Nacimiento en San Cristóbal de las Casas,Chiapas, México, el día 30 de Abril de 1935; Felizmente casado, licenciado en Derecho, Notario Público retirado. He sido de todo menos marinero o astronauta. Agradezo al cielo ser Pluriabuelo y generoso.
Correo electrónico: rreyescortes@hotmail.com
El Adios a Quechula (14/01/2010)
Llegó el tiempo (12/01/2010)
Ciudad Juarez (12/01/2010)
Luz el trovador (12/01/2010)
Manuel (30/12/2009)
Por que ahora (29/12/2009)
Sangre de árbol (29/12/2009)
El Adios a Quechula
Lemuria
tierra perdida de Escocia,
Quechula, la concordia,
tierras perdidas
de Chiapas.
En el monte,
a escondidas de los ojos,
en la cañada,
un cedro viejo guarda en su memoria
la negra desventura de esta historia,
te la cuento ahora a ti,
como el me la contara.
Los pesados tractores, trascabos y pailoders
despedazan el silencio de las riveras verdes
cortando a tajos la montañas del río Mezcalapa
y comienza el exhodo de la gente que se escapa.
Los fierreros aprestan el fulminante y la pila acomodada
asegurando la dinamita en agujeros abiertos en la roca,
atan fuertemente los explosivos de la nitro ya cargada
son hábiles obreros encubiertos detonando la última tronada
que volverá fino polvo, la montaña de piedra triturada.
Los ingenieros de cascos de acero pintados de amarillo
aprestan bolígrafos y bitácoras, para relatarnos el cuento,
de cartuchos de dinamita explotando como yescas de cerillo,
que dejaran para siempre inerte, quebrado, el cadáver yerto,
mi río enterrado en tumba de arena y de cemento, muerto.
Una intensa alerta roja, corre por los valles, por la pradera,
brincando desde el fondo de los bosques y del río a la rivera,
donde brillan ojos de miles de animales que con espanto suben
por los riscos, por las cuevas, por todas las montañas, huyen..
Estruendo impresionante cubre la tierra destrozada,
mil gritos desgarrados, traspasan todos los confines,
las copas de arboles medrosos se esconden en las nubes,
revolturas de lodo y agua, cubren los muertos alevines
y como en libro del Dante crueles tragedias se reviven.
Del serpenteante camino, nacido arriba de la tierra calcinada,
los indios bajan en silencio el cerro, iluminados con hachones
de quemada lumbre, macilentos, perdidos; hundidos en la nada,
y se confunden con el funebre paisaje de su choza abandonada.
Como catacumbas perdidas en el misterio del tiempo,
riadas inmensas de agua torturada, se lanzan al vacio,
es la sangre, sangrada de las venas rotas de mis rios,
viajando en contínuos borbollones, de última cascada.
Por más que busco ya no miro, aquellos rojos cedros del bajío,
las antes formidables caobas gigantescas clavadas en las lomas,
los floridos cercos, enramados entre guirnaldas y palomas,
o risas de mujeres hermosas que rien bañándose en el río.
En donde estará el hato del ganado que pastaba en la pradera,
donde el maizal, el frijol, el plátano, el cafetal, la sementera,
en donde la maestra, mis amigos, donde aquellos mis hermanos,
aquella novia idolatrada que llenara de amor mi vida entera,
se fueron para no volver, no estarán en esta, ni en otra primavera.
Como Lemurios de la Escocia, perdidos bajo aguas de centurias,
Quechula y la Concordia son pueblos que también desaparecen,
dejando a humildes poblaciones rivereñas hundidas en penurias,
ahogadas en caudales, como llanto de las lluvias, cuando crecen.
En invierno, cuando las aguas bajan y el frío seco es más intenso,
se divisa lejano, el pico de una torre solitaria sin campana, ni badajo,
su iglesia, su santuario; sin rezos, sin las canciones de cada novenario,
sin velas, sin fieles, sin recuerdos, sin maitines y mirandose desde abajo
una plaza inundada, ahogada bajo el lodo, porque lo ha perdido todo.
