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"Quién diría
que tras el fuego
amanece un nuevo día."
-Miguelez
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Poesía y poeta: Miguel R.de P.

Biografía | Poesías

Biografía

Nací en Madrid el 7 de julio de 1974. Mi infancia no tiene nada de llamativa, y creo que puede considerársela, en general, feliz. Nunca sobresalí en nada ni tampoco me quedé atrás. Casi siempre obtuve lo que quería. Los psicólogos del colegio de jesuitas donde estudié decían que me creía demasiado listo. Y en muchos sentidos ocultos creo que lo era, pero no lo exterioricé casi nunca, pasando siempre un tanto desapercibido, aunque muy de pequeño era el jefe de la banda más grande de mi clase, seguramente porque era el más veloz en las carreras. La educación jesuítica ha debido marcar una impronta en mí, supongo. El mundo de lo sexual me fue revelado quizá algo más tarde de lo normal, aunque mi primer enamoramiento fue a los seis años, después uno muy prolongado a los doce más o menos, y mi primera novia formal fue a los quince, a la que nunca llegué a tocar las tetas. Sí, siempre he sido muy enamoradizo. Otra influencia de la educación jesuítica debe ser una cierta formalidad y una cultura más amplia de lo normal, quizá, en lo clásico. Y también sin duda un espíritu competitivo que normalmente me trae al pairo pero que otras veces he agradecido, especialmente cuando esa demasiada pereza hacía presa de mí. Mas quien sabe si eso se debe a la educación.
Pero creo que debería empezar a hablar de mi adolescencia, que es cuando comienzan a darse cambios importantes. A los dieciséis años fui a estudiar un año a los Estados Unidos, a un remoto pueblo de Texas donde el noventa por ciento de la población eran racistas radicales, miembros del KKK e ignorantes hasta donde puede llegar la ignorancia humana. Quiero decir: pasé casi todo el año en soledad. No soy una persona cerrada, ni muchísimo menos. No tengo dificultad alguna para hacer amigos, pero allí tuve pocos. Mis mejores amigos eran los europeos del instituto, incluyendo una danesa de la que estaba enamorado locamente, y con la que después tuve larga relación. También estaba Roger, creo que se llamaba así, que era el que me sacaba de cuando en cuando a comprar güisqui a los mendigos negros que llevaban pistola en el bolsillo al municipio de al lado (en el nuestro había ley seca, como lo oyen). Por lo demás fue un año muy solitario, como digo. Desarrollé un grand instinto y fuerza sobre cómo estar solo y cómo ser independiente. Intelectualmente discutía a menudo, aunque eran todos casos perdidos, como en cierta célebre ocasión en que discutí sobre la teoría de la evolución de Darwin, ellos (todos) argumentando a favor de la hipótesis literal del Génesis. Al día siguiente en el instituto todos iban diciendo: "Monkeys no, Miguel; monkeys no", como queriendo decir: "nada de monos, Miguel: Dios creó a Adán, y Eva salió de su costilla".
Pero en fin, no hay por qué alargarse en anécdotas. Creo que aquí fue donde empecé a tener vivas impresiones de que en el mundo había algo más que la "normalidad" a la que todo el mundo parecía estar ceñido. En realidad, mi situación era como la del asceta en el desierto rodeado de demonios, y encima con un poderoso amor incomprendido en ciernes. La combinación perfecta para el nacimiento de un poeta. Al volver a España, todo me resultó muy extraño, y mi extrañeza en lugar de atemperarse con las raíces, se acentuó. Mi sentido de la independencia, mi soledad y mi combate contra la "normalidad" se acrecentaron, de tal modo que es difícil describirlo. A lo largo de los años siguientes, fueron muchas las experiencias "místicas" que me sucedieron - o que yo produje, como quiera verse la cosa. Aunque cada amor es exclusivo, lo cierto es que mirándolo con perspectiva, estaba enamorado de muchas mujeres al mismo tiempo, profundamente y por distintas razones. Creo que esto no ha cambiado demasiado, aunque hoy es de otra manera menos trágica. Brilla especialmente en mi memoria de aquella época mi amor por Paloma, el que quizá fue el primero y de algún modo el más profundo, que me marcó durante varios años de la manera más brutal y