- Página de inicio
- Poetas y poesías
- Cuentacuentos
- Especiales
- Solidaridad
- Actividades
- Monográficos
- Agenda cultural
- Concursos
- Blog
- Librerías
- Diccionarios
- Estuvimos allí
- Libro de visitas
- Enlaces
- Curiosidades
- ¿Quiénes somos?
Desconocida.
Correo electrónico: {mail}
La luz dibujaba poco a poco el paisaje, trazando la línea difusa de los árboles por encima del horizonte, imprimiendo, al emerger, el volumen inexacto de la arena y devolviendo el ruido a la vida en un sordo rumor de lento despertar. Tenía frío. Al amanecer, me decía, siempre hace frío, aun en la temporada más calurosa del verano. Me latía la cabeza. Me latía el estómago. La boca pastosa daba señales inequívocas de que ayer me había pasado con el güisqui. Ahora bien, con los ojos entrecerrados y la cabeza en un vaivén de tren de cuarta, no conseguía entender por qué no estaba durmiendo en esa cama incómoda que me habían adjudicado al llegar aquí, a Moeb el Shari. Ni por qué el entorno me resultaba absolutamente desconocido. En un movimiento familiarmente perezoso e indolente comencé a estirarme, arqueando la espalda, separando los huesos, tirando de las extremidades, dándome cuenta de que estaba atada.
El sueño se evaporó y, paralizada, tardé unos segundos todavía en elevar los ojos con cautela hacia una muñecas sujetas con tiras de cuero, las mías. Hipnotizada por aquellos lazos todavía transcurrió un momento hasta que presté oído a los pasos que, sigilosos, se acercaban. El miedo se hizo un hueco en mi estómago, recordándome que latía, levantando una arcada difícil de controlar.
To be continued...