Una inmensa mancha de agua negra cubre las antes bellas superficies,
lo que fueran Quechula, La Concordia, son pobres páramos rocosos,
casa común de serpientes, salamancas y de los pumas poderosos
y con el despojo de la tierra fértil, se inicia comercio escandaloso.
El agua convertida en vatios, kilovatios, luz y fuerza de la empresa,
compuertas, turbinas, casas de máquinas, Malpaso, la Angostura.
Dicen que de noche, una barca sin remos, se arrima a la costa solitaria de manglares
cantando salmos dedicados a la luna, lamentos lastimeros de aquellos historiales,
del río corriendo caudaloso, raudo, libre, entre colores rojo-verde de olorosos cafetales.
En las casuchas de palma sembradas en los cerros, los indios viven su desvelo,
iluminando la negrura de la noche, con las rojas brasas de las rajas del piñuelo,
en hogueras encendidas por la violencia atronadora de relampagos del cielo.
Llegó el tiempo
Ocurrirá ahora, no sé cuando?
Es el tiempo de pagarle al tiempo,
no importa que sea hoy, mañana,
pasado.
Sólo se que un día,
las blancas aguas de los ríos
desbordaran la tierra,
mojando la llanura.
Que se alzarán libertadas
las voces encerradas
en la garganta de los años,
como música de violines templados
en el silencio del recuerdo.
Por ahora me encuentro cansado
de caminar, pero aún marcho
sin tregua,
ando viajero por el rumbo
de los senderos, a tientas.
Me voy por donde apunta el sol
con sus flechas de diamante,
sin tratar de corregir errores
que me son propios y me definen.
Soy cabal imprudente,
como el peripatético oficio
de escribir
rimas anacrónicas, infames,
elaboradas con palabras
sin sentido.
Se que lo que tengo es locura
de silencio,
de trueno rompiendo cielos,
estampida de cascabeles
que buscan la espina dorsal de la nieve;
gaviotas aherrojadas
dentro de las manecillas
de reloj destartalado.
Pero hoy me propongo saltar
cuando asome el sol en el nuevo horizonte,
velear entre las velas de las iglesias
y el incienso gris de los verdes cactus;
correr con las iguanas azules
que hoy han decidido caminar erguidas,
mirando a sus renuevos juveniles
hamaquearse en la cintura del peñasco.
Estoy perdido en el silencio del bosque
formado por decrépitos alcanfores,
por hacheadas de sabinos
que solo viven del agua
y enmarcan sus orígenes.
Pobres árboles olvidados,
cual cadáveres aserrados,
demolidos, hechos carbón.
Pero pronto encuentro el camino de herradura
yacente en el fango inundado,
las lluvias han dibujado bajo mis zapatos,
mil huellas como estelas de un caballo
que repta cansado,
dentro de borrascosas tempestades
tonantes de los cielos
y con aquellas marcas
descubro la ruta para volver a casa.
El furor del cielo no me aterra.
Alegremente me divierte
y me lanzo furibundo
a combatir los destellos
y relámpagos
que iluminan el pesado vórtice
del aire.
Solo respiro la negrura de la noche,
que anunciando el aire gentil
de la luna nueva,
mira la diminuta mañana
que quiere asomarse,
entre el pasto de las estrellas.
Estreno hoy el recuento virtual
del tiempo perdido,
en parcela de nostalgia,
lo cubro con sombras raídas
comos encajes memoriales
de lustros hacinados.
Desde la atalaya del universo
otros mundos indiscretos
nos observan.
Son parcas amontonadas en cuerpos
bellos hermosamente esbeltos,
inocentes fantasmas de noches de brujas
que por ahora a nadie asustan.
Son sommbras del pasado
yertas en el libraco azul
de las leyendas elegantes,
que se tira vacío;
como versos sin amor,
como carnaval festivo sin pareja.