dolorosa. Estuvimos muy poco tiempo juntos, pero ese tiempo fue como un beso del Paraíso, que, a pesar de mi desesperación, jamás pude recuperar. Durante los años siguientes vagué y vagué. Nada me importaba salvo la sed de retorno a la delicia inmarcesible de su presencia . Un día, en un bar, Santi, uno de mis mejores amigos, se encaró a mí y me espetó: "¿Se puede saber qué te pasa con esta piva? ¡Es una mujer normal y corriente y por ahí las hay cientos!" Y aunque en el momento no lo tomé muy en serio, "porque él no comprendía", lo cierto es que su comentario lentamente empezó a surgir efecto, y sin olvidarla nunca del todo, puede concentrarme en otras cosas - en otras mujeres. La huella de la más soberana soledad había quedado ya, en cualquier caso, para siempre conmigo. Y cada vez que veía a Paloma, pues veraneábamos juntos, me seguía dando vuelcos el corazón. Creo que hasta debí de tener alguna recaída que otra. Y aún si la viese hoy creo que los primeros instantes me quedaría completamente helado.
Pero antes de que todo esto ocurriese, creo que nada más venir de los Estados Unidos, me dije a mí mismo que debía de haber algún modo de plasmar todo que había vivido - que sin duda tenía una naturaleza transcendental, una naturaleza que tal, que a pesar de los sufrimientos que lleva consigo, era una auténtica delicia, y estaba encargado de compartirlo con los demás en la medida -pequeña- en que era posible. Utilizo deliberadamente la expresión "estaba encargado" en lugar de "yo debía" porque como todo el mundo que pasa por estas cosas sabe, el poder que te lleva a ello es muy superior a uno. Uno no es nada, la Visión lo es todo. Las visiones y las experiencias espirituales se siguieron y se siguieron, y más a medida que mi soledad crecía; todas ellas dotadas de una intimidad y una especialidad absolutamente particulares e intransferibles, y al mismo tiempo por completo universales, cuya única palabra fiel para hacerse una idea era AMOR, amor incondicional. El caso es que, aun habiendo recibido una educación bastante clásica, y habiendo sido bastante aficionado a los libros de pequeño, no tenía demasiada costumbre de leer en aquel momento. Había decidido que mi medio de expresión iba a ser la escritura, y recuerdo con claridad el día en que se decidió, estando yo en casa de mi madre mirando las estantería llenas de libros. La intuición era segura: tenía que empezar a dominar el medio - tenía que leer. Dada mi falta de costumbre, empecé por leer un libro para niños, y después algo más avanzado, y así progresivamente. Pronto me vi leyendo profundos textos de psicoanálisis (sobre todo Erich Frömm, con el que tenía una sintonía mágica), entre otras cosas. Me interesaba sobre todo el conocimiento de uno mismo, y por eso me matriculé también en la facultad de psicología, que a los meses ya entendí como un fiasco total, llena de vanalidad y superstición (que orgullosamente llamaban "ciencia"). Pero la decepción, en lugar de tirarme hacia atrás, me ayudó a combatir a los idiotas. Empecé a estudiar filosofía por mi cuenta (siempre por mi cuenta), y mi formación se fue expandiendo y expandiendo.
Un buen día, recuerdo, en una de la aburridísmas clases de psicología, escribí unos versos. Los conservo todavía, y son malos donde los haya, pero son la muestra de que un impulso nuevo estaba aconteciendo: también podía escribir. A partir de aquí se sucedieron los cuadernos de poesía, uno tras otro (Los Cuatro Mundos, en los que destacan los dos últimos, Mundo Evanescente y Mundo Transparente), los cuadernos de sueños, uno tras otro, y cartas a amigos, aspirantes a novia, y hasta a desconocidas, cartas sin fin. Pasaba muchas noches solo, hasta las seis de la madrugada, escribiendo y fumando petardos, leyendo, escribiendo más, y adentrándome en los misteriosísmos y peligrosísimos caminos del Espíritu. Aunque lo compatibilizaba con muchas salidas a la gran urbe a hacer locuras, lo cierto es que con el tiempo todo se fue reconcentrando irremediablemente en mí mismo, y esas noches fueron cada vez más largas y seguidas. De aquella época hay poemas de un lirismo enloquecedor. Y enloquecedor es la palabra, porque me estaba volviendo loco. En este viaje ya