Marian Raméntol (Barcelona, 1966). Miembro del grupo poético LAIE. Directora de la revista La Nausea. Miembro del grupo musical O.D.I.
Obra publicada: La Noria del Festejo. (2005), Hay un área de descanso un poco más abajo de mi vientre (2006), Versos Diversos. Grupo poético LAIE. Antología. (2007)
Domicilio de Nadie. Muestra de poetas barceloneses. (2008), Comiendo Pelos Como Herejía Poética. (2008). Duología Poética, Un blues no es suficiente razón para morir y Pretendo que una guerrilla de poemas ataque de improviso el ático de dios. (2008).
Obra premiada: Primer premio en el certámen internacional Leonor de Córdoba 2008, con la obra “No hubo apenas mar en el desnudo abierto de tus ojos”. Primer Premio del III Certamen de poesía Villa Ingenio 2008. Las Palmas, con la obra "Pretendo que una guerrilla de poemas ataque de improviso el ático de Dios". Premio nacional de poesía Antero Jiménez 2006, Torredelcampo, Jaén, con la obra “Un blues no es suficiente razón para morir”.
Los poemarios inéditos, Paleta Incolora, La renuncia huele a cloroformo y Amazona de Aguamarina, han quedado finalistas en numerosos certámenes nacionales e internaciones.
Correo electrónico: No disponible
Una bala de arsénico en la nuca (14/03/2009)
Sin riesgos eléctricos en los paréntesis de la sangre (14/03/2009)
Cuando llueve a cántaros. Sobre el alquiler de los sueños (14/03/2009)
Con un arma enterrada en el pupitre (14/03/2009)
Infinita, perfecta y con la sangre cansada (1403/2009)
Una bala de arsénico en la nuca
Sé que en esta hora exagerada de luciérnagas
no encontraré la piedad de un taxi
para cruzar el rojo inconfundible
del asiento de atrás de las ciudades,
donde la luna ya no sorprende a nadie y se abandona,
con el carmín de la muerte en la boca.
Duele esta hora de resistencia elástica,
tan sin edad como el paisaje que ignora el vacío,
como el viaje del niño de zapatos turbios
que le regala secretos a las palomas
con los huesos aún amables manchados de espuma,
y que observa el silencio de los montes,
sin entender el espanto de los muslos,
el rictus del abdomen o el vuelo
de las rapaces que fuman hierbabuena
bajo las ingles de su hermana.
Y me preguntas para qué llevo
una bala de arsénico en la nuca
y una pistola de mantequilla en la sien,
cuando debieras preguntarte
cómo seguir sosteniendo el andamio
de esa bóveda de sueños intermitentes,
aunque haga daño la mirada
y las palabras sospechen de ti.
Sin riesgos eléctricos en los paréntesis de la sangre
Mi muerte se ha fumado un cigarrillo
en la barra suicida del bar
mientras me hablaba de la invitación apremiante de los años,
de la ausencia domiciliada en el papel
y de su extraña manera de apagar la luz,
sin riesgos eléctricos en los paréntesis de la sangre.
Quizá estoy en deuda con el viento,
y mi intuición haya olvidado
la letra de mis baldosas anárquicas,
porque curiosamente,
he enrollado la urgencia del verde en la ventana,
y mis manos
han decidido hacer de la acera su único horizonte.
He visto mi calle andar por pasillos de aguardiente
adelgazando sus dudas abrazada a un espasmo,
con sueños de bicicletas atrincheradas en el abdomen,
los dientes empapados de periódicos vacíos,
y paisajes de barro alineándose en mis ojos.
Una mirada larga a mis espaldas, una lengua
de asfalto y humedades, conteniendo a mordiscos
la ira de las horas avanzadas, y sigo respirando,
respirando la timidez del día
y la infinita distancia de mi nombre.
Cuando llueve a cántaros.
Sobre el alquiler de los sueños
Qué deprisa se me ha llenado la tarde
de segundos que gotean
transparentes, líquidos como Mayo
cuando pasea por el anonimato de las calles
o por el reverso de la confianza siempre quieta de los verdes.
Me guiñan un ojo las persianas borrosas,
tatuadas en la frente del penúltimo autobús,
cuando nadie espera al revisor, ni a las gaviotas,
y un carmín de tres al cuarto autografía los billetes
para no temblar de parque, de noche, de charco,
para que la vida no se asuste en la próxima glorieta
y pase al contraataque, montada en un caballo de cartón.
Qué diferente es todo cuando llueve a cántaros
sobre el alquiler de los sueños y la lluvia olvida
la letra pequeña de las hojas, el olor a viejo,
o la intimidad de la derrota.
Con un arma enterrada en el pupitre
Antes de que la lágrima desacredite
la redonda cara de los años
y salpique de viruela todos sus funerales
desnudando poco a poco la periferia del silencio,
seguiré clavando noches en mi pared trasera,
con chinchetas de colores,
para que la luz no se encasquille bajo el gesto
de un corazón acostado
sobre la extraña nobleza del invierno.
Sé que la tiza ha perdido sus credenciales,
y que hay moho en el peso de la infancia
que aún llevo en los zapatos,
ya no es capaz de sostenerse sobre el cielo,
ni de dibujar cosechas, ni carros, ni oraciones.
Y más allá continúa el mundo, algo sordo
y más pesado, con un arma enterrada en el pupitre,
majestuosa y de una lujuria sin traducción viable.
Infinita, perfecta y con la sangre cansada
Con mi cara en la última curva del viento
atravieso los huesos de la noche,
la nariz abierta de costa a costa,
para no perderme ninguno de los secretos
que guardan las vísceras de los cuervos.
Así te acompañan mis venas de cáñamo
con el perfume más triste amarrado a la ventana
y los días sujetando diez dedos de goma,
como un chiste de mermelada rancia.
Te me fundes
en la arena de un piano de cola muy negro
reventada de amor y agua,
y entre las piernas
un millón de acordes de tu fuga
sueñan con morir en el próximo parto.
Cuando los dioses bajan demasiado la voz
yo sigo manteniendo el equilibrio sobre los nombres,
asumiendo el riesgo de los acentos
en los límites atroces de tu huida,
porque contigo la respiración sale mucho más barata,
y las nubes son ahora las encargadas de ubicarte
en el mapa empapado de mis ojos.
Cada pliegue, cada mota
de esta ceniza extranjera en el alma,
te recuerda infinita, perfecta y con la sangre cansada.