Pero vaya si es sorprendente
la forma de salir las cosas
en la vida del hombre,
tan sencillas, tan simples,
tan diáfanas, tan naturales,
Como el amanecer.
Como el sueño en la noche,
como que contigo mi amor
nos hayamos encontrado.
Debajo de la puerta de mi casita
de campo
que permanece siempre abierta,
en lo alto de una puerta de madera
apolillada,
asoma invasor el sol de la mañana.
Somnoliento adelanta horas
en su intemporal cronómetro,
porque tiene prisa.
El impaciente sol nacido apenas,
quiere partir ligero.
Doce horas son muy pocas
para jugar a las escondidas
con el farol apagado
de la esquina de la callejuela
o para danzar campanadas de torreón,
cantando salmos a ritmo de monaguillo.
Entre tanto el corazón brinca conmigo,
tapando el paso a la vieja
que se dirige con todo y su enagua
a la misa de las cinco.
Llevo en mis oìdos, el sonido del tiempo,
del fierro, de la madera aserrada,
de los cerros devastados;
de los animales flacos balando en el redil,
de la música de la calle,
que se alejan conmigo
cuando emprendo la violenta marcha por los rumbos cardinales, marcados por las brújulas perdidas.
Adentro de ti mi amor me voy, me alejo
hundido en lo alto del horizonte,
sin puerto definido, con el cuerpo helado,
atrapado por el frío de tu cruel ausencia.
Dejo partido para ti un amoroso corazón lejano,
te canto mi último verso, con la inmensa ternura de mi intenso amor de siempre y para siempre...
Ciudad Juarez
Duele el profundo dolor de una sociedad
lastimada por la peor violencia desatada.
Rojo púrpura es el color de la sangre derramada.
El río bravo tiñe el suelo de desiertas avenidas
como en la peor tragedia mexicana.
Hemoglobina a raudales y pesadas botas militares
a zarpazos rompen el silencio de la angustia.
A los lejos mas allá de las vías, atrás de la mirada
la desértica llanura perdida en el confín de la patria
no es del conflicto ajena.
La gente acude al mercado, visita la parroquia,
cada día reza a un santo distinto y enciende
con devoción la vela de la esperanza.
Después la plaza. Abajo el río callado, sin peces.
Sin imágenes están los sueños sin nada, son cielo sin pájaros,
voces confusas en el tumulto de mil arañas atrapadas en la red.
Las pesadas Hummer artilladas ruedan en el asfalto.
La escuela alforja abierta de gorjeos de juventud temprana,
es nido de cantos, inventadora de sueños y aun respira, camina.
Aves negras de miseria, crimen y soledad, se vuelcan arrancando
del pecho el corazón tierno de niños espantados.
Asoma el vacío de la historia. Es tiempo de un pueblo sin presente.
El cuerpo de México está tendido, azotado, huele mal,
y tanto está doliendo que es imposible contener el llanto.
Es pesadilla, noche negra, derrumbe de los cielos.
La tierra, nuestra madre ancestral está cortada en pedazos
y tal parece hielo de cristal fracturado, espejo de agua rota.
Mil crímenes horrendos, brazos y abdómenes,
cabezas sin cuerpos, hombros sin cráneos,
mujeres con los vientres desgarrados, abiertos,
peligro en calles, hoteles, carreteras, es la cotidiana visión.
Las aves hace tiempo dejaron de volar por el espacio
se han asfixiado en el gas letal de las nueve milímetros
y en el incendio disparado de la ira.
Entre tanto los asesinos pululan entre el trafico diario
de la urbe exhibiendo su crueldad como si nada.
Un grupo de niños juega en el campo detrás de la explanada
y en el callejón dos más persiguen al gato que se ha robado
el trozo descarnado de jamón de la cocina.
La tempestad avanza,
dos balas blindadas del ak47 viajan por el aire,
explotando los cráneos inocentes.