estaba demasiado solo. La oscuridad empezó a cernirse sobre mí de un modo demoníaco. La gracia que me había llevado hasta entonces de la mano pareció envolverse sobre sí para dejarme en el puro mundo de mi imaginación, sin posible proyección al exterior. Estaba aconteciendo una tremenda inmersión en el inconsciente. Y aquí comenzó el período que yo llamo de El Agujero, y que he encontrado que los psicólogos transpersonales hoy denominan "primera crisis transpersonal", necesaria para abrir las puertas a la resurrección espiritual. Leí misticismo de todo el mundo por un tubo, sin parada, tratando de hallar las claves allí de mi resurrección, pero lo cierto es que cada vez me hundía más, y sin remedio. Como muchos de los acontecimientos de aquella época están contados en mi libro El Agujero, no voy a seguir autobiografiándome. Al Agujero le seguía también la necesidad incontrovertible de salir del nido materno, y al cabo de muchos meses (y más y más amores devastadores) conseguí un trabajo cutre en una oficina, que me permitió marcharme de casa de mi madre. Me fui a vivir al centro de Madrid, y aquí la soledad interior, gracias a la actividad, se empezó a atemperar, aunque con recaídas agujeriles intermitentes, dejando paso a otro tipo de soledad en cierto modo desconocida para mí. Estaba dando pasos reales en solitario. Ya no era la abducción mística. O siempre habían sido reales - quizá lo que ocurría es que ahora tenían un corte más adulto. Me fui de casa cuando a nadie (quiero decir, mis amigos, salvo quizá Óscar en su tremebunda iluminación profético-apocalíptica, ayunos inclusive) se le hubiese pasado por la cabeza siquiera intentarlo, y aquí me vi solo de un modo nuevo. Sobre esta época no guardo ningún documento, excepto un libro de poemas que fue goteando, Lluvia de Astros, y que estaba completamente dedicado por completo a mi musa del momento, hasta el punto de que aún creo que no me pertenece en absoluto. A veces lo he releído y lo he entendido como una obra maestra. Otras, solo como unos poemillas sin importancia. (Pero esto nos ocurre a todos con nuestras obras, ¿no es así?) Muchas cosas pasaron en esos dos años en el centro de Madrid, muchas aventuras que, si contase, pocos creerían, como de hecho ocurría cuando contaba alguna.
Pero al fin decidí que aquella vida cosmopolita no le iba nada a mi carácter, y que necesitaba el reposo y la paz del campo. Aunque hubo un intento de irme a vivir a Asturias, acabé montando un bar en Guadarrama con mi hermano. Yo me fui a vivir al otro lado de la sierra madrileña, en Segovia, a El Espinar. Pasé aquí un año y medio de paz y de investigación interior cruciales, donde arreglé muchas cosas por dentro y averigüé otras tantas. Sobre esto sí que hay documentos, Los Cuadernos de El Espinar, cinco cuadernos completos (La Ola en el Acantilado, Céfiro/Sephirot, Tránsito, El Color Verde y La Franja Amarilla) que describen una fase postrera en la evolución espiritual tras la gran crisis. El interés de estos cuadernos es variado: contienen muchas discusiones filosóficas, algo que nunca había hecho antes, y describen esta fase crítica con mucho pormenor (si uno sabe leer entre líneas), además de quedar narrado el lento proceso que me llevó a la práctica contemplativa, uno de los más afortunados encuentros de mi vida. Leí mucho en aquella época, y también escribí como un loco, intentando desarrollar un gran proyecto de crítica al positivismo que acabó en un cajón. Me pareció que decía obviedades, y que ya estaba hecho por otros autores renombrados, aunque mi visión del asunto era particular. Ocurría tan solo es que esa visión estaba todavía por desarrollar y el positivismo y su crítica era un marco demasiado estrecho para abarcarlo.
Un paréntesis: como quiero poner las obras que aparecen en esta página en un contexto, debo mencionar que Las Cajas de Oro están escritas justo antes de irme a El Espinar, y por tanto entre medias de las dos fases espirituales más marcadas (el Agujero y el levantamiento paulatino en El Espinar). Caracoles sin Tiempo se va dejando caer durante el Agujero, mientras que Dentro del Arco (originalmente "El Arco de Dentro" pero mi amigo José Luis me hizo cambiar de opinión) es también de la fase intermedia, junto con Las Cajas de Oro.
