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Nació muy gato, un 20 de octubre lluvioso. Se Licenció en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 2002, y en Ciencias Políticas y de la Administración, en la misma universidad en 2005. Amplió estudios de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Birmingham, Reino Únido.
Ha realizado diversos trabajos en empresas y por cuenta ajena.
Es amante de lo politicamente incorecto, y de lo contradictorio. Siente admiración por Ramón Gomez de la Serna como maestro literario, por la poesía de Pablo Neruda, Carlos Marzal, Charles Bukowsky y Agustín de Foxa, además de muchos otros. También por los ensayos de Platón, H Marcuse, y Baudrillard, por el vino de Rueda, por los artículos de D.Gistau, J Camba y Umbral, por los programas de Sánchez Dragó, por los discos de Led Zepellin y Iron Maiden.
Le gusta refugiarse en Islas e imaginar que es un epígono de Diogenes el Perro. Colecciona caracolas, y diseca recuerdos. Escribe casi siempre a ordenador o en el coche escuchando a Mozart. No usa nunca mocasines, ni come con palillos orientales.
Ha publicado en la Revista Otras Palabras, gracias a Begoña Regueiro, y ha leido en 2 ocasiones en Gaudeamus (2005 y 2008) por intervención de Fernando Anaya y Jose Antonio Martín Otín (Petón), con quienes tiene una profunda amistad, duelos -en el caso de Fernando desde hace al menos un lustro- de greguerías por móvil e inquietudes comunes. La existencia de fotos de él recitando para la posteridad se las debe al indice generoso de Macarena García Oliver, y de Guillermo Spottorno.
Correo electrónico: albertovalenzuelaferran[arroba]gmail.com
Greguerías (28/04/2008)
La Amistad no entiende de accidentes (29/04/2008)
Consideraciones sobre orientación geográfica (28/04/2008)
Grumete incierto (28/04/2008)
A Ciento ochenta kilómetros por hora los puentes romanos siempre ganan los pulsos (28/04/2008)
Greguerías
Debido a la cantidad de Greguerías enviadas, se pueden leer en la siguiente página, o se pueden descargar en formato word (86 kb).
Ir arribaLa Amistad no entiende de accidentes
Antídoto contra todos aquellos que sólo son amigos de los que piensan y actúan como él
A Santiago Moreno, Ignacio Gómez- Arnau,
y esos otros pocos importantes, que estuvieron
presentes de forma generosa cuando estaba preso
en el miedo de mi mente. El pasado no lo olvido.
Necesito las dos manos, pero sólo tengo un corazón.
¿No recuerdas que usaba la diestra y la siniestra para abarcar tu cintura cuando besaba las mariposas revoltosas de tus labios? Entonces porque dicotomizas, analizas y diseccionas, de forma simple y maniquea, la riqueza ansiosa de la jungla de mi mente.
Te vas a acabar cansando de preguntarme siempre, a que ideología pertenezco. ¿Tienen acaso partido las constelaciones?, o es que me quieres robar el libro de S. Hawkings de mi padre, para forrar con miedo tu caja de galletas importadas.
Te he dicho ya mil veces, que es extranjero y amigo, y que no le he preguntado a quien le ha abierto su alma, ni si tiene sexo o mármol, la persona que le abraza, cuando se le cae la manta al suelo en la noche fría de otoño de la Praga de Amadeus.
Jamás he sido apolítico, ni incrédulo, y sabes que sólo me gustan las mujeres y los libros, ¿pero porque tengo que escoger a mis compañeros de viaje por el color de sus pupilas, en vez de por los quilates de su alma?
Eres pesada como la confitura de tu madre y no vas a alzar el vuelo, mientras el fango recubra con un lastre espeso y seco tus formas duras de mujer descompasada.
No puedes volar con la hucha de carbón llena de prejuicios, y no me esperes en tu iglesia, que ya te he dicho que me pase la noche rezando al mismo Dios que tú en la arena de esta playa.
Consideraciones sobre orientación geográfica
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente…
-Lo fatal- Rubén Darío. “Cantos de vida y esperanza”.
Dedicado a las que alguna vez me dieron alegría, placer, momentos de paz y descanso espiritual en una isla. Y por supuesto a los soldados alemanes que no quisieron volver a una vida gris, por haber encontrado la paz dentro de ellos y en su nuevo entorno.
Las Islas de Jersey y Bonholm.
Quien no habría sido voluntario con los nazis durante la segunda guerra mundial,
para ocupar Bonholm, o para quedarse a vivir en un Jersey más normando!
Le hubiésemos arrancado gustosos la yugular a los británicos y los testículos a los soviéticos, para poder apurar algunas olas más y otro elixir de noche estrellada.
Cualquier enemigo es pequeño, si te impide copular en la arena con la nativa a la que amas.
¿Cuantas cruces de hierro cambiaron por caracolas aquellos jóvenes soldados que no querían volver a casa? Tampoco deseaban un nuevo orden, ni uno viejo de yugo y hierro.
Sólo querían dorar sus cabellos al sol escaso, pero agradecido,
buscando en la tarde la sombra del canal de la mancha.
Sólo deseaban como yo, tantas veces, perderse en la risa de las olas que arrastran al desengaño.
Morirse en La Corbiére, robándole al faro que tirita las puestas de sol de otoño.
Subir las colinas verdes, y lanzarle piedras a los acantilados tallados por Thor al alba.
¡No me hagáis regresar! , os cambio mi cruz gamada por correr descalzo en la arena.
No me habléis de fabricas y reconstrucción económica, yo me quedo aquí donde moraron mis ancestros neanderthales con la maestra de la escuela.
Grumete incierto
“No me has hecho sufrir sino esperar”. “Tu venías”. Los Versos del Capitán. Pablo Neruda.