Ya basta de tanta crueldad, de tanta sangre derramada.
Por Dios ya basta.
La estampida humana busca su natural salida,
escapar de la barbarie, cruzar la corriente del río Bravo.
Ahí están la paz, la seguridad, del otro lado.
Paso del Norte nuestro puente cerrado, clausurado.
El cerco de acero y de concreto concreta la ignominia.
Entre nubes y truenos, en inmenso terror de hecatombe,
mil ojos incrédulos observan derrumbarse las torres
ayer construidas como símbolos del poder y de riqueza,
convertidas en polvo en dantesca y espantosa bacanal.
Más ausente y lejano parece hoy el sueño americano.
Pero ciudad Juárez nunca habrá de sucumbir
sus raíces lo describen como pueblo vigoroso y valiente,
su nombre es símil del héroe epónimo impasible.
Inmortal elegida en el espacio inmarcesible de la patria.
Ciudad Juárez eres eterna como el ave fénix de la épica leyenda.
Luz el trovador
El frío intenso de una noche de invierno se arropa en la densa neblina,
envolviendo los estrellados cirios plateados del intenso firmamento abierto.
Montañas de coníferas erguidas, de abedules dormidos y de verdes alcanfores
como anillos circulares, fuertemente ciñen la cintura del encumbrado valle de Jovel.
El Huitepec y el Zontehuitz dos volcanes dormidos en el silencio del fuego,
desde lejos definen la quebrada geografía de la antigua ciudad,
viejo recipiente etéreo de duendes, de leyendas y de versos.
Pueblo mágico bordado en el cielo como estrella rutilante que camina por los rumbos de la historia
crisol del milagro eterno que consigue fundir dos razas tan distantes en una, para siempre.
El silencio es profundo y las casas solariegas que bordean el filo de las empedradas banquetas, se iluminan solamente con mortecinos destellos de despistadas frondas de camelias enramadas.
La quietud se apropia del espacio, se adueña de la noche y el tiempo envidioso en sintonía con el viento, deja de dormitar su sueño abotargado producido por el fino perfume de geranios.
Por las calles de la vieja ciudad, de un barrio al otro, de una iglesia
a la contigua, del jardín de la plaza central al opuesto de la Alameda,
se escucha el canto de una guitarra llorona rasgando el pesado manto del suelo
y una lánguida voz recorre los cerrados caminos de la sombra.
Es noche de serenata. Luz Ozuna canta en el balcón de una doncella.
Despierta dulce
amor de mi vida
despierta si te encuentras
dormida.
Buenas noches mi amor
me despido de ti
que en tu sueño
tu sueñes que estas
junto de mí...
Del balcón encantado brotan mil ilusiones juveniles
como mensajes de esperanza y de amor
de reconciliación y porvenir.
El grupo se aleja, la noche es oscura y nada alumbra la negrura de la calle.
El trovador marcha seguro pisando firmemente el pedregoso piso de la calzada.
Se ríe por que la tropilla resbala, tropieza, maldice.
El no tiene problema porque Luz
así se llama el trovador, tiene un sol luminoso muy dentro.
Luz es ciego de nacimiento.
En el aire de la ciudad aun suena el silencio mezclado con las magnolias de una serenata.
en el cielo volando se observan viajeras cientos de antiguas cuitas de amores perdidos,
historias de pasiones encendidas y tristes despedidas para siempre.
Bajo la farola triste que alumbra la calzada destaca una figura oscura, esbelta
la del trovador del amor que se pierde entre las calles de la vieja ciudad
de San Cristóbal.
Manuel
En la acera del frente de la iglesia
de aquel pueblo sin nombre conocido
un niño, llora en la noche sin consuelo
mil gritos de espanto, desde el suelo.
Del regazo de una madre violentada,
inerme, flaco, enfermo, torturado
es arrojado al torrente de la vida
al dolor del hombre aprisionado.