Mi tiempo en El Espinar había terminado, y la vida estaba nuevamente abierta. De nuevo traté de irme a vivir a Asturias, donde estuve unos tres meses trabajando con mi querido amigo Óscar en una granja. Sentía y siento un gran interés por la producción propia de la comida, y pienso que o nos empezamos a preocupar por un "desarrollo sostenible" o nos iremos muy pronto al carajo. Pero mis investigaciones al respecto (sin duda todavía inacabadas) no se producirían hasta tiempo después, lo mismo que mi interés (en gestación y meramente teórico) por la situación política mundial, y el modo de colaborar a su mejoramiento. La granja me enseñó muchas cosas, pero mi lugar no estaba ahí en ese momento.
El descubrimiento de la práctica contemplativa (que hoy se llama más corrientemente "meditación") me llevó a vivir a un centro budista -basado en las enseñanzas de Chögyam Trungpa- en Francia central. Fue un paso también duro pero necesario. La necesidad de profundizar y asentar los descubrimientos que se hacen con la práctica de la contemplación le empujan a uno irrevocablemente a una especie de retiro. Además, existía la necesidad de una vida en comunidad, compartiéndolo todo, y también, quizá, la de una guía espiritual. Aunque muchas cosas me decepcionaron a lo largo del año que estuve allí, mi agradecimiento hacia este centro es enorme, que nunca podré expresar adecuadamente. Aprendí infinito, y además conocí a mi esposa, mi Tasha maravillosa. En este año escribí Los Ensayos de Mas Marvent, una colección variada de textos sobre espiritualidad, sexo, drogas, crítica social y religiosa, poesía y filosofía integral. En él se incluye un cuaderno de diarios llamado Rojo en el Centro de la Tierra. Empecé también la traducción comentada del clásico Mulamadhyamakakarika (La Sabiduría Fundamental del Camino de En Medio) de Nagarjuna, y abundantes notas para un libro futuro llamado (quizá) Aproximaciones al Centro del Mundo (un título que pretende emular al célebre trabajo de Jünger, Acercamientos, pero que ya ha utilizado Salvador Pániker en su Aproximación al Origen). El año en Francia, como decía, fue muy de agradecer, pero pronto las limitaciones se hicieron patentes. Bastaba ya de burbujas espirituales y aislamientos - se acaba por crear la sensación de que eso es todo lo que hay en el mundo, y en lugar de combatir la ilusión, se acrecienta.
Y así, pues, Tasha y yo nos marchamos a Inglaterra, a Coventry concretamente, una de las ciudades más horriblemente feas del planeta, a trabajar y a ayudar a los refugiados políticos (estamos hablando del tiempo de lo que la prensa ha denominado "la segunda guerra del golfo"). Allí vivimos en uno de los barrios más deprimidos de la ciudad, pero en una casa maravillosa ("Peace House"), activa políticamente y acogedora de refugiados, llevada por una de las personas más encantadoras que jamás he conocido, mi querida e idolatrada Penny Walker. En los tres largos meses que aquí habitamos, mientras seguí con la traducción de Nagarjuna, que a fecha de hoy sigue sin terminar, escribí otro libro: Ciclos y Líneas, que entre otras muchas cosas ronda el tema de cuándo se puede hablar en sentido poético y cuando en sentido filosófico y cómo no es lícito mezclarlas a no ser que queramos hacernos un gran lío; en qué sentido puede hablarse "camino espiritual" y en qué sentido no; en fin, de una vía positiva (constructiva) y otra negativa (destructiva) de aproximación a lo innominado. Contiene un importante descubrimiento "personal", que vino de la mano del gran Kierkegaard, sobre el paso de lo estético a lo ético, que fue de gran valor para mí y que se venía gestando desde hacía tiempo, juntándose con una contradicción (koan) fundamental - lo que produjo, en un momento dado, una increíble iluminación. El día que se produjo, alguien conocido dijo al pasar frente a Peace House que la casa desprendía un aura de paz irresistible. No es cosa de atribuciones directas, o de causa- efecto, pero la coincidencia está ahí - algo aconteció sin duda.
El autor vive actualmente en Vancouver, Canadá, donde prepara proyectos y revisa textos para posibles publicaciones.

