina y era casi un sabotaje a mis tripas, pegadas al espinazo. Estela,
era una negra color aceitunado con más arrugas que pelos en la cabeza,
que se jactaba de sus conocimientos frente a la cocina Piker, y bastaba con que
uno dijera con cara de hambriento: ¡qué ricos olores vienen de esa
casa!, para que a ella se le iluminara el rostro y empezara con esa sonrisita
de mamita yo no fui el que le metí el dedo a la sopa. Después,
casi siempre recibía mi recompensa: un plato de chícharos con papas
y sabor a chorizo (porque de chorizo nada) o un buen majarete o un arroz con
sorpresas, como yo le bauticé aquel arroz con vegetales y cierto sabor
a pollo, proveniente de una pastilla de concentrados Maggi , de las que se compran
en la shopping para luego engañar al paladar y creer que se está comiendo
jamón, pollo o carne, aunque en la práctica sólo sea pura
ilusión.
Ese día Estela salió como de costumbre al oír mis elogios, pero apenas balbuceó palabras; intentó fingir una sonrisa, pero sólo consiguió una mueca más parecida a los últimos estertores de una enferma de enfisema, en fase terminal. La noté nerviosa y hasta medio cansada. Se colocó con cierta coquetería los pequeños lentes sobre la nariz y entonces reparé en los ángulos casi perfectos de su cara y en aquellos ojos pardos de naranjo en flor, escondidos detrás de unos espejuelos plásticos poco elegantes, de los que se venden, como única opción, en todas las ópticas habaneras. Debió de ser muy linda de joven la muy condená, me dije, y hasta pensé en la cantidad de hombres que aquella negrona debió haberse “levantado” cuando de joven chancleteaba por los solares de su natal Jesús María pues su cara era tan parecida a la descripción femenina de aquella canción que hablaba de “la boca de concha nacarada, la mirada imperiosa y el andar señoril”, que hizo Corona para su inmortal Longina.
En aquel momento, Estela sólo me confesó que
estaba durmiendo mal por culpa de un sueño muy
raro que se le repetía incansablemente durante
todas las noches como se repiten las malas películas
y los malos programas en la televisión de verano.
--¿Entre tantas penurias, me estaré volviendo loca?, inquirió.
No pudo hablar más; se produjo un acostumbrado, y casi planificado,
corte de luz y alguien gritó inesperadamente, con todas las fuerzas
de sus pulmones, desde el edificio vecino: "¡Cojones, es mejor estar
en una cueva en el Paleolítico, que vivir ya en este país!".
La frase desesperada e ingeniosa nos arrancó rápidamente a ambos
sonoras carcajadas, a pesar de la oscura desgracia que se nos reservaba para
toda la noche entre calor, mosquitos y penumbras.Comprobé, una vez más,
ese espíritu jovial y jodedor del cubano frente a las desgracias e inmediatamente
pensé en que eso era precisamente lo que nos salvaba de un suicidio
colectivo frente a la falta de todo. Ahora, también de luz y aire, y
entré a buscar mi penca de guano para intentar espantar la soledad,
el calor y el no poder hacer nada en cuatro o cinco horas. Sólo entonces
y para paliar mi depresión me consideré dichoso por tener un
radiecito, de pilas, donde escuchar lo de siempre: algún programa de
música campesina con notas sobre el sobrecumplimiento de las cosechas
o de boleros quejosos.
Al día siguiente,cuando la volví a
ver en la mañana, le dije que me contara aquel
sueño que le quitaba la calma y recuerdo que
puso cierta cara de recelo y murmuró :
--Si uno anhela de verdad una cosa, no debe decírsela a nadie, confesó con
su habitual desconfianza y misticismo de mujer sola. Contigo voy a hacer una
excepción porque siempre me has dado buena energía y te quiero
como al hijo que perdí en África por una guerra de locos y políticos.