Que delito ha cometido para de casa ser echado,
para estar hoy en el quicio pétreo de esa plaza
sin juicio o tribunal que le hubiere condenado.
De ese acontecer tendrá memoria eterna
pasen cien años, mil, nada es importante.
Llegaste, solitario, febril, niño, impotente
en noche de tempestad y tormenta alucinada.
Los pájaros inician su canto, al compás de ríos
danzantes con el ritmo sabroso de las aguas.
Los campos se pueblan de flores amarillas, rojas,
encendidas; las ardillas guiñan el ojo a los chicos
que alegran el patio de recreo y los gallos alborotan
el alba.
La fábrica de trompos inicia una jornada,
la maestra del aula blanca está encantada
esperando la llegada de los pequeños visitantes.
En la parcela los campesinos morenos cargan
la vieja carreta de madera junto a flacos caballos
que ensillados aguardan la partida diaria.
En la banqueta de piedra del frente de la iglesia
siguen tercos los reclamos, impiedades, secuestros,
delitos sin culpables, gente en alarido penetrante.
El pueblo reunido abajo del sombrero piensa,
medita los espacios perdidos de cuando fue silenciado.
Mil ideas inauditas pueblan los mundos abstractos
de la nada del ente cósmico, solo surge la rabia, se vuelve
humo entre incendios de antigua histeria colectiva.
Violencia desatada campea en los espíritus rebeldes.
Pronto surgirá el mañana con furor de revuelta.
La vida nace, del abultado vientre de la noche en músculos de piernas de mujer abierta, que parecen agiles caobas torneadas de luna llena o seno de fugaz y anónima virgen vulnerada, perdida en el callejón oscuro de la esquina.
La chinita nacida ayer cae del nido de musgo hecho de ramitas, hojas de naranjos y de higo, colgado en la hendidura de dibujado alfeizar de la torre.
En abierta confusión los ecos tronantes de los cielos
ordenan la construcción de las pirámides.
Ese día Manuel, llega a casa trayendo en su sonrisa
la esplendente mañana, una luz de lámpara de oriente.
Llega solo con la esperanza del porvenir abierta
listo para enfrentar el devenir del tiempo y hacer
de la historia de todos la suya, su propia historia.
Manuel, niño arbol de camino lejano venido del trigo,
ungido con miel de abejas de las criollas colmenas,
bautizado con el límpido caudal de los ríos eternos,
reo precóz atado por hendidura de bífida espina.
Pequeño eres hoy mañana triunfarás nadie lo dude,
por ser niño ahora eres grande un día gigante
serás por ser hombre.
Tu estatura como la del dictador del corcel blanco,
dueño de conquistas de Galias y de Europa,
no se mide del suelo sino de tu testa al cielo.
Dueño mayor liberado del rocío de las flores,
trovador encantado del canto de las montañas,
mensajero puntual del silbido de los vientos,
cóndor en la cima azul de escarpada nube,
infante aéreo del lejano país ignoto de la fantasía
eres el rumboso amo de la región infinita de los sueños.
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas 2009
Ir arribaPor que ahora
Alguien me explicará por qué pienso en ti
si no te conozco si no sé quien eres.
Por qué lloro tanto si no sé cual es tu recuerdo.
Me rompo el cuello a veces y continúo erguido
contando todos mis huesos uno a uno
y dormido velo en el umbral de la conciencia.
¿No alcanzo a comprender por que no puedo
amar más a los demás si me amo tanto?
Recuerdo mi cumpleaños todo el año,
destaco a gritos mi voz en las reuniones,
al espejo de bulto exhibo mi presencia
y pido de todos que mi historia sea conocida.
Cuantas veces me pregunto frente al brillo del agua del estanque
por qué no simplemente digo si y acepto caminar con ellos
si cuando el grupo se aleja por el sendero
me siento triste e infinitamente solo,
viendo a borbotones lágrimas saladas rodar por mi mejilla.
