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Omar Ibn Ibrahim Khayyam vivió en la Persia de los siglos XI y XII. Matemático, astrónomo, estudioso de leyes, metafísica, ética y ciencias naturales.
Nació en Nichapur, en el Korassam, hacía el
año 1040 de la era cristiana. Estudió en la
escuela de su ilustre ciudad natal, donde estableció
una estrecha amistad con dos jóvenes
que, a su vez, habían de pasar también a la
Historia: Hassan Sabbah, el legendario "Viejo
de la Montaña", y Nizam-Ol-Molk, que fue visir
del sultán seljucida Alp Arslan, gracias
a cuya protección se pudo dedicar al cultivo de las
matemáticas y de la astronomía, llegando
a ocupar el cargo de director del Observatorio de Merv, donde,
entre otras cosas llevó a
cabo la reforma del calendario musulmán, y dió
paso a la era jalaliana o seljuk, que comienza
el año 471 del Al-Hegir, el 15 de Marzo de 1079 en
el calendario occidental.Cultivó también
Khayyam el estudio del derecho, de la metafísica, de
la ética y de las ciencias naturales, pero
los textos que han llegado hasta nosotros corresponden a las
matemáticas y a la astronomía:
Tablas astronómicas, Método para la extracción
de raíces cuadradas y cúbicas. Demostración
de problemas de álgebra. Tratado sobre algunas dificultades
de las definiciones de Euclides.
Jayyâm es un desesperado que se oculta tras una máscara
que ahoga un sollozo. ¿Le
atormenta el misterio de la creación del Universo?¿O
el misterio tanto más próximo de la
condición humana? ¿El misterio conmovedor del
amante dormido abrazado a una muchacha?
¿El misterio de la sonrisa de un niño? ¿O
es ese otro enigma aún más insondable del mendigo
hambriento que bendice a Dios antes de tenderse en su estera?
Algunos le ven, es cierto, como un borracho impenitente,
amigo sólo del vino y de los placeres
fáciles. Pero la esencia del vino es para Jayyâm más
que un misterio, una esencia mística.
Goethe decía que la embriaguez es la juventud sin vino.
Mientras los sabios van dando respuesta a los misterios que
angustian al hombre, Jayyâm
confiesa su ignorancia y su repulsión por lo improbable.
Ni siquiera su obra poética le
preocupa ni le interesa, de hecho la mayoría de sus
cuartetas se han perdido. El verdadero
Jayyâm sobrevive "en el corazón y el espíritu
de una élite independiente y en la admiración
de
los libertinos". Para Jayyâm, todas las sujecciones morales
son artificios que nada tienen que
ver con la esencia profunda del hombre consciente de que "su
vida es breve como un incendio.
Llamas que se olvidan. Cenizas que el viento dispersa."
Tanto la ascesis como la embriaguez pueden trascender al
hombre, pues tanto la una como la
otra, no son sino meros vehículos que nos dan una imagen
del camino cósmico de la vida.¿Qué
se le puede reprochar a Khayyam si él llegaba al éxtasis
por el vino? ¿No era un régimen bien
nutricio el que siguió durante los últimos años
de su vida, sólo pan y vino, los alimentos
sacramentales, antes de morir a los ochenta y cuatro años?
Baudelaire, que también ha celebrado el vino como
amigo de los amantes y solitarios, nos
informa que el alma del vino una noche se pone a cantar en
las botellas, en su prisión de cristal,
"un canto de luz y de fraternidad". Marmeladov,
el triste héroe de Dostoievski, nos dice "Yo
bebo porque quiero sufrir todavía más".
Y Hölderlin le hace decir al obrero que una noche se
gasta toda su paga en vino "He vivido una vez como los
dioses". Bajo la protección de su
amigo el visir Nizam-Ol-Molk, Jayyâm era dueño de su
propio tiempo y de su propia libertad,
¿por qué conformarse con vivir un sólo
día como los dioses cuando se puede vivir toda la vida
como ellos? El carpe-diem de Jayyâm se transparenta en su
serenidad dolorosa, en esa paz
espiritual que conquista no sin esfuerzos ni heridas a lo
largo de toda una vida de incesantes
búsquedas. ¿Y cuál es el resultado de
todo su esfuerzo, de todas sus zozobras, de todos sus
sobresaltos protoplásticos? "El mismo que el de
tu meditación perpetua: nada."
* Texto extraído del prólogo de Ramón
Hervás para el libro "Rubaiyyat", de Omar
Jayyâm,
editado por Ediciones 29, C/ Mandri, 41, 08022 Barcelona,
1993.

Foto de la tumba de Jayyâm