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El club de las primeras (23/01/2008)
Ir arribaEl club de las primeras
Bajaba por la cuesta más pronunciada que había a lo largo de la calle. A pesar de sus frágiles tacones, sus pasos eran rápidos y firmes, y las gotas de agua que desprendían estos, salpicaban con gracia las finas medias de seda negra.
Estaba anocheciendo, y todo era un carnaval de luces y colores debido al efecto reflectante que producía el agua en el asfalto. Multitud de transeúntes paseaban con su agitado tintineo de chubasqueros y paraguas.
Al final de la cuesta, se detuvo en el semáforo y se cerró el cuello del abrigo negro de astracán regalo de su madre. Tenía hambre y frío, pero decidió seguir su camino, sin detenerse en ningún café. Tenía que llegar antes que ninguna, sabía que era importante para ella y estaba decidida a conseguirlo.
Toda su vida había querido ser alguien de renombre, alguien destacado. En esta sociedad sólo triunfan los elegidos- le decía su padre- sólo aquellos que ambiciosos buscan su lugar, sólo aquellos que no se detienen ante nada ni ante nadie. Aquellos que confían en sí mismos…
Tantas veces grabó aquello en su mente, desde niña, que nunca escuchó la verdad a medias que se escondía en esas palabras, pero sí experimentó su contradicción.
“Ti-ti-ti-ti” El semáforo cambió de color, y ella se apresuró a cruzar la calle. Continuó su camino a lo largo de la acera alumbrada por los escaparates. Miles de artículos se exhibían como fulanas llamativas en busca de clientes.
Los niños paseaban de la mano de sus padres y muchos de ellos llevaban globos y gorros de papa Noel. Seguía lloviendo.
Por unos instantes, su mente cambio de propósito y volvió a la tierna infancia. Recordó cuando con ilusión montaba el nacimiento y adornaba el árbol, cuando la madurez estaba tan lejana que no había tiempo de imaginarla, y como poco a poco su vida había ido cambiando. Ahora se encontraba en aquella situación, sola, no había tiempo para más.
El frescor de las gotas de agua en su cara bloqueó su mente y se dio cuenta de que el camino comenzaba a hacerse largo. Llevaba caminando unas dos horas más o menos y le dolían los pies. ¡Qué más da! – pensó. Una mujer con tacones y elegante, pisa más fuerte.
Además meterse en el metro o en el autobús era algo que aborrecía, no podía compartir espacio vital con aquel enjambre de personas que subían y bajaban sin saber nunca a dónde llegar.
¿Cuál sería su meta? ¿Cuál su fin, su propósito? Quizás simplemente llegar antes de que se agotasen las existencias. En ese momento se sintió con la fuerza suficiente para continuar y supo que lo conseguiría.
Una varonil voz se dirigió hacia ella y preguntó:
- ¡Perdona! Sólo quería preguntarte una cosa, ¿podrías decirme qué hora es?
En un primer momento quedó aturdida por la pregunta, pues los hombres solían acercársele para piropearla o decirle la mayor de las groserías que se pudiera imaginar.
- Sí – asintió. Pero quedó perpleja cuando miró la esfera de su bonito Breil. Son las …
El maldito reloj se había parado justo a las 8:05. Era increíble y muy poco oportuno.
- No- dijo esbozando una sonrisa con voz nerviosa y tímida.
Sintió un mareo y le flaquearon las piernas. ¿Desde qué hora llevaría parado?, o mejor dicho ¿cuánto tiempo habría pasado desde el inoportuno parón?
Se odió a ella misma por no haber comprobado la hora con cualquiera de los relojes en los múltiples escaparates. No podía permitirse el lujo de distraerse ni recrearse, sólo la idea de llegar se concentraba como un mantra en su mente. ¿Le quedaría suficiente tiempo?
Agilizó el paso y comprobó unos metros más adelante, en el reloj que marcaba también los grados, que todavía disponía de diez minutos. Sintió alivio, la punzada dolorosa de su estómago disminuyó y continuó su camino lo más rápido que pudo. Todavía quedaba un largo trecho.
Toda su vida había llevado tatuada esa palabra en su mente: llegar, llegar a casa a una hora, llegar a ser la mejor en clase, llegar a terminar la carrera, llegar a casarse, llegar a divorciarse, un eterno llegar hacia ningún lado.