Por qué no he podido nunca medir con mis manos
el ancho del mar ni llegar al fondo azul de sus entrañas
a donde se esconden las perlas fascinantes;
con estos mis pobres ojos
tan llenos de soledad, de hartazgo y de miopía.
Se muy bien que estoy perdido en el panteón de las montañas muertas,
enterrado en el cansancio añejo de los versos
rodeado por el parto abortado de los días.
Por qué no puedo correr con las nubes
ni besar la luna o pedir calor al sol
si en medio de las piedras del arroyo seco,
en el frío del santuario me tiendo
para rezar la oración olvidada la que no recuerdo,
la que no tiene destino alguno.
Por qué habré amado tanto su perfume tenue
si de la figura de la flor marchita, nada tengo
ni siquiera un pétalo, una carta, un te quiero.
Si mirar el aire cálido es mi continuo quehacer de vivir
sordo, perdido día con día en el tráfico ciego de las luciérnagas.
Que ironía la mía,
siempre debo parecer valiente cuando estoy
harto de temores y de miedos.
Por que a toda hora debo
enfrentar desnudo el pecho al mundo
retando al rayo que azota el firmamento.
Que ironía la mía.
¿Estoy contento ahora? ¿Precisamente ahora? ¿Por qué ahora?
Ahora cumplidamente ahora que tengo que dejarlo todo sin dejarte nada,
una canción, una poesía, un arbolito del campo,
mi perro que ladra en la mañana, el inmenso beso
tibio de la alcoba arropado en el calor del alma.
Me parece que estoy soñando. ¿Pero que sueño tan ridículo es el mío?
Sueño que las manadas de los astutos zorros de la sierra
se convierten en las sumisas legiones de perros de la guerra
o en las perfumadas mascotas de Inglaterra.
Que los flacos camellos del desierto
pastan en las riveras de los ríos floridos,
que los peces se divierten jugando divertidos
con los ojos de halcones malheridos.
Despierto alarmado, ya es la hora,
el sol del día entra por la ventana
me levanto y sin andar camino,
escribo versos vacíos,
canto una canción sin letra.
Declamo una romanza sin amores
perdiendo el tiempo que no es mío
gozo la felicidad ajena de los pájaros
y me harta el zumbido de las abejas.
En la chimenea de la casa no hay fuego,
pero una alondra canta en el fresno del jardín
y allá a lo lejos en el basurero de la ciudad,
disputan perros sarnosos y zopilotes amotinados
por el botín del día, arrancándose la piel, las plumas,
sangran se destrozan.
Beso el mar en calma y guardo el sonido aborrecible del viento
mientras la fronda gime ante la ausencia de colores.
Mientras duermo el ritmo de la vida continúa.
Un hombre solitario que se parece a mi se sienta a mirar la lejanía
del serpenteante camino que se aleja
libre como el viento.
Se pregunta ¿por qué ahora?
Sangre de árbol
En el anterior tiempo del tiempo
se formaron los mundos celestes
del cosmos lejano.
En la hecatombe estallaron dos
de los cinco soles del universo,
una estrella fracturada viajó por el aire
y convertida en cenizas llegó a la tierra.
El pedazo alucinado del combo
golpeó la corteza con violencia
y se hundió muy hondo en la frágil
textura de los suelos.
Se dejó arrastrar por la lluvia,
por el agua de las inundaciones.
Viajó por los arroyos que bajan
de los altos cerros escarpados.
Los rumbos de Simojovel
desaparecieron y el polvo
de estrella pintó cuevas,
cavernas, cañones, todo.
Cuentan fué ese polvo
que entintó las manchas del
jaguar, el blanco de las
garzas, el rojo multiazul
de loros y guacamayas.
Las raíces de guapinoles,
cupapes, cubillos, cedros,
hicieron el milagro de amalgama
y suelo, sol, lluvia, polvo estelar y
mortero de caliche, formaron el ámbar
savia milenaria, sangre de árbol,
transformada en bella gema.