Sueño, hasta doce veces en la noche porque las puedo contar, que estoy
parada en medio de un apacible valle, repleto de sol y árboles frutales
y con un riachuelo muy cerca que no veo, pero del que puedo sentir y oler su
fresca corriente de agua transparente y su tierra mojada. A mi alrededor, una
bandada de codornices comen y hacen el amor, sin ningún espanto. De
tanto estar entre ellas, yo también quiero volar y en el sueño
empiezo a hacer los primeros intentos. Aunque todavía no he decidido
qué rumbo voy a tomar; quizás a donde me lleve el viento, concluyó con
cara de quien está muy segura de un cambio favorable de vida y se perdió,
nuevamente dentro de la vivienda. Recuerdo que la primera percepción
de todos aquellos extrañas transformaciones y desvaríos de Estela
la tuve dos días después de aquella conversación de huye
que te cojo, cuando me hablaba desde su patio y de frente al sol y percibí ciertos
movimientos espásmicos de su espalda. Su voz, ya apenas inaudible, era
casi un susurro canoro, un cantar de ave escurridiza y distante. Estela , psíquicamente,
no estaba entre nosotros. Entonces reparé con mayor detenimiento en
ella y comprobé que, en la medida en que transcurría el tiempo,
también su cuerpo se iba tornando más grisáceo, encorvado
y débil. Me parecía que los ciento ochenta huesos de su esqueleto
se estaban aligerando y quizás por ello cada vez que una pequeña
corriente de viento la rozaba, la movía como si fuera a llevársela
para siempre. Sus manos, cada vez más cortas y delgadas, empezaban a
convertirse en un apéndice insignificante de aquel etéreo tronco
y hasta observé cierta pelusilla en su cabeza que semejaba más
a las plumas de un ave que al decadente pelo de una anciana . Entonces , le
reproché la falta de olor de su cocina para hablar de otro tema y me
confesó que hacía seis días que no prendía el fogón,
pues ya sólo sentía predilección por los granos:
--Estoy gastando en el mercado negro todo el dinero de la pensión en
comprar maíz tierno y molido. Esto es lo único que ya apetece
y tolera mi estómago. Cuando una va para vieja hasta los intestinos
se te transforman, dijo como intentando buscarle una justificación a
sus nuevas inclinaciones alimentarias.
Aquel día me encontraba en el patio de casa, colindante con el de ella, y mis ojos se metieron, sin quererlo, a través de la ventana de su cuarto. Con la agudeza de mi vista, entrenada para la lectura del tiempo y la búsqueda, por satélites y pantallas de radares, de corrientes marinas y frentes fríos, pude alcanzar a ver cada rincón de la pequeña estancia, donde Estela, rezaba y prendía una vela a la Caridad del Cobre. Allí, parada frente al altar de sus santos milagrosos buscaba la paz que tanto deseaba y pedía sus deseos. Desde mi posición alcancé, también, a divisar tres gladiolos blancos y un príncipe negro que tenía en su mano derecha y que no dejaba de pasarse por todo el cuerpo desnudo. Sus tetas, rozagantes y firmes todavía , exhibían pezones carmelita claro, parecidos a huevos fritos ,y su vello púbico- abundante y negro como el azabache- bien podría ser aún la musa inspiradora de algún poeta erótico. Se estaba haciendo su limpieza semanal para espantar los malos espíritus y los malos momentos, como ella gustaba decir. Fue entonces que mi vista se detuvo, con asombro, en la espalda. Yo estaba a casi ocho metros de la escena y podía describir claramente dos medianas alas que, recogidas sobre sus omóplatos casi terminaban de llenarse de plumas grises y blancas. En un momento de aquella ceremonia las pudo abrir y revoloteó como un avecilla en proceso de vuelo. Hasta pensé que iba a tropezar su cabeza contra la lámpara de cristal del techo.
Confieso que sentí una sensación de
tristeza, más que de pavor, por lo que estaba
mirando. Me deprimía imaginar que, un día
,ella no estaría más con su conversación
aguda y dejaría de sentir los olores que salían
de su cocina. En los últimos tiempos ya casi
me estaba acostumbrando a perder a mis seres más
allegados. Se había hecho una rutina el partir.
En esas reflexiones andaba cuando mis ojos tropezaron
con los de Estela, ahora en medio del patio, totalmente
desnuda no sólo de cuerpo. Parecía también
desnuda de alma. Me miró sin pronunciar palabras;
ya con la nostalgia de quien, resignada pero feliz,
lo abandona todo y estiró sus alas grises, ahora
más grandes que nunca, y comenzó a aletear
con la elegancia de una codorniz entrenada para largas
rutas. En segundos, Estela no fue más que un
punto en el cielo. No sé si con idea de retorno
porque no me dijo nada. Me quedé por un tiempo
largo mirando la inmensidad azul y vi pasar otros muchos
puntos grises. Desde entonces juré no mirar
nunca más hacia arriba y, hasta hoy, sigo cumpliendo
mi promesa. Sólo entonces, entré a mi
casa con el pesar de quien ha perdido un familiar
o con la alegría de quien le ha nacido un nuevo
descendiente que puede elegir su propio camino. En
la sala, mi achacoso radio ruso- marca Selena- dejaba
escuchar la guitarra de un trovador de moda que repetía
hasta la saciedad y con voz desesperanzada: ”Si
yo tuviera talento, mi vida, mi vida, me cortaría
las alas”.
Buenos Aires, 9 de febrero de l998.