Maldita palabra, llegar implica algo o alguien, a una meta a un propósito, renunciar a nosotros mismos por aquellas cosas establecidas por una sociedad caótico y pervertida, que nos hace creer que la vida es una carrera contra reloj, y que el tiempo que se nos escapa entre los dedos hay que recogerlo como pepitas de oro en vez de dejarlo caer para que germine en deseos, sueños e ilusiones.
La lluvia se había vuelto más fina, y algunos paraguas empezaban a cerrarse. Sus pies apenas tocaban el suelo y sus ansias de continuar parecían hacerle volar.
A lo lejos divisó el edificio. Era una construcción moderna, vanguardista, majestuosa. Bombillas decoraban su fachada con una exquisita delicadeza, y un gran abeto de Navidad daba la bienvenida.
Una vía ancha separaba el semáforo donde se encontraba de las puertas de la felicidad y eso le hizo dibujar una amplia sonrisa en su rostro. Le hubiera gustado ver qué cara pondría su padre, de orgullo, la de necio de su ex, pensando que eso son tonterías, la de envidia de los que hacían llamarse sus amigos. Pero la suya propia era la vanidad en persona, que corría por sus venas como el agua dibujando surcos por la calle.
Tal era la ráfaga de felicidad que la invadió que no se dio cuenta de que uno de sus tacones había quedado enganchado en un respiradero del metro, justo al cambiar el semáforo.
Intentando controlar su equilibrio, cayó de bruces. Quiso levantarse apoyando ambas manos en el suelo, y sintió cómo su tacón seguía atascado, aprisionándola como una trampa para ratones. Tiró de la pierna con todas sus fuerzas. La gente cruzaba en manadas.
El semáforo parpadeó, al igual que sus ojos, cuando giró su cabeza. Sus pupilas se contrajeron con la potencia de la luz que desprendían los faros del coche. Sintió y respiró el carburante y ya no vio más.
El chirriante sonido que produjo la frenada se silenció con el desagradable sonar de un cuerpo empujado hacia la nada.
En décimas de segundo, la gente comenzó a concentrarse alrededor de tan macabra escena.
El conductor, lívido y tembloroso, descendió de su máquina de muerte y tuvo que ser sujetado por unos brazos que salían de las sombras y bailaban hacia todos los lados como si de una diosa indú se tratara.
- ¡No la muevan, por favor! ¡Podría respirar! ¡Podríamos dañarla!
Un hombre de unos setenta años de edad, pelo cano y ojos serenos, se acercó hasta ella.
- ¡Llamen al Samur! ¡Urgente! – Observó su cabeza similar a una muñeca de trapo que desafiaba las leyes de la naturaleza. Se dirigió al conductor que apenas se tenía en pie y no era capaz más que de balbucear algunas palabras. -¡Pero hombre, ¿no la ha visto?! ¿No se ha dado cuenta?
- ¡El semáforo estaba en ámbar¡ ¡Por Dios, qué ha hecho, está muerta, muerta!
Los ojos del supuesto verdugo se llenaron de lágrimas.
- ¡Yo no quería, no veía, no sabía…! ¡No puede ser! Noooo. Iba a una reunión con unos socios y se me hacía tarde, tenía que llegar, iba mi prestigio y trabajo en ello. No me di cuenta, por favor ¡nooo! Cambió el semáforo muy rápido, tenía prisa, tenía que llegar…! ¡Lo siento!
La ambulancia se abrió camino entre la muchedumbre, que acudía más por curiosidad y morbo que por colaborar. Dos médicos atendieron de inmediato con los primeros auxilios. Como quien recoge un trapo del suelo, depositaron su cuerpo en la camilla. Su reloj cayó sobre el húmedo asfalto. Alguien pasó apenas a unos centímetros de aquel cuerpo magullado e inerte y no se detuvo ni a mirar, con pasos frenéticos y acelerados, y en el aire se cortaba la angustia.
En el mismo momento que las puertas de la ambulancia se cerraban, se abrían las puertas de un majestuoso y metálico ascensor. Unos finos tacones pisaban a toda prisa la maqueta roja cereza del vestíbulo. Se detuvieron ante una puerta de palisandro perfectamente tallada. Unas manos frías y arregladas tocaron el timbre. Eran las nueve horas, nueve minutos, nueve segundos.
- Buenas noches- dijo una cálida voz de mujer mientras se abría la puerta. – Bienvenida, señora, a “El Club de las Primeras”.
Espiel, Cordoba
Enero, 2006