Correo electrónico: No disponible

Poesías

Entrecuentas (16-diciembre-2003)
Caracoles sin tiempo (15-julio-2003)
El arco de dentro (15-julio-2003)
Las cajas de oro (15-julio-2003)
Lluvia de astros (15-julio-2003)

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Entrecuentas

Pueda yo escribir o no escribir
Pueda yo decir esto o quizá aquello.
Pueda decir que sé o que no sé.
Puédanse cosas y más cosas... o no.
                                                       ¿Y qué?

 

 


En el rastrojo perdido,
              voy perdiendo
                     perdiéndome
              entre el rastrojo.
Pequeña maraña de ramas volátil.
Saltando de un lado a otro.
                                  Y así.

 

 

Todo suspiro innumeroso, innumerable
Todo rastro, huella.
                            Todo, todo va volando
                     Al encuentro.
Es así sin duda. Si no, ¿qué?

                                                A Göethe: "De ti mismo sustraerte no puedes".

 

 

Entre ramas secas y caídas
entre hojas secas y caídas
entre el amarillo y el otoño lentamente caído

 

 


- Supo Vd. de su destino.
- Sí señor, sí supe.
- ¿Y se ha perdido?
- No sé señor, yo siempre que miro adelante y atrás
                                          ahí estuvo
                            algo oscuro
                                   pero cierto
                                          y lo llamé destino.

...(continúa)...

 

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Caracoles sin tiempo

Poemas
que son como ruedas.
Ahora me siento,
lamento que se olviden,
pero lo entiendo.
Es sólo
que no existe el tiempo,
que las espirales
se van dibujando
retornando siempre
al centro.
Como los caracoles
caminando lentos,
en sus caparazones
también encuentro
el eterno soñar,
el eterno devenir envolviendo,
en círculos acercándose
tan perfectos
otra vez al centro.

Mis blancos quejidos
meciéndose en alturas soñolientas.
Desenvuelven en abrazos azules
un estar de estrellas.
El recuerdo se pierde
desvanecido como un eco acorde
de cielos navegar y sueños.
Estoy sólo otra vez,
sólo, caminando por las vías frágiles de la ilusión.
Puedo súbitamente caer alejado
o ascender levemente hacia nada,
hacia un color que no entiendo,
que no he visto nunca.
No puedo escoger,
me retuerzo, pero vuelvo de nuevo,
creciente y diminuto.
Qué extraña tristeza inadvertida,
siempre escondida.
No quiero verte,
te veo.
Encogida en nudos,
desprendida en lazos azules, de niñez.
Mis estados, mi diario, mi devenir.
Mi huida siempre. Mi escapada.
Mi suicidio. Mi aniquilación. Mi mentira.

De mi universo,
yo te cuento.
Te cuento hoy
atado con lazos de lágrimas,
todo te lo doy
en un espinoso sarmiento.
Te voy contando,
mas no escuches
porque lo que digo
no se oye.
Por eso te lo digo a ti,
blanco papel,
que no escuchas, ni recibes,
tan ajeno, tan perfecto,
blanco papel,
¿dónde mañana? ¿dónde ayer?
¿mañana tirado, quemado?
entre otras letras en un vergel?

Allí has estado,
me refiero a la estrella
(la estrella de Machado),
pero no cuenta
porque se esconde
y me mata con su silencio arañado.
¿Dónde era el recuerdo?
¿Dónde el misterio?
No sé. Hoy nada sé.
Nada salvo que
el blanco papel
grita arañado por mi pluma,
mi pluma y su negro quehacer,
mi nacimiento
y todo el amplio desenvolver.

El infinito desvelar,
los caminos torcidos, rectos,
nuestros ojos, oídos, ciegos,
sordos, tercos, muertos.

...(continúa)...

 

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El arco de dentro

He caído
suspendido en el vacío
una vez más.

 

 

La lluvia entreabre puertas oscuras
sobre un fondo plateado de luciérnagas.
Entran unos visos de metal.
Nada queda fuera.
Entreabiertos, la niebla viene y va.

 

 

Debería hacerse un canto a la inutilidad.
Si yo escribo una lágrima…
universo.
Soy poeta y la Verdad

 

 

triste y oscura
como un rayo.
Acércate más.

 

 

Yo soy el eje del mundo
Soy el que gira sin parar
Árbol y raíz
circundado de nada
Vacío
Muerte nunca más.

 

 

Alguien viene a verme
estoy seguro
Quedan unos pocos años...
estallará.
Es como si lo viese
moriré sólo
y mi sufrimiento se esparcirá.