Con “2 versos robados de poemas de Carlos Marzal”.
A C.J., Gracias por un cálido invierno al sol que más calienta.
Viviendo en un abismo de cólera no se escucha el viento.
Es mejor que mientras te vas a todos “los sures a donde no has viajado”,
yo siga aquí vivo, en el centro diáfano, aguantando envites de notarios y coleccionistas de corbatas.
Me preguntas, que si me estoy convirtiendo en uno de ellos….“Es dudosa la frontera”.
Tú sigue rutilante, si la visa platino de tu madre te sigue generando destello en la mirada.
Yo me voy a mudar -como soldado de fortuna- a la isla de los buscadores de brújulas y compases oxidados.
Cuando sea maestro bucanero y doctor en artes bajas te buscaré en las playas.
Mientras tanto, yo seguiré comunicándome con mi alfabeto de banderas y cromos de piratas.
No insistas en sorprenderte de mis mil facetas y actitudes, ambos fuimos psicóticos inteligentes en las tardes de domingo.
Este verano renaceré como exiliado buitre de monfragüe y lince ibérico en festejo.
Sabes que se me da bien arrastrar olores limpios cuando sobrevuelo la carroña.
Podría -como diría Agustín de Foxá- resucitar tu carne adolescente sin ofender a Cristo,
pero tengo mucha prisa por finalizar mis ventas de esclavos y zarpar como grumete incierto.
A Ciento ochenta kilómetros por hora los puentes romanos siempre ganan los pulsos
A mi abuelo materno José Ferrando, fallecido en accidente
de automóvil, en Don Benito, Badajoz, en 1968. A los 47 años de edad.
Tus 186 centímetros fracturados y astillados, manchando en grana el cuero color vino de tu pesado coche enfermo, que agoniza como bárbaro vencido ante un puente romano.
Me dijo Toño Cobo de Guzmán, que moriste con la cabeza cercenada, como si fueses el último inmortal de Iberia, en un duelo a falcata con la vida.
Seda, sangre y oro, tus dos largas piernas rotas y tus manos ya cansadas. Ya no tenían fuerza para fracturarse los nudillos contra tres guardiamarinas, como en otras navidades.
No llegaste nunca a casa para aquella noche buena, y las cestas de mimbre de aquel año trasportaron la pena más sentida, con un lazo dolorido, a tus amigos y empleados.
180 kilómetros por hora eran muchos para retar a la estructura de los ingenieros del imperio de Trajano, y en Don Benito no te fuiste tú sólo aquel invierno de nubes luctuosas.
Sabes que hace poco te mande recuerdos con tu hermana, cuando la ví vestida de cera para su último baile, rodeada de los suyos en la sala gris del tanatorio.
Ofrécele el abrazo y el perdón a Paco Sanchiz Albiñana, que me regalo el suyo, generoso, con el calor épico de antaño, legitimándose como tu mas fiel rival y oponente caballero. Amó a tu esposa siete décadas no correspondidas, con la corrección de un santo, manteniendo el paso firme en la distancia, con la tranquilidad del que ha perdido digno la batalla.
Tus sobrinos ya son calvos, y hoy me ha invitado a una cerveza un primo tuyo, joven de ochenta años y deportista de mañana, como tú debías haber sido, sino hubieses arrojado un órdago en Portugal aquella madrugada de invierno indiferente a tus pasiones.
En la que pensaste penetrar la oscuridad y el asfalto sin alma. Arrasando la grava con paso invariable y conduciendo tu alemana metralleta con luces de fuego al alba.
En estos años, y en tu ausencia, se han perdido tus empresas y proyectos, pero yo he cuidado de tu esposa, como tú lo hubieses hecho. Cogiendola la mano en alguna ocasión mala. Sin fe en los que traicionaron tu memoria, pero sin que se me agotase el brazo sosteniendo tu recuerdo.
Necesito a veces tu fuerza, cuando se me atraganta el alma en el ordenador de madrugada, y que me ilumines de pragmatismo para segar el llanto y labrar ya mi camino, despejándolo de madejas y temores.
Dicen que tengo tu mirada, y noto, como clavado en mi nuca, tu aliento cuando conduzco por la noche, susurrándome despacio: “Alberto aferrate a mis genes cuando la testosterona se te escurra”.
Se que en cierto modo has estado cerca, cuando la corriente me arrastraba hacia abajo y sin seguro, y que has compensado con tus cojones de otro mundo, mi nublada alma abstracta, a veces inflexible y sin maestro que la encofre.
Me he jurado no fallarte, hoy, al pasar por la que fue finca de tu padre, y llevar en mi boda tus gemelos, cuando encuentre a la pasajera de mi nave, con la que trasmitir tus genes fuertes.
Abuelo, espero que te sientas orgulloso de mí a tus 47 años inmortales, y que me observes con afecto desde el elevado sillón de tu retiro permanente.
Sabes que mi vida ha sido esfuerzo y que soy consciente del compromiso del legado, que más la carga ha sido enorme, puse el alma y la palabra hasta que finalicé las metas dadas.
Valóramelo desde la ausencia, y diles que me agarren cuando me desbroce en muchas ramas flojas. Para plantarme de nuevo en junco flexible y tenso, con el nervio de un piloto de carreras.
No permitas que me pisen los miles hijos de la codicia y la mentira y dame un impulso de alegría cuando la lágrima me azore la mirada. Ayúdame siempre ahora a ser independiente y práctico, y a no importarme la crítica, ni tampoco el llanto.
Me despido hasta que los jefes lo consideren oportuno, y si alguna vez me necesitas, sólo tienes que tocarme en el hombro despacio y con cuidado, para marcarme el rumbo.