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Cuento de un tal Nacido Para Cuando (25 julio 2003)
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Cuento de un tal Nacido Para Cuando
Había una vez, un pueblo tan antiguo que los semáforos
eran en blanco y
negro. Una tarde, por una de sus hermosas calles, iba Caperucita
andando
para el trabajo, de pronto calló la noche y la aplastó.
El pueblo lloró
mucho su muerte y le rezaban a San Antonio para pedir por
ella. Quien más
rezaba por ella era Manuel, que era tan feo que tenía
que rezar con la
máscara puesta, y encima agachado, porque la iglesia
de aquel pueblo era tan
pequeña, que el cura en vez de decirle a los feligreses
podéis sentaros, les
decía cuerpo a tierra. Y es que aquel pueblo era muy
pequeño, era tan
pequeño que en vez de una casa de citas, había
una casa de pajas.
Después de mucho tiempo, Manuel consiguió olvidar
a Caperucita y empezó a
comer y a salir de casa. Un día fue a la feria del
pueblo, en la que la
atracción estelar era la de una mujer tan fea que la
exhibían por teléfono.
Allí, Manuel conoció a Dorotea que se apellidaba
Cuando Mepea. La tal
Dorotea era una mujer muy guapa, ¡pero que muy guapa!,
lo que pasa es que
era tan chiquitilla que en vez de usar compresas, usaba tiritas.
Es más, era
tan pequeña que en el viaje de novios fueron a la playa,
ella se sentó, se
tiró un peo y se llenó los ojos de arena. A
los nueve meses de casados
Dorotea y Manuel tuvieron su primer y único hijo al
cual lo llamaron Nacido,
y con el primer apellido del padre, que era Para y con el
de la madre, dio
el resultado de aquel nombre, el nombre de Nacido Para Cuando.
A lo primero
lo pasaron mal, pero solo económicamente, porque Manuel
y Dorotea se
llenaban todas las noches de amor, pero a la hora de comer
pasaban más
hambre que el perro de un ocupa, en la Navidad tuvieron que
hacer la misa
del gallo con avecrem, y el niño estaba tan delgado
que Manuel lo cogía para
limpiar las mangueras que tenía para regar los jardines,
porque Manuel que
era hijo único y el mayor de sus siete hermanos, siempre
ha trabajado de
jardinero. El tiempo fue pasando, y pasando, y pasando, y
pasando, y
pasando, y Nacido Para Cuando alcanzó la pubertad,
y sus padres lo echaron
de casa, claro lo echaron por que la mierda del niño
era el más vago del
mundo, era tan vago que en vez de hacer el amor, lo compraba
ya hecho. Y
anda que no era bruto el tal Nacido, un día se le rompió
el espejo, y se
afeito delante de su foto. Paso el tiempo y paso, y paso,
y paso, y Nacido
Para Cuando se hizo un mozo viejo, y se pasaba los días
yendo y viniendo de
la puerta del instituto a la Casa de pajas, y luego por la
noche regresaba a
su casa para dormir pensando en su amada, lo que pasa es que
como nunca
había tenido amada, pues en vez de pensar en su amada
pensaba en la Casa de
pajas, y en lo que veía en la puerta del instituto
del pueblo, y pasaban los
días, y los días, y los días, y una de
las noches que iba para su casa, el
destino trágico quiso que este muriera o muriese en
condiciones semejantes a
la que hubiese podido ser su madre, si la tal Caperucita,
la que se metía
con el lobo en la camita, pero como el lobo se hartó
de tanto sexo, pues la
echó y llegó a este pueblo en el que un día
que iba caminando para el
trabajo, calló la noche y la aplastó, ¿y
donde trabajaba Caperucita?, pues
era la encargada de la Casa de pajas, y fue allí donde
la conoció Manuel
Para, el padre del Nacido Para, el cual ahora frecuenta los
mismos sitios
que su padre, y es que ya lo dice el dicho, de tal palo, tal
astilla, aunque
también podría ser ese que dice que el hombre
si tropieza dos, tres y hasta
cuatro veces con la misma piedra, por eso cuando Nacido iba
caminando de
vuelta a casa le ocurrió algo increíble, la
noche calló y lo aplastó. Y así
acabó la descendencia de los Para Cagar y los Cuando
Mepea, de los que su
único descendiente fue Nacido Para Cuando. Que en paz
descanse, y como el
pueblo era muy antiguo, ni es colorín, ni es colorado,
ni es coloraillo,
pero este cuento se ha acabado.
fin