 

 

Podría querer, desear.
Podría no volver.
Alta traición.
Nunca puedo esperar.
Por eso, sólo,
descubro en la materia
un eterno desconsolar.
Mira: nada queda ya.

...(continúa)...

 

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Las cajas de oro

1. Los mensajes del tiempo son indescifrables. En la realización del Ser, todo es proyecto. En el quedarse latente, todo es proceso.
En el beso de una mujer hay una estrella.
Hoy reflexionaba sobre lo perdido ayer. El canto es lejano, pero con una seguridad total, devenida de dentro, tiende a la actualización. Es cierto que esto es mera filosofía. Es cierto que el día es hoy cielo claro. Es cierto que la gota de agua espera hoy explosionar. Es todo cierto. Nada queda fuera. La lluvia, la música, la noche estrellada.
De todo se aprende. Las señas van quedando en el camino.
Qué ciegos somos. Y los niños siguen jugando.
Y por más que nos esforcemos, todo se queda lentamente en un no saber.
Mi seña sigue siendo una lucha veloz e inútil por lo que no puede ser. Pero mi corazón despierta al día como lo hace el alba. Mi desarrollo, mi destino. Mi futilidad y mi alegría. Mi desenvolver caótico. Mi universo del que no queda nada. Mi exploración y mi limpieza.
Hoy la estrella brilla con mayor intensidad. El pasado y el recuerdo me dicen que todo queda, todo pasa. Mis brillos y mis negros nunca ocurrieron realmente. Todo se ha difuminado. Ni siquiera la escritura del momento. Y nada me preocupa.
Cómo amo todas las cosas, todas las personas con un ardor callado que me llena en la soledad del instante. El amor es en el silencio. Y yo no soy ningún poeta, por mucho que me empeñe. Mi visión es acaso lo más inútil que hay en el universo. Mi momento es una sonrisa tímida que no hace al caso.

2. Todo lo conocido, lo que veo, lo que queda por conocer es admirable.
Es admirable la libertad de que no haya respuesta.
Es increíble la libertad que yace en el instante.
Es también increíble su fugacidad.
Es fugaz que no seamos nunca, siendo lo que somos. Es misterio puro que devengamos en ser, que nos alcemos y bajemos como las olas del océano cósmico. Es la libertad del Dios indescifrable que somos y sentimos.
Queda todo por hacer. No hay nada nuevo bajo el sol. Nuestra vida es plenitud, más allá de toda concepción agarrada.

3. Después de la noche rubia, uno queda demudado.
En la actividad de la mañana todo queda incandescente. Parece fijo y versátil, parece hoy este típico bamboleo mío que no sabe lo que dice y que salta de un lado a otro.
Al menos, he aprendido un mensaje: Atención.
Pero con el sol claro alumbrando mi rostro y un vaso de vino en la otra mano, soy tan feliz ensoñando los pasos de la imaginación... soy la nube que flota blanca en el cielo claro retorciéndose en armonía con los vientos. En verdad todo es tan sencillo...
Fíjense ustedes. Va por debajo y es eterna. Todo lo cubre. Tu conciencia-línea es una ridiculez comparado con ello. Hoy es un día pleno para embriagarse.

4. Mientras pueda uno pararse a decir lo que quiera, nada está perdido.

...(continúa)...

 

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Lluvia de astros

He visto en tu cara arrugada
una tristeza final...
me ha dejado sin color.
He visto el comienzo de la degeneración.

 

 

Madre
de tí todo proviene
De tu entraña maravillosa
los seres se confunden en el paraíso.
De tu lágrima nacimos,
de tu vientre y de tu seno.
En verdad de tí provenimos
y a tí iremos
como pequeñuelos
a buscar tu sabio jugo.

 

 

He querido decir sólo
que una nube se ha posado.
Quería decir tan sólo
que tu lágrima se escapa y me inunda.
Quería llorar sólo un poco
y juntar mi boca a tus labios.
Quería sonreir tímidamente
y decirte mirándote a los ojos
que me siento muy dichoso.

 

 

Quién diría
que tras el fuego
amanece un nuevo día.
¿Quién lo diría?
Quién extrañaría
tu mirar lejano, tu tierna sonrisa.
¿Quién podría?
Cómo te miraría
si te tuviera delante.

 

 


Si pudiera besarte
oh todo ardería.

...(continúa)...

 



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