Eran los días aquellos de la creación
cuando los dioses no vivían en las piedras,
tampoco en el viento venido de mar adentro.
Fue el día del calendario en que las brisas
de los océanos se transformaron en tempestades
y destruyeron la vida de valles y montañas.
Tiempo en que los animales de la selva
en torno de la Ceiba mayor madre de
los árboles, decidieron escapar rompiendo las rejas
del desierto de la soledad.
En el espacio se escucharon rugidos espantosos
señalando en concierto estridente de voces
y de ruidos el despertar del enemigo,
el nacimiento del hombre que iniciaba
su camino de destrucción de la tierra.
Una masa impresionante de polvo de estrella
hundió de tajo la tierra y viajó entre el subsuelo
para encontrar al fin oscura caverna sempiterna,
en que amasijo de arena, barro y fuego calcinante
crean la piedra brumosa enterrada por centurias.
Ámbar sangre del monte en la herida del árbol,
en la rama del cobayo, quebrada, por el rayo
viviente, corriendo en el cuerpo del guapinol.
Flor opaca del éter prendida en el alamar
del paisaje del universo, gota de miel arbórea
ahijada en las hojas doradas del tiempo.
Gema preciosa derretida en el fuego voraz
de las montañas.
Milagro de la creación entre roca y árbol
entre materia y sollozo entre olvido y esperanza.
Extraño mineral viviente que en las noches repta
en las venas de los seres animados de la selva.
Joya parida por los oráculos encendidos
de mitos ancestrales y sacrificios humanos.
Amuleto mágico que al niño libra
de acechanzas en artes del chaman.
Cura infalible contra mal de ojo, envidia,
mal puesto, calenturas, bebedizo de amante.
.
Duermes profundo sueño en troncos podridos,
del corazón derrumbado de los árboles.
Hace ayeres, tantos que no cuento,
antes de hoy, del caos, antes muy antes
de los ruidos de las Hummer artilladas,
del tronar de obuses, de roquets y cohetes,
el espacio no sabìa del lacerante alarido
de millones de victimas de violencia humana,
del camino silente de multitudes arreadas,
de gas letal de los campos de exterminio,
de legiones hambrientas perdidas
en desiertos sin fin y sin destino.
De la angoleña y lejana desesperanza.
En el Bosque, Huitiupán, Simojovel, Totolapa,
se revela, nace un ejército. Es una tropilla
infantil, famélica, reclutada por el hambre,
brotan de la nada, son los mineros del ámbar.
Asoman espontáneos en el negro suelo hirsuto,
rascan con palos, con manos desgajadas, desnudas,
sin uñas, dedos quebrados, aplastados por el golpe
continúo de la ancestral herramienta.
Asemejan ratas humanas horadando agujeros
de la tierra. Cuántas veces esos hoyos estrechos
túneles oscuros se convierten en sus naturales
tumbas.
Sarcófago de obrero olvidado, explotado,
púberes y niños flacos, cada vez más tiernos,
más flacos, mas niños, los mejores, osados,
son como flexibles varejones de membrillo.
Llegan sin dificultad al fondo de la mina
y de nuevo el sol pega en sus caras morenas.
Tierra y sudor son su eterno maquillaje
y una sonrisa infantil corre por el campo.
El minero triunfal alza las manos partidas
por el cincel y el marro, la barreta y la cuña,
entre aquellas zarpas brilla magnifica una gema
poliédrica, cromo de opacidad de orígen.
Lagrima solitaria de Tzotzil. Explotación ancestral
de enganchado preso en las galleras comunales.
De lo alto del risco Erasto Urbina mira el campamento
pero sus ojos acerados lanzan relámpagos de furia.
En un cerro de Simojovel nace el ámbar, la gema de América, parida en mina perdida de las montañas del sur.
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, Noviembre del 